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¿Qué es el discurso?

Jorge Moruno

10 de mayo de 2020

¿Crees que la política va de eso? ¿que se gana por conocer los hechos? No solo va de hechos sino de cómo usarlos.

The Wire

“Pero en la realidad (es decir, en el mundo de los fenómenos) las cosas aparecen invertidas.” 

Karl Marx

Cuando se habla de «discurso», un nombre bastante torpe en términos discursivos valga la redundancia, pensamos automáticamente en un argumentario, en el discurso de un político o en la comunicación política misma. Puede ser eso, pero no se define por ello. Quizás, en lugar de discurso, podríamos hablar de teoría del sentido o, directamente, de filosofía política, pero dado que llamarlo discurso es el discurso instalado, lo seguiremos utilizando. Asociamos el discurso con el relato y el relato con la invención partidista que describe un punto de vista de la realidad más o menos sesgado y funcional a unos intereses concretos o de parte, pero que, en ningún caso, se corresponde con eso que suele considerarse como la “realidad objetiva”. Sin embargo, paradójicamente, no podemos acceder a la realidad si no es a través del discurso, dado que es el vehículo que nos permite interpretar y producir el modo en el que comprendemos y nos posicionamos en la realidad. 

Teniendo en cuenta, además, que la realidad es por definición una realidad en conflicto, podemos afirmar que el conflicto es una cualidad fundante e inherente al discurso, o lo que es lo mismo, el discurso es el síntoma de que existe el poder, cuando el poder, como sabemos, es una relación que se expresa en todas las facetas de nuestra vida colectiva. Si todo significado de la realidad derivase de una explicación objetiva elevada a partir de los hechos factuales, desaparecería la política porque desaparece toda mediación y solo existiría una dimensión exenta de cultura, a saber, desaparecería aquello que nos diferencia del resto de animales. Pensar que existe un algo más allá del discurso en donde es posible una gestión de la situación por parte de “los mejores” sin “ningún tinte político”, no deja de ser una demanda política enmarcada en un discurso. Un tipo de política que tiene como objetivo despolitizar y hacer pasar por técnica y objetiva la gestión del poder, desde un criterio situado al margen de toda discrepancia, de toda disputa. Una política que, en su última ratio, elimina la democracia porque elimina la diferencia e impone un solo criterio, dictatorial o teleológico, que es normalmente el criterio funcional a los intereses de quien ejerce más poder pero que se presenta como neutral y natural. 

En un artículo publicado en El País escribía Claudi Pérez que “la economía es una disciplina narrativa: no es casualidad que la ciencia económica y la novela nacieran a la par.” Imaginemos ahora algo muy alejado de lo que suele entenderse por discurso, el diseño urbanístico, por ejemplo. Pues bien, el urbanismo también es discurso, la arquitectura es discurso, porque implica la producción de lugar donde toma sentido el poder. La manera de pensar una ciudad -recordemos cómo el barón Haussmann idea los bulevares de París con el objetivo de dificultar que se monten barricadas-, es una manera de producir y distribuir poder. El aula de un colegio también está inscrita y reproduce un discurso, esto es, funciona dentro de unas relaciones de poder naturalizadas, cuando el profesor se sienta en su silla y se apoya en la mesa más grande y elevada que la de los alumnos. La distribución de la clase o de una ciudad es una forma discursiva, porque la manera en la que se presenta tiene como objetivo construir un sentido, a saber, un sentir compartido. 

Cuando se dice eso de que “le damos más importancia a las apariencias que a como somos realmente”, se insiste en separar, por un lado, el campo de la verdad y de lo real y, por el otro, el campo de lo sensible y lo ficticio. Como si fueran compartimentos estancos y desconectados o, dicho de otro modo, como si la verdad estuviera fuera de nuestra relación, y como si las creencias no tuviesen nada que ver con la verdad. Se confina a la imagen en terrenos que son considerados como no ciertos: a una expresión comercial, religiosa o ideológica, para dar a entender que algo «no es real», y para mostrar que es «superficial» cuando sin esa dimensión no puede existir la realidad. Separa al ser de la apariencia es amputar la experiencia humana, dado que sin imágenes no hay realidad posible o pensable: el capitalismo, nos explica Marx, existe debido a que su fundamento relacional es el fetichismo y la mistificación de un tipo histórico y social de la riqueza, aquella que se nos presenta como un enorme cúmulo de mercancías y no porque todo sea una mentira o un engaño.

