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Igualdad y diversidad

Jorge Moruno

El opresor más eficaz es el que convence a sus subordinados a que amen, deseen y se identifiquen con su poder; cualquier práctica de emancipación política implica así la forma de liberación más difícil de todas, liberarnos de nosotros mismos.

Terry Eagleton

El gran Uno

¿Qué relación mantienen la igualdad y la diversidad con la democracia? Para Platón, la República debía estar formada por aquellos que le “tengan horror a las disensiones”, donde todos sus miembros estuvieran fijados en una sola posición dentro de la estructura de la comunidad política. Para Hobbes, la igualdad es la igualdad de los súbditos que, movidos por el miedo, se ponen de acuerdo en ceder su derecho a un tercero, el soberano, que a través de la ley impone un poder común y atemoriza a los hombres para protegerles y garantizar la paz a cambio de obediencia. Para Rousseau, la voluntad general es una creación que nace del contrato en la sociedad para representar una suma mayor que las voluntades individuales. Esa voluntad tiene por objetivo satisfacer las necesidades generales con el objetivo de garantizar la paz. En los tres supuestos, el de la República de Platón, el Leviatán de Hobbes y en la voluntad general de Rousseau, existe una trascendencia a modo de entelequia que busca garantizar la paz, anular el conflicto y excluir a la diferencia con la intención de subordinar al conjunto de la sociedad a una única razón armoniosa.

Para que una trascendencia pueda existir, es necesaria la existencia de una estructura rígida que asigne a cada cual un espacio, un lugar y un rol, que sujeten y ordenen a los miembros que comparten dicha comunidad. Una herejía, en cambio, se define por lo contrario, esto es, por desdibujar ese modo de ordenar los espacios, lugares y roles asignados, de ahí que un hereje es quien decide elegir separarse de la línea que marca la distribución de una totalidad armoniosa. El dogma trascendente pervive porque rechaza a la diferencia que lo pone en duda, por ese motivo observa en la herejía un peligro y la señala como el mal con el que hay que terminar. La trascendencia se asienta en el Uno que unifica, mientras que la herejía toma distancia al separarse del Uno que a todo le otorga un sentido y un lugar, convirtiéndose así en un desobediente contra lo establecido, a saber, en un insubordinado que pone en cuestión la existencia misma del dogma. Con todo, el dogma suele hacer del rechazo a la herejía una palanca con la que reforzar la unidad interior frente a quienes se separan, haciendo pasar el atrevimiento del hereje por una ofensa contra todos los miembros que se reconocen en la obediencia de un mismo paquete discursivo de verdades. El primer hereje es el ángel caído. Acusado de intentar desviar a los humanos de su precepto divino y de romper la cadena que los sujeta al dominio de Dios, acaba siendo expulsado del reino de los cielos por haberse atrevido a desobedecer a Dios y negar su poder de mando. En el Catecismo de la Iglesia Católica, se puede leer que “el diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos.” Estos ángeles cometen un pecado que “consiste en la elección libre (…) por la que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su reino.” Es su decisión libre, esto es, su decisión por liberarse de la sujeción a Dios, lo que hace irrevocable su culpa y su pecado. El hombre al que tienta el diablo peca porque abusa de su libertad y, al igual que el ángel caído, se confunde con Dios. De ahí que, frente a la tentación de Satanás, Jesús se mantenga obediente y sumiso a Dios gracias a un comportamiento represivo a imitar por todos los feligreses frente a las tentaciones que presenta la libertad. 

La esencia como identidad

La esencia hace referencia a una naturaleza del ser; aquello que hace posible que algo sea tal y como es. El esencialismo es la peor de las derivas identitarias, pues considera que existe un origen en peligro al que hay que proteger. Un origen que se desvirtúa, que se degenera, que se corrompe y se pierde ante la influencia de agentes patógenos. La sociedad es concebida como un cristal inalterable, una cosa en lugar de una red de relaciones sociales, de relaciones de poder, conflicto y des-identificación de los roles asumidos como naturales. Esa plantilla, la de la esencia-origen, es la condición de posibilidad para la conspiranoia, la melancolía y el repliegue.

