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Diego Parejo

Reseña de «Después de lo trans» (La Caja Books, 2021), Elizabeth Duval

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April 19, 2021
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Reseña de «Después de lo trans» (La Caja Books, 2021), Elizabeth Duval

Estamos ante un ensayo impecable, que consigue hacer sencillo lo complejo, exponiendo y explicando términos que van desde la teoría psicoanalítica lacaniana hasta las multiplicidades de la teoría queer, pasando por la teoría feminista.

Por Diego Parejo

Una de las anécdotas de Slavoj Žižek dice así: durante unas jornadas sobre teoría cultural en una universidad americana en plena guerra de los Balcanes, alguien entre el público interpeló al esloveno exigiéndole que hablase sobre la limpieza étnica que estaba llevando adelante Milošević. Žižek se negó a tratar el tema reclamando su derecho a no hablar, a ajustarse al contenido de la mesa de debate, a que su capacidad de agencia no fuera reducida a su condición de esloveno y solo se le permitiese hablar sobre los conflictos que desde 1990 sacudían la península balcánica. Poco tiempo después, a través de la web Lacan dot com publicaría diferentes artículos exponiendo su postura. Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) ha tenido que redactar prácticamente 300 páginas de Después de lo trans. Sexo y género entre la izquierda y lo identitario (La Caja Books, 2021), tras una interpelación constante a su persona, para que la dejen en paz: «para existir como sujetos con voz dentro de la sociedad de libre mercado y del marco de las democracias liberales, las personas trans deben constantemente estar hablando de sí mismas y de su condición de ser trans, produciendo discurso sobre aquello que articula su identidad» (pág. 172).

Estamos ante un ensayo impecable, que consigue hacer sencillo lo complejo, exponiendo y explicando términos que van desde la teoría psicoanalítica lacaniana hasta las multiplicidades de la teoría queer, pasando por la teoría feminista. Hacer este ejercicio no es fácil, y mucho menos sin perder el rigor analítico y expositivo, dentro de un marco de composición literaria que huye no pocas veces de la redacción académica. Quizá el excesivo celo en que se entienda en todo momento de lo que está hablando, lleva a Duval a una cierta repetición de conceptos para que queden claros en la cabeza de quien lee, como el trabajo de Judith Lorber y su género como institución social y género como situación individual, pero que resulta útil para no perderse en un ensayo cargado de conceptos y palabras clave.

Los textos son productos de debates de los que Duval es parte, o escritos para polemizar o diseccionar artefactos culturales como la serie La Veneno, y es de agradecer el trabajo tanto de la autora como del editor (Raúl Asencio Navarro) en darle coherencia de conjunto y un hilo constante. Duval no teme abrir polémicas con Daniel Bernabé o Paul B. Preciado porque se sabe solvente y lo es: las críticas certeras que lanza al neomaterialismo de Bernabé están bien fundamentadas retórica y teóricamente, igual que la descomposición de los textos de Preciado en la que destaca tanto la crítica al subversivismo inherente a lo queer (que comparte con otras autoras como Holly Lewis, aunque no se cite en el texto), y a la interpretación del sujeto en Testo Yonqui, que nos anclaría a definiciones del sujeto a través de sus adicciones. El debate con las principales teóricas del feminismo filosófico español señala algunas de las inconsistencias de las principales autoras de esta corriente en la lectura de Butler y la confusión que muestra Ana de Miguel entre performatividad y performance, acompañado de una correcta interpretación y explicación del concepto clave de Butler como una cuestión de relacionalidad, convencionalidad y normatividad.

