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Mercado y Estado: fetiches en tiempos de Covid-19

Juan Ponte

Artículo publicado en culturagijonensa el 2 de mayo de 2020

“Cualquier especie de mercancía necesaria para la vida humana es menester que no la dejen a la voluntad corrupta de los comerciantes”

Tomás de Mercado

“El futuro se transforma en una amenaza cuando la imaginación colectiva se vuelve incapaz de ver posibles alternativas a la tendencia de devastación, empobrecimiento y violencia”.

Franco Berardi (Bifo)

Los fantasmas no existen, pero pueden darnos miedo. Bien lo saben los psicoanalistas: da igual que los fantasmas no sean reales, si es real el miedo que te producen. Es más, convencer al que lo padece de que los fantasmas no existen puede llegar a ser una pérdida de tiempo. Quizás ya lo sepa. Lo importante es advertir que los afectos que estos causan son de una materialidad incancelable. Del mismo modo, la existencia del perpetuum mobile, de un motor que subsista sin fuentes de energía externa, es imposible, pues contradice las dos primeras leyes de la termodinámica. Sin embargo, muchas personas no pierden la esperanza de lograr construirlo. Con la idea de “libre mercado” sucede lo mismo. Está presente en casi todos los debates políticos. Pero, según intentaremos demostrar en este artículo, su definición como una entidad autosuficiente, capaz de constituirse al margen de los estados, resulta inconsistente.

El capitalismo, enemigo de los mercados

Las ideas de Mercado y Estado no se pueden contraponer como si fueran términos externos el uno al otro. No son dos totalidades enterizas, autocontenidas y predeterminadas que posteriormente interactuarían entre sí, un poco al modo en que, según Descartes, la res extensa y la res cogitans serían sustancias independientes que, una vez creadas, se comunican. Mercado y Estado no son dos entidades que existen por sí mismas, sin perjuicio de que reconozcamos su acción recíproca. Siguiendo con el paralelismo: no es que tengamos un cuerpo y además pensemos; es que “pensamos con el cuerpo”, como decía Althusser. Congruentemente, la distinción -analítica- entre Mercado y Estado es mucho más inestable o resbaladiza de lo que se suele creer. Por de pronto, más que al Mercado y al Estado, en singular y de forma abstracta, deberíamos referirnos a los mercados y estados históricamente existentes.

De hecho, los mercados -en su sentido moderno- no son instituciones flotantes al margen de los estados. Para su funcionamiento es previamente necesaria la apropiación y delimitación estatal de unos territorios y sus riquezas; el “acaparamiento de tierras”, como lo denominaría Rosa Luxemburgo. Además, sin el poder coercitivo de los estados sería inconcebible el desarrollo histórico de los mercados capitalistas. Sólo el monopolio estatal de la violencia puede garantizar el régimen de propiedad privada. Así, el capitalismo no es la consecuencia del crecimiento pacífico y armónico de los mercados sino, bien al contrario, del enfrentamiento existente entre ellos, por mediación de los estados. Por consiguiente, la propiedad privada no es un derecho natural, como imaginaba entre otros Locke, sino que esta se impone por la fuerza, sin “excesiva ternura” -en palabras de Hegel-. Lo cual solo es factible en virtud de la existencia de sistemas jurídicos, de carácter estatal, que definan las obligaciones y derechos contractuales.

Igualmente, los mercados necesitan para su interconexión la construcción y mantenimiento por parte de los estados de vastas infraestructuras físicas, tales como líneas ferroviarias, carreteras, aeropuertos, etc. Que esto se haga mediante la contratación o subcontratación privadas no niega, sino que confirma, el papel determinante de los mismos. Por último, la expansión de los mercados no es posible sin los dispositivos institucionales e ideológicos que proporcionan los estados para la reproducción social de la fuerza de trabajo y la creación de hegemonía: aquel conjunto de reglas, códigos y disciplinas que serán implementadas en los procesos productivos a fin de crear valor (la “biopolítica del trabajo”, conforme a la foucaultiana expresión de Christian Marazzi).

En suma, Mercado y Estado no son términos antitéticos, sino necesariamente complementarios. Pero decimos más: no se trata sólo de considerar que ambas realidades son dependientes históricamente, sino de enfatizar que sus componentes estructurales están tan sumamente involucrados que sus contornos llegan a hacerse borrosos, hasta el punto de confundirse.

De este modo, habrá que atreverse a sostener, como ya hicieron Braudel y Wallerstein -entre otros- con acierto, que lo esencial en el devenir histórico del capitalismo no es el “libre mercado” o la “libre competencia”, sino la lógica del aumento ilimitado de beneficios, ¡lo cual exige precisamente la destrucción del “libre mercado” y de la “libre competencia” a manos de los grandes oligopolios y monopolios existentes! Podemos así sentenciar, para escándalo de liberales de toda ralea, que el capitalismo no es una economía de mercado, sino antes bien de antimercado. Y que los estados, como venimos argumentando, son unidades esenciales para su despliegue.