El ser humano se define por su finitud. Somos incapaces de conocer todo lo existente al mismo tiempo y puesto que estamos condenados a la limitación humana “para imaginar a la vez todas las formas” (Proust), solo podemos acceder a la realidad de manera incompleta y parcial a través del discurso. Si se pudiera conocer todo al mismo tiempo no existiría el poder, ni tampoco las diferentes formas de sentir lo mismo o, dicho de otro modo, no seríamos humanos. En la Apología, Sócrates se declara como el más sabio porque, a diferencia de quienes le acusan, es consciente de saber que no puede saberlo todo. Precisamente porque la realidad siempre está sujeta al conflicto y somos incapaces de conocerlo todo, el discurso delimita la frontera entre lo que es y lo que no es. Concebir que una cosa es el discurso y otra muy distinta son las «cosas como son», es también discurso. Nunca es posible aislar las dimensiones de la verdad y lo sensible -lo cual no es óbice para que pueda ser útil discursivamente afirmar que uno habla en nombre de los datos y expresa “las cosas tal y como son”-, porque la verdad no existe fuera de las relaciones que le dan sentido y siempre es necesario que exista un marco categorial que permite que las cosas sean. Se insiste en desvincular a los afectos de la racionalidad, al pensamiento[1] del cuerpo, dando a entender que la existencia conlleva la ausencia del otro, como si fueran como el agua y el aceite cuando en realidad son como la sal y la pimienta, es decir, la racionalidad es un modo afectivo y el pensamiento una imagen proyectada desde el cuerpo. Esto no significa caer en un relativismo que omite la existencia de hechos factuales, estos existen, qué duda cabe, pero no nos dicen nada por sí mismos fuera del sentido que adoptan, de ahí que una crisis, como una pandemia, siempre sea una disputa por el sentido que le damos.

La palabra mediación puede dar a entender que se trata de un mecanismo que simplemente media entre dos puntos constituidos, pero, por el camino, en ese mismo instante de mediación, es donde se desvirtuaría una realidad originariamente neutra. Lo cierto es que la mediación, que siempre es un paso previo e inconsciente a la existencia de eso que llamamos realidad, es aquello que nos induce a pensar gracias a que nuestro cuerpo la siente, y dado que no existe tal cosa como una “neutralidad de los sentimientos”(Nietzsche), nuestra perspectiva está condicionada por el contexto social, nuestra capa biográfica, de experiencias y de recuerdos. La mediación se convierte en la condición que hace posible la experiencia, toda vez que, como recuerda Lacan, no se puede “verificar nada en la experiencia si no han sabido dar a las cosas un alcance significativo” (Lacan). Así pues, no va primero la experiencia y luego el significado que atribuimos a las cosas, sino que para que podamos acceder a la experiencia tenemos que pasar por la mediación que la significa. 

Lo material no es necesariamente lo tangible. Si existe algo material, corpóreo, es la capacidad que tenemos de sentir, y el conflicto estriba, precisamente, en la pugna por la orientación de lo que se siente. El discurso es la disputa por el sentido de lo que se siente y también es la constitución misma del sentimiento; se encarga de fijar el sentido que toma el deseo, el anhelo, la voluntad y las aspiraciones. Podemos sentir cosas que no existen como si lo hicieran, gracias a la imagen que nuestro cuerpo genera a partir de ellas. Esto es lo que le ocurre a Emma en Madame Bovary, la novela de Flaubert, cuando siente esa “melancolía seca y desesperación sorda” porque “reaparecía León más alto, más guapo (…) aunque estuviera separado de ella, no la había dejado; estaba allí y las paredes de la casa parecían conservar su sombra.” La idea que Emma tiene de León persiste al margen de que León esté o no presente. Aquello que existe no siempre se ve o se toca, aunque sí se siente e imagina como si estuviese presente: la realidad, el tiempo, el valor o el dolor. Nadie podría determinar y mostrar como un objeto tangible a ninguno de ellos y decir mira, aquí está la realidad, eso que ves ahí es el tiempo, por ahí va el valor del que hablaba Marx, aquí os presento al dolor en persona, sin hacerle daño a nadie. Así pues, el discurso se ocupa de lo sensible que generan los afectos y se traducen en imágenes, esto es, se encarga de producir, interpretar y fijar nuestro sentido.

Las imágenes son representaciones de la realidad que nos afectan según sea nuestra predisposición a ello. Solemos adoptar posiciones y sacar conclusiones de acuerdo con las imágenes que tenemos para comprender el mundo y la vida social. Las imágenes que tenemos nos afectan y, por lo tanto, producen un efecto. Eso es lo que hace posible que se defiendan posturas inconcebibles e irracionales a ojos de quien no las comparte, por una razón: se persigue lo que se defiende porque se defiende lo que se persigue. Sabemos que la verdad sin poder no existe, pero ¿cuál es el contenido del poder? Decimos que los afectos que generan la fuerza, vale, pero, ¿qué afectos permiten que unas formas y no otras consigan dotar de poder a la verdad? Lo que se persigue, esto es, la felicidad, ¿y qué es la felicidad? Un proceso que no puede cancelarse, pero ¿proceso de qué? De gloria, reconocimiento, dominio, tranquilidad, estética, de pertenencia y apariencia de lo bueno, es decir, de poder. Así pues, la verdad necesita del poder, pero el poder necesita encarnar la búsqueda de felicidad, que, a su vez, ella misma es la búsqueda de poder. El poder es buscar la felicidad, el poder es el anhelo inalcanzable de buscar la felicidad: eso fue la socialdemocracia y eso es el neoliberalismo, una encarnación de la felicidad.

