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Adrià Porta Caballé

Reseña de «Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: populismo y hegemonía» (Gedisa, 2021), Antonio Gómez Villar

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May 24, 2021
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Reseña de «Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: populismo y hegemonía» (Gedisa, 2021), Antonio Gómez Villar

Una teoría tan sofisticada como la de Laclau bien necesitaba una introducción. Antonio Gómez Villar se propuso suturar esta brecha, tres años más tarde, con la publicación de «Ernesto Laclau i Chantal Mouffe: populisme i hegemonía» (Gedisa, Barcelona, 2018), una obra que encuentra un calculado equilibrio entre la divulgación y la información teórica.

La diferencia entre el populismo y los demás partidos es que, por detrás de la simplificación del mensaje, hay una teoría muy elaborada sobre la necesidad del lenguaje simplificado. Para Laclau la simplificación y la imprecisión son las condiciones mismas de la política (Villacañas, Populismo, La Huerta Grande, 2015, p. 47).

Desde la aparición de Podemos en 2014, muchos militantes pedían una introducción a la teoría populista de Laclau. Sin duda esto se debía a que, en un primer momento, Podemos supo mantener un liderazgo no solo político, cultural y moral, sino también –como no se cansaba de añadir siempre Gramsci a propósito de la hegemonía– intelectual. Las élites liberales de este país, tan acostumbradas desde antaño a encasillar y arrinconar los movimientos de protesta, de pronto no entendían qué pasaba, ya no gobernaban las palabras ni las lógicas que las informaban, y se limitaban a vociferar: “¡Venezuela!”. Rápidamente, los tertulianos más avispados se pusieron a estudiar a Laclau, si bien sin mucho éxito, pues gran parte de la “podemología” siguió entendiendo el “significante vacío” como un receptáculo hueco donde la gente, movida por la demagogia y las bajas pasiones, proyectaba expectativas diferentes. Nada más lejos de la realidad. El primer pensador independiente en tomarse en serio durante esos años tanto el fenómeno como la filosofía del populismo en España fue José Luís Villacañas, quien en 2015 reconoció por primera vez que se trataba de una “teoría compleja creada por virtuosi intelectuales” (2015, p. 17). Aunque resulte algo extraño que un movimiento social y político haya despertado tal interés por la filosofía, lo que estaba claro es que una teoría tan sofisticada como la de Laclau –que mezcla eclécticamente tradiciones aparentemente tan dispares como la ontología fundamental de Heidegger, el posestructuralismo francés, o los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein– bien necesitaba una introducción. Seguramente por esta razón, se propuso Antonio Gómez Villar suturar esta brecha, tres años más tarde, con la publicación de Ernesto Laclau i Chantal Mouffe: populisme i hegemonía (Gedisa, Barcelona, 2018), una obra que encuentra un calculado equilibrio entre la divulgación y la información teórica. En su momento era solo accesible en catalán, pero recientemente se ha traducido por fin también al castellano (2021).

Para empezar, ¿cuál es la diferencia entre esta traducción y su original? La propuesta del neoliberalismo como hilo conductor. En efecto, el autor reconoce que entre una versión y la otra ha cambiado más o menos un tercio del libro, y ya en las primeras páginas de la última edición se revela que el principio rector de esta obra es “el vínculo entre la gubernamentalidad neoliberal y la razón populista” (p. 13). Esto es sin duda un acierto, pues en el original catalán se explicaba con toda claridad los momentos fundamentales de la lógica populista en la primera parte, y en la segunda se entraba en interesantes debates actuales, pero no existía una unión explícita entre ambas. Ahora la obra contiene un equilibrio superior entre la exposición y el debate, la teoría y la actualidad, la bibliografía primaria y la secundaria. Además de un acierto formal, también se trata de un tema candente en términos de contenido. Al menos desde Contingencia, hegemonía y universalidad, incluso los y las laclausianos más ortodoxos son capaces de percibir una contradicción en la relación entre hegemonía y neoliberalismo. Por una parte, Laclau declara que la construcción hegemónica es un tipo de relación política que se sitúa en un plano ontológico de lo social. Por otra parte, pareciera que sus condiciones de posibilidad –por ejemplo, “la proliferación de puntos de antagonismo”– dependen del neoliberalismo, y por tanto, de un régimen óntico (es decir, situado histórica y socialmente). Para quien le interese mi opinión personal, considero que no existe contradicción en reconocer que la hegemonía ha sido siempre una forma ontológica de lo político, pero que esto solo se revela, se hace más visible, bajo las condiciones líquidas del neoliberalismo actual. Para poner un ejemplo, fue igual de cierto en el año 312 d. C. que ahora que Constantino utilizó el cristianismo para mantener la hegemonía dentro del Imperio Romano de Occidente, pero la contingencia de esta articulación solo se hace patente después de la “muerte de Dios”, cuando se ha desencantado el mundo; y no resulta igual de claro para el ferviente creyente de la Antigüedad.

