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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: Nuria Sánchez Madrid.

25 de mayo de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural? 

Las medidas gubernamentales adoptadas en la crisis pandémica han puesto en el centro de todas las miradas una transformación radical de las formas de vida aparentemente normalizadas desde hacía décadas. Sería efecto de una fuerte distorsión llamar a ese referente de régimen vital —sin introducir los debidos matices— “bienestar”. En efecto, sabemos bien que el paquete de reglas y hábitos sociales que el marco político actual califica como tal cuenta con una dilatada cara oscura, compuesta por diferentes niveles de precariedad, ansiedad y malestar que conforman los márgenes elusivos del sufrimiento social contemporáneo. No en vano, el eje del control emocional forma parte de la regulación que el sistema-mundo dominante espera que cada sujeto asuma como disciplina personal y precio a pagar para ingresar en el mercado laboral. A mi entender, esa transformación realmente revolucionaria —analizada por Alberto Santamaría, Jorge Moruno o Remedios Zafra, entre otros— del mapa cognitivo de la subjetividad constituye un fenómeno atravesado por una enorme ambivalencia, que puede derivar en lecturas de signo opuesto, de las que da buena cuenta la sugerente discusión que Luciana Cadahia y Germán Cano han mantenido con la uraniana apelación al apagón de las redes sociales de Paul B. Preciado. Qué duda cabe que estamos acostumbrados a que desde el último tercio del siglo XX hasta el presente la agenda revolucionaria la imponga la razón neoliberal. Este modelo de productividad y de comprensión del todo social ha erigido en las últimas décadas un potente aparato cultural, que mediante un alambique misterioso convierte los efectos de la agenda económica aparentemente más impopular —precariedad laboral, disminución de la calidad de vida, recortes en servicios sanitarios, emergencia de una insólita ansiedad y depresión en el ámbito laboral— en pasos de un vía crucis que es necesario recorrer si se quiere impedir, por ejemplo, la quiebra total del sistema, o se desea tomar el célebre tren del progreso. Este formato ha hormigonado el horizonte práctico de las sociedades democráticas a nivel global, situando a la ciudadanía en una situación cuando menos esquizofrénica, en la que los grupos activos desde la mirada de la productividad económica asumen una actitud sacrificial en la que todas las renuncias resultan viables con tal de prevenir la “expulsión” del sistema. Se trata en realidad del laboratorio cultural de nuestra existencia, pero también lo es de las subjetividades que bregan por poner en obra una sólida resistencia epistémica y política frente a una construcción ideológica que legitima el daño humano en tanto que consecuencia lógica de un régimen de libre competencia en el que los únicos que no tienen que rendir cuentas son quienes ocupan la cúspide de la pirámide económica. El ingenuo anhelo de que estos compartan con los demás parte de sus pingües beneficios los sitúa en el afuera de la normalidad. Ahora bien, la declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo ha dado al traste con estos cálculos extractivistas para confinar a todos los grupos de convivencia en su entorno doméstico, lo que supone un recorte de la libertad de movimiento sin igual para la sociedad contemporánea. Este acontecimiento ha generado un trauma colectivo sin precedentes, aunque solo sea porque nuestro psiquismo carece de herramientas para gestionar el que las acciones que hace apenas unas semanas se consideraban motor de crecimiento económico y personal —los desplazamientos, las reuniones, el contacto físico con los otros— hayan pasado a ser fuentes de riesgo, sufrimiento y muerte. 