El discurso abarca todo aquello que tiene relación con cómo siente el cuerpo. Así pues, el discurso es fruto del conflicto que se ocupa de lo sensible, o, dicho de otra manera, de producir aquello que sentimos fijando las posiciones que consideramos como verdad. Hobbes, en su Leviatán, explicaba que los hombres “se enfrentan a la razón siempre que la razón está en contra de ellos”, de ahí que lo bueno y lo malo sea perpetuamente disputado por la pluma y la espada. En la única verdad donde se coincide, afirma, es en aquella que no afecta al poder y su litigio, por lo que se deduce que, si la doctrina donde se establece que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos tuviera que enfrentarse al ejercicio del poder, se hubiesen quemado todos los libros de geometría.

En la película de Tarantino “Malditos bastardos” hay una escena que explica la construcción discursiva de lo imaginado como verdad. Al principio de todo, mientras los nazis buscan en las casas para saber si hay judíos escondidos, un dirigente nazi se encuentra hablando con un campesino francés y le explica, razonando su posición, el porqué de su aversión a los judíos. Para justificar su rechazo a los judíos el nazi pone como ejemplo el caso de la rata y la ardilla. Explica que se puede llegar a ser consciente y conocedor de que ambos animales son roedores e incluso que se parecen un poco, pero -y esto es lo fundamental- que el hecho de saberlo no pone en cuestión los imaginarios que tenemos asociados a ambos animales. Únicamente la imagen que tenemos de algo es lo que nos hace sentir una u otra cosa sobre ese algo, y no por conocer lo que conocemos dejamos de sentir asco cuando pensamos en una rata, ni dejamos de ver con buenos ojos a una ardilla. 

Así pues, resume el nazi, con los judíos ocurre lo mismo; uno no sabe a qué se debe, pero lo siente, afirma. El nazi es capaz de comprender que su aversión a los judíos no es arbitraria, sin embargo, hace trampa y omite lo más importante: la construcción que él tiene de los judíos no es natural, es contingente, por lo que, del mismo modo que algo es construido también puede ser deconstruido. Resulta necesario tomar en consideración la recomendación que nos hace el profesor Jesús Martín-Barbero, y atrevernos a mirar con los ojos de otros, no para compartir lo expresado sino para comprender la razón de su expresión. Examinar, no tanto la maldad de lo malo en tanto que dispositivo de maldad, como lograr observar los procesos y las mediaciones, esto es, la manera en la que algo es visto por otros y por lo tanto es concebido y utilizado. En qué medida eso se convierte en un soporte y en la melodía sobre la que construir historias de vida dentro de una cosmovisión general. ¿De qué manera les resulta útil esos mimbres simbólicos a quienes lo utilizan, qué despierta y moviliza? 

La izquierda se ha esforzado mucho en de-mostrar que la sociedad podría funcionar de una manera más justa a como lo hace en la actualidad, intentando des-velar y abrir los ojos a la gente. Mark Fisher, en su lúcido ensayo Realismo capitalista, explica cómo los aspectos y modos de imaginar y funcionar, que eran impensables en 1975, se volvieron obvios en el neoliberalismo. Quizás puede invertirse el proceso y, ante las amenazas que tenemos delante, lo importante no sea tanto demostrar la existencia de alternativas, como declarar que no hay más alternativa que funcionar de un modo democrático si queremos prosperar, protegernos y existir como individuos y como sociedad. El problema no se encontraría tanto en convencer de que existen otras alternativas diferentes al orden neoliberal, como en afirmar -y sobre todo imaginar- que resulta del todo inviable -para buscar la felicidad- seguir operando con este modelo anacrónico y obsoleto que necesita ser sustituido por una forma más avanzada. Mayo del 68` no se equivocó siendo «realistas pidiendo lo imposible», pues también los obreros en la segunda mitad del siglo XIX “querían lo imposible”, el drama fue precisamente el contrario: que a fuerza de renunciar a imaginar la emancipación y lo impensable, regalando esa dimensión deseante al capitalismo, se ha renunciado a toda transformación realista porque se ha dejado de sentir como una aspiración. En el reconocimiento de la imposibilidad alberga la creencia de lo absurdo, lo cual, aunque no lo parezca, es la fuerza motriz de los cambios reales. Sin corazón no hay intelecto y sin instinto no hay libertad.


[1] Descartes es posiblemente el mejor exponente de esta posición: “Yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza no es sino pensar” (…) “De manera que ese yo, es decir, el alma, por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta al cuerpo.” El discurso del método.