En cualquier caso, Antonio Gómez Villar enmarca con maestría la tensión entre neoliberalismo y populismo situando a Jorge Alemán y José Luís Villacañas como dos puntos extremos de un mismo eje (p. 113). La razón de su oposición reside en sus distintas interpretaciones del psicoanálisis, una de cariz más lacaniana y, la otra, más freudiana. Por un lado, el pensador argentino distingue con una línea de acero el Todo del poder neoliberal y no-Todo de la hegemonía popular (p. 107) y, por tanto, la construcción de un pueblo representaría para él un freno frente al goce solipsista ilimitado neoliberal (p. 106). En este punto resulta admirable la defensa inquebrantable que demuestra Gómez Villar, no solo contra Alemán, sino también contra Biglieri (pp. 108-10) o la propia Mouffe (p. 133), del carácter ontológico-formal de la teoría de Laclau. Por otro lado, Villacañas considera que hay una simbiosis entre neoliberalismo y populismo, pues el primero suministra el tipo de subjetividad narcisista que el otro necesita para la identificación con el líder (p. 111). El pensador español propone por ende el republicanismo como alternativa al neoliberalismo, pues nada es más anti-narcisista que la institución (p. 115). Aun y compartiendo gran parte de sus presupuestos teóricos, la filósofa Luciana Cadahia añade el adjetivo plebeyo al sustantivo republicanismo mientras “sostiene que el análisis de Villacañas está pensado para el contexto europeo, pues el populismo en Latinoamérica ha sido una forma de construir institucionalidad” (p. 116). De esta forma, Gómez Villar nos acerca al cuestionamiento que hace Cadahia de la “contraposición entre una dimensión afectiva (populista) y la institucionalidad (republicana)”, dado que “la dimensión afectiva también juega un rol fundamental en la configuración y el fortalecimiento del entramado institucional” (p. 116).

Además de presentar los puntos extremos de Alemán y Villacañas, Gómez Villar también recorre en esta nueva edición una larga serie de momentos críticos que problematizan la relación entre populismo y neoliberalismo. Entre ellos está Rodrigo Castro, para quien la demanda populista se parece demasiado a la liberal (p. 44). Gómez Villar responde acertadamente que este no tiene suficientemente en consideración el paso, fundamental en realidad, de la demanda al reclamo (p. 45). Asimismo, Éric Fassin considera que en el llamado “populismo de izquierda”, la izquierda solo es un adjetivo del “verdadero” sustantivo que es el populismo (p. 51), el cual, para más inri según Paul Cammack, tiene una “dimensión funcionalista” con el neoliberalismo (p. 52).  Una mención especial, en cambio, merece la crítica de Verónica Gago quien, siguiendo el énfasis en la micropolítica de Diego Sztulwark (p. 127), sostiene que “Laclau solo considera el neoliberalismo en términos macropolíticos, y esta es una visión simple del neoliberalismo” (p. 129). Considero que esta es una crítica completamente acertada sobre Laclau, porque consigue explicar a la perfección lo que ha sucedido en Madrid: uno puede ir a la contienda con las “grandes palabras” populistas, pero Ayuso ya ha construido subjetividad neoliberal de antemano con cada caña, con cada tapa. El neoliberalismo es un sistema sobre todo micropolítico, y por esto puede tener sentido centrar una campaña en lo que podrían parecer pequeñas cosas. Por último, no existe ninguna decisión autoral sin un sacrificio, y el coste de toda esta reformulación del libro sobre la base del neoliberalismo ha sido cobrarse un capítulo que en el original catalán comparaba la concepción del “vacío” entre Laclau y Rancière. Este era un momento estelar de la obra que, si bien supongo que se ha dejado de lado por demasiado “teórico” ante la nueva problemática del neoliberalismo, abría una senda hasta ahora inexplorada para la filosofía política.  

