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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: Óscar Cabezas

4 de junio de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho, que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural?

Los debates que vendrán no son enteramente calculables porque todavía no sabemos cuál será el estado en el que nos va a dejar la pandemia. Habrá, sin duda, algo así como una versión del Plan Marshall para reactivar la economía y, probablemente, eso genere cambios sustantivos en la hegemonía planetaria, en el nomos de la Tierra. El nuevo plan de recuperación mundial de las economías nacionales seguramente dará para hacer varias películas muy parecidas a la de Luis García Berlanga Bienvenido Mr. Marshall (1953). Lo cierto es que nada sabemos, porque todo va a depender de eso que Antonio Gramsci llamaba la correlación de fuerzas internacionales y, hasta donde se puede ver, no tenemos una Internacional postpandemia como para contener la imposición de las fuerzas supranacionales que forzarán políticas muy mesuradas para salir de este impasse. A diferencia del periodo de reconstrucción, después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, no se ve que la correlación de fuerzas sea favorable a una narrativa o discurso que pueda organizar una transformación radical de nuestro actual modo de existencia. 

No hay una izquierda-mundo organizada como para impulsar el fin completo de la ideología neoliberal. El neoliberalismo reloaded 2.0 o “la tercera vía neoliberal” está a la vuelta de la esquina y, si puede contener su regreso, dudo que la contención esté del lado del sistema moderno de partidos políticos. El kathechon de una “guerra por redefinir” el proyecto civilizatorio contra la depredación del capitalismo mundialmente integrado se halla en los nuevos movimientos sociales, y aquí el espectro, digamos ideológico, es tan amplio como lo es la pluralidad de mundos que habitamos. Del movimiento feminista hasta los movimientos indígenas o ecológicos, pasando por el movimiento social por las disidencias sexuales, se conforman las posibilidades de que emerjan nuevas prácticas sociales y discursivas. Ni los ideólogos de partidos tradicionales ni los intelectuales académicos son capaces de producir hoy prácticas sociales y políticas que redefinan los debates presentes en los movimientos sociales desde antes de que nos asolara la pandemia de Covid19. Poner oído a los movimientos sociales es la tarea más importante del trabajo intelectual dentro y fuera de la academia. 

De hecho, en las instituciones que administran y producen saber, pienso que el estado intelectual y sobre todo el estado afectivo del mundo de la postpandemia estará fuertemente tomado por el discurso humanista y liberal. La hegemonía del humanismo liberal de la institución universitaria es una tendencia ideológica muy fuerte en estos espacios que no son, por supuesto y como diría Horacio González, los espacios de los “saberes de pasillo” en los que se conspira micropolíticamente a favor de lo que resiste, revuelve y desobedece la ilegitimidad del mandato ideológico de  la hegemonía dominante. La hipótesis de que el capitalismo de libre mercado, y de la libertad de las competencias individuales del sálvese quién pueda, es la mejor forma de organizar las sociedades contemporáneas comienza a desmoronarse porque hay movimientos de desobediencia civil a ese mandato ideológico. El discurso universitario, en lugar de escuchar las demandas más sentidas de la sociedad civil —sociedad conformada por movimientos sociales y por el despertar de la ciudadanía “no-moderna” e inscrita en un mundo planetario—, va a fortalecer seguramente las narrativas de un nuevo pacto social en el que se va a enmascarar la razón inmunitaria con la compulsión del control poblacional. En su versión victimista, imagino que volverá una especie de boom de la narrativa testimonial, desde la que se relatará lo que nos está ocurriendo y que será, por supuesto, mercantilmente recepcionada por el dispositivo del sensacionalismo mediático que convierte la tragedia en melodrama y fetichismo antropológico. Es probable que el discurso securitario y de la cuidadocracia estatal será -y debería serlo- uno de los debates importantes, sobre todo porque el Estado sigue siendo una idea irresuelta a debatir y, me atrevería a decir, a deconstruir desde presupuestos modernos y no-modernos que permitan actualizarlo en su versatilidad y plasticidad. 

