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España
May 14, 2020
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Politizar lo digital

La transformación digital sigue hoy una dirección marcada por las políticas del momento, que favorecen la concentración empresarial, la extracción masiva y la acumulación de poder. Pero, como sucedió a principios del siglo pasado, estos criterios políticos pueden cambiarse.

I.

“Existe una convicción extendida en la mente del pueblo americano que las grandes corporaciones conocidas como “trusts” son, en algunas de sus características y tendencias, dañinas para el bienestar general. (...) [E]n mi opinión, esta convicción es correcta”. (Theodore Roosevelt, 1901)

En los primeros años del siglo veinte, en su primer discurso del Estado de la Nación, el Presidente Theodore Roosevelt apuntaba a los grandes conglomerados. Los movimientos sociales conocidos como “progresistas” llevaban décadas denunciando los abusos laborales, la manipulación de precios y la destrucción ambiental de los grandes monopolistas. Los Rockefeller y los Vanderbilt habían completado la industrialización de los Estados Unidos hasta convertir la nación en una potencia mundial; ¿a costa de qué? A pesar de sus orígenes en una de las familias aristocráticas del viejo Nueva York, el primer Roosevelt entendía que había llegado el momento de que la política ajustase cuentas con el mercado. Su Gobierno sentó las bases para leyes como la Sherman y otras intervenciones que futuros presidentes utilizaron para romper monopolios en los ferrocarriles, el petróleo y otros sectores estrangulados por un puñado de millonarios.

Al filo de otra transformación técnica, es conveniente recordar la profunda complejidad de los debates políticos que acompañaron el despliegue tecnológico del siglo pasado. Igual que el público maravillado por la velocidad de las locomotoras, los usuarios de aplicaciones digitales vivimos realidades virtuales de ensueño. ¿A qué precio?

II.

Al nivel más básico, las tecnologías digitales son el resultado de la sofisticación progresiva de los transistores o chips, que permitieron la transmisión de mayor cantidad de señales con la máxima fidelidad. Sus primeras aplicaciones eran diseñadas a demanda junto a los componentes físicos (hardware) por grandes compañías como International Business Machines (IBM), hasta que el desarrollo de ordenadores manejables y personales abrió el camino a programas de consumo masivo (software). La posibilidad abierta por Internet de transmitir información sin importar los límites geográficos ha sido análoga al crecimiento de la capacidad computacional, con los pequeños smartphones alcanzando potencias antaño inimaginables. Tras medio siglo de evolución, la transformación digital se asocia a otros avances en el transporte, la comunicación y la técnica; como los que intentaba gestionar Roosevelt hace un siglo. Es la tendencia capitalista conocida como “aniquilación del espacio por el tiempo” de Marx, desarrollada más tarde por David Harvey en su análisis de la globalización.

El debate sobre la revolución, transformación o implantación de la tecnología digital ha atravesado dos fases diferenciadas: el optimismo despolitizado y el pesimismo derrotista. A finales de los 80, los hippies de San Francisco aprendieron a programar y buscaron construir su utopía sin los complejos del mundo gris que les rodeaba. Hitos como la “Declaración de Independencia del Ciberespacio” todavía resuenan en los campus de Google y Facebook, donde programadores y desarrolladores confían en el potencial liberador de sus herramientas. Por supuesto, todo ello resulta paradójico para el que conozca los orígenes del proyecto Internet, una empresa militar y de seguridad nacional en plena Guerra Fría. Por mucho que duela a los anarcoliberales, la red de redes fue el resultado directo de un “Estado Emprendedor”. En principio, hasta el desarrollo de herramientas de gestión de bases de datos, era más una vía de comunicación inmediata. Más tarde llegaría la revolución de Google y los anuncios dictando los deseos y gustos del consumidor, a través de las cookies y otros rastreadores.

