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Por qué la izquierda populista debe apostar por una transformación verde y democrática

Chantal Mouffe

13 de enero de 2020

Artículo originalmente publicado en https://www.opendemocracy.net/en/rethinking-populism/left-populist-strategy-post-covid-19/

La izquierda debe trazar una frontera entre el pueblo y la oligarquía, y la transición ecológica es la cuestión sobre la que una voluntad popular colectiva puede cristalizar

Recientemente se ha anunciado el fin del populismo de izquierda por parte de varios críticos que defienden que, ya que los partidos populistas de izquierdas no han podido cumplir sus objetivos, es el momento de volver a una concepción tradicional y clasista de la política. Quiero aquí desafiar esta perspectiva y argumentar que en la coyuntura actual una estrategia populista de izquierdas es más relevante que nunca. El COVID-19 ha exacerbado las desigualdades existentes y ha acentuado la crisis orgánica del neoliberalismo. No habrá ningún retorno a la normalidad después de la pandemia. 

Es cierto que esto es lo que pasó después de la crisis económica de 2008. Sin embargo, durante esos años la hegemonía neoliberal no fue disputada, y hoy el contexto político es diferente. Después de años de «post-política», donde no había ninguna diferencia fundamental entre políticas de izquierda y de derecha, estamos viendo un «retorno de lo político». Hoy existen movimientos de izquierda radical que desafían el socio-liberalismo de los partidos de centro-izquierda en varios países, y diversas formas de activismo están floreciendo en muchos campos. Fridays for Future, el Youth Movement en defensa del clima y las movilizaciones anti-racistas de Black Lives Matter han llevado estas luchas a tener visibilidad internacional. 

Estrategias en disputa 

Pienso que lo que veremos después del COVID-19 es una confrontación entre las diferentes estrategias sobre cómo lidiar con las crisis económicas, sociales y ecológicas que la pandemia ha sacado a la luz. Sin duda, los neoliberales intentarán utilizar el poder del Estado para reafirmar la predominancia del capital. Este «neoliberalismo estatal» podría ser impulsado en ciertos países a través de medidas autoritarias, confirmando la tesis de Wofgang Streeck de que la democracia y el capitalismo se han vuelto incompatibles. El «neoliberalismo autoritario» podría tomar ahí una forma digital, similar a lo que Naomi Klein ha denominado como Screen New Deal. Como nos muestra el debate actual sobre la respuesta tecnológica adecuada a la crisis sanitaria, hay una tendencia creciente a considerar que la solución consiste en desarrollar apps para el control de la salud de la población. La crisis del coronavirus representa una gran oportunidad para que los gigantes digitales se presenten a sí mismos como los agentes de una política de salud completamente computarizada. Su ambición para extender su control hacia otros dominios se podría ver legitimada mediante la promoción activa del novedoso «solucionismo tecnológico», analizado por Evgeny Morozov. En su libro To save everything, click here [1] Morozov nos advierte de los peligros de la ideología del solucionismo promovida por Silicon Valley, según la cual todos los problemas, incluidos los políticos, tienen una solución tecnológica. El autor plantea que los solucionistas apuestan por medidas post-ideológicas y que utilizan la tecnología para evitar la política. 

La creencia de que las plataformas digitales podrían proveer un fundamento para el orden político resuena con la afirmación de los políticos de la tercera vía de que los antagonismos políticos están superados y que izquierda y derecha son «categorías zombies». El solucionismo es de hecho la versión tecnológica de la concepción post-política que se volvió dominante durante la década de 1990. Este facilita la aceptación de formas post-democráticas de tecno-autoritarismo inmune al control democrático. Una versión neoliberal del tecno-autoritarismo puede no ser aún el estado de vigilancia tecno-totalitario al que algunas personas tienen miedo, pero puede representar el primer paso en esa dirección. 

Otro tipo de respuesta es la que proviene de los partidos populistas de derecha. Reclamando ser la voz del pueblo, acusan a las élites neoliberales de ser responsables de la crisis a causa de sus políticas pro-globalización y de su abandono de la soberanía nacional. Para restaurar esta soberanía apuestan por una política de la inmunización que protegería a los ciudadanos nacionales, restringiendo drásticamente la democracia a ciertas categorías e imponiendo barreras muy estrictas a la inmigración. Su discurso anti-establishment y su rechazo al gobierno de las empresas transnacionales son bien recibidos en ciertos espacios y conectan con los sectores populares. Estos partidos podrían constituir una fuerza de resistencia contra el gobierno post-político del autoritarismo high-tech, pero a expensas de imponer un autoritarismo nacionalista de naturaleza xenofóbica y socialmente conservadora. 

Autoprotección

Para contrarrestar estas dos formas de autoritarismo y tener cualquier tipo de influencia en la dirección de nuestras sociedades después de la pandemia, la izquierda necesita más que buenas políticas. También debería entender cómo el COVID-19 produce reacciones emocionales que pueden ser explotadas para impulsar avances anti-democráticos. 

Karl Polanyi nos proporciona importantes reflexiones a tener en cuenta sobre esta cuestión. En su libro La gran transformación, analizando las devastadoras consecuencias de los movimientos del liberalismo del s. XIX para tratar la tierra, el trabajo y el dinero como mercancías, Polanyi nos muestra cómo una sociedad amenazada por la dislocación producida por los avances en la mercantilización, reaccionó en la década de 1930 con un movimiento defensivo para protegerse a sí misma, readaptando la economía a las necesidades sociales mediante la re-integración del mercado en las estructuras sociales. También indicó que las resistencias a la dislocación producida por los avances en la mercantilización no están necesariamente destinadas a tomar una forma democrática. De hecho, en los años 30 llevaron al New Deal de Roosevelt, pero también al fascismo o al estalinismo. [2]

La idea de Polanyi de un contra-movimiento ha ganado valor en los últimos años para explicar el crecimiento global de los movimientos sociales contemporáneos en resistencia al neoliberalismo. El punto de su argumento que me gustaría enfatizar es la importancia que atribuye al elemento de autoprotección, que ve como la fuerza constituyente del contra-movimiento. Su análisis muestra que cuando las sociedades sufren serias perturbaciones en sus modos de existencia, la necesidad de protección se vuelve una demanda central, y que las personas tienden a seguir a esos que creen que pueden garantizarla mejor. 

Si hago esta referencia a Polanyi es porque creo que hoy nos encontramos en una situación análoga. Ciertamente, una de las consecuencias de la pandemia es haber incrementado la necesidad de protección. Esta necesidad de protección explica por qué muchas personas están hoy dispuestas a aceptar formas digitales de control a las que hasta ahora se han opuesto. Esto podría beneficiar, sin duda, a los populistas de derechas en caso de que puedan convencer a la gente de que esta protección requiere promover una visión de la soberanía en términos de nacionalismo excluyente. 

La lucha sobre la soberanía 

Frente al peligro de las soluciones autoritarias a la crisis, es imperativo que la izquierda aborde esta demanda de protección. Lamentablemente, sectores relevantes de la izquierda han adoptado la perspectiva neoliberal post-política que postula el fin del modelo conflictual de la política, que vincula el progreso moral con la creación de un mundo sin fronteras donde todo se pueda mover libremente y sin límites. La defensa del libre mercado constituye para ellos un dogma de fe y tienden a sospechar del deseo de protección de las clases populares, viéndolo como un rechazo a los valores cosmopolitas que alaban. 

Opino que sería un grave error que la izquierda abandonara nociones como la soberanía y el proteccionismo a la derecha. Esto impediría la elaboración de un proyecto político que pudiese conectar con las demandas de las clases populares. Es así urgente librar una batalla ideológica para resignificar la soberanía y el proteccionismo, articulándolos con valores centrales de la tradición democrática, para poder desactivar sus connotaciones autoritarias. Esto no debería ser visto como una manera de ceder campo al populismo de derechas, como se suele acusar a los populistas de izquierda. Es siempre mediante la lucha política que el significado de ciertas nociones políticas clave es construido, y la confrontación sobre su significación es una dimensión crucial de la lucha hegemónica. 

La importancia de los afectos 

La crisis actual demanda una estrategia populista de izquierdas que pueda crear una fuerza popular colectiva capaz de implantar una nueva hegemonía para recuperar y profundizar la democracia. Una estrategia populista de izquierdas reconoce que la política es una actividad partisana donde los afectos juegan un rol relevante. Dibujando una frontera política entre un «nosotros» y un «ellos», entre el «pueblo» y la «oligarquía», esta estrategia es capaz de movilizar la dimensión afectiva que está en juego en la construcción de formas de identificación colectiva. Esto es algo que el marco teórico racionalista, en el que demasiadas veces se basa la política izquierdista, no puede considerar. Tener ideas correctas no es suficiente y, como nos recuerda Spinoza, las ideas solo tienen fuerza cuando se encuentran con los afectos. En política no es suficiente tener un programa bien elaborado. Para generar lealtad y mover a las personas a la acción, tiene que expresar afectos que conecten con sus deseos y experiencias personales. 

Las dos grandes pasiones en política son el miedo y la esperanza, y para la izquierda es crucial unir a las personas en torno a un proyecto político que no esté movido por el miedo sino por la perspectiva de un mundo diferente, donde los principios democráticos de igualdad y soberanía popular sean implementados. Una ofensiva contra-hegemónica frente al neoliberalismo tiene que ser impulsada en nombre de una «transformación verde y democrática», conectando la defensa del medio ambiente con las múltiples luchas democráticas en contra de las diferentes formas de desigualdad. Lo que está en juego es la construcción de una voluntad colectiva, un «pueblo» donde muchas luchas, no solo de naturaleza socioeconómica sino también feministas, racistas, LGBTIQ+, puedan encontrar una superficie de inscripción. 

