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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro, debates y disputas ideológicas: Fernando Broncano

21 de mayo de 2020

¿Cuáles crees que serán los debates ideológicos fundamentales en los próximos meses, los principales objetos y temas de disputa? ¿Crees, de hecho, que habrá una verdadera disputa ideológica, una guerra cultural?

En una situación como la actual, en que la crisis económica tras la pandemia se unirá a una reestructuración de fondo del sistema económico y geoestratégico mundial, los debates se van a dividir entre los que derivan de las incertidumbres que crea el nuevo paisaje global y los que nacen de los resultados concretos de las dinámicas globales en los diferentes países y formaciones sociales.  En lo que respecta al primer nivel, que me parece el más interesante, encuentro tres líneas principales:

El panorama a escala planetaria abre una agenda nueva en los planos económico, político y cultural en los que señalaría varios ejes de tensión sobre los que conviene ponerse a pensar, deliberar y adoptar líneas políticas. En algún modo, la pandemia, al haber interrumpido por un tiempo largo los viajes y puesto en crisis las cadenas de distribución y traído a primer plano la comunicación telemática, al haber fracturado muchos de los mecanismos de la globalización tal como los habíamos conocido, creando sin embargo otros nuevos como ha sido la movilización mundial sanitaria, ha acelerado en varios años lo que de otro modo hubiera sido una deriva más lenta. Me refiero sobre todo a la reingenierización de todos los sistemas de producción, comunicación, distribución y gestión alrededor de nuevas tecnologías informacionales. Las cuestiones de si el trabajo va a ser en parte a distancia o la de si la automatización hará obsoletos muchos trabajos actuales son problemas importantes y centrales en estos cambios, pero lo va a ser mucho más la cuestión del poder y la soberanía económica y política en este nuevo entorno. 

El mundo del que venimos estaba asentado en los dos pilares coordinados del poder económico basado en el dólar y el político basado en la hegemonía militar. No sabemos muy bien cómo evolucionará el sistema mundial en el que los estados y las empresas siguieron una política de endeudamientos sistemáticos y crecientes sobre la base de la estabilidad que proporcionaban estos dos pilares, y que permitieron la globalización financiera, la deslocalización y las economías de escala grande. Lo que sí podemos anticipar es que en las décadas que vendrán la soberanía económica y política va a depender mucho de la tecnológica. Posiblemente las viejas divisiones de la Guerra Fría se trasladen ahora de lo ideológico-político a lo tecnológico. Pongo un ejemplo ilustrativo: en medio de la actual crisis, el uso de las comunicaciones se ha generalizado tanto a través de las viejas redes de teléfonos móviles o aplicaciones como whatsapp, como por las nuevas como zoom, google meet, collaborate, etc. Aunque la tecnología para crear estas nuevas aplicaciones online era relativamente sencilla, la mayoría de los sistemas públicos y privados han quedado en manos de unas pocas superplataformas que sirven aplicaciones de redes. El caso de las universidades españolas, que podrían haber creado rápidamente una red propia, pero que optaron por la vía sencilla de pagar a las superplataformas, anticipa lo que va a ser el escenario del mundo que vendrá: los servicios de salud, educación, seguridad, economía y medio-ambiente van a ser cada vez más dependientes de las ofertas de estas plataformas, lo que planteará una cuestión de soberanía muy similar a la que anteriormente planteaba la dependencia del dólar o, en el caso europeo, del euro. El simple hecho de poner en marcha y gestionar una medida como la renta básica exige un poderoso medio tecnológico que tal vez se ponga en manos de estos nuevos superpoderes, lo que plantea paradojas innumerables. Cuando Marx escribió El capital la inmensa mayoría de la clase trabajadora inglesa era campesina y, sobre todo, personal de servicio doméstico; solamente una pequeña parte estaba inserta en el sistema industrial, pero él vio allí la clave para interpretar el futuro del capitalismo, en la simultánea conversión de los trabajadores en mercancía y en parte de una máquina de producción. La cuestión de la producción y distribución de conocimiento y cómo se ordenará el tiempo y los planes de vida en un capitalismo en donde los datos han sustituido a la materia y la energía como fuente de producción y mercancía será uno de los temas teóricos más importantes para la práctica. 