La segunda fase, la que ahora nos ocupa, es de pesimismo derrotista. En principio, la capacidad expandida de absorber información (privada o pública), tratarla y después ofrecer servicios basándose en la misma parecía un desarrollo neutral y sin precedentes. La amistad, el trabajo, los cuidados… Todos los aspectos de la vida parecían susceptibles de digitalización y mejora. El desencanto con el potencial de las redes sociales comienza justo después de un momento de encantamiento con sus posibilidades políticas, la Primavera Árabe y los movimientos mundiales de indignados. Es entonces cuando escritores como Morozov e informantes (“whistleblowers”) como Edward Snowden desvelan la arquitectura de vigilancia que ha llevado a compañías privadas a colaborar con las agencias de espionaje. La emergencia de sistemas sociales de regulación en China o la tecnología de detección de rostros mediante inteligencia artificial son ahora apuntes cotidianos en una carrera imparable ante la que nos sentimos invadidos, pero impotentes.

No tiene por qué ser así. La transformación digital sigue hoy una dirección marcada por las políticas del momento, que favorecen la concentración empresarial, la extracción masiva y la acumulación de poder. Pero, como sucedió a principios del siglo pasado, estos criterios políticos pueden cambiarse.

III.

El principio fundamental para comprender la problemática económica es dejar de asumir que la industria digital es solo un sector. Al contrario, la extracción masiva de datos, su procesamiento y su utilización como inteligencia o fuente de automatización es una infraestructura. Uno de los ejemplos clave es Amazon Web Service, que provee a millones de negocios de los servicios básicos de computación, servidores y otros elementos clave necesarios para la gestión diaria y la presencia online. Pero esto no es solo visible en aquellas plataformas que proveen a empresas; también en las aparentemente inocuas aplicaciones para hacer ejercicio o retransmitir eventos. Es cada vez más complicado en los entornos avanzados y urbanizados vivir sin recurrir a aplicaciones y otros mecanismos digitales. A veces, ocurre incluso contra la voluntad ciudadana: los ayuntamientos firman acuerdos con corporaciones para medir y proponer planes de movilidad; por ejemplo. La crisis del coronavirus demuestra que la conocida como “brecha digital” alcanza la misma importancia que la pobreza energética o la precariedad laboral. Sin embargo, no es suficiente con reconocer la necesidad neutra de “acceso” a la red. En la sociedad democrática, es también necesario que los ciudadanos puedan elegir cuáles y de qué tipo son las utilidades digitales que participan en la gobernanza.

¿Por qué supone un problema la ausencia de regulación? Como ha estudiado Srnicek, las plataformas digitales generan sus propios “efectos de red”. La necesidad intrínseca de generar beneficios o atraer inversores les obliga a aumentar constantemente su número de clientes. Esto se aplica a la mayoría de empresas; pero además, para las plataformas digitales su eficiencia irá en aumento con su mayor tamaño, sin necesariamente aumentar los costes de gestión. Mayores datos refinarán los algoritmos y su capacidad de automatizar procesos. Al mismo tiempo, las compañías que dominan un sector tienden a adquirir posibles competidores; o a entrar en otros sectores reventando precios (con el apoyo de aquellos servicios que dan beneficios). Por eso es el conglomerado, como Alphabet o Alibaba, la forma elegida por los líderes tecnológicos (igual que hicieran los Rockefeller). Finalmente, la entrada en múltiples mercados al mismo tiempo es una obligación para cautivar clientes por primera vez; ejemplo de ello son las iniciativas de Facebook para proporcionar “Internet gratuito” en el Sur Global. No es humanitarismo: la conexión está filtrada por la empresa norteamericana, incluidas las aplicaciones que pueden instalarse. Así, el desarrollo de infraestructuras es el primer paso para captar usuarios fuera del Norte Global. Dejadas a su suerte, estas firmas transnacionales (que ya invierten miles de millones en campañas de relaciones públicas) seguirán infiltrando cada esquina de nuestra existencia en busca del margen sobre sus competidores.