El Estado que falta imaginar es el que debe estar subordinado a un conjunto de instituciones en donde el privilegio de lo común no sea negociable. El Estado neoliberal es ausencia de Estado porque sustrae lo común, lo escamotea hasta el punto que llega a despreciar la esencia misma de lo común; la vida. El Estado del mercado y de la compulsión hedonista de la subjetividad mercantilizada es absolutamente ajeno a la biopolítica. Por el contrario, es, tal como lo ha pensado Mbembe, el estado de la consumación necropolítica. Se trata de un Estado sin lo común, es decir, un Estado de pura estatalidad que consuma la pasión por la muerte en el asesinato deliberado o por negligencia y, por lo tanto, es un Estado que desprecia todo lo que está relacionado con el orden de lo común. En este sentido, la amenaza real de lo que creo que se puede denominar como genocidio por negligencia y la desenfrenada pasión por el mercado global transnacional es, frente a la pandemia, una responsabilidad directa de los programas globalizados de gobiernos neoliberales. En términos ideológicos, el Estado neoliberal es la idea de Estado sin lo común que hay que arrancar de raíz para imaginar la plasticidad de instituciones de lo común que logran tanto una expresión en lo local como en lo global, es decir, en lo que las teorías de la sociedad del riesgo llaman lo glocal.

Ahora bien, no todos los estados del planeta son necro-Estados o narco-Estados, pero todos ellos han sido superados por la pandemia, precisamente porque el olvido de lo común es tan hegemónicamente profundo que la hegemonía rota del neoliberalismo es algo que aún está por verse. Radicalizar el quiebre de la hegemonía neoliberal será materia experimental de la política por venir, que es visiblemente la política de las rebeliones por la dignidad de la vida socialmente vivida. Por eso, creo que en los debates de los próximos meses debe abordarse, sin la pasión ciega por la idea del Estado, la cuestión de lo común y de la dignidad de la vida vivida. Esto hay que debatirlo con los aportes de la teoría estética, política y de crítica cultural para interpretar los modos en que podría radicalizarse el control sobre las poblaciones planetarizadas y deteriorar violentamente la dignidad de la vida vivida. Por lo tanto, es importante debatir sobre los modos en que podría desaparecer la democracia de sociedad civil en la medida que aquello que la sostiene son las libertades políticas de una pluralidad subjetiva de mundos. 

La pandemia de la Covid-19 ha producido una especie de nuevo artefacto o tecnología de control que es policial y, a su vez, sanitario/inmunitario. Pero, sobre todo, el dispositivo inmunitario de los confinamientos es susceptible de convertirse en un arma de coerción de las libertades políticas y civiles. En algunos países el dispositivo inmunitario es más policial y de control de los desbordes políticos de la sociedad civil que inmunitario. El caso de Chile es ejemplar, el gobierno de Piñera tuvo un éxito total en poner en pausa la rebelión por la dignidad de la sociedad civil y, al mismo tiempo, un fracaso total en el control inmunitario de la pandemia. La novedad de la tecnología del control de la población mediante confinamientos o cuarentena es que puede anular o, más precisamente, poner entre paréntesis, en una especie de epojé policial, las libertades de la sociedad civil. Este tema se mezcla con los estratos de pertenencia social. El confinamiento, el uso de plataformas digitales, las posibilidades del cuidado de los cuerpos a través del teletrabajo en un encierro más o menos voluntario de muchxs de nostrxs es el privilegio de la clase media y alta. Mientras tanto, las clases subalternas de las que depende la economía y, en el viejo léxico del marxismo, ponen en marcha las ruedas de la producción de la historia, deben engrosar las filas de los contagios y ver morir a sus seres queridos sin posibilidad del rito del entierro familiar. 

El necroliberalismo del Estado chileno — hoy responsable de la mayor mutilación de ojos en la historia de la represión policial en el mundo y de más de 30 asesinatos de manifestantes por la dignidad — pudo controlar la revuelta imposible de controlar sin una tecnología como la de los confinamientos por cuarentena. Lo más probable es que en los próximos años las “pandemias intermitentes” estarán vinculadas al empleo de políticas de confinamiento parcializado hasta el punto de que se puede decir que la Covid-19 es el mejor ensayo de la posibilidad que tiene un necro-Estado de poner al servicio de las oligarquías y del capital transnacional tecnologías de confinamiento y control de poblaciones en rebeldía.