El segundo debate tiene que ver con la emergencia climática y la sostenibilidad del planeta. Lo que llamamos transición a una economía circular y sostenible atraviesa la vieja dicotomía entre políticas socialdemócratas y neoliberales. Cada país tiene que adoptar una forma distinta bajo una condición de división mundial del trabajo que no va a desaparecer sino a incrementarse. Esta transición plantea varios problemas. El primero es el mismo hecho de la transición que, como todos los cambios estructurales, puede hacerse de forma brutal, desplazando mano de obra no adecuada al paro y produciendo sufrimiento sin medida o mediante sistemas de soporte público a la transición mediante estrategias como la renta básica incondicional, que permite nuevos grados de libertad en medio de una transformación histórica. El segundo es la forma que tendrá esa transición, es decir, si él New Green Deal será un simple cambio de forma de negocio o significará realmente un cambio de civilización que implique transversalmente cuestiones como el territorio y las formas de vida y que, en general, ordene toda la vida pública. El tercero es qué ocurre dada la diversidad de los medios de cada estado. En particular, la Península Ibérica es un ecosistema muy frágil amenazado por una inminente desertización, carente de materias primas y con una economía hasta ahora basada en la superexplotación del turismo: cuál pueda ser la forma de una economía circular y sostenible que no sea simplemente la de los ideales neohippies de vivir en el campo off the grid, lo que solamente sería sostenible para una mínima porción de la población, debe ser parte de un debate ideológico que entrañe nuevos ejercicios de imaginación.

Por último, desde el punto de los grandes problemas globales, está el insoportable panorama de la desigualdad económica que asuela al planeta. No se trata solo del obsceno espectáculo de una minoría de billonarios, sino del empobrecimiento real de capas que hasta ahora se consideraban clase media, de la irreversible nueva composición social de los estados ricos y medianos con grupos sociales de no-ciudadanos que provienen de los flujos migratorios, de la imposición a los gobiernos de políticas de destrucción de los sistemas públicos de protección social. El debate aquí es más complejo porque la desigualdad económica esconde otras desigualdades y exclusiones que hacen que las diferencias de clase no sean las únicas. Las diversas formas de opresión interactúan unas con otras a veces multiplicando sus efectos, pero a veces contradiciéndose entre sí como ocurre, por ejemplo, cuando el racismo o el patriarcalismo impiden la solidaridad de clase. En esta lucha, el puro lenguaje reivindicativo de derechos puede ser confundente cuando de lo que se trata es de levantar una topografía muy situada de las diversas formas de opresión y de cómo deben reconocerse y articularse en formas de geometrías variables las diversas formas de resistencia, a veces resistencia al propio opresor que llevamos dentro. En un mundo cada vez más dominado por la ideología neoliberal, los recursos a las redes sociales y las movilizaciones particulares, ocasionales y de temas específicos que han liderado los movimientos sociales son ya insuficientes y muchas veces se interfieren negativamente entre sí. Los movimientos sociales sin una conciencia política generalizable de apertura a otras miradas y movimientos, y a una convergencia general en la transformación social, cultural y política, son ciegos. En este sentido, el debate ideológico irá cada vez más hacia formas interseccionales de resistencia a la opresión, y sobre qué bases se pueden articular grandes programas políticos que admitan la pluralidad y la coexistencia de contradicciones e incluso antagonismos internos. En los últimos cincuenta años los movimientos sociales se movieron paralelamente a la vieja asociación de partido-sindicato, ahora es el tiempo de algo nuevo. 