En conclusión, el Estado no es una víctima de “la dictadura de los mercados”. Es la rama ejecutiva de los gobiernos afines a la ideología del libre mercado -la diferencia es crucial- la que se alinea con el capital corporativo “global”. Sin los resortes del Estado sería imposible que una minoría social lograra acumular la mayor parte del capital productivo colectivo.

Planificar, ¿para qué? 

Ahora bien, si esto es así, si el mercado y el Estado no son compartimentos estancos, entonces habrá que rechazar también la oposición diametral entre “libertad de mercado” y “planificación”, puesto que toda acción económico-política supone alguna forma de planificación. Por tanto, la discusión no se dirime entre planificar o no planificar, sino en las diferencias existentes entre lo diversos modelos de planificación. Así, por ejemplo, no se pueden equiparar las formas de planificación que recurrentemente privilegian a unos pocos, con aquellas otras que promueven la distribución equitativa de los recursos existentes. En el contexto crítico del COVID- 19, no será lo mismo realizar decididas inversiones públicas para garantizar los “derechos de existencia” de toda la ciudadanía (mediante la aplicación de impuestos verdaderamente progresivos, medidas predistributivas de riqueza, la desmercantilización de los servicios públicos, etc.) que someter al Estado a un endeudamiento masivo debido a la transferencia de fondos públicos a empresas privadas, socializando pérdidas y privatizando beneficios.

Lo que ha de advertirse inmediatamente es que, en ninguno de los dos casos, podemos hablar del “retorno del Estado”, porque -para bien y para mal- el Estado ”todavía estaba allí”, como el dinosaurio del microcuento de Augusto Monterroso. Y es que el debate entre globalismo y soberanismo está mal planteado. De un lado, esta crisis vuelve a mostrarnos el carácter fetichista de la globalización, eso es, la concepción ideológica de la misma como un escenario cosmopolita de armónica confluencia entre los intereses de los estados- nación, que dejaría atrás sus confrontaciones histórico-culturales. Por analogía, como si se tratara de un imán capaz de unir todas las virutas de hierro asociándolas en un mismo dibujo. Pero este mito oscurantista de la globalización no debe combatirse con otro relato, a nuestro juicio, no menos idealista: el de la vuelta a la vida intrauterina de la soberanía nacional. Se comprende este deseo de “permanencia” in utero ante el horror que provoca lo sublime negativo por desconocido, lo unheimlich. Sin embargo, en las circunstancias actuales, como razonan Luciano Vasapollo, Joaquín Arriola y Rita Martufi, “a quienes pretenden defender el estado de bienestar y la soberanía nacional en Europa, les espera el mismo destino que a los artesanos que luchaban por mantener los gremios a principios del siglo XIX, o a los curas rurales británicos que querían restaurar las leyes de pobres”.

En realidad, el enfrentamiento a las políticas austericidas de la UE no provendrá del regreso melancólico a la placenta de un pasado idealizado. No consistirá tanto en el “re-torno” a contextos políticos preexistentes, aunque esto nos genere afectivamente un suelo de (falsas) certezas, cuanto en la construcción de nuevos bloques políticos que, muy probablemente, harán saltar la costuras de la UE que hasta hoy conocemos. Que las primeras ayudas sanitarias recibidas por un país como Italia hayan procedido de Rusia y Cuba nos puede hacer a la idea de esto que estamos diciendo. Sobre todo considerando que, entre 2011 y 2018, fue la propia Comisión Europea la que exigió en 63 ocasiones a los países miembros que recortaran sus gastos en sanidad. Por eso, también en este caso, más que hablar de la globalización en singular, como si se tratara de un manto protector, habría que referirse a distintos modelos de globalización divergentes e incompatibles entre sí: globalización norteamericana, globalización china, globalización euroasiática, ¿globalización alba-euromediterránea?, etc.

El problema es la democracia

Queda patente que el armazón institucional que conforman los estados es la condición de posibilidad del curso real de los mercados. El orden nunca es espontáneo ni los mercados son autónomos. Como ya hemos comentado, la competencia de los mercados precisa de un sistema abigarrado de cuerpos normativos y coercitivos. En este sentido, caracterizar el neoliberalismo como “la ley de la selva” no deja de ser una apreciación más moralista que política. En palabras del propio Hayek, “la mano invisible de la competencia” necesita de “la mano visible de la ley”. El espacio de la “economía libre” -añade- requiere una “constitución de libertad”. Superando la falsa dicotomía entre globalización y soberanía, Quinn Slobodian denominará a esta dialéctica como ordoglobalismo. Ahora bien, la “constitución de libertad” a las que apela Hayek no se sustancia en la concordia o equilibrio entre estados, sino en el conflicto y en la subordinación de unos sobre otros. Y así ocurre en la UE, cuya unión monetaria infunde un régimen asimétrico de estabilidad fiscal, del que Alemania es la gran beneficiaria.