El mundo post-Covid-19 seguirá siendo capitalista, y habrá que denunciar que ya no es posible el capitalismo de la hegemonía necroliberal que promueve para salvar la economía del sacrificio. No es justo que el impasse de la producción y circulación de mercancías de todo tipo no puede resolverse según la lógica de la necesidad sacrificial de los cuerpos de nuestros ancianos y de los más vulnerables. Pero este sentido común, que se construye mediante el trabajo discursivo de una hegemonía de la pluralidad subjetiva de mundos, supone el comienzo de un proyecto postneoliberal a escala global. El horizonte postneoliberal será “glocal” o no será. En este sentido, la izquierda movimentista, las izquierda de los movimientos sociales y de la sociedad civil en rebeldía por dignidad, debe organizar una especie de autocrítica que le permita salir del romanticismo político y del maniqueo existencialista del nihilismo de que todas las verdades son relativas. La verdad de que la vida vivida es coexistencia en común es una verdad universal. Es esta verdad la que permite decir que la hegemonía es un concepto irrenunciable de la política. Con el temblor de muerte generado por la pandemia de la Covid-19, las izquierdas liberales de alma bella deberían salir de los ideologemas que piensan que las luchas políticas pasan, por ejemplo, por la pulsión exódica del Estado y sus instituciones. A estas izquierdas, la pandemia de la Covid-19 las ha dejado sin respiración reflexiva porque el imaginario de una “comunidad de salvación” que hallaba su fundamento en la fe o en la teología centrada en las deidades de la naturaleza se desestabiliza por la amenaza real de la muerte causada por el virus de la Covid-19. 

El romanticismo político o a-político, variado en sus ideologemas, que por ejemplo piensa que los problemas ecológicos son problemas que padece la Tierra y no la especie humana, pierde el sentido de la inscripción en el mundo capitalista que nos trama como habitantes del planeta. Cuando hemos visto extinguirse miles y miles de vidas por no contar con hospitales equipados para atender a las y los que han sido presa de la muerte por contagio de Covid-19, la hipostasis del regreso a la ecología de la naturaleza o a prácticas sociales anteriores a lo malo y lo bueno que ha producido la historia de la modernidad cae en el absurdo. Toda la corriente de pensamiento fundamentalista que va del rechazo a las vacunas hasta la “militancia sin militancia” en el hedonismo de una vida sana que mezcla las técnicas del yoga con la salud alimentaria se desmoronan por no contar con el soporte material de instituciones que pueden inmunizar del peligro de muerte por contagio. Pero, sobre todo, se desmorona la idea liberal de la despolitización del Estado o de instituciones que pueden hacer posible la idea de que la política es, sobre todo, una de las formas en que la imaginación trabaja para el cuidado de los otros, del otro que esta por venir (extranjeros e inmigrantes) y de aquellos que están todavía por nacer. 

De manera que la lucha por la hegemonía de los común y la redefinición de las instituciones sociales, me parece que será la más importante de todas las guerras culturales o civilizatorias del planeta post-Covid-19. En América Latina, esta lucha supone problematizar el Estado como un objeto teórico que debe ser deconstruido porque su conversión neoliberal en necro-Estado o, lo que es lo mismo, en narco-Estado minó completamente sus bases institucionales herederas del fracasado republicanismo del siglo XIX. Creo que hay mucho en el siglo XIX que todavía, residualmente, puede pensarse contra el narco-estado del necroliberalismo, pero eso requerirá de una larga investigación y, sobre todo, de un explicación teórica de qué es lo que podríamos entender por plasticidad de las instituciones (post)republicanas en nuestra región para, quizá, volver a fracasar, pero mejor.

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas de los gobiernos y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos?