«Transformación verde y democrática» 

Estas demandas son muy heterogéneas y requieren de alguna forma de articulación. Creo que hablar de una «transformación verde y democrática», y concebir la transición ecológica como un modo de profundizar la democracia, podría proveer este principio articulador, pues se trata de un proyecto alrededor del cual diferentes demandas democráticas pueden cristalizarse. Es la fuerza afectiva del imaginario democrático la que ha guiado las luchas por la igualdad y la libertad en nuestras sociedades. Visualizar la necesaria transición ecológica a modo de una transformación verde y democrática podría activar el imaginario democrático y generar importantes afectos entre muchos grupos, conduciendo firmemente su deseo de protección hacia una dirección igualitaria. 

El objetivo de una transformación verde y democrática es la protección de la sociedad y sus condiciones materiales de existencia de un modo que empodere a las personas, en vez de hacerlas retroceder en un nacionalismo defensivo o en una aceptación pasiva de soluciones tecnológicas. Es protección para la mayoría, no para unos pocos, proporcionando justicia social e impulsando la solidaridad. 

El Green New Deal defendido por Alexandria Ocasio-Cortez o el Sunrise Movement en los EEUU son un buen ejemplo de este proyecto, ya que vinculan la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero con el objetivo de lidiar con problemas sociales como la desigualdad o la injusticia racial. Este ejemplo contiene muchas propuestas importantes, como el trabajo garantizado por el Estado en la economía verde, que son cruciales para asegurar la adhesión de sectores populares cuyos trabajos se verán afectados. En Reino Unido la revolución industrial verde, que fue una pieza central del programa del Partido Laborista de Jeremy Corbyn, también afirmó que la justicia social y económica no puede ser separada de la justicia medioambiental. Corbyn promovió medidas para una rápida de-carbonización de la economía, junto con inversión en trabajos sostenibles, bien pagados y sindicados. En contraste con muchas de las otras propuestas verdes, estos dos proyectos demandan un cambio sistémico y reconocen que la transición ecológica real requiere de una ruptura con el capitalismo financiero. 

Lucha de clases y crisis ecológica 

Los que apuestan por una estrategia populista de izquierdas suelen ser acusados por parte de los marxistas de negar la existencia de la lucha de clases, pero esto es confundir las cosas. Una estrategia populista de izquierdas reconoce que la sociedad está atravesada por antagonismos, algunos de ellos de naturaleza socioeconómica. Estos pueden ser llamados antagonismos de «clase», siempre que este término no esté limitado al antagonismo entre el proletariado y la burguesía. Con todo, al lado de estos antagonismos socio-económicos existen otros antagonismos, localizados en diferentes relaciones sociales, dando pie a luchas contra otras formas de dominación. Esto es por lo que en 1985, en Hegemonía y Estrategía Socialista [3], defendimos la necesidad de articular las demandas de la clase trabajadora con las de los movimientos sociales, proponiendo reformular el socialismo como la «radicalización de la democracia», entendida como la extensión de los ideales democráticos a un amplio rango de relaciones sociales.

Actualmente, con la crisis ecológica, este proyecto de radicalización de la democracia ha adquirido una nueva dimensión. Durante el siglo XX lo que estaba en el centro del proyecto socialista era la cuestión de la desigualdad, y la lucha por la justicia social se concebía en términos de una igual redistribución de los frutos del crecimiento. Las luchas de los nuevos movimientos sociales añadieron nuevos ángulos a la cuestión de la justicia social, pero su objetivo estaba en la autonomía y la libertad y, con la excepción de algunos movimientos ecologistas, fundamentalmente no atacaban la naturaleza del crecimiento. 

En las últimas dos décadas hemos entrado en una nueva fase con la emergencia climática, donde la lucha para la justicia social requiere poner en cuestión el modelo productivista y extractivista. El crecimiento ha dejado de ser considerado como la fuente de protección para volverse un peligro para las condiciones materiales de existencia de la sociedad. Ya no se puede concebir un proceso de radicalización de la democracia que no incluya el fin del modelo de crecimiento que amenaza la existencia de la sociedad y cuyos efectos destructivos afectan especialmente a los grupos más vulnerables. 

De ahí la importancia de una estrategia populista de izquierdas que busque articular las múltiples luchas contra la opresión y la dominación alrededor de una transformación verde y democrática, con la voluntad de obtener una ruptura democrática frente al orden neoliberal. Así es como la «lucha de clases» toma hoy lugar. 

Notas 

[1] Evgeny Morozov, To Save Everything, Click Here. The Folly of Technological solutionism, Public Affairs, Nueva York, 2013.  

[2] Un análisis excelente de la importancia de Polanyi para entender los movimientos populistas actuales se puede encontrar en Jorge Tamames, For the People. Left Populism in Spain and the US, Lawrence & Wishart, Londres, 2020 (de pronta publicación en español en Lengua de Trapo). 

[3] Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy. Towards a Radical Democratic Politics, Verso, Londres, 1985. En español la obra se titula Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia y está editada por Siglo XXI (1ª ed., Madrid, 1987).