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Javier Padilla

Reseña de «La emancipación de los cuerpos» (Akal, 2021), Marco Sanz

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April 17, 2021
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Reseña de «La emancipación de los cuerpos» (Akal, 2021), Marco Sanz

¿Qué es estar enfermo? ¿quién define la enfermedad? ¿cuáles son sus límites? ¿qué relación guarda la enfermedad con nuestro cuerpo? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan el libro «La emancipación de los cuerpos».

Por Javier Padilla

La enfermedad siempre está ahí, bien como algo que sucede o bien como una posibilidad que puede aparecer en cualquier momento. Fue así en la vida de nuestros abuelos y será así en la de nuestras nietas, así como en la nuestra.

¿Qué es estar enfermo? ¿quién define la enfermedad? ¿cuáles son sus límites? ¿qué relación guarda la enfermedad con nuestro cuerpo? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan el libro La emancipación de los cuerpos, en el que Marco Sanz actualiza la concepción moderna de la enfermedad, alejándola de su carácter estigmatizante y poniéndola en relación con conceptos como la muerte, la angustia o el dolor.

En un momento en el que una enfermedad ha hecho que se pare el mundo, este libro se publica con mayor relevancia si cabe, basando su argumentación en una crítica a la concepción dominante de la enfermedad y rompiendo la obsoleta dicotomía salud-enfermedad para plantear un marco emancipador en el que la salud no es un bien supremo en sí mismo y la enfermedad es algo siempre acechante.

La salud y la enfermedad hace tiempo que no suponen dos categorías excluyentes, sino que representan el equilibrio dinámico de diferentes variables continuas que interaccionan a diferentes niveles, mientras interactúan también con el conjunto de la sociedad. «No hay salud cumplida sin una respuesta satisfactoria a la pregunta: salud, ¿para qué?» dice Sanz en la parte final de su libro. Ese «salud, ¿para qué?», que con claridad evoca la respuesta dada por Lenin cuando Fernando de los Ríos le preguntó cuándo permitiría el gobierno soviético la libertad de sus ciudadanos. «Libertad, ¿para qué?», espetó Lenin en su momento. Esa búsqueda de explicaciones a la búsqueda de la salud se circunscribe en un marco en el que esta no es un fin al que dedicar la vida, sino una herramienta para la propia vida.

Esa interinidad de la salud está muy bien expresada en el libro al caracterizar al ser humano y su existencia como esencialmente «enfermables». En todo momento podemos estar o no enfermos, pero no podemos no poder estar enfermos. Esa enfermabilidad, que nos define y acompaña en nuestra existencia, debería ser suficiente para que las reflexiones e investigaciones en torno a la enfermedad fueran no un asunto privado, sino político y de ocupación pública.

El libro dice «una enfermedad no existe como fenómeno social hasta que estamos de acuerdo en que realmente existe, y dicha existencia viene determinada por la forma en que la enfermedad es ‘nombrada»

Esa ocupación pública sí parece ostentarla, en cierto modo, el baúl donde guardamos los nombres que ponemos a las enfermedades. En las sociedades occidentales, en las que el mundo del diagnóstico parece ser un spin-off sanitario de Tinder, donde sufrimientos sin etiqueta buscan una etiqueta vacía de sufrimiento para poder aparearse, Marco Sanz trata de trascender el siempre manido (y no por ello menos necesario) debate sobre la pertinencia de las etiquetas diagnósticas bien como condición necesaria para la superación del padecimiento o bien como agravante del mismo. El libro dice «una enfermedad no existe como fenómeno social hasta que estamos de acuerdo en que realmente existe, y dicha existencia viene determinada por la forma en que la enfermedad es ‘nombrada», para después afirmar que existe una gran cantidad de literatura que afirma  que poner nombre al padecimiento es condición necesaria para acotarlo, asumirlo, abordarlo y superarlo; más allá del acuerdo o desacuerdo con lo tajante de esa afirmación, Sanz hace una aportación importante al no quedarse en el diagnóstico como estación buscada por el pa(de)ciente, sino que lo caracteriza como un elemento de obsesión para el médico, que puede ser de utilidad para el paciente pero que no define la enfermedad, porque esta se define en otros marcos y subjetividades.