Las voces intelectuales se han centrado quizás demasiado en todo este tiempo en la democratización del daño que la crisis pandémica ha traído consigo (Žižek). También han puesto sobre aviso sobre el peligro de una asunción masiva en Occidente del modelo de control biotecnológico puesto en práctica por naciones del extremo Oriente para controlar la pandemia (Chul Han). Ahora bien, las voces de la calle ponen en evidencia que el impacto del confinamiento ha dibujado una brecha abismal entre quienes, por ejemplo, tienen vivienda o los que no, quienes pueden seguir procurándose alimento y los que no, quienes han perdido su trabajo y los que pueden seguir realizándolo, aunque sea en un insostenible régimen de hiperconexión 24/7, aderezado con las exigencias impostergables de la conciliación laboral y familiar. Esta última ha pasado en muy poco tiempo a ser de reclamado derecho socio-laboral a gymkhana para los progenitores, que han visto cómo la implosión de las fronteras entre espacio privado y esfera pública solo genera el caos en un hogar cuando el mundo exterior no establece un pacto sostenible con las exigencias de la reproducción de la vida. Me parece elocuente en sí mismo que quienes estén rentabilizando esta brecha social sean precisamente los movimientos conocidos como Alt-Right, aunque países tan cercanos como España e Italia presentan por ejemplo situaciones de movilización social bien diferentes —el movimiento de las sardinas y las caceroladas de los barrios pudientes madrileños—. Vaya por descontado que la exposición en estas situaciones de los partidos de gobierno es mucho mayor que la de las fuerzas políticas en la oposición. Pero incluso asumiendo el peso de esta exposición, me parece francamente preocupante que sean partidos como Vox quienes estén llevando la iniciativa en la interpelación de las clases trabajadoras más golpeadas por la presente crisis. Su estrategia combina la aceptación de la limitación de los bienes que la lógica de mercado pone a disposición de la ciudadanía con la localización de los culpables de la crisis. Pero también se transmite la intención de proteger a los trabajadores “españoles” frente a la población inmigrante que no se estima merecedora de una protección social que debería dirigirse solo a un público escogido, al tiempo que se difunde que la gestión de la crisis habría sido mucho más exitosa —al estilo de países tan heterogéneos como Alemania, Grecia o la vecina Portugal— en caso de que esas fuerzas hubieran estado en el gobierno. Considero que no es difícil dar una batalla cultural en condiciones cuando lo que queda de la clase trabajadora compra deseos y emociones dictados por la naturalización del «arriba y abajo» social y por la vaga esperanza de llegar ella o sus hijos algún día al «arriba». Es una vieja receta de movilización popular conservadora practicada en nuestro país, que comenzó ya en la etapa de Aznar al frente del PP. El pacto —insólito, pero exitoso— por el que el trabajador introyecta lo inapelable del empobrecimiento, el paro y la quiebra a cambio de que se le ofrezca el espectáculo de la exclusión de otros, como la población migrante con la que comparte barrio y tejido social, no es solo un decorado performativo, sino una muy concreta manera de legitimar el daño social. Para ello se emplea como señuelo la fábrica puntual de islas de bienestar, a cuyas playas siempre se asoman convenientemente un puñado importante de tiburones que avisan de que nuestras formas de vida pueden no durar para siempre… de suerte que volvemos al bucle: como las grandes fortunas poseen un presupuesto en algunos casos mayor al de los gobiernos, la única vía es seducirlos para que compartan parte de su riqueza con la sociedad. Se trata de la ilusión piramidal que ha cincelado el orden social en Europa al menos desde 1979.

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas del Gobierno y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos? 