Curiosamente, los Estados se encuentran en un momento similar al de finales del siglo XX. La reacción conservadora, con miedo al socialismo y los movimientos demócratas de entonces, basaba sus principios económicos en la supremacía del patrón oro y el libre mercado. Había más temor a la unidad entre trabajadores que a la colusión entre empresarios, aquella que denunció Adam Smith. La pérdida de capacidad institucional tras largas décadas de recorte neoliberal nos ha llevado a un momento similar. Quizá los usuarios no han notado todavía el abuso de estos monopolios incipientes. De momento, son otras empresas las que están sufriendo las consecuencias. Los viejos bancos protestan ante la iniciativa de Facebook de crear su propia moneda y sistema bancario. Las decadentes televisiones buscan protección ante la capacidad de Disney de absorber toda la industria cultural norteamericana. Por supuesto, otros agentes con menos poder también han sufrido ante los gigantes tecnológicos: los libreros fueron las primeras víctimas de Amazon. Es en esta lucha contra el pequeño y mediano comercio donde Silicon Valley queda más en evidencia, por dos motivos: su sistemática evasión de responsabilidades fiscales; y su infringimiento de regulaciones laborales. Desde los riders hasta los vecinos de apartamentos turísticos, son pocos los sectores sociales inmunes al Big Tech.

IV.

Asimismo, resulta fundamental analizar cómo la revolución digital ha permeado la sociedad mucho más allá del campo estrictamente económico, transformando prácticamente cualquier aspecto de aquello que podríamos considerar esencial: los equilibrios de poder del juego democrático, los espacios en los que vivimos, cómo nos comunicamos e incluso nuestras propia subjetividad. Empecemos hablando sobre esta última. Si hay una lección que podemos obtener de la literatura de los estudios de vigilancia (Surveillance Studies) no es que el poder, en cualquiera de sus iteraciones, intente o consiga vigilar a aquellos que considere sujetos problemáticos, puesto que esto resultaría una obviedad. La lección más importante - desde Michel Foucault hasta Gary Marx - es que estar sometido a la posibilidad de ser vigilado altera nuestro comportamiento y, a la postre, nuestro propio ser. El primero, Foucault, se interesó por la “ruptura histórica” que se dio en prisiones o manicomios cuando la restricción física se sustituye por el autocontrol. El segundo, Marx, por cómo la infiltración de organizaciones por el FBI reventó desde dentro movimientos en favor de los derechos civiles. La tarea de nuestro presente - ya sea como académicos o como actores políticos - será analizar cómo estas tecnologías transforman nuestras formas de ser y actuar.

En nuestra opinión, la faceta más inquietante de estas transformaciones está estrechamente relacionada con las políticas de seguridad iliberales implementadas en democracias occidentales, asociadas con la “guerra contra el terror” en tanto que efecto sucesivo a los ataques del 11 de septiembre de 2001. Los efectos más tangibles fueron, por un lado, las “misiones de estabilización” (invasiones), las “técnicas de interrogatorio mejoradas" (torturas), los “asesinatos selectivos” (ejecuciones extrajudiciales), y las de “entrega extraordinaria”; y, por otro, la implementación de restrictivos estados de urgencia (con una duración de dos años en el caso de Francia) y una total indiferencia hacia los derechos civiles en la implementación de políticas de vigilancia masiva que hoy conocemos gracias a Snowden. Si bien en un primer momento pudiera parecer que tan solo este último grupo de políticas guardan relación con la revolución digital, esta lectura resultaría miope, puesto que - volviendo a lo que indicábamos en el anterior párrafo - lo fundamental de esta cuestión es analizar cómo periodistas, activistas o denunciantes han cambiado sus hábitos. Por ejemplo, un estudio de PEN América (una prestigiosa organización dedicada desde los años 20 a la protección de la libertad de expresión) señalaba el “efecto paralizante” que la vigilancia masiva tiene en periodistas, así como la  cada vez más frecuente reticencia  de denunciantes a proporcionar información a los periodistas de investigación. En este sentido, una vasta literatura académica ha venido demostrando cómo la vigilancia masiva representa “la mayor amenaza al periodismo en Occidente”.