En la inmediatez de lo que nos ocurre, quizá por primera vez como especie humana de manera consciente y mundialmente integrada, el discurso de la guerra de los gobiernos contra un virus invisible de naturaleza animal, es el discurso del fracaso histórico del estado neoliberal. Este es el Estado que venció al Estado de bienestar que se reconstruyó como estado de “salvación” y reconstrucción de la economía después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como locomotora de la economía-mundo. El discurso que hegemonizó ese periodo fue el del Estado de Bienestar keynesiano y, en América Latina, tuvo su correlato en el nacional-desarrollismo. La nostalgia por este estado suele aparecer hoy vinculada a la retórica tipológica y, entonces, abstracta del gobierno que, en el cierre soberano de lo nacional, puede resolver problemas de “pleno empleo”. Pero esta institución de postguerra encuentra su límite en los fenómenos de acumulación flexible del capital y, sobre todo, en el deterioro de los proyectos industriales que formaban una parte importante del imaginario nacional-desarrollista de las izquierdas latinoamericanas.  Hoy, este imaginario está fuertemente cuestionado por la imposibilidad que presenta de salir del neoextractivismo y de las economías de aceleración productivista. Estas críticas son muy razonables, debido a la depredación de los recursos naturales por parte del capitalismo globalizado y sus gobiernos neoliberales que privilegian la usura de las transnacionales y sus colusiones con las oligarquías locales. Sin embargo, muchas veces bordean el romanticismo fundamentalista y la estetización de la naturaleza sin poder generar una contención a la voracidad de las transnacionales y sus colusiones oligárquicas. Tampoco proponen resolver problemas de pobreza y sanidad para enormes poblaciones de indigentes que suelen verse forzados a migrar de sus hábitats. El romanticismo de la crítica les hace perder el sentido común y suelen criticar sin ningún tipo de ubicación política, gobiernos progresistas que intentan desmantelar el necro-Estado del neoliberalismo. 

Hay dos casos paradigmáticos de este romanticismo de la crítica. El primero es el enorme contingente de intelectuales y académicos que contra el gobierno progresista de Rafael Correa terminaron apoyando a Lenin Moreno. Hoy hemos visto la catástrofe a la que el presidente Moreno ha llevado a Ecuador, convirtiendo el Estado progresista que lideraba Correa en un necro-Estado incapaz de enterrar a los muertos que arrasa la pandemia. El segundo caso y, quizá el más doloroso de todos, es el modo en que una importante constelación de respetadxs intelectuales y académicxs — que por cierto leo y sigo con entusiasmo — celebraron el primer golpe de Estado en Bolivia. Golpe sangriento en el que se quemó la Whipala en nombre de una Biblia que parecía ser del siglo XV. Es imposible no recordar que el ignominioso día del golpe militar en Chile los militares quemaron el acta de independencia de 1810. El golpe en Bolivia terminó con una de las experiencias más exitosas de gobiernos progresistas y deliberadamente anti-neoliberales como fue el caso del MAS liderado por Evo Morales y Álvaro García Linera. Junto a la construcción de una hegemonía basada en los movimientos sociales, la Bolivia del Evo que inventa el Estado Plurinacional es una “anomalía salvaje” en la historia republicana de América Latina. La invención de lo plurinacional y la construcción de hegemonía de bases plebeyas seguirá siendo, durante mucho tiempo, un modelo a emular. En otras palabras, los imaginarios de futuro deberían despejar las nubes del romanticismo de la crítica y pensar a parir de experiencias que han sido exitosas en sus formas de gobierno, pero que no han logrado perdurar porque sus hegemonías siempre han sido demasiado frágiles, demasiado contingentes y siempre minadas por el sentido común de la izquierda liberal, demasiado liberal para un siglo que necesita urgente reinventarse en cada momento, en cada coyuntura, en cada catástrofe social en marcha o por venir .  

