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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: Gerardo Muñoz.

15 de junio de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho, que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural?

No hay dudas de que la irrupción del COVID19 implica una intensificación en la guerra civil en curso que viene dominando la fábrica de las sociedades occidentales desde la mitad del siglo veinte. Esta es una situación que el viejo Carl Schmitt percibió con nitidez: su tesis era que una vez que la estructura jurídica interestatal (ius publicum europeum) volara por los aires, el liberalismo político solo emergería como un mecanismo operativo con dos polos efectivos: policía y neutralización económica. Desde luego, no hay nada de neutralización en la economía, como es comprobable desde la lógica cost & benefit propia de la racionalidad neoliberal. La impronta de la guerra civil es consustancial con el fenómeno de lo ilimitado del capitalismo, en la cual se conjugan una gramática subjetiva y una continua automatización de sus formas. De modo que hablar de “guerra cultural” sería, de partida, un segundo nivel bélico en nuestras sociedades. ¿Es posible dejar atrás el belicismo en el que está inscrita la propia subjetividad, el estado, e incluso la comunidad de los vivientes? En los últimos meses tuve la oportunidad de intercambiar algunos correos con el filósofo francés Jacques Camatte, quien toda su vida ha venido pensando la relación entre el agotamiento del horizonte revolucionario en la fase de la “subsunción real” del capital y la nueva tonalidad de ‘extinción’ que abriga al mundo. Camatte es un personaje fascinante de las luchas políticas del comunismo italiano de los 70 (del partido de Bordiga, de la experiencia de Invariance, del autonomismo, y de un pensamiento anti-sacrificial), que terminó apostando por un “éxodo general del mundo” ante la fase acelerada de la antroporfización del capitalismo. Una de las cosas que me decía Camatte es que es muy probable que la autodestrucción de la especie en el momento actual tenga mucho que ver con un momento antropológico originario, en el cual la hostilidad condujo a la disyunción entre amigo-enemigo en la que seguimos pensando la textura de lo “político”. De manera que, si seguimos apostando por un horizonte entregado a la guerra, ahora en su fase de guerra civil, entonces jamás estaremos en condiciones de trascender el archê de la alienación co-originaria de la especie. Obviamente que la operación de una “inversión” – tal vez desde el psicoanálisis hablaríamos de lo que Jorge Alemán llama “atravesar el fantasma”, o lo que Alberto Moreiras ha propuesto como un “paso atrás existencial” – es una operación de primer orden para el pensamiento contemporáneo. En efecto, me parece que una renovación de la izquierda ya no puede darse desde el paradigma de la “cultura”, por más popular o increyente que esta sea. El punto de partida debe ser la facticidad misma de la experiencia. Una experiencia es lo que la dominación cibernética hoy, en todo su despliegue en la metrópoli, no nos facilita. Pero una experiencia no es más que atravesar las cosas que buscamos en nuestras verdades. Una experiencia es lo que amamos, el ritmo que nos atrae, o los ambientes a los que estamos arrojados sin previo aviso. Es obvio que ninguna “hegemonía” (principio conductor) puede ordenar la experiencia en un mundo que ahora aparece como proceso de su destitución en curso. Por eso es importante tomar en serio el proceso de destitución no como una mera irrupción guerrera, sino más bien como una melodía que pide otra relación con el mudo. La cultura que emerge de aquí en adelante será necesariamente una contracultura metropolitana; una cultura abierta al eros, al encuentro, y a las inclinaciones libres hacia lo que amamos con todo el peso de lo necesario. 

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas de Gobierno y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos?

Está claro que el liberalismo ha abdicado de sus principios y se encuentra en una fase terminal. Desde luego, para algunos el liberalismo ya hace mucho que murió y lo que ordena las mediaciones entre estado y sociedad civil no son las categorías de la arquitectónica de la modernidad – contrato social, legitimidad, liderazgos políticos, sociedad civil, soberanía – sino el principio recursivo de la cibernética. El dominio cibernético que comienza a tomar poder en nuestro presente tiene como epicentro el laboratorio de Silicon Valley, que ha sido descrito por un filósofo imperial como la realización de un “nuevo espíritu mundial”. Este neohegelianismo ya poco tiene que ver con la filosofía de la historia; por eso su fuerza ahora pasa por el despliegue de los aparatos de la técnica como dispositivo de la subjetivación. Como ha visto con perspicacia el filosofo Fabián Ludueña en su más reciente libro, Silicon Valley conforma nuestra época como la época de los “póstumos”. La cuestión es que Silicon Valley siempre habla en nombre de “la vida”. A eso le hemos llamado anteriormente recursividad, que es impostura de hábitos. De aquí podemos inferir al menos dos cosas en el marco general de la hipótesis cibernética: 1. Primero, que tras el coronavirus tenemos que estar preparados para ver la inscripción de un régimen “vital” (un “polo medico”, le ha llamado Rodrigo Karmy) en compensación con el absolutismo del paradigma económico. 2. En segundo lugar, vamos a confirmar cierto regreso de formas “pasivas” y “benignas” del “estado paternalista” (o incluso maternal) para administrar los grandes flujos poblaciones. El hecho de que Henry Kissinger haya apostado por un regreso del welfare state es sintomático del regreso del estado en el presente. Y es significativo porque pareciera que el estado ya no tiene capacidad de transformación. Por eso no estoy seguro de que la gobernabilidad hoy sea ideológica, como sí lo fue durante la modernidad política del siglo pasado. Está claro que la forma soberana no puede subsistir de manera autónoma e independiente al interior del discurso ilimitado del capital. Aquella idea absurda del “delinking decolonial” ha terminado desembocando naturalmente en los nuevos soberanismos reactivos de Estados Unidos, Europa, y América Latina. Aunque del otro lado, también tengo serias dudas sobre tesis que propone una “latinoamericanización” del gran espacio europeo o una “justicialización de la política mundial”. Sin embargo, si esta tesis se piensa en relación con la propuesta del “imperio latino” que Alexandre Kojeve le propusiera a Charles De Gaulle después de la segunda guerra mundial, cobra cierta relevancia actual. Sin embargo, mirando el paisaje geopolítico, parece improbable que una configuración “latina-mediterránea” pudiera llevarse a cabo como un diseño territorial efectivo. Es cierto que, dado el antagonismo de la Europa “calvinista” contra los países mediterráneos, sería deseable que un horizonte mediterráneo pudiera establecer un espacio común de contención antiimperialista por dos bandas; esto es, contra la emergencia del imperio chino y, desde luego, contra la influencia diplomática de los Estados Unidos. Una vez más, Alemania se vuelve una pregunta espinosa. Y es ahí donde debemos abrir una conversación en profundidad si queremos evitar las salidas trágicas y absolutas, como ya aconteció en otros momentos de la historia moderna. 