En lo que se refiere al Estado español, creo que el debate político e ideológico más importante seguirá siendo el de la estructuración del territorio. La idea de una España plural se ha debatido solamente en términos de identidades nacionales y es un error que no deberíamos seguir cometiendo. La articulación del territorio y de una conciencia de pueblo común se debería llevar a cabo en la búsqueda de intereses y planes comunes que atraviesen las diferencias territoriales. Hay problemas comunes en muchos niveles en los que hay que abrir discusiones múltiples. En los planos más materiales, y en un contexto de transición ecológica, está lo que desde el siglo XIX los ilustrados consideraron un problema central de la Península: su tratamiento como un sistema geográfico único en el que la gestión de los recursos de agua debe ser puesta en primer lugar. Otros temas del mismo orden siguen siendo centrales: el transporte y las comunicaciones, siempre tan ordenadas por el centralismo, que serán fundamentales en una economía menos dependiente de las supercadenas de distribución. Hay otros muchos temas de orden político y cultural que trascienden los viejos problemas de las identidades: entre otros, seguir recordando, en un sentido muy interseccional, que las identidades de lengua y cultura no deben ser un instrumento para ocultar las diferencias de clase y las muchas formas de desprecio y racismo. La conciencia de un pueblo común solamente puede hacerse tejiendo muchas telas dispersas en las que ocurren otras formas de antagonismos muchas veces ocultos. La cuestión de la desesperación que causa la tensión ciudad-campo y el problema del vaciamiento de la Península será mucho más importante en un mundo post-pandemia.

La fractura y polarización política e histérica que lastra desde siempre la cultura política española no puede ser enfrentada directamente sino oblicuamente: trayendo una y otra vez a primera línea debates transversales de orden económico, político y cultural que no se abordan por el círculo vicioso de la unión de intereses políticos y mediáticos. La cultura de frontera que nos da nuestra historia cultural debería ser, en este sentido, un tema permanente de debate y controversia: nuestra naturaleza a la vez latina, europea y mediterránea es una riqueza cultural inusitada que debe ser abordada como una línea de política cultural. 

¿Hacia dónde crees que deberían dirigirse las medidas de Gobierno y sobre qué imaginarios de futuro y marcos discursivos o teóricos?

Me permito responder a esta pregunta de una forma un tanto impresionista mediante una lista de lo que me parece que debería ser la agenda primaria del Gobierno: 

  1. En la línea con lo dicho anteriormente, el Gobierno debería orientarse a plantear cuestiones de fondo políticas y económicas. La reestructuración de la economía hacia una economía competitiva en un mundo post-globalización, en el que las incertidumbres sobre la viabilidad de la Unión Europea van a crecer, debería ser un esfuerzo primario: medidas de apoyo a la transición de un modelo basado en el turismo y la construcción hacia una economía innovadora y ecológica, negociando los muchos recursos que posee el país y que no acaban de hacerse visibles por la histeria mediática y política. De una u otra forma las cuestiones más infraestructurales van a estar unidas a un más que previsible debate sobre la naturaleza particular del estado español, por lo que quizás una ampliación de los horizontes de la cultura política pueda conducir también a una ampliación del espacio político.  
  2. La protección de los más débiles no es solo una cuestión de justicia: es la garantía de que el país puede plantear estratégicamente unta transición económica y ecológica con tranquilidad, dado que los cambios en la estructura del empleo pueden producir enormes bolsas de pobreza y de tensión social asociada. Los que se oponen a todas las modalidades de renta básica nunca calculan los costos de las alternativas en términos de cárceles, represión y conflictos sociales. Hay aquí pendiente un debate ideológico que ahora puede abordarse mucho mejor mostrando la ruina en que ha dejado el mundo la ideología neoliberal, particularmente las hipocresías sobre la deuda, que curiosamente se ha incrementado de forma exponencial desde que se implementan políticas neoliberales de transferencia a los intereses privados de los servicios públicos y desde que enormes cantidades de recursos se dirigen a mantener grandes empresas ruinosas y mal gestionadas que son declaradas “estratégicas”.
  3. Una política de rescate generacional de una o dos generaciones muy preparadas culturalmente y sin un horizonte de futuro. La política tradicional ha sido confiar en la emigración, algo que ya ni siquiera es posible en un escenario cada vez menos globalizado. La reorientación hacia un estado emprendedor en todos los terrenos económicos y culturales puede ayudar a que el potencial de recursos comunes cognitivos se ponga en práctica. Muchas veces no se trata de medidas económicas como administrativas. Por muchas razones, la cultura institucional del Estado es una cultura de la desconfianza gerontocrática con todo lo joven y la escasa atención que concede a la renovación generacional va acompañada de una barroca batería de controles que producen impotencia y envejecimiento prematuro de las ideas y capacidades. Paradójicamente las administraciones más neoliberales han destacado por llevar el barroquismo de la desconfianza  
  4. La articulación del territorio en la forma de constitución de numerosos dispositivos de coordinación inter-autonómica que se organicen alrededor de problemas reales como la organización común de servicios públicos eficientes, particularmente la sanidad y educación que están siendo puestas a prueba por la pandemia. La mejor forma de combatir la disgregación es crear una tupida red de interacciones e interdependencias, sobre las que es más sencillo después crear una conciencia de pertenencia común.

