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“Una voluntad (post-punk) para reclamar la modernidad”, reseña de K-Punk-Vol. 2

Pablo Beas

24 de noviembre de 2020

La reciente publicación del segundo volumen de K-Punk de Mark Fisher nos trae cerca de diez años de producción intelectual albergada en el blog homónimo por parte del autor de Realismo capitalista. Según se advierte en la propia introducción, en lugar de disponer los escritos cronológicamente, la estructura del libro se divide en dos mitades delimitadas por su temática: “Elijan sus armas. Escritos sobre música” y “Por ahora, nuestro deseo no tiene nombre. Escritos sobre política”. No obstante, hemos de pensar el conjunto como una interrelación entre ambas mitades: Fisher piensa con el modernismo popular de J. G. Ballard y la música post-punk, junto con autores como Berardi, Derrida, Jameson, Zupančič e, incluso, Gramsci, contra la esclerotización cultural del presente, el popismo del Partido Laborista y una izquierda incapaz de imaginar alternativas a un realismo capitalista cada vez más zombi pero, no por ello más muerto. Las preocupaciones del autor no son menos sugestivas: mapear los estados del malestar (depresión, solidaridad negativa, precariedad, melancolía) a partir de un cuidadoso examen de la cultura contemporánea. En este análisis subyace la intención política de construir un deseo que oriente las demandas democráticas actuales en un sentido post-capitalista que redima un pasado que nunca se produjo y que nos ha llegado en rastros de carmín.  Asimismo, lxs lectores del recopilatorio deberán sortear el peligro que se dibuja en los escritos de Mark Fisher que no es otro sino el riesgo de museificarlos para intentar suponer qué habría dicho Fisher sobre cualquiera de nuestras contingencias actuales.  El mejor homenaje posible al legado de Fisher es, precisamente, traicionar al autor, ir más allá, samplear la voz de Fisher no para que piense por nosotros sino para que nos ayude a plantearnos las preguntas adecuadas. 

Popismo, enfermedad infantil del realismo capitalista

 “Un ataque nuclear táctico dirigido a Glastonbury habría virtualmente aniquilado todo lo que está debilitado, adormecido y reactivo en la cultura británica”[1]

La cita que cierra el primer capítulo del segundo volumen de K Punk podría leerse erróneamente como un alegato elitista, sin embargo, es precisamente un alegato satírico en contra del encasillamiento la despolitización de la cultura popular y su consideración como mero divertimento. Una llamada de auxilio contra una cultura enferma que parece haber alejado de sí cualquier gesto crítico y permanece fosilizada en un bucle nostálgico. Glastonbury, una suerte de homeopático musical, vendría a significar la enésima capitulación del modernismo popular frente al escapismo neoliberal.  Mientras que la música pop de los setenta nos mostraba el deseo perdido de la contracultura como señales de un futuro aun por llegar, la música de nuestro presente parece estar atrapada en una suerte de repetición y monotonía. La sonrisa de un hedonista depresivo como Drake en Marvin’s Room alberga la tristeza secreta del siglo XXI. Una mueca amarga que ya muestran descarnadamente series como Euphoria, ciertos artistas trap o la canción “René” de Calle 13: el desnudo de un vacío que, aparentemente, se cubre con evocaciones retro o exhortaciones al goce que no pueden disipar una depresión cultural más profunda: “¿se están agotando los recursos culturales tal y como está ocurriendo con los recursos naturales?”[2]

Bajo estas coordenadas, el “significante Bowie” puede entenderse como el deseo subterráneo de “lo nuevo” en una cultura en la que ser contemporáneo no es garantía de ser moderno. A priori, podríamos pensar, con la propia alusión a David Bowie, en una evocación fisheriana de fantasmas modernistas para exorcizar la depresión cultural del siglo XXI. Sin embargo, por decirlo con Marshall Berman, se trataría más bien de pensar la cultura como nutrición para el alma de los vivos en lugar de como un culto a los muertos. En esta línea, la lealtad hacia el postpunk de los setenta por parte de Fisher no debe entenderse como melancólico apego por los sonidos de los ScrittiJoy Division  o Gang of Four sino, más bien, como un reclamo del componente crítico y democratizador que esa música comportaba: “la idea de que la cultura popular podía ser portadora de conceptos difíciles, sofisticados y demandantes para el público”[3].  La apuesta frente a la trampa popista de la decadente música de festivales o el hedonismo del hip-hop no es otra que recoger el testigo del modernismo de The Fall para afirmar que el experimentalismo artístico, el glamour o la sofisticación no son dominio exclusivo de las clases privilegiadas sino valores y espacios susceptibles de ser disputados[4]