Este ejemplar se enmarca en la colección “Pensamiento político posfundacional” de la editorial Gedisa, que lleva desempeñando, a lo largo de esta última década, una labor pedagógica admirable a la hora de dar a conocer al público en lengua catalana y castellana los principales filósofos y filósofas de “lo político” que han problematizado cualquier tipo de fundacionalismo –Lyotard, Foucault, Arendt, Derrida, Lefort, Badiou, Rancière, Butler, Nancy, Abensour y Anzaldúa, entre otros y otras. Cuando le llega el turno de introducir a Laclau, la directora de la colección, Laura Llevadot, empieza por el único punto de partida posible: la estupefacción que una intelectual de la izquierda europea puede sentir al pisar la Argentina peronista. Yo, que desgraciadamente no he viajado aun a Argentina, sin embargo, conozco de sobra como cualquier otra persona el tufo eurocéntrico que desprenden ciertas editoriales de determinados periódicos del Estado español cuando se sorprenden de que la política latinoamericana no encaje en el imaginario de izquierda y derecha. Para comprender este hecho, y mucho más, conviene leer la introducción a Laclau de Gómez Villar. No obstante, no me gustaría terminar esta reseña sin comentar dos puntos abiertos del original catalán (2018) que se han diluido en la traducción al castellano, pese a ser de un gran interés. Por un lado, allí se planteaba de manera enfática que la diferencia entre populismo de izquierda y de derecha podría ser reformulada por una oposición entre ser y hacer (p. 30). El populismo reaccionario definiría entonces “el pueblo” de forma esencialista por su procedencia, lengua o religión; mientras que el progresista no se fijaría tanto en aquello que es sino en lo que hace: conseguir derechos para todos y todas, mejorar las condiciones materiales de la gente… etc. Pese a que esta interesante propuesta tiene su momento de verdad, uno podría seguir preguntándose si el acto no es una categoría tan metafísica como la esencia. Un caso paradigmático de esto es Heidegger, quien incluso en sus años más fervorosamente nacionalsocialistas se resistió a definir el “pueblo alemán” como una mera cuestión de origen, sino más bien como una “decisión existencial”. Pero si tomamos la deconstrucción de Nietzsche como una especie de autocrítica, nos damos cuenta de que poco importa si el fascismo se remite a una procedencia o a una “voluntad”, ambas pueden ser igual de excluyentes. De hecho, creo que aquello característico de los movimientos posfascistas de hoy es que compran un cierto antiesencialismo para volver a ser opresivos en los hechos (algo así como: “no me importa tanto si eres inmigrante o no; eso sí, una vez aquí, haz lo que te digo: habla nuestra lengua, vístete como nosotros, no introduzcas otras costumbres o religiones, ¡intégrate!”). En segundo y último lugar, Gómez Villar ponía el dedo en la llaga al final de su libro en catalán sobre el hecho paradójico de que haya un resurgimiento del soberanismo precisamente cuanta más interdependencia imperialista hay (p. 113). La respuesta populista no escrita a esta cuestión es necesaria pero no suficiente: si hubiera alguna institución asaltable democráticamente en el Imperio, habría que hacerlo, pero como no la hay, on fait la révolution et puis on voit (dentro, siempre, del Estado-nación). Sin lugar a duda, este es el límite infranqueable de la teoría populista, razón por la cual es necesario seguir manteniendo un debate entre Laclau y Negri, tal y como Gómez Villar propone en su libro.

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