Por lo mismo, responder a la pregunta de hacia dónde deberían dirigirse las medidas de los gobiernos pasa por responder la pregunta por las instituciones que han sido fuertemente desestabilizadas por el malestar de las sociedades civiles y por la pandemia de la Covid-19. Me parece importante que cualquier marco teórico que plantee la pregunta por el futuro de los gobiernos democrático-populares debe considerar que hoy el Estado moderno es una estructura que sufre, por un lado, un déficit de soberanía (popular) muy grande y, por otro, está demasiado comprometido con la compulsión por la normalidad del futuro a priori y liberal-parlamentario que le ofrece la estabilidad del capital. Los gobiernos ven que su responsabilidad es ir hacia el tiempo de la normalidad, y la normalidad es reactivar el empleo y mantener los indicadores socioeconómicos. Estos indicadores producen la estabilidad de la economía planetaria y aseguran, en el plano nacional, la normalidad de las clases acomodadas o burguesas y pequeño burguesas. En esta temporalidad no se halla ni el pasado de las luchas sociales y sus conquistas ni, tampoco, el porvenir de una salida al amarre estructural de los mercados capitalistas. Así, el papel del Estado se reduce a ser una especie de empresa nacional, pero sin nación, porque ésta, la nación soberana, está confiscada por los poderes transnacionales. La explotación y las desigualdades sociales ya no son solo nacionales, aunque tengan su inscripción en lo nacional. Los gobiernos tampoco lo son, aunque sus políticas deban administrar localmente la pluralidad de mundos que tienen hoy una inscripción planetaria. 

La nación es algo demasiado abstracto y de una heterogeneidad tan radical que la interpelación nacionalista de los ciudadanos es siempre una fallo o un permanente fracaso en el sistema de representación político-estatal. En la medida en que las naciones y la materialidad de sus cuerpos están inscritas en un sistema planetarizado del que, tal como lo ha corroborado la pandemia, no podemos salir porque no hay un afuera, la expresividad de instituciones abiertas y con capacidad de resolución en lo local resulta mucho más interesante que el Estado policial y de lógica de cobro de impuestos a los más desposeídos para mejorar, supuestamente, las condiciones de existencia o de coexistencia de ciudadanos múltiples e irreductibles a la ilusión de homogeneidad de lo nacional-moderno. Las desigualdades sociales están atravesadas por una economía-mundo que no puede suprimirse sin gobiernos que emulen la experiencia de soberanías inclusivas, abiertas y de reconocimiento de la pluralidad subjetiva de los mundos que componen el planeta. De momento, no tengo dudas de que el paradigma de este tipo de gobierno ha sido el de Evo Morales. Lo plurinacional, la imaginación de instituciones plebeyas y el modo de gestión orientado a contener la usura de las transnacionales, así como un reparto más equitativo de los recursos del país fue un éxito reconocido a viva voz por la ONU.

En nuestras actuales condiciones planetarias de existencia, las economías nacionales no existen o, mejor dicho, no existen por fuera de los mercados mundializados. La pandemia ha revelado que el Estado neoliberal ha reproducido el mito de la seguridad sin hacerlo efectivo. La covid-19 visibiliza los absurdos de economías que mueven enormes masas monetarias sin percibir que un pequeño virus podría paralizar el cuerpo entero del planeta. Los estados no están, ni lograrán estar, preparados para la próxima pandemia o para el desafío de las pandemias intermitentes que sin duda se avecinan en los próximos años. Por eso, es muy probable que los marcos teóricos tradicionales de la ciencia política y de las ciencias sociales no puedan ofrecer léxicos que orienten el mundo post-Covid-19, porque sus metáforas nacional-modernas se encuentran agotadas y, sobre todo, porque el compromiso de esas disciplinas ha estado siempre al servicio del liberalismo de la conciencia pequeño burguesa de las clases acomodadas. 

