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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: María Corrales.

1 de junio de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho, que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural?

La gestión de la crisis del COVID-19 ha implicado un doble acontecimiento para el conjunto de la ciudadanía: la experiencia del virus como vulnerabilidad ante la muerte y la experiencia del Estado como garante de la vida. Hasta este momento, el Estado en sus múltiples dimensiones (uso del biopoder, monopolio de la violencia y de las expectativas) era un instrumento vivido por el ciudadano como algo latente o parcial. Con la crisis del COVID se transforma en un todo integral que aterriza en todos los aspectos de nuestra vida y que tiene la capacidad y el deber de garantizar su supervivencia. 

Sin embargo, el Estado no es un todo abstracto sino la materialización concreta de la correlación de fuerzas en España, país del sur de Unión Europea, en 2020. Es decir: 

  1. Un Estado Autonómico cuyo poder infraestructural depende de las Comunidades Autónomas y sus Gobiernos.
  2. Un Estado sin consenso entorno al demos que lo legitima ni en sentido nacional ni en el sentido popular.
  3. Un Estado que tiene gran parte de su soberanía cedida a una institución supranacional en crisis como la Unión Europea. 
  4. Un país que viene de diez años de crisis económica en la que el Estado ha aplicado lo que algunos economistas llaman “keynesianismo invertido” después de treinta años de hegemonía neoliberal: coger los recursos públicos y dárselos a los ricos.
  5. La derrota parcial de las principales utopías disponibles que trazaron los horizontes políticos alternativos a la crisis de régimen: el asalto a los cielos y la independencia de Catalunya.

Es en base a la experiencia ciudadana de un “Estado todopoderoso” que, a la vez, no dispone ni de capacidad ni de legitimidad de ejercicio, que se pueden entender la mayoría de polarizaciones y debates que se están generando. Desde el nacional hasta el territorial, pasando por la reacción de las clases altas. Sin embargo, la larga crisis orgánica que vive España no puede ser un consuelo en términos de pensar que el desorden de sentido común prevalecerá, sobre todo después del doble acontecimiento entorno a la vida y la muerte que nos ha hecho mucho más permeables y exigentes en las respuestas. 

En este sentido, creo que hay dos discursos disponibles en la lucha ideológica que no entienden de izquierda o de derecha y que beben de la misma matriz del acontecimiento-Estado. Por un lado, el discurso de la sociedad frente al Estado y sus políticos: representado por las caceroladas animadas por VOX y su impulso destituyente, pero también por quién separa el papel de los sanitarios como si fueran héroes individuales al margen del conjunto del Estado y el esfuerzo ciudadano. Por el otro, el de las expectativas generadas por parte de las clases medias y populares en un Gobierno que emerge como garantía de lo común. El fracaso de lo último a la hora de cumplir con estas expectativas, puede ser el triunfo de lo primero. 

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas de Gobierno y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos? 

El Gobierno, y en este caso, Unidas Podemos, ha acertado sin ninguna duda con el discurso de contraposición respecto de la crisis de 2008. Como comentaba en la pregunta anterior, el principal enemigo del Gobierno no es la extrema derecha sino las expectativas de una ciudadanía que ha experimentado el acontecimiento-Estado. Definir la acción política en oposición a una vivencia tan cercana como la última crisis económica y su gestión ayuda a moderar unas expectativas que podrían llegar a ser infinitas ante un Gobierno sobre el que podríamos depositar toda la imaginación posible que se pueda verter ante la hoja en blanco que es su nueva gestión. En esta operación, el actor clave es Podemos y su reciente relato entorno a los límites del poder político que fue el centro de las últimas dos campañas generales. 

Esta narrativa de Gobierno se está encarnando como mito en dos políticas públicas muy concretas: los ERTEs y el Ingreso Mínimo Vital. Dos medidas que, a pesar de sus limitaciones, representan una primera piedra a la hora de construir nuevos consensos diferentes a los forjados después de la Segunda Guerra Mundial y minados a partir de la hegemonía neoliberal. Es evidente que España tiene un papel que jugar en Europa respecto de esos nuevos pilares sobre los que se puede sustentar el mundo después del COVID-19, que además podría tener un efecto cohesionador dentro de nuestras fronteras y suplir parte de la debilidad crónica que implica que España sea una nación con una carencia tan acusada de simbología común.

En este sentido, más allá de la política del PSOE de “aguantar el chaparrón” y cohesionar por desgaste, creo que el Gobierno tiene la oportunidad de situar algunos hitos a medio plazo que puedan dibujar una cierta narrativa épica capaz de atraer a los sectores laterales que no están ni estarán en el núcleo duro, por mucha polarización que haya con VOX. La posición destituyente de la extrema derecha deja bastante margen para una operación de este tipo.

En resumen, creo que son tres las lógicas políticas que deben marcar la acción de un Gobierno al que está ligado la (siempre parcial) victoria hegemonía progresista:

  1. Satisfacción particular de demandas.
  2. Gestión de expectativas vinculadas a esta satisfacción de demandas en el corto plazo y la fijación de hitos políticos en el medio.
  3. Construcción común de estos horizontes a medio plazo con la ciudadanía a través de mecanismos de apertura y participación en los espacios políticos con capacidad de definir dicha agenda. 

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política: vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?

Casi en la mayoría de los casos, lo que ha hecho el acontecimiento coronavirus es acelerar crisis preexistentes como la de representación. Enero de 2020 fue el CIS en el que la preocupación por la política alcanzó su máximo histórico, mientras que, en octubre de 2019, Barcelona volvió a ser el epicentro del cabreo de una generación posterior al 15M contra los dirigentes que a uno y otro lado de la franja habían protagonizado el quiebre parcial de las principales utopías disponibles de la última década.

En este sentido, discrepo de que el contexto sea el mismo que en América Latina. En gobiernos como el de Venezuela, el chavismo cuenta con una parte de su base social de granito gracias al recuerdo de las generaciones que ascendieron socialmente con Chávez y que antes de él vivían en una situación de extrema necesidad. Salvando las distancias, es el mismo recuerdo que tienen las generaciones de nuestros abuelos de lo que representó el PSOE en Andalucía o en Extremadura. Esta base social convive con otra que ya ha crecido con la presencia del estado social y que exige más o, por lo menos, no retroceder en relación a lo que vivieron sus padres.

Sin embargo, la situación en España, mientras se aguanta un pulso destituyente por parte de la derecha y la extrema derecha, no es la de un partido o proyecto político que ha representado un salto hacia adelante para una gran mayoría social. Lejos de ello, este Gobierno de coalición empezaba a andar cuando llegó la crisis y, por lo tanto, lo único que tiene es su breve gestión durante la epidemia sanitaria y las expectativas que se generaron por contraposición al Gobierno de Rajoy. En consecuencia, la base social del bloque progresista para los próximos años está por construir y tenemos la suerte de que la estrategia frentista de VOX difícilmente puede atraer, de momento, a los sectores intermedios. 

De este modo, veo un escenario de polarización y profunda politización no partidista a través del enfado y el antagonismo más que de distancia que es de lo que venimos. No obstante, los elementos y reivindicaciones que después pasen a hilarse en los discursos hegemónicos son hoy invisibles ante la densidad de la situación inmediata pospandemia. Por lo tanto, es fácil decir que lo que se haga ahora determinará el rumbo de las políticas de la próxima década, y es cierto en términos de qué hitos dibujen el camino del adónde vamos en un momento de desorden general, pero también es cierto que justo después de un acontecimiento de estas características la densidad social imposibilita ver ni siquiera cómo es el campo de juego hasta que ésta se disipe.