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Inteligencia democrática

Héctor Fouce

4 de mayo de 2020

En el capítulo inicial de la serie The Newsroom, Will McAvoy, veterano presentador de noticias y declarado republicano, se indigna cuando una estudiante le pregunta en un debate por qué EEUU es el país mejor del mundo. Tras intentar esquivar la respuesta, Will estalla: EEUU no es el mejor país del mundo. Solíamos serlo, pero ya no lo somos. Y podríamos volver a serlo. Fuimos el mejor país cuando “construíamos grandes cosas, realizábamos avances tecnológicos increíbles, explorábamos el universo, curábamos enfermedades, y cultivábamos a los mejores artistas del mundo y teníamos la mejor economía. Nos dirigíamos a las estrellas … aspirábamos a la inteligencia, no la despreciábamos, no nos hacía sentirnos inferiores”.

Las democracias occidentales se enfrentan a una ola antidemocrática que, al estilo de Millán Astray frente a Unamuno, grita “muera la inteligencia”. Los científicos son degradados a meros charlatanes por movimientos como los antivacunas o los terraplanistas. Los periodistas que protegen sus fuentes y verifican hechos son acusados de generar fake news por los mismos que siembran la red de mentiras con interesada finalidad. Las opiniones se equiparan a los hechos y los métodos científicos se igualan a la ruleta de la fortuna. Saber más, expresarlo mejor, argumentar correctamente, apoyarse en hechos verificados y demostrables, son muestras de debilidad: ahora toca elevar la voz “sin complejos”, lo que significa ignorar las evidencias, denigrar a los que saben más, evitar las abstracciones y pretender que todas las opiniones tienen el mismo valor, sin importar que haya hechos que las sustenten.

Las democracias modernas nacen como producto de hombres inteligentes, de hombres (las mujeres fueron apartadas de este momento con argumentos ignominiosos) con los recursos económicos y las capacidades intelectuales para encerrarse en una sala y crear Declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano como la francesa y Declaraciones de Independencia como la norteamericana. Entre los firmantes de los primeros documentos de la democracia de Estados Unidos están Jefferson, Madison, Hamilton, Adams, Franklin. Hombres de acción a la vez que hombres de ciencias y de saber. Inventores, hacedores de leyes, arquitectos, estrategas. Gente con un carisma que nació tanto de su inteligencia como de su formación, capaces de movilizar a sus conciudadanos para explorar un territorio desconocido y no exento de riesgos: la democracia.

Walt Whitman, el poeta que contenía multitudes porque cantaba el himno de la democracia, encontraba el genio norteamericano en las montañas, ríos y llanuras, en los leñadores y marineros pero reconocía también la deuda de la democracia con científicos y técnicos: 

¡Hurra por la ciencia positiva! ¡Qué viva la exacta demostración!

Búscame rosas de raíz mezcladas con ramas de cedro y de lilas;

Éste el lexicógrafo, éste es el químico, 

éste hace una gramática para descifrar las inscripciones de los antiquísimos cartuchos,

Estos marinos llevaron el navío a través de los mares desconocidos y peligrosos;

Éste es el geólogo, éste trabaja con el escalpelo

 y éste es el matemático.

¡Señores! para vosotros los honores primeros;

No es casualidad que la Constitución norteamericana contenga un artículo que protege el trabajo de artistas e inventores para asegurar el avance de las ciencias y las artes útiles. La Ilustración empuja al tiempo la ciencia y la democracia, y también el periodismo. Las ideas nacen para ser discutidas y solo mediante el debate se puede decidir qué es lo mejor. Pero este debate debe estar basado en el mejor conocimiento posible de la realidad, y este se consigue mediante el método experimental, la observación y la clarificación de los hechos. 

Para Peirce, uno de los padres de la semiótica y del pragmatismo, llegamos al conocimiento entrenándonos en la habilidad para hacer inferencias, para conectar hechos entre si a modo de  antecedentes o consecuentes. Creer es un hábito, una costumbre, y la creencia es un estado de placidez que es desafiada por la inquietud cuando aparece un hecho que desafía nuestra actual visión de la realidad. La inquietud que genera la duda es lo que empuja a la indagación y la herramienta de esta es el debate en común. 

El debate no solo es una confluencia de diversas opiniones: es un proceso en el que los participantes tratan de convencer a los demás con argumentos y pruebas. Los razonamientos no son meras construcciones teóricas: su validez, según el principio del pragmatismo, se mide al considerar los efectos que producen en la realidad. Las opiniones no son suficientes en el debate: deben apoyarse en hechos, deben estar sustentