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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: Miguel Urbán

26 de mayo de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho, que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural?

La pandemia del covid-19 ha profundizado y acelerado la crisis hegemónica que ya sufría el neoliberalismo desde hace años. Sus políticas siguen siendo las que rigen mayoritariamente el mundo, pero su capacidad de auto-legitimarse y de seducir está cada vez más cuestionada. Es un proceso multiforme, variable e incierto, que arroja riesgos, pero también abre un campo de disputa. A nivel micro, la crisis sanitaria ha disparado en la línea de flotación del sálvese quien pueda, uno de los pilares antropológicos del neoliberalismo. Ahí se abre una pelea cultural y política sobre cómo debería ser la vida en común a partir de ahora, qué tipo de comunidades, redes de seguridad o servicios públicos debemos tener, qué relación con el medioambiente, con nuestros vecinos o con otros países. Un buen ejemplo es cómo en nuestras ciudades, las redes de solidaridad vecinales conviven con los policías de balcón. Por ello disputar su “nueva normalidad” desde la reconstrucción de comunidad y lazos de clase como herramienta para cambiar el mundo de base se vuelve una tarea fundamental para el próximo periodo.

A nivel macro, el orden mundial surgido tras la II Guerra Mundial y dirigido desde Occidente está hoy aún más cuestionado. Se habla de una crisis definitiva de la globalización librecambista o neoliberal. Por el momento, los pilares centrales que sostienen el orden neoliberal permanecen intactos. De hecho, si no hacemos nada, podemos asistir a una aceleración neoliberal utilizando la crisis como una coartada para llevar a cabo reformas que agraven aún más la situación social pero que beneficien a una minoría y refuercen sus posiciones de privilegio. Solo desde el cuestionamiento radical del orden neoliberal, tendremos la oportunidad de sentar las bases de otro modelo de sociedad al servicio del bien común, que enfrente los retos de una emergencia climática y que ponga la vida en el centro de sus políticas.

Pero si bien es verdad, la globalización neoliberal (no el neoliberalismo) lleva tiempo en crisis, el coronavirus puede acelerar su descomposición tal y como la hemos conocido hasta ahora, favoreciendo el resurgir de discursos sobre el proteccionismo y del regreso del Estado nación fuerte. Además de que esto es en gran parte falaz porque el Estado nunca se retiró sino que fue conquistado por las élites neoliberales y utilizado como agente mercantilizador, no hay ninguna certeza de que nada de esto pueda ocurrir ni si una cosa o la contraria se traducirá necesariamente en mejoras o en más dificultades para las mayorías sociales. Por ejemplo, el virus nos ha recordado que las fronteras son construcciones estériles en muchas ocasiones, pero también puede reforzar los repliegues identitarios y el brote de nuevos muros interiores y exteriores. ¿Cuando hablamos de proteccionismo hablamos de proteger los servicios públicos y los derechos universales, o las fronteras nacionales y los intereses de unos pocos? Hasta ahora la extrema derecha ha levantado la bandera de la soberanía nacional, pero que nadie se engañe por retóricas vacías: no hay ninguna proyección antineoliberal en estos proyectos políticos pretendidamente proteccionistas o de supuesta recuperación de la soberanía nacional. Son sólo un frente más en la batalla central por la gestión de una globalización neoliberal en crisis y cuya dirección lleva años en disputa. La cuestión es si la izquierda es capaz de articular un proyecto alternativo de desglobalización desde una perspectiva ecosocialista e internacionalista, que pueda dar respuesta a las necesidades de un cambio de modelo productivo, una reorganización de las cadenas globales de distribución y que ponga en jaque al poder corporativo que solo responde a la lex mercatoria

Por el momento lo que estamos observando es una autentica revuelta de los privilegiados como respuesta ante la incertidumbre de un futuro incierto para su modelo de vida depredador de recursos y derechos. Esgrimiendo la supuesta libertad para seguir viviendo por encima de las posibilidades sociales y ambientales. Mientras aumentan las colas del hambre en los barrios populares. Pero estas contradicciones forman parte de periodos así. Las crisis son momentos de bifurcación que funcionan como agujeros de gusano que nos permiten asomarnos a otros tiempos y espacios posibles. En periodos como este vemos aflorar, chocar y articularse imágenes utópicas y distópicas. No hay certezas y las contradicciones cohabitarán, irán en aumento y tendrán expresiones cada vez más violentas. Así que cómo se reconfigure ese marco de convivencia, a nivel micro y macro, será determinante y marcará el próximo período. Esa es la gran batalla hoy. Seguramente veremos muchas “guerras proxy” desencadenarse a su alrededor, en aspectos muy concretos, algunos incluso inesperados. Quienes propongan palos a los que agarrarse, aunque sean clavos ardiendo, en mitad de esa tormenta, tendrán mucho ganado. Tenemos que estar muy atentos y pasar a la ofensiva propositiva. Nos jugamos las próximas décadas en los próximos años.