El mundo por venir necesita del fortalecimiento mancomunado de instituciones que puedan asegurar el mejoramiento de un sistema de salud que opere localmente, pero integrado mundialmente, y para eso tendremos que acudir a marcos teóricos transversalizados y abiertos a las nuevas metáforas o conceptos que emanan de la pluralidad de mundos que nos trama; una post-ciencia de la economía política sin deidades de autores en los que se parcele el saber; sin confinamientos disciplinares que de manera pre-potente y a priori supongan que han descifrado los arcanos que la pluralidad subjetiva de los mundos guarda en la intimidad plástica de lo humano. Hay que deliberar democráticamente por marcos teóricos que privilegien una especie de “anarquismo epistémico” que abra umbrales y dé hospitalidad a la pluralidad infinita de mundos. Es cierto que esto que digo es de sentido común para cualquier horizonte emancipatorio, pero también me parece que el sentido común es lo que más falta nos hace, en una época que ya no cuenta con la firmeza de los relatos homogéneos y coherentes del horizontes emancipador de la  modernidad. En un mundo en que el despilfarro y los niveles a los que la vida colonizada por el capital parecen no tener ninguna viabilidad, lo menos recomendable son teorías o filosofías sin pluralidad de mundos. Las teorías o filosofías, embelesadas en sus especulaciones asintóticas con lo mundano de lo cotidiano, y sin apertura a la pluralidad de mundos, son teorías que harán engordar los programas de muerte del necroliberalismo estatal, porque seguirán impotentes para complementar las rebeliones por dignidad que se avecinan en todo el planeta.  

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política: vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?

El irracionalismo con el que se mueve el capitalismo financiero, vampirizando las formas de vida del planeta, secando los ríos por la sobre-explotación del aguacate, desforestando los bosques, disminuyendo la esperanza de vida por contaminación de las ciudades, desposeyendo a las comunidades indígenas de territorios ancestrales, asesinando mujeres y niños, persiguiendo a estudiantes, asesinándolos y haciéndolos desaparecer, constituye hoy un genocidio que parece haberse naturalizado como el “así es la realidad”. La irracionalidad expansiva del capital y la producción de sus modos de vida ya ni siquiera nos permiten hablar de “desarrollo desigual y combinado”, porque los niveles de la especulación financiera se han alejado de la idea moderna de la fábrica o la industria, las escuelas, los hospitales y la construcción de viviendas dignas como proyecto civilizatorio. 

En América Latina, en Centroamérica y el Caribe se trata simplemente de la ausencia de desarrollo y de la cancelación total de la búsqueda de sociedades orientadas a la idea del “buen vivir” o de la calidad de vida de los ciudadanos. La enorme masa de  poblaciones de desplazados, en su mayoría indígenas, afrodescendientes y mestizos, objetivada en la categoría racista de inmigrantes, busca resolver su existencia como una estrategia de sobrevivencia. Todas ellas y ellos son el producto del necroliberalismo generalizado como programa de desposesión y aniquilamiento de millones de precarizados y vulnerabilizados por una lógica abierta de genocidio pactado como programa global. Esto es lo que hemos visto bajo el dominio de 50 años de hegemonía neoliberal; es decir, hemos presenciado la destrucción de los espacios sociales más necesarios y urgentes para la vida de enormes masas poblacionales. La reconfiguración de los espacios sociales debe primero pasar por una crítica radical a la raíz de un modo de producción de la vida en que se mezcla el patrón de acumulación capitalista con el de los modos en que hemos internalizado la subjetividad del consumo y el hedonismo del humanismo neoliberal. 

El neoliberalismo es más que un programa económico, es también la expresión del humanismo de la “blanquitud” europea y norteamericana que ha permeado a todos los sectores sociales y políticos, pero, sobre todo, es la expresión del homo emprendedor  encarnado en nuestras clases medias, que son, en última instancia, las que sostienen o habían sostenido hasta ahora el orden neoliberal. El programa de exterminio de los más vulnerables es el programa de un racismo de manual donde claramente las políticas multiculturales han fracasado. Este fracaso se debe a que el problema sigue siendo ese que José Carlos Mariátegui pensó, contra el humanismo liberal-cristiano, como el problema del indio. Para el autor de los Siete ensayos… el problema del indio es el problema de la tierra, es el problema de cómo hoy las transnacionales y las oligarquías nacionales han emplazado comunidades enteras y las han desposeído en lo más básico de sus existencia; la de vivir en el suelo donde nacieron sus ancestros. 