No obstante, no podemos olvidar que la riqueza de la música de los setenta fue posible gracias a unas condiciones históricas concretas (la alianza entre la clase obrera y arty, las ayudas al alquiler, las ocupaciones, la seguridad social) que hacían posible enfocar la creatividad en algo que no fuera buscar trabajo y ganar dinero. Paradójicamente, la destrucción de esos sostenes del Estado del Bienestar por parte del neoliberalismo en aras de liberar el “espíritu emprendedor” preso de las instituciones socialdemócratas acabó llevándose por los aires todo el soporte material que había posibilitado la eclosión creativa de la contracultura. La parálisis cultural y su reverso hedonista deben leerse como síntomas de un contexto marcado por la precariedad material y la epidemia de ansiedad que lleva aparejada.  “There’s only [in]voices in my head”; “Sólo hay facturas en mi cabeza” cantan los eMMplekz: ¿Cómo ser creativos hoy en otra cosa que no sea ganar dinero si todo nuestro esfuerzo está concentrado en pagar el alquiler? ¿Qué cultura podríamos imaginar hoy si Internet coexistiera con una Renta Básica Universal? Por el momento, esto son ciencias ficciones económicas.

¿Hauntología o hegemonía? El fantasma era Gramsci

Si la voz punk No Future impugnaba el cierre de posibilidades inserto en el dictum thatcheriano No hay Alternativa, el prefijo post añadía toda una interrogación acerca de la voluntad por hacerse cargo de los cascotes de un mundo fordista en descomposición, que sigue interpelándonos hoy bajo otras coordenadas históricas. Nuestra coyuntura dibuja un panorama, en teoría, poshegemónico marcado por el qué hacer ahora que, tras el descrédito del relato neoliberal con la crisis de 2008, el neoliberalismo “está muerto, pero persiste”. Ahora bien…“Si el neoliberalismo no va a colapsar por su propia voluntad, ¿qué podemos hacer para acelerar su desaparición”?[5]

El aceleracionismo de Mark Fisher no es una suerte de “cuanto peor, mejor” ni una versión cyberpunk del leninismo sino un constructo mucho más matizado que pasa por tomar consciencia de la “cara b” de la conocida historia de la cooptación neoliberal del 68. Esta no se trataría, en efecto, de una mera cooptación sino más bien de una articulación en la que la derecha individualizó con éxito los deseos autonomistas al postular al capital como único agente capaz de llevar a cabo la modernización del  cada vez más burocrático y menos democrático Estado del Bienestar. Sin embargo, esa operación hegemónica no estaría exenta de remanentes: “la conversión neoliberal de la protesta contracultural en placeres de consumo pasó por alto la dimensión de la transformación colectiva de ciertas instituciones del viejo mundo fordista” [6].

Así pues, la maniobra neoliberal distaría de haber sido un crimen perfecto: “hay deseos y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y es la aceleración de estos procesos lo que empujará al capitalismo más allá de sus límites[7]”. Aquel deseo post-capitalista sería susceptible, hoy, de ser redimido en un nuevo proyecto político que haga converger las promesas antiburocráticas que el neoliberalismo no cumplió junto con las enfermedades mentales (estrés, depresión) que ha ocasionado el paradójico exceso burocrático fruto del afán neoliberal por medir y cuantificar lo público. ¿Acaso no sería una victoria discursiva pensar en que significantes como la creatividad o la flexibilidad sin que estos implicaran una precarización económica y psíquica?  

Consciente de la ambivalencia del malestar contemporáneo, Fisher ejerce de “avisador del fuego” ante el riesgo de que la Izquierda vuelva a ser incapaz de canalizar el descontento burocrático y este sea cooptado por la derecha para criticar la ineficiencia del sistema público y continuar socavándolo[8]. En esta encrucijada marcada por la incertidumbre, Gramsci ejerce como “mediador evanescente” para un Fisher cuyos últimos escritos planteaban la necesidad de llevar a cabo cierta intervención pedagógica que contrarreste el clima cínico del neoliberalismo autoritario que parece haber emergido tras el crash de 2008.  El punto crítico en Gramsci, señala Sacristán, es que “sabe, a raíz de la derrota, que lo inminente es sólo la crisis del período no necesariamente el socialismo” [9]. Lo inminente no es la revolución, es el orden, un orden relativo que no tiene por qué estar orientado en un sentido progresista. 