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política,  vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?  

Ciertamente no sabemos cómo será el mundo post-pandemia, aunque lo que sí sabemos es que estamos inmersos en un proceso de agotamiento civilizatorioEste proceso significa que ya no podemos pensar la “unidad de mundo” a la par de una “unidad de mando” (archontes). O bien, en otras palabras, la unidad de mundo se sostiene desde la estructura absoluta de la cibernética, mientras que la unidad de mando persiste mediante la insistencia en un principio de “hegemonía”. Frente a esta situación, creo que es importante hacer una enmienda en el pensamiento crítico contemporáneo y afirmar lo que llamo una postura “posthegemónica”, que consta de dos niveles constitutivos: ninguna politica puede constituirse táticamente como hegemónica; por eso es importante dejar abierta una fisura entre ampliación democrática y la identificación equivalencial hegemónica. La posthegemonía busca mantener abierto lo infinito del conflicto en función de la democracia, y no del lado de su cierre tecnificado desde la voluntad de poder o la ética del consenso. En una conversación reciente con Jorge Alemán, el psicoanalista argentino dijo algo que para sorpresa de muchos abría hacia esto que describimos: es muy probable que las cadenas equivalencias hayan quedado rotas tras el momento inoperante del confinamiento que estamos atravesando. Ya no se trata de un “momento frío del populismo” sino de la presencia de la “hegemonía rota”. Hoy, en cambio, podemos decir que estamos en una época “posthegemónica” en la medida en que ya no hay principio presencial que ordene al mundo. Por esta razón es que la “anarquía” no puede ser un principio político. La anarquía es el desfundamento de los fenómenos que atraviesan el estado del mundo. Me gustaría insistir en que esto no es una cuestión de abstracción teórica, sino todo lo contrario, es un problema práctico. No es nada casual que las revueltas recientes, desde los chalecos amarillos en Francia hasta el momento de la revuelta en Chile, pasando por la destrucción en curso en Minneapolis, responden a una crisis de la metrópoli que, como ya dijimos anteriormente, constituye la topología de la técnica cibernética. La novedad de estas revueltas es que introducen a la experiencia antes que los fines y los objetivos. ¿Qué quiere decir esto? En primer lugar, que se suspende la constitución entre pensamiento y acción que legisló la metafísica moderna. Y, en segundo lugar, que insisten en la an-arquía de los fenómenos, donde un nuevo paradigma que no es propiamente representacional aparece. Ya ninguna singularidad busca la representación, ahora caída a la equivalencia del valor. El expresionismo, en cambio, persigue un estilo que se anida en el gusto singular. No sabemos qué tipo de institucionalidad o tiempo de vida contracomunitario pudiera emerger desde esta impronta experiencial. Y, sin embargo, lo que sí se nos está confirmando desde la realidad, es que la búsqueda hacia un “afuera de la experiencia” tiene hoy más fuerza que la ideología o la economía política, los objetivos, la idealia, el culturalismo localizado, o el comunitarismo horizontalista. La experiencia nos abre un afuera, y en esa aventura aparecen otros mundos. Esto es algo que no vemos solo en revueltas. Es algo que está en las fiestas, en la presencia misma de las cosas, en la cosmética o la música. En este afuera nos damos a la génesis de la presencia contra el dominio de lo real. O, como nos decía Andrea Zanzotto en estos versos que se siguen, dirigiendo al estado del mundo:

“Estate seguro de (ex -des-res etc.) -istir

Más allá de todas las preposiones conocidas y por saber, 

Deberías tener un chance, 

Compartidme bien por un rato;

Y dale a la maquinación algo de juego. 

Bello, dale, dale” [1].

Notas 

  1. Andrea Zanzotto. “Al mondo”, en La beltà. Mondadori: 1968. La traducción al castellano es mía. 

Gerardo Muñoz enseña en el departamento de lenguas modernas de la Universidad de Lehigh, Pensilvania. Sus publicaciones más recientes son La fisura posthegemónica (Doblea editores, 2020), y el volumen colectivo La rivoluzione in esilio: Scritti su Mario Tronti (Quodlibet, 2020). Escribe regularmente en www.infrapolitica.com