Las llamadas “diferencias étnicas” son hoy las más perseguidas y las más golpeadas por la brutalidad de la violencia del estado-policial. Deportación y cárcel para las víctimas del capitalismo por desposesión es la consigna privilegiada del necroliberalismo. Esta es una realidad muy candente en toda América Latina, Centroamérica y el Caribe, no es solo un problema que se dé en las fronteras de México y Estados Unidos. Lo que en el plano carcelario ocurre como programa globalizado a través del pacto de los poderes policiales del Estado y el de los poderes supraestatales militarizados (FMI, el BM, la OTAN) — cuyo objeto es proteger e inmunizar el sistema de reparto desigual de las riquezas en nombre de la democracia liberal-parlamentaria — no ocurre en el sistema sanitario de salud pública. No creo que sea una analogía descuidada la de vincular el sistema carcelario globalizado con la falta completa de una  salud pública glocal y la urgencia de que los sistemas de salud constituyan materialmente  un bien de uso universal. No hay descuido en esta analogía sobre todo si pensamos en que ha sido Ángela Davis la que ha defendido el legado de las luchas sociales contra la misoginia y el racismo, vinculando políticamente estas luchas a un feminismo que clama por la abolición del sistema carcelario. Para Davis se trata de desmantelar un sistema globalizado porque el espacio policial y carcelario es la prolongación institucionalizada de la violencia racial y misógina. Si hay un sistema carcelario y policial globalizado que debe ser transformado de raíz, también debe considerarse que la salud, que es en el sistema neoliberal una cuestión privada para los que tienen dinero, y que por lo mismo se halla racializada, debe aspirar a constituirse en un sistema globalizado o mundialmente integrado. La OMS está aún lejos de pensar en esta hipótesis, pues pareciera que en su imaginario sanitario persiste lo biológico por sobre lo socialmente integrado en un sistema de economía-mundo. 

Por otro lado, creo que lo interesante de lo que está ocurriendo no es tanto el modo en que los gobiernos han manejado la crisis sanitaria recluyéndonos en el espacio del hogar, sino en la desafección estructural de la violencia globalizada de un sistema que ha hegemonizado los modos de vida por medio siglo, y que esos espacios que añoramos hoy son espacios públicos confiscados para el goce del privilegio de las clases acomodas. En América del Sur no hay ninguna novedad en el modo en que los gobiernos han administrado, o han dejado de administrar, la pandemia mediante la política de confinamiento. La novedad habría sido que diéramos con la vacuna y la hubiésemos puesto a disposición de las necesidades de un común mundialmente integrado o planetarizado. Pero no somos grandes productores de ciencia y tecnología. Aquí la “barbarie tecnológica” ha sido la manera rudimentaria en que los gobiernos de derecha han optado decididamente por lo que creo puede ser conceptualizado como genocidio por negligencia. Estos “líderes” latinoamericanos deberían ser en algún momento juzgados por vulnerar el derecho humano más elemental que es el derecho a la vida. 

Por supuesto, hay excepciones ejemplares en el manejo e intento por el control de la pandemia. El gobierno de Alberto Fernández en la Argentina o el de Miguel Díaz-Canel en Cuba han implementado políticas excepcionales de cuidadocracia, donde la preocupación no ha estado puesta en los indicadores económicos sino expresamente en el cuidado de los cuerpos. El paradigma o ejemplo ejemplar ha sido Cuba, que pese al bloqueo del gobierno de Trump, no solo ha controlado el contagio sino que además ha mostrado una política internacionalista de colaboración y hospitalidad que ha impresionado a todo el mundo. Los cubanos han sido capaces de proveer hasta un medicamento, el Interferón, que si bien no elimina la covid-19 permite disminuir el riego de muerte. El internacionalismo sanitario es lo opuesto a la desafección de gobiernos que, como los de Piñera, Bolsonaro, Moreno y Añez entre otros, serán responsables y cómplices del genocidio por negligencia que está actualmente en marcha en la región. En este sentido, la reconfiguración de los espacios sociales pasará por la revitalización de las luchas sociales por la dignidad y la recuperación de los espacios del común. 