El breve análisis de La Veneno —la serie sobre Cristina Ortiz de los Javis, a partir de las memorias escritas por Valeria Vegas— es uno de los puntos donde se puede ver como convergen en un producto concreto las diferentes preocupaciones que sacuden todo el ensayo (el género y la mirada del otro, la clase social, la reducción identitaria, el momento histórico vivido por cada persona y las posibilidades que eso implica). Series como La Veneno permiten explicar cómo elementos emergentes de la vida social, que pueden constituirse como alternativos u oposicionales a los elementos dominantes, son asimilados, adaptados e incorporados por estos. La exaltación de ciertas situaciones en detrimento de otras de manera consciente y cómo contarlo va a operar y ser el elemento central de una tradición selectiva. Duval señala de forma potente como el producto La Veneno sirve para borrar a Cristina Ortiz y convertirla en un símbolo de lo trans, y cómo esto se hace dentro de un marco liberal en el que el sujeto, interpelado como individuo, tiene el peso de la trama, donde las decisiones o las posibilidades no responden a las dinámicas impersonales del capitalismo o a estructuras estatales sin los procedimientos de reconocimiento (y mucho menos reparación). Puesto el peso sobre los individuos, la serie resuelve desde el moralismo y la culpa social colegiada.

Quizá su posición sobre las personas no binarias en la crítica a la proposición de modificación de Catalunya en Comú-Podem a la Ley 5/2008 de 24 de abril del derecho de las mujeres a erradicar la violencia machista, es de los puntos más controvertidos del libro. Quiero dejar claro que esta posición de Duval «no implica que «invalide» o «cuestione» la existencia de aquellas personas que se identifiquen bajo una identidad no binaria». El rechazo a que sea prioritario otorgar una personalidad jurídica particular a las personas no binarias por el hecho de que «no se debe legislar según las relaciones que unos individuos afirmen tener con una estructura político-social concreta» es discutible tanto práctica como teóricamente, pero sí que estoy de acuerdo con Duval en que esa legislación no debe ser un «mero añadido a una ley regional» (pág. 253). Sin embargo, por algún sitio se debe empezar, y no creo que debamos esperar siempre a que sea el Tribunal Europeo de Derechos Humanos el que se pronuncie. Este punto parte de otro elemento que sobrevuela (y que la propia autora hace explícito) el ensayo entero: la imposibilidad de escapar del género. La argumentación de Duval en este punto es interesante y seria, y no se basa en una reducción sobre la imposibilidad de superar el género, sino en la mutabilidad social e histórica y su complejidad, en su porosidad y adaptación, en el género como tecnología lingüística.

Si bien estos elementos abren debates interesantes y necesidades de acción política concretas, el momento más desilusionante con el ensayo de Elizabeth Duval viene de la propia desilusión de la autora (comprensible) que recoge en los flujos de lo trans. El colectivo trans no existe, efectivamente, a muchos niveles es una construcción teórica para una lucha de clasificaciones, que diría Bourdieu. El colectivo trans como agente solo puede existir desde un programa político concreto, desde una construcción histórica que suponga su propia tradición selectiva, contingente y cambiante ante las transformaciones que se den en la sociedad. Como cualquier otro colectivo o comunidad. Pero la propia autora señala unas páginas atrás que «para reunir una izquierda que pueda ganarle la carrera al fascismo posible o imaginario al ascenso de los hombres tenemos que conseguir un sentimiento común de pertenencia a algo superior» (pág. 93). Necesitamos ser capaces de ofrecer una alternativa de identificación, una estructura afectiva, de cuidados y de combate, que incluya un sentimiento de pertenencia político como el que Jodi Dean dibuja en Comrades: personas con las que contar, con las que compartir una ideología lo suficientemente común, el suficiente compromiso con unos principios y metas comunes para llevar adelante más que acciones puntuales, para pelear la larga lucha.

Esperemos poder seguir leyendo a Elizabeth Duval como teórica de lo que ella quiera hablar, como escritora de literatura y poesía, por quien quiera ser. Necesitamos voces como la suya, que tomen partido por quienes quedan fuera de las grandes historias, necesitamos personas como ella, que hagan cosas con las palabras, para generar una nueva estructura de sentimiento que nos ayude a terminar con el realismo capitalista.

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