Siempre me ha parecido dotada de olfato una reflexión de Hannah Arendt relativa al desgaste que para las fuerzas políticas actuales supone el predominio de los think tanks al uso, que esta pensadora califica como empresas de producción de imágenes con las que pretende ocultarse la necesidad de reaccionar a una coyuntura real. Francamente no me parece acertado que los coaches o los gurús políticos, curiosamente expresión de la absorción laboral de la primera generación de graduados en humanidades y marketing, estén determinando el mapa cognitivo de la crisis que debemos manejar. Fundamentalmente, porque hacen de la construcción de un parapeto icónico una suerte de operador teológico al que debe someterse todo debate ideológico de fondo. Es una impresión generalizada que los científicos y los médicos han sido puenteados por los especialistas en comunicación política en esta crisis siguiendo la lógica de una clase política que parece preferir morir en sobreabundancia de imágenes que manejando una narrativa basada en el conocimiento de la secuencia de acontecimientos que nos han llevado hasta aquí. Considero que tampoco hay en la coalición de gobierno actual capital político capaz de regenerar acuerdos de largo alcance, suficientemente transversales, una posición que en la política española nadie ha intentado con la voluntad y perspicacia de Íñigo Errejón. Percibo signos de agotamiento de cierta concepción de la izquierda, guiada por control remoto por los gurús, y la agenda política que debe impulsar, en la que —como señalaba César Rendueles en un artículo reciente— el blindaje de derechos y la apuesta por la mejora de las condiciones de vida se deja habitualmente en manos de labshubs y otras plataformas más o menos experimentales. La humildad de las herramientas enumeradas no se compadece con la ambiciosa y costosa implantación material que requieren las grandes reformas. Y esa carencia de capacidad para construir discursos está dando ventaja a figuras que suministran un sentido, por dogmático, despótico y nihilista que sea, a la explosión de rencor y malestar que genera la limitación de libertad de los cuerpos y el desmantelamiento de un tejido económico para el que la opinión pública no encuentra alternativa. Sirve de poco elogiar la solidaridad y la interdependencia en abstracto, cuando prácticas concretas de xenofobia y de polarización ideológica comienzan a satisfacer pulsiones sin receptor en el orden político. La celebración pública del agradecimiento al golpeado gremio sanitario en nuestro país tuvo como lastre desde el comienzo del confinamiento a los «policías de balcón», muestra de que la condición humana debe ser siempre consciente de sus pulsiones sádicas más o menos latentes. Pero la cuestión que me parece clave es que las fuerzas políticas progresistas comprendan que la batalla cultural no puede darse nunca por controlada o cerrada. Por el contrario, plantea dinámicas en constante cambio y reconfiguración. Precisamente por ello pienso que, por ejemplo un paquete ambicioso de medidas, mirantes a blindar derechos sociales básicos, no podrá defenderse por sí solo en el actual espectro ideológico que advertimos en el campo social. Especialmente cuando la hermenéutica que se dé a esas medidas pueda ser calibrada por una parte no desdeñable de la población como indicios de incremento de la asfixia económica en lugar de como garantías de un mínimo bienestar. Lo mismo ocurre con la loable iniciativa de la renta básica universal, que ha de defenderse de manera constante de las voces escépticas que denuncian que puede incrementar la pereza, desmotivar el esfuerzo y convertirse en un foco de abusos de toda laya. Quiero apuntar con ello a la necesidad de desmontar pieza a pieza la construcción de un imaginario social para el que la generación de riqueza colectiva equivale al favorecimiento de la formación de grandes fortunas y a la proliferación del consumo popular ostensible, por decirlo con Veblen, a emulación de quienes están en la cima. Este ha sido siempre el caldo de cultivo de las políticas de recortes sociales, amparadas en la equivalencia entre austeridad y preparación de un bienestar futuro que nunca acaba de llegar. Una agenda política progresista puede volverse como un búmeran sobre quienes la diseñan si no dispone de un amplio consenso popular acerca de lo que deba significar un sistema de garantías sociales y jurídicas mínimas para la ciudadanía. En nuestro paisaje epistémico circulan, sin embargo, como perfectos complementos del virus, demasiadas polarizaciones ideológicas, bulos desinformativos y teorías de la conspiración —analizados brillantemente como patologías epistémicas en el ensayo de Fernando Broncano, Puntos ciegos— como para mostrarse precisamente esperanzados. Pero también es cierto que articular una epistemología de la resistencia, en la línea señalada por José Medina, es una tarea tejida por una épica de la cotidianeidad, cuya capacidad para desplegar redes concretas de solidaridad debe mantenerse siempre en guardia como alternativa al desierto que crea a su paso la interpelación popular basada en la legitimización de la violencia en nombre de un miedo y un rencor que no van a canalizarse por participar en performances del tipo «chivo expiatorio». Como nos han enseñado Nietzsche y Freud, cuando ese pretendido enemigo exterior desaparezca, aunque solo sea porque haya sido expulsado, llegará la fase del “narcisismo de las pequeñas diferencias” y finalmente la proyección del ariete de las críticas y lo ataques sobre el propio yo. Mal que pese a algunos, cuando la cultura civil de una sociedad no crea las estructuras y dinámicas que acostumbran a hacer del otro la patria, sale perdiendo la estabilidad psíquica del propio yo. 

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política: ¿vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?