Esta diferencia entre la enfermedad y el diagnóstico se hace patente, así mismo, al analizar el carácter público y privado de ambos conceptos. Si bien la enfermedad (y sus efectos) ha de reducirse al ámbito de lo privado, de lo oculto («Al caer enfermo -señala Karl Jaspers- uno de vuelve objeto de repulsa. No se tiene ningún derecho, se es molesto, hay que humillarse y desaparecer.»), el diagnóstico sí tiene posibilidad de proyectarse hacia el exterior. Basta como ejemplo para ilustrar este fenómeno lo que habitualmente ocurre cuando alguna personalidad pública cae enferma; al reconocimiento de la existencia de enfermedad le sucede la publicación de un diagnóstico y la posterior desaparición de la vida pública hasta la resolución y recuperación del proceso mórbido. Lo único público es el diagnóstico, la enfermedad y su vivencia diaria sigue manteniéndose en el ámbito de lo privado.

El diagnóstico actúa, pues, como límite y como puerta, pero también, en cierto modo, como elemento de «verdad». En esa conceptualización de la verdad como algo intersubjetivo y que emana del consenso colectivo, el diagnóstico legitima y homologa el padecimiento a través de una aceptación social apoyada -al menos teóricamente- en el conocimiento experto. Diagnosticar supone cosificar a la persona, estandarizarla bajo unos parámetros predefinidos y, generalmente, acordados por grupos de expertos en base -o no- a consensos basados en datos técnico-científicos. Pero el diagnóstico es, también, el establecimiento de una vinculación entre el individuo y la sociedad, la construcción de un vínculo entre quienes reunieron unas características clínicas determinadas o las tienen en ese momento y la persona concreta que recibe la etiqueta en cuestión. Mientras que el diagnóstico normaliza nuestro padecimiento en el mundo de los diagnosticados, la enfermedad singulariza nuestra existencia en el mundo de la población general.

Otra de las aportaciones de Sanz que resulta de especial interés es la idea de que la enfermedad supone la imposibilidad «de dar el cuerpo por descontado». Desde esa perspectiva, la enfermedad supondría una sacudida a la existencia por defecto de algunos aspectos fundamentales de nuestra existencia como es el propio cuerpo. «En ese sentido, lo que ya no puede el enfermo no es subir las escaleras, ducharse o comer por sí solo, ir al trabajo o a la escuela, o refocilarse si la ayuda de algún medicamento, etcétera. No: lo que el enfermo ya ‘no puede’ es dar su cuerpo por descontado». Existimos a través del cuerpo, y enfermamos, igualmente, a través de él, evidenciando la enfermedad esta relación de necesidad del mismo.

En relación con esta situación de frontera entre lo que es y no es enfermedad, tal vez se eche de menos en el libro el abordaje de un aspecto clave: los padecimientos psíquicos.

Afirma Sanz que «la enfermedad es el signo de nuestra época», y apoya esta afirmación en lo sucedido con la pandemia de COVID-19; sin embargo, en la frontera de lo que puede considerarse enfermedad (o no) y de lo que puede considerarse salud (o no) se encuentra otro fenómeno denominado malestar y que tal vez tenga una capacidad aglutinadora del signo de los tiempos mayor aún que la que pueda tener la enfermedad. Mientras que en ocasiones el malestar ha sido entendido como un estado premórbido (o para-mórbido), parece claro que se trata de una expresión del impacto sobre los cuerpos y las vidas de dinámicas colectivas de organización social y económica. El malestar es, por lo tanto, un estado liminal situado al umbral de diferentes dimensiones pero sin las características para ser incluido dentro de ellas, dotándose de un sentido propio.

En relación con esta situación de frontera entre lo que es y no es enfermedad, tal vez se eche de menos en el libro el abordaje de un aspecto clave: los padecimientos psíquicos. Si bien muchos de los aspectos señalados acerca de la relación entre la persona y el cuerpo dentro del marco de la enfermedad son igualmente válidos para las entidades catalogadas dentro de los trastornos mentales, existen particularidades que interpelan directamente a la frontera del concepto de enfermedad y la ponen en un diálogo directo con los mecanismos de definición de enfermedades y las dinámicas de legitimación y normativización de aquello que definimos como anómalo o desviado de lo estándar. En un momento como el actual, en el que el hedonismo depresivo al que Mark Fisher hace referencia en su obra Realismo capitalista puede dejar paso a una versión colectivizada y atenuada del mismo, el libro La emancipación de los cuerpos supone un punto de partida privilegiado desde el cual pensar y actuar fenómenos de agencia individual y colectiva en relación con nuestra salud, nuestra enfermedad y estadios que se mueven en la siempre cambiante combinación y convivencia de estos fenómenos.

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