Consecuentemente, lo que el neoliberalismo o el ordoliberalismo ocultan no es la función esencial del Estado en su concepción política, en absoluto, sino las asimetrías de poder que sus prácticas provocan. Basta con recordar el lema de Margaret Thatcher: “una economía libre para un Estado fuerte”. Desde estos planteamientos, sobre todo, el problema no será el Estado, sino sencillamente la democracia, esto es, cualquier medida político-económica encaminada a evitar que la riqueza se concentre en manos de unos pocos. Solo si el Estado actúa en esta dirección, corrigiendo las desigualdades en la distribución de la riqueza, será entonces considerado como un mecanismo nocivo que distorsiona las leyes del mercado. von Mises calificaría críticamente esta posibilidad como “democracia omnipotente” y Hayek como “democracia ilimitada”, la cual consistiría en la extralimitación del imperium (las reglas de los estados) respecto a la protección del dominium (las reglas de la propiedad privada). Un Estado fuerte, desde esta perspectiva, es aquel capaz de resistir las demandas democráticas populares. O lo que es lo mismo, aquel que es fuerte con los débiles y débil con los fuertes.

Se equivocan, en definitiva, quienes abordan este debate en términos cuantitativos, como si la cuestión residiera en calibrar si queremos más o menos Estado. Este planteamiento supone representarse el Estado como si fuera una sustancia (concebida, para colmo, como entidad superestructural). Pero el Estado no es una cosa, sino un conjunto de relaciones en el que estamos inmersos, un campo asimétrico pero inestable de fuerzas en liza. El problema de fondo de la acción política es, por tanto, fundamentalmente cualitativo, intensivo: ¿por qué tipo de Estado nos decantamos? ¿Es fuerte el Estado que protege los privilegios de unos pocos o aquel que instituye y asegura los derechos sociales y cívicos de cualquiera?

La libertad en disputa

En último lugar, y no por ello menos importante, debemos advertir que oponer libre mercado y planificación supone asumir que el mercado capitalista es libre, cuando habría que señalar exactamente lo contrario, a saber, que la idea de libertad de la que los liberales presumen es irrealizable en un marco capitalista. Este fue uno de los empeños de Marx: demostrar que aquellos que no disponen de más “propiedad” que la de su fuerza de trabajo son esclavos de quienes se han adueñado y estructuran las condiciones materiales de existencia. Y que, por tanto, estos ya no pueden vivir más que con el permiso de aquellos. Así las cosas, la pregunta que debemos hacernos no es si el mercado es libre o está regulado, sino quiénes se benefician de los ingresos y de la riqueza producida por las clases trabajadoras.

Como hemos visto, ni los mercados son instituciones libres- de los Estados, pues están configurados históricamente por ellos, ni los individuos interactúan libremente en los mercados, al margen de su clase social, grupo de estatus, género o nacionalidad. Su libertad- para presupone tales condiciones. Y estas condiciones hacen que sus relaciones sean asimétricas y, por tanto, el acceso a los recursos, desigual. Por decirlo con toda crudeza, como Barbara Ehrenreich, “cuando los ricos y los pobres compiten en el mercado libre, los pobres no tienen prácticamente ninguna oportunidad”. De otra manera: muchas personas no pueden satisfacer sus demandas (en gran medida creadas por los mercados), básicamente porque no tienen dinero para ello; a pesar de lo cual serán igualmente conminadas a emprender.

¿Dónde queda entonces la libertad? En nuestras sociedades capitalistas de mercado, ¿acaso tenemos capacidad para decidir cuántas horas trabajamos y de qué manera, qué modelo industrial queremos, qué tipo de vivienda, cómo se produce la energía o tantas otras cuestiones que afectan a nuestras vidas? Si esto no es posible para la mayoría, ¿no resulta estúpido dejar que la noción de libertad caiga en manos de los liberales, en vez de disputarla?

Ni nuestros deseos de transformación pueden ser completamente succionados por las estructuras socioeconómicas capitalistas ni nuestros comportamientos están hipnotizados por el “Poder”, que nunca es omnímodo. Si lo fuera, entonces habría que aceptar que la ciudadanía es absolutamente pasiva y la libertad contra la dominación es imposible. Pero eso es lo que no ocurre. “Figurarse que llegará un momento en el que cesará todo cambio (y, con ello, el tiempo mismo), he aquí una representación que irrita a la imaginación”, decía Kant.

Hoy se hace imprescindible actualizar la histórica aspiración del movimiento obrero de establecer un control democrático de la producción, mediante la participación efectiva de cualquiera en las decisiones sobre cómo y por qué se producen los recursos esenciales para toda la ciudadanía. Esto significa construir nuevas condiciones de libertad social basadas en el reconocimiento recíproco. Lo que supone poner en ejercicio el principio de que nadie es (o debe ser) más que nadie; principio infinito que ha de hacerse extensivo a toda comunidad. Muchos liberales, siguiendo en esto a Lord Acton, y entre ellos Hayek, considerarán que “la pasión de la igualdad hace vana la esperanza de la libertad”. Nada más lejos de la realidad, desde el filo crítico del republicanismo: la privación de una daña a la otra. Tales dimensiones se presuponen mutuamente, aun en la tensión, siendo cada una de la otra su condición material de posibilidad. No hay proyecto emancipatorio sin reivindicación simultánea de igualdad y libertad.