El diálogo con Gramsci abre un camino para suturar la brecha entre hauntología y hegemonía, entre un futuro que no llegó y un presente en disputa. ¿Cómo leer, nostalgia aparte, el apelativo al Green New Deal sino como un intento de ordenar el presente conectando con el espíritu perdido del 45? ¿Y si la modernización neoliberal no hubiese sido la única salida posible a la crisis del Estado del Bienestar? El último artículo escrito por Fisher no deja dudas al respecto:

“La derecha ha dejado de reclamar la modernidad para sí. La ideología neoliberal hizo que la neoliberalización pareciera un sinónimo de modernización. Pero es precisamente esa modernidad la que hoy rechaza la derecha en un giro hacia atrás y hacia adentro (…) la retirada de la derecha de la modernidad le da aún más ímpetu a la izquierda para reclamarla”[10]

Reclamar la modernidad

Si la obra de Thatcher fue el blairismo, el legado trágico de Blair no fue otro que la asunción de que Izquierda y modernidad eran fundamentalmente incompatibles. En el manifiesto Reclaim Modernity, escrito junto con Jeremy Gilbert, late uno de los desafíos que lanzó Fisher y que continúa sin respuesta: ¿cómo construir una idea de modernidad alternativa y de lo público que no esté basada en la centralización estatista ni en la mercadotecnia neoliberal? 

La respuesta estribaría en una Izquierda capaz de salir del underground, un populismo democrático que retomara la dimensión prometeica de la emancipación. En efecto, como apuntara Fisher en Los fantasma de mi vida: “en el hecho de mirar The X Factoro hacer las compras en Tesco puede esconderse el deseo persistente de que la modernidad tecnológica y masiva sea mejor de lo que es”[11]. En la cotidianeidad de nuestras vidas latiría un deseo de lo nuevo en forma de una modernidad menos sacrificial y más amable que pasa por re-imaginar formas de democratizar la gestión de lo público, por alumbrar la cultura popular del siglo XXI y por cómo hacer de la tecnología una aliada del deseo para dar “vida sensible a las utopías anticipando el futuro sin sacrificar el presente”[12].

Una de las lecciones que cabe extraer del 2008 no es únicamente que el neoliberalismo continúa como una religión sin creyentes, sino que la pulsión utópica que lo alimentara en los setenta habría quedado en entredicho con la propia crisis de 2008. Ante la tentación de huir hacia arcadias premodernas, en un momento en el que la derecha apuesta por abandonar la modernidad en un repliegue identitario hacia el pasado, la Izquierda debe apostar por el futuro, por una modernidad que quedó clausurada por el realismo capitalista. En un tono optimista que contrasta con el paisaje cínico de nuestro presente, Fisher aparece en las últimas páginas de K-Punk como un intelectual alejado de la idea desencantar a las masas sino que más bien parece ser partidario de organizar el pesimismo para construir un deseo de futuro, todavía sin nombre.


[1] Mark Fisher, “La ya tradicional diatriba contra Glastonbury”, p.22. en K-Punk-volumen 2. Escritos sobre música y política, Buenos Aires, Caja Negra, 2020.

[2] Alex Wiliams citado por Mark Fisher en la entrevista conjunta con Simon Reynolds en “You remind me of gold”, p. 185 de K-Punk-volumen 2.

[3] Mark Fisher, “El afuera de todo hoy”, p. 71 de K-Punk-volumen 2. 

[4] Como apunta Pablo Schanton (2018) en el prólogo a Los fantasmas de mi vida, la importancia del modernismo popular reside en haberse tomado en serio el reto por “democratizar ideas, éticas y estéticas que las vanguardias del arte y la política habían postulado décadas antes”, p. 17.

[5] Mark Fisher, “Cómo matar a un zombi: estrategias para terminar con el neoliberalismo”, p. 405 en K-Punk-volumen 2.

[6] Fisher, M. (2013): “Una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”, p. 155 en Armen Avanessian y Mauro Reis (Comps.) Aceleracionismo. Estrategias para una transición al postcapitalismo (2019) Buenos Aire, Caja Negra.

[7] Ibídem, p. 159.

[8] Mark Fisher y Jeremy Gilbert (2014), Reclaim Modernity. Beyond markets, beyond machines, p.25.

[9] Manuel Sacristán (1998), El orden y el tiempo, Trotta, Madrid, p.142.

[10] “Mannequin Challenge” p. 542.

[11] Mark Fisher (2013) “Salir del underground: The Jam entre el populismo y el modernismo popular” en Los fantasmas de mi vida, Buenos Aires, Caja Negra.

[12] Susan Buck-Morss (2004), Mundo soñado y catástrofe. La desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste, Madrid, Antonio Machado, p.84.