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Conocimiento y poder en tiempos de pandemia.

Luis Fernando Medina Sierra

8 de junio de 2020

En enero de este año, a pocas semanas de haberse identificado la aparición de una nueva enfermedad que a la postre se convertiría en pandemia, ya los investigadores divulgaron el código genético del virus, con lo cual ha sido posible desarrollar pruebas diagnósticas y, posiblemente, tratamientos antivirales y de pronto hasta una vacuna. Se trata sin duda de una de las páginas más brillantes de la historia calamitosa de esta pandemia, una página escrita por científicos de todo el mundo operando en una enorme red trasnacional. 

Ahora bien, a pesar de los logros de esa red, aún no ha sido posible obtener una vacuna y desde ya sabemos que, si se llega a obtener, surgirán enormes problemas que escaparán al control de los científicos. Por ejemplo, ¿cómo se debe retribuir a quienes la descubran?, ¿cuánto deberán pagar los gobiernos y cuánto los ciudadanos que la obtengan?, ¿a quiénes se les debe administrar primero?, ¿dónde se deberá fabricar?, ¿cómo se deberá distribuir? 

No hay una respuesta fácil a ninguna de estas preguntas. Cualquier decisión que se tome va a ser producto de un complejo proceso de elaboración de políticas públicas en el que van a converger (y a veces a chocar) universidades, empresas privadas, gobiernos, asociaciones profesionales, organizaciones de la sociedad civil y muchos más. Lo mismo podríamos decir sobre muchos de los otros problemas asociados a la pandemia. En el mejor de los casos, el virus estará con nosotros un año más, incluso es posible que nunca desaparezca del todo. De modo que en el futuro próximo nos esperan dilemas que requieren estar permanentemente equilibrando riesgos y costos de todo tipo.

En definitiva, la pandemia es posiblemente uno de los retos epistémicos más grandes de todos los tiempos. Pocas veces en la historia había sido necesario tomar tantas decisiones, con tanta velocidad, involucrando a tantas personas, en medio de tantas incertidumbres. Todo esto involucra distintos tipos de saberes: epidemiológicos, urbanísticos, arquitectónicos, económicos, psicológicos, etc. Y distintos marcos institucionales responsables de esos saberes: empresas grandes y pequeñas, gobiernos locales, gobiernos nacionales, científicos, organizaciones internacionales, etc. 

Corresponde a Friedrich Hayek el mérito de haber sido uno de los primeros en pensar seriamente sobre las implicaciones sociales de este tipo de retos epistémicos aunque, como va a quedar claro más adelante, sus conclusiones se encuentran en las antípodas de las mías. Para Hayek, la única institución capaz de transmitir, agregar y difundir las cantidades astronómicas de información de toda sociedad moderna era el mercado.

Pero, como decía Francis Bacon, “el conocimiento es poder.” A cada práctica epistémica le corresponde una estructura de poder. En el caso de Hayek, la primacía del mercado implicaba concentrar un poder ilimitado en el empresario, en el encargado de recopilar la información dispersa y reaccionar ante los resultados. Se trata, en últimas, de un modelo de poder que podríamos llamar “providencialista”, ya que se asemeja a las ideas medievales sobre la Divina Providencia (No, Hayek no se habría escandalizado ante este paralelismo. Antes bien, era plenamente consciente de él.) En este modelo providencial, el monarca tiene poder ilimitado sobre sus dominios hasta que la Divina Providencia decida que ha llegado su hora. Del mismo modo, el empresario hayekiano tiene poder ilimitado sobre su empresa (y sus empleados, y su entorno) hasta que el mercado, una fuerza tan impersonal e inescrutable como la Divina Providencia, decida destruirlo. 

Cada vez está más claro que esta articulación entre conocimiento y poder es insostenible, incapaz de responder a las crisis de nuestro tiempo. El modelo hayekiano supone que toda la información relevante se puede expresar en términos de precios para que cada unidad económica reaccione generando agregados impersonales de oferta y demanda. Pero este supuesto es cada vez más dudoso, si es que en algún momento fue válido.

La pandemia ofrece ejemplos de esto que luego podemos multiplicar en otros temas. Ahora está claro que el asalto privatizador a muchos sistemas de salud dejó varias regiones del mundo en condiciones precarias para responder al Covid-19. El mercado es un mal mecanismo para tomar decisiones sobre recursos que posiblemente nunca se vayan a usar, como es el caso de ambulancias, camas de hospital, respiradores y otros equipos médicos. Del mismo modo, el mercado es un mal mecanismo para ofrecer seguridad alimentaria y de vivienda a personas que súbitamente se quedan sin empleo por culpa de un fenómeno totalmente imprevisto como éste. De ahí que en tan solo unos meses la causa de la renta básica universal haya avanzado más que todo lo que había logrado en años anteriores. Las puras señales del mercado, en un contexto de posible contagio, podrían destruir ecosistemas urbanos enteros de pequeños negocios generando daños irreparables para el tejido social. 

Hayek se regocijaba en comparar el funcionamiento del mercado con los desastres naturales. A su juicio, así como nadie consideraba que una avalancha fuera “justa” o “injusta” tampoco se debía decir que el mercado fuera justo o injusto. Por lo tanto, creía Hayek, era insensato tratar de planear los resultados del mercado. Debo confesar que nunca vi la gracia de esa metáfora. Al fin y al cabo, aunque los terremotos no son ni justos ni injustos, eso no nos impide reaccionar ante ellos con, por ejemplo, códigos de ingeniería antisísmica o prohibiciones a construir en zonas de alto riesgo. Ahora que estamos asistiendo a un golpe similar al de muchos desastres naturales concatenados, sería obtuso decir que, como el virus no es justo ni injusto, entonces no tiene sentido reaccionar con decisiones de política deliberadas. Por eso vamos a ver en los próximos meses niveles de activismo estatal que eran impensables hasta hace apenas un año: paquetes de ayuda a empresas, nacionalizaciones, préstamos de banca pública y mucho más. 