Un identidad es siempre una tensión frágil entre un pensarse para ser rígida en sus respuestas, impermeable antes los acontecimientos y predecibles en los resortes que le hacen saltar, y una exposición permanente al contexto que le obliga a transformarse y adaptarse a nuevas realidades; de ahí que no deba causar sorpresa que, cuando hace lo posible por cerrarse en sí misma, se utilicen los mismos argumentos una y otra vez para oponerse a lo diverso, pues es visto como una amenaza o un aliado de lo señalado como lo malo. La fuerza de la costumbre de millones y decenas de millones de hombres, recuerda Lenin, es la fuerza más terrible. Todos quieren escuchar aquello que siga reafirmando su posición, de ahí que el deseo por obtener la explicación que nos hace sentir bien sea más importante que el contenido de la explicación. Los argumentos se usan porque funcionan, pero sobre todo funcionan porque se usan, aunque su destinatario sea para un círculo restringido. Frente a lo diverso, o ante cualquier elemento que pueda modificar su lugar en el mundo, la identidad esencialista se adelanta y ofrece una explicación causal que sirva para dispersar el miedo y disipar el sentimiento de angustia entre sus filas, ya que, como nos recuerda Nietzsche, la primera representación, por virtud de la cual lo desconocido se declara conocido, nos hace tan bien, que se la tiene por verdadera.  Las respuestas de prospecto son bálsamos y placebos de la identidad, generan seguridad y certeza porque consiguen clasificar a lo diferente según los preceptos que a uno le permiten mantener una posición intacta. Esta postura parte de una teleología asentada sobre una creencia en virtud de la cual, la única posición posible es la posición de uno, y todo lo que se sustraiga a ella no puede sino ser pérfida y sospechosa. Se intensifica así una pulsión de vigilancia, de control, y un ordenamiento axiomático en torno a la línea correcta que marca quién interpreta las leyes y las aplica desde un más arriba trascendental. El monoteísmo identitario que le reza al gran Uno trata de eliminar la posibilidad de la contingencia. La contingencia, -sin la cual es impensable cualquier forma de materialismo- es lo que permite la posibilidad de una realidad que no esté cerrada a cal y canto, es aquello que permite que el poder no sea absoluto o, lo que es lo mismo, permite que las transformaciones sean posibles.

El pensamiento estático no concibe la posibilidad de ampliar el campo de acción política si no es a costa de convertirse en aquello que se combate, dicho de otro modo, asume una lectura donde renuncia a hacer política. Quien lo intenta es por defecto malo, incluso aunque no lo sepa. La proyección de las propias dificultades sobre el otro resulta eficaz para cerrar filas y negarse a sí mismo la propia contradicción: la que afirma aspirar a transformar la realidad, pero rechaza transformarse a sí mismo para intentarlo porque considera que eso no sería cambiar la realidad sino claudicar ante ella. 

Puesto que el coste de asumir la ética política implica replantearse la propia identidad y lectura moral, cosa inconcebible para el esencialismo, es necesario resolver la disonancia reforzando la identidad como la única vía posible, aunque resulte imposible. Así pues, si otros aspiran a otra cosa será porque no son de fiar, por lo que se busca cualquier desviación de la línea correcta que permita corroborar lo que ya se sabía antes de que el otro se hubiese enterado. Aquí se mezclan la política identitaria, el conservadurismo, la resignación y el análisis conspirativo. Solo cuando la identidad esencial es puesta en cuestión se empieza a hablar de “políticas de identidad”, no antes. Se levanta el estandarte en defensa de la identidad, que no se concibe a sí misma como tal, frente a la diversidad de identidades. Así pues, en la lógica policial de la identidad rocosa, esto es, la lógica del mando, las categorías son siempre definiciones de los demás pero nunca las de uno, pues ese uno se auto instituye como una autoridad que viene de arriba. Quien coloca los nombres y los roles a los otros no se percibe a sí mismo como una categoría más, de ahí el rechazo -y el miedo- a la posibilidad de que la identidad sea puesta en duda y se convierta en una más entre otras.