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas de Gobierno y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos?

Llevamos tres décadas a la defensiva. Precisamente porque estamos en pleno proceso de reconfiguración, tenemos que mover ficha. Más morder que lamernos las heridas. Hay muchos consensos neoliberales en cuestión en estos momentos. Es el momento de practicar una doctrina del shock contra las elites y en favor de las y los de abajo. Poner encima de la mesa el reparto de la riqueza y los trabajos como elemento central de la discusión política; preguntar abiertamente quién va a pagar la próxima crisis; señalar la revuelta de los privilegiados que se sienten en el derecho de no pagar impuestos o de esconder sus tesoros en cloacas fiscales. Pero esa ventana no durará mucho abierta. Ya vimos cuánto duraron las promesas de “refundación del capitalismo” que hicieron Sarkozy y compañía en 2008 y al final cómo se tradujo en una vuelta de tuerca de las mismas políticas que nos habían llevado al desastre. Hablemos abiertamente de un “135 para la sanidad”: una reforma constitucional que priorice y blinde por ley el gasto público sanitario. Abordar un cambio de modelo productivo que pueda afrontar los retos de una emergencia climática. Una transición ecosocial que pasa por el control y nacionalización de sectores estratégicos de la economía para asegurar algo tan básico como la vida. Ese momento es ahora. Hablemos de acortar esas cadenas de valor globales que no sólo de tan kilométricas se han vuelto incontrolables e insostenibles, sino que están en manos de un puñado de empresas transnacionales que, además de todos los efectos negativos que ya conocemos, en esta crisis se ha demostrado que provocan problemas serios de control democrático sobre bienes fundamentales como unas simples mascarillas. Y así podríamos seguir. Pero la cuestión es si este gobierno tiene mimbres para acometer ese giro de 180 grados. Me temo muy mucho que con alguien como Nadia Calviño sentada en el Consejo de Ministros, la letra pequeña del statu quo no se moverá por muchos anuncios propagandísticos de medidas espectaculares. Pero el Gobierno no sería el último responsable de que nada cambiase: hace falta una presión popular, organizada, dentro y fuera de las instituciones, independiente del propio gobierno Gobierno y que les invite a caminar por esa senda o sino camine sola. De no haberla, le dejaremos a las caceroladas de extrema derecha el monopolio de la impugnación y la dirección política de cualquier oposición al Gobierno. Y ahí seríamos corresponsables. Es importante criticar las concentraciones en el Barrio de Salamanca y escandalizarse por las colas en los comedores populares de Aluche, pero más importante es impulsar un plan de choque social con propuestas concretas y movilizaciones que lo empujen.

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política: vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?

Desde hace años vivimos tiempos de polarizaciones. El malestar con las políticas neoliberales y sus efectos generan procesos de indignación e impugnación multiformes y cambiantes que, cierto y lamentablemente, últimamente se decantan más hacia su polo derecho. El extremo centro neoliberal que había ordenado los imaginarios políticos de la mayoría de la población durante décadas pierde fuelle y vive un profundo proceso de reorganización. Fenómenos como el “macronismo”, los vaivenes del supuesto liberalismo español o la crisis de la socialdemocracia europea son algunas de sus expresiones más conocidas. Que figuras de la clase empresarial como Trump o el propio Macron hayan dado un paso adelante para asumir posiciones de representación política sin pasar por los intermediarios habituales, muestra que en el campo de las elites esa crisis de representación también está teniendo lugar y generando recomposiciones de su campo social y político. En tiempos de polarizaciones es de esperar que asistamos a combinaciones mutantes de todas esas variables enumeradas en la pregunta. Y ahí es donde entra la política entendida como arte estratégico para intentar hacer posible lo que hoy no lo es, para alargar el campo de batalla y el espectro de lo posible. Evidentemente quienes no tienen nada que ganar con un cambio nos insistirán que sería un suicidio intentarlo. Pero esa es la historia de la humanidad. Mi gran duda hoy es cómo se construyen alternativas desde comunidades fragmentadas también por el distanciamiento físico, las patologías sanitarias y las consecuencias sociales que ha generado esta pandemia y que no se disiparán en pocos meses. ¿Qué mundos podemos imaginar y construir con ese mundo pospandemia? La atomización, el miedo y el dolor no suelen ser buenos compañeros de viaje para los proyectos transformadores en clave revolucionaria. Nos va a tocar actualizar nuestro repertorio de acciones y dibujar nuevos mapas.