Por límites de espacio, no me voy a extender sobre las consecuencias de todo esto en otros ámbitos distintos al de la pandemia. Baste con decir que, si el reto epistémico de la pandemia nos parece colosal, palidece comparado con el reto epistémico del cambio climático. Las dificultades del modelo hayekiano son muchísimo mayores a la hora de abordar ese otro problema planetario que puede ser mucho más devastador que la pandemia.

Lo que me interesa señalar aquí es que las grietas de ese modelo “providencialista” de poder y conocimiento muestran la necesidad de construir un modelo alternativo que yo llamaría “republicano.” Es decir, en lugar de tener una estructura que asigna poderes omnímodos limitados solo por mecanismos impersonales, se hace cada vez más necesario tener una estructura en la que los distintos poderes se limiten unos a otros simultáneamente, a medida que cada uno contribuye con su saber específico. 

En sus mejores momentos, la producción de conocimiento ocurre en un entorno cooperativo en el que ninguna autoridad es absoluta y nadie tiene más poder que el que deriva de respetar las normas de rigor y libre examen. A diferencia de la competencia que ocurre en el mercado, la competencia en la producción de conocimiento reconoce los esfuerzos que conducen a callejones sin salida. Un empresario cuya innovación no se vende entra en bancarrota. Un científico que intenta un método que resulta ser inviable recibe el reconocimiento de sus colegas.

Sería imposible, por supuesto, que toda la sociedad funcionara como una gigantesca universidad. Imposible e indeseable. Pero sí le doy tanto énfasis al caso de la producción de conocimiento es para demostrar que existen formas de organización social distintas a las del mercado que también pueden tener excelentes niveles de desempeño en condiciones de complejidad. Vivimos en un tiempo en el cual un porcentaje sin precedentes de la población accede a educación básica, tiene contacto con las modernas tecnologías y además tiene experiencia en el funcionamiento de mecanismos colectivos de toma de decisiones. Por supuesto que aún falta mucho en todos estos frentes. 

Pero por eso mismo, genera mucha desazón ver cómo los embates del fundamentalismo de mercado de las últimas décadas nos han empujado en la dirección opuesta. En lugar de aprovechar ese acervo, incluyendo cada vez más a la ciudadanía en la gestión de recursos colectivos, democratizando la economía, desmercantilizando el trabajo, por poner solo unos ejemplos, lo que ha ocurrido es que se ha ido retrocediendo incluso en los espacios que ya parecían consolidados. Baste con ver, por ejemplo, cómo las universidades públicas en todo el mundo se han visto sometidas a un asedio presupuestario sin precedentes.

De ahí que, a pesar de que se trata solo de un pequeño paso, la aprobación reciente en España del Ingreso Mínimo Vital es un hito muy importante. Para avanzar hacia los ideales republicanos de poderes democráticos contrapuestos unos a otros, una condición necesaria, aunque no suficiente, es constituir un derecho efectivo a la subsistencia material. En la medida en que toda la ciudadanía tenga garantizado un mínimo de subsistencia, será posible aumentar el poder de negociación de los trabajadores, será posible vigorizar la creación de empresas cooperativas y colectivos dedicados a la producción de distintos bienes y servicios sin estar sometidos a los imperativos del mercado, será posible, en fin, debilitar los fundamentos del modelo providencialista de poder que convierte al empresario en un monarca moderno.

Falta mucho. Para que de verdad se liberen las fuerzas creativas de la ciudadanía no basta con quitarle el miedo secular al látigo de la miseria. Va a ser necesario también un programa ambicioso de construcción de alternativas económicas, de gestión pública y de recursos comunes. Todo esto va a requerir un replanteamiento de las interacciones entre economía, política y sociedad civil. El éxito rutilante de la comunidad científica en esta coyuntura nos muestra que es posible coordinar interacciones de altísima complejidad a lo largo de miles de kilómetros e involucrando a miles de personas sin necesidad de depender de mecanismos de mercado competitivo. En un nuevo modelo de articulación entre conocimiento y poder, sin duda que habría mercados. Pero estos no serían hegemónicos sino que, antes bien, serían una forma más de transmitir información, que coexistiría con aquellas que emanan de otras comunidades epistémicas y de discurso. No todas esas comunidades son, ni deben ser, comunidades científicas, por supuesto. Si he utilizado el ejemplo de la comunidad científica es simplemente porque para construir un nuevo orden es bueno tener ejemplos a la mano. 

No hay ninguna garantía de que la pandemia vaya a tener consecuencias duraderas sobre el capitalismo o el Estado. Aunque los eventos pongan en evidencia la crisis de un sistema, esto no quiere decir que un nuevo sistema vaya a surgir automáticamente. Pero llevamos ya varias décadas en las que la hegemonía neoliberal se ha consolidado sobre la base de que, supuestamente, no existe ninguna alternativa viable. Ahora empezamos a ver que no solamente el viejo orden es insostenible sino que, además, como sociedad tenemos herramientas para construir uno mejor.