Precisamente porque su fundamento pasa por nombrar al resto como identidades que fragmentan, necesita negar rotundamente que ella pueda llegar a ser una identidad más, al mismo tiempo que se concibe a sí misma como un hecho objetivo. Así, la igualdad siempre es la igualdad de quien se considera a sí mismo como su medida natural; ser iguales es ser iguales desde esa posición y visión que imita al ojo de Dios. Se llame nación, se llame clase o feminismo, la plantilla siempre utiliza la misma forma de “unidad”: reducir lo múltiple y la diferencia al mando uniforme del uno. Ese “uno” es el portador de la visión de igualdad, de objetividad y de universalidad frente a quienes dividen, desunen o fragmentan a un cuerpo que preexiste a toda realidad porque emana de arriba: «la forma de la verdad religiosa que dice que el mundo no está entregado al acaso, ni a causas exteriores, contingentes, sino que una Providencia rige el mundo.» (Hegel). El psicoanalista Yannis Stravrakakis explicaba lo que se llama el juego de la encarnación. Lo hace a través del historiador Christopher Hill y su estudio de la representación que se hacía del “anticristo” en la Inglaterra del siglo XVII. Anticristo era la forma de nombrar todo aquello que no comulgaba con una visión concreta y todo aquello a lo que se quería señalar como el anatema. Hoy se podría afirmar que el uso indiscriminado de la acusación de “posmoderno” para señalar cosas que nada tienen que ver entre sí, encarna la misma función y papel que ayer cumplía el anticristo. 

Democracia: libertad y diversidad

Si bien no toda fuga de la moral establecida desemboca en libertad, la libertad siempre pasa por una fuga de la moral establecida, esto es, por una apertura que deshace las verdades asentadas; precisamente por eso la libertad puede ser dolorosa, porque rompe con la normalidad imperante, ya que, como las instituciones, quiebra la moral de una época, pero forja otra nueva. La libertad implica la imposibilidad de cancelar la historia, la contingencia y el conflicto: lo que nace del conflicto se asienta y se fosiliza pretendiendo hacerse eterno hasta que aparece de nuevo la ruptura y lo constituido es puesto en duda por un nuevo impulso constituyente. La emancipación pasa por distorsionar las relaciones consideradas como esencias, como naturales, porque para rechazar el poder del monarca, del sacerdote, o el patrón, hay que rechazar también la identidad que resulta funcional a su dominio. El origen no existe, existe el comienzo de algo; el sujeto, sea del feminismo o de la clase, existe porque vive sujeto a la relación de dominio, por eso su finalidad no es la de realizarse como un sujeto funcional a la relación que lo oprime, tampoco reivindicar una esencia que nace de su vinculación subalterna, sino por la ambivalencia que supone toda identidad que se pretenda emancipadora, entre la afirmación y la negación, entre reivindicar lo que uno es con la vista puesta en dejar de serlo, entre reclamarse como algo y al mismo tiempo buscar abolir la propia condición, entre lo que uno es y lo que desea ser, entre el cierre y la apertura, la sujeción y la liberación. Revolcarse en el imaginario que observa con temor una comunidad orgánica atacada es por definición un imaginario reaccionario, celoso y cerrado en sí mismo. 

La democracia, para ser tal, necesita reconocer la diversidad de formas de vida que disfrutan del igual derecho a ejercer la libertad. La igualdad es la igualdad de la diferencia, lo que conlleva aquello que Platón entendía por democracia; un régimen que desordena el dominio, sin fijaciones y con diversidad, en donde las relaciones entre hombres y mujeres son iguales y los esclavos no son menos libres que sus compradores. Por lo tanto, la igualdad en el disfrute de la libertad implica una comprensión de la democracia como “el régimen con más clases distintas de hombres” (…) La democracia es siempre la tensión por ampliar la libertad de aquella parte (clase diría Marx), a la que la sociedad no considera como tal, no reconoce como parte. La democracia no es un régimen constituido sino una tensión permanente e inagotable asentada sobre dos planos entrelazados: el reconocimiento de las distintas formas de vida y la redistribución de las condiciones básicas para poder vivir. Diversidad y tiempo libre, reconocimiento y redistribución, son dos caras indisociables de la democracia.