¿Cómo crees que se va a reconfigurar el espacio social y su representación política: ¿vamos hacia una fragmentación, polarización, desafección, radicalización, un nihilismo generalizado, un desencanto, fuentes de malestar articuladas o atomizadas…?

Si algo demuestra la historia de España es la poca variación de las actitudes culturales que se polarizan más en un eje de actitudes y reacciones emocionales que en líneas políticas claras. El espacio político es variable, pero lo es mucho menos el de las actitudes reactivas a las diversas contingencias históricas. Cuando se han producido desbordamientos de la partición entre las dos Españas, lo han sido o bien por una imposición violenta y terrorista como el franquismo, o bien por una estrategia de seducción en medio de las incertidumbres del momento, como acertó a realizar el Partido Socialista en la primera fase de la Transición, acompañado de un realineamiento de la élite cultural que sirvió como intelectual orgánico. El Partido Popular nunca logró la hegemonía cultural por su empeño en imponer la ideología neoliberal y, a pesar de las dos mayorías absolutas, dejó siempre tras de sí un país fraccionado. Los momentos de incertidumbre, como la crisis del 2007, sin cambiar la estructura de sentimiento del país, abrió sin embargo el espacio de opciones políticas hacia posibilidades transversales tanto en el campo conservador como en el progresista. El desaprovechamiento de estas posibilidades está en la base de los cambios más recientes en los que hay que consignar el proceso centrífugo de la opción Podemos hacia otras opciones regionales y la emergencia de Vox con un mensaje de populismo conservador. La pandemia va a producir una nueva transformación del espacio político sin que sea observable una transformación similar de la estructura de sentimiento. Las políticas de seducción van a ser, en este sentido, las que tengan más posibilidades. Por muchas razones, entre las que destacaría que Trump y Bolsonaro han servido de vacunas, las políticas de extrema derecha van a tener poco recorrido, como tampoco las cada vez más aburridas y neosindicales de un Podemos burocratizado. 

En el plano cultural, se observa una creciente fuerza de lo que podríamos llamar más neosituacionismo que nihilismo, en donde más que la parodia, frivolidad e ironía posmodernas, se basa en un sarcasmo corrosivo y agresivo que, más que probablemente, va a seducir a amplios sectores de una juventud desesperada por la falta de perspectivas personales. Cuál pueda ser la expresión política de esta actitud, en principio elitista, pero que no hay que descartar que se extienda más allá de los espacios centro-culturales, es difícil de prever, pero en todo caso va a condicionar a cualquier alternativa política que sea consciente del lugar central de la cultura en el espacio político.