A la vista está que las situaciones de crisis aguda como la presente propician dinámicas de apoyo recíproco y celebración de la interdependencia en que todos nos encontramos, pero asimismo la lógica del aislamiento, la construcción artificiosa de teorías conspiratorias y la búsqueda pulsional de narrativas que introduzcan alguna explicación al colapso de las condiciones que han permitido construir al sujeto contemporáneo seducen a una parte de la población que decide ingresar disruptivamente en la esfera pública enarbolando divisas del tipo “no en mi nombre” o “no nos representa el consenso vigente”. En ellas se reclama una libertad que desearía no tener que negociar su régimen de existencia con las condiciones impuestas por la pandemia, escenificando un deseo de mundo que se desentiende del principio de realidad. Quienes perciben como oxígeno político la generación de esta imagen de fractura civil ofrecen un caso de manual de polarización política que nada ayuda a construir espacios de genuina deliberación democrática. Tampoco puedo dejar de leer con melancolía la aparición en estas semanas de llamadas a la recuperación de la estética y lógica de clase para recomponer una resistencia trabajadora que pueda frenar una escalada de las caceroladas que hemos visto comenzar en barrios pudientes de la capital madrileña, para extenderse después a municipios residenciales y otras zonas menos marcadas por la polarización de clase. Hay quienes no sin razón perciben en el espectáculo una suerte de islas de 15M invertido. ¿Cómo escapar a las narrativas que convencen a una parte de la sociedad de que, si queremos mejorar nuestras condiciones de vida y protegernos de las amenazas que puedan cernirse sobre nosotros, debemos decidir quiénes merecen caer, al tiempo que reforzar la idea de que nosotros sí somos los elegidos para mantenerse en pie? Realmente no veo otra fuente de resistencia pedagógica que la procedente del contraejemplo. Hacer de la actuación del Gobierno durante la crisis la diana del profundo malestar que una sociedad experimenta ante las contradicciones entre los intereses de la protección de la salud y del crecimiento económico neoliberal se impone fácilmente por la simplificación de la situación que suministra. Una mirada de profundidad a la crisis evidencia que las explicaciones expeditivas, que cifran la construcción de sentido en la identificación de los presuntos culpables del dolor sufrido, en nada nos ayudan a comprender la singular articulación de fuerzas y la poliédrica composición de perspectivas que articulan la comunidad que somos. Una de las lecciones que nos ha deparado la crisis consiste en la visibilidad que las actuales circunstancias y la paralización de buena parte de las actividades productivas han proporcionado, por un lado, al régimen de trabajo y vida de los sanitarios, de los trabajadores de los supermercados y mercados, de los transportistas o de los barrenderos y basureros de nuestros barrios. Por otro lado, el colapso del espacio privado y público ha generado asimismo un curioso, pero previsible plano de enfoque sociológico. En efecto, la competencia directa en que han entrado la actividad profesional con el tiempo y energías dedicados a los cuidados de ascendientes, descendientes y personas dependientes y a la educación de hijos en edad escolar durante las semanas de confinamiento no podía ser mejor aval de que cuidar es trabajar, aunque esa labor haya sido tradicionalmente silenciada y vilipendiada, descargada sobre los sujetos presuntamente improductivos del cuerpo social. Cuando la profesión y los cuidados conviven en la misma franja horaria se minan mutuamente el terreno, generando una angustia paralizante en los sujetos que se ven obligados a resolver mediante arreglos personales problemas que sencillamente plantea su condición antropológica y resultan de alcance estructural. La concentración de la atención de todos en el carácter esencial de tareas relativas a la limpieza, al orden, al bienestar físico y a dar cobertura a las exigencias que plantea la supervivencia diaria debería ser aprovechada, en la línea de discursos como el que vienen sosteniendo desde hace años Yayo Herrero y Amaia Pérez Orozco, para regenerar la relación que la sociedad mantiene como un todo con los ciclos naturales que alberga. A mi entender, solo escuchando y dando carta de ciudadanía a la voz de la vida que reclama su espacio y sus tiempos será posible obligar a la temporalidad extractiva y a la racionalidad de la máxima productividad a todo precio a negociar con la única fuente de energías con que contamos. Y esa voz no se defiende recuperando el discurso de la lucha de clases, de suerte que apostemos todo a la derrota del otro, ni intentando satisfacer como el mal menor la lógica de una rentabilidad financiera que sencillamente no se aviene a ningún régimen de finitud sostenible, sino rediseñando por de pronto los entornos y actividades que nuestra sociedad sigue entendiendo como fuente de productividad. Algunxs solo ahora hemos cobrado conciencia de hasta qué punto marcos ideológicos más propios del siglo XIX dominan aún nuestros vínculos con la empresa y a la profesión. Un síntoma expresivo de ello sigue siendo ese peculiar pudor a que nuestras cargas familiares hagan acto de presencia en tales espacios considerados más nobles. Pero ahora el trabajo negocia con la interdependencia convivencial su ubicación temporal y resto de condiciones materiales y cuando ello no puede hacerse advertimos las zonas en que la ley de la selva sigue campando a sus anchas en nuestras sociedades. Cuando la conciencia de este sustrato universal de dependencias y limitaciones materiales se asuma como objeto político, quizás encontremos una salida esperanzadora al malestar generado por el hecho de que las líneas implacablemente ortogonales que el sujeto lleva marcadas en su mente a sangre y fuego difícilmente se compatibilizan con las múltiples líneas de fuga que inciden en su día a día. Y eso sí sería aprovechar lo que de bueno pueda haber traído esta crisis, de la mano del replanteamiento más radical del marco fundador de la política desde la Grecia clásica, en el que por fin quede legitimado no solamente el derecho a la palabra, sino el derecho universal a una vida digna.