Así, el escándalo de Cambridge Analytica tiene dos lecturas. La más inmediata es política, y tiene que ver con cómo entendemos la democracia. Sabemos que esta empresa fue contratada y utilizada para influir en elecciones cuyos resultados fueron extremadamente ajustados, como en el caso del referéndum del  Brexit, en el que  la campaña del “Leave” utilizó sus servicios (a través de AggregateIQ). No obstante, resulta importante incidir en el hecho de que esto no sucedió en un vacío: estas prácticas vienen produciéndose  desde hace años, ampliando el poder que plutócratas pueden tener en sistemas democráticos. Como indicó Colin Bennet (antes, por cierto, de que el escándalo de Cambridge Analytica explotara), la “vigilancia de los votantes” (voters surveillance) podría corroer la democracia en dos sentidos: en primer lugar, dentro del marco liberal, violaría derechos fundamentales como la privacidad. En segundo lugar, este tipo de escándalos socava la confianza en el valor de la participación política, haciendo más difícil la traducción del “yo” en un “nosotros”. En suma, este tipo de vigilancia representa un desafío para nuestras democracias.

La segunda lectura continúa con el aspecto ya mencionado anteriormente. Tomadas conjuntamente, las políticas de vigilancia masiva (desarrolladas por los estados y abrazadas por prácticamente todas las Big tech) y el fenómeno del data brokering (eminentemente privado) no solo han transformado la capacidad de periodistas y activistas de hacer rendir cuentas a los estados, o aumentado la capacidad de un puñado de plutócratas de influir en la opinión política de la ciudadanía; sino que, además, ha transformado radicalmente la vida cotidiana de la gente. Dejando de lado el lado más “analógico” de esta cuestión (como, por ejemplo, el de las cámaras de seguridad - CCTV), escándalos como las Revelaciones Snowden o Cambridge Analytica han puesto de relieve el alcance del “panóptico digital” al que somos sometidos. De nuevo, pese a lo preocupante de esta realidad en términos de derechos civiles, el alcance de estos programas no son tan interesantes por sí mismos como por el grado en que afectan a la manera en la que  se usan las redes sociales. Una miríada de autores - tanto periodistas como académicos - ha demostrado que, desde que estallaron los escándalos mencionados, los usuarios de las redes sociales se someten a  una auto-censura, siendo más “cuidadosos” con lo que publican, publicando menos, o incluso borrando sus cuentas.

Cabría, por tanto, preguntarse por qué tantos ciudadanos aceptan ser vigilados en internet como una realidad necesaria o, al menos, relativamente inofensiva.  Pese al desdén doxástico de muchas personas hacia las relaciones digitales (que emana de  una fantasía romántica que presupone que, por ejemplo, hablar en un parque es más auténtico que hablar por Skype), la antropología contemporánea se ha volcado en estudiar y demostrar la relevancia que redes como Facebook, WhatsApp, Twitter o Instagram han adquirido  para las relaciones sociales. Como indica Daniel Miller, padre de la Antropología Digital, el impacto que estas redes tienen en nuestra manera de entender la amistad - o incluso algo tan básico como las relaciones de parentesco - ha sido monumental. En otras palabras, estas redes sociales transforman cómo nos presentamos en el mundo, cómo constituimos amistades, cómo hablamos con nuestros familiares, nuestras posiciones políticas, la música que escuchamos, con quien nos acostamos, o los grupos que frecuentamos. ¿Aceptaríamos ser vigilados (siguiendo con el ejemplo anterior) en un parque, teniendo una conversación personal con un amigo? ¿Por qué deberíamos aceptar que nos vigilaran cuando lo hacemos online si, como acabamos de ver, estos espacios son fundamentales para nosotros? Muchos usuarios no se dieron de baja de Facebook por miedo a perder el contacto con sus amigos, poniendo una vez más de relieve la dependencia que existe de estas plataformas y, por tanto, la necesidad de quelas autoridades públicas rompan monopolios como los de Facebook (que incluye a WhatsApp e Instagram). No obstante, acaso la consecuencia más preocupante de la revolución digital sea el tipo de subjetividad que emerja de la experiencia de ser constantemente vigilado. Por tu jefe. Por tus redes sociales. Por tu comercio online. Por tu gobierno.