El malestar social que viene después de la pandemia es en un punto aterrador, pues no se trata del malestar que teorizó Sigmund Freud cuando escribió el célebre ensayo que nos enseña que el problema de nuestras aflicciones está en la cultura. Las intuiciones de Freud con respecto al proyecto civilizatorio podrían hoy perfectamente reinterpretase en la idea de que el malestar social no está en la pandemia de la covid-19, sino en las instituciones incapaces de controlarla. La traducción que tiene este fenómeno es que el malestar en la cultura, tal como ocurre con los virus, ha mutado a la furia en la cultura. La furia, la ira, la rabia, la angustia de muerte es hoy movilizada contra la necrocultura de nuestro tiempo. La hipótesis que se sigue de esta idea es que no habrá un modo de coexistencia distinto del que conocemos sin que las rebeliones motivadas por la furia incendiaria y la pulsión de quemarlo todo sean traducidas en los afectos de la política, una política capaz de salir de la representación política tal como modernamente la hemos conocido hasta hoy.  

No creo que los espacios sociales y la política puedan seguir siendo los mismos después de la pandemia. Está claro que la sintomatología de la furia incendiaria de las clases subalternas, es decir, el malestar radical provocado por el neoliberalismo y su necropolítica del control poblacional, provocará en un futuro inmediato una multiplicidad de rebeliones sociales, rebeliones que no están en los manuales de ciencia política. Es muy probable que la actualidad se cierre en la re-aceleración del capitalismo tal como lo hemos visto operar hasta antes de la covid-19. Cuando uno ve desplegados en el Facebook los deseos de postpandemia de la clase media —en la que me incluyo— uno se da cuenta de que no deseamos la desaceleración, sino el regreso de los lugares de consumo, recreación y viajes turísticos en avión. No hay un nihilismo respecto a los deseos que el capitalismo produce en nosotros, el nihilismo proviene de la falta completa de convicciones de que podemos imaginar otro mundo. El neoliberalismo como modo de producción se funda en el desprecio de la vida porque privilegia la aceleración del desarrollo económico sin importar la vida que es sostenida por la materialidad del pluralismo de mundos y cuerpos. La pandemia pone una especie de freno al tren del productivismo basado en el falso progreso que ha traído la modernidad y sus instituciones. La pandemia ha logrado desacelerar el modo de producción basado en la especulación del capitalismo financiero y, tal como hace poco señalara José Luis Villacañas, ésta debería hacernos despertar de la cuarentena mental. La reconfiguración de los espacios sociales pasa por salir de la cuarentena mental de más de 50 años y entrar en el espacio de categoría aún en disputa tal como es la de lo común. ¿Que es lo común? ¿Desde que lugar “pluripolítico” lo articulamos? Estas preguntas han sido abiertas por la posibilidad de imaginar el mundo postpandémico para pensar en una salida a lo que, globalmente, creo que ha funcionado como un necroliberalismo del que hay que salir o morir. La disputa por el campo de lo político debe darse en oposición al necroliberalismo. Esa oposición no es la de una dicotomía de clase, sino más bien la de un conjunto de prácticas sociales y discursivas que inevitablemente deberán preguntarse qué es hoy la coexistencia en común y desde qué instituciones debe organizarse o reconfigurarse el espacio social de lo común. 

Por último, el desencanto es simplemente la antesala de un estado anímico que en medio de las crisis supone la posibilidad o imposibilidad de cambiarlo todo de raíz. No creo que sea difícil reconfigurar los espacios sociales del consumo hedonista, donde se producen encuentros y desencuentros de clientes, no de ciudadanos. Lo difícil será imaginar instituciones sociales que reconstruyan lo que posiblemente sea una crisis muy profunda de la modernidad de lo público. Eso que hace ya varios años Richard Senett llamó el declive del hombre público, y que hoy parece haberse materializado en un deseo muy grande, deseo clase-mediero, de que vuelva todo a ser igual que antes. Lo que viene es un ciclo de rebeliones por la dignidad de las que la izquierda tradicional nada sabe, ni menos podrá contenerlas en el juego representacional de los consensos políticos. Creo que en América Latina es tiempo de imaginar un retorno de experiencias políticas en las que los liderazgos sean articulados por los movimientos sociales que hoy expresan la pluralidad subjetiva de mundos. Sin una novedad como esa, estaremos hundidos en la efectividad del desencanto y en la neutralización de la política en la que predomina la angustia de muerte y la hipostasis de una existencia individual sin política, esto es, sin coexistencia común.