En un provocador pasaje en Exposed: Desire and Disobedience in the Digital Age, Bernard Harcourt compara esta transformación de la subjetividad con la que Erving Goffman observó en los manicomios en los años sesenta, donde los pacientes bien terminaban por interiorizar una serie de estrictas normas de comportamiento, o encontraban estrategias para lograr evitarlas. Harcourt afirma que tal vez esté sucediendo algo similar con la revolución digital, en la que dos grupos parecen emerger: aquellos que se sienten constantemente observados y aquellos que, sienten que esta red de vigilancia les protege, puesto que “no tiene nada que ocultar” o “no es para tanto”. Al igual que sucede con el paciente que al salir del manicomio traspone las normas que ha interiorizado, aquello que resulta fundamental entender es que las maneras de ser y pensar en los espacios digitales no se quedarán ahí; las traeremos con nosotros al mundo “analógico”. Por tanto, la pregunta que debemos de hacernos es: ¿qué tipo de política cabe esperar de una subjetividad que acepte, sin apenas reservas, esa constante vigilancia?

V.

En la raíz del célebre arco de desigualdad-igualdad-desigualdad que describen Piketty o Brankovic, hay intervenciones como la de Theodore Roosevelt. En el siglo XX, las riquezas derivadas del auge técnico de la Segunda Revolución Industrial fueron socializadas de una manera u otra. En ese gran movimiento de redistribución, tuvo mucho que ver la reorganización de los egoístas monopolios y oligopolios. País tras país, la gran industria se resistió a ello. Contrataron pistoleros, compraron elecciones, reventaron huelgas. Sin embargo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial las democracias parlamentarias alcanzaron un compromiso más o menos equilibrado entre los dueños de las tecnologías y el resto de la sociedad.

Hoy, un nuevo y reducido grupo de aspirantes a monopolistas tecnológicos se aprovecha de la debilidad de nuestros Estados para intensificar la extracción económica y el control social. Nuestra tarea en este siglo debe ser, por tanto, la de politizar lo digital.

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Reino Unido
July 9, 2021

«Leí tu libro la semana pasada y me sentí como si saliera a tomar aire después de pasar mucho tiempo bajo el agua. Me gustaría agradecerle de todo corazón que haya expresado de forma tan elocuente casi todo lo que había que decir, y que haya proporcionado una razón para la esperanza, cuando yo estaba a punto de desesperar.»

Editorial 1 de mayo

Editorial

España
May 1, 2021

Hoy más que nunca necesitamos disponer de horizontes de futuro confiables, asegurar nuestras vidas -y no para cualquier forma de vida, sino para una que valga la pena ser vivida- como condición de posibilidad de cualquier forma de libertad política (pues sabemos que sin seguridad y confianza en el porvenir no hay libertad sino miedo y servidumbre).

¿Es pensable hoy un sistema de propiedad temporal?

Alberto Tena

España
September 17, 2020

¿Qué pasa si dejamos de considerar a la propiedad como algo sagrado y “permanente”, que incluso trasciende al individuo (y su supuesto esfuerzo) hasta sus herederos, y empezamos a considerar que esta es imposible sin un complejo sistema de relaciones sociales colectivas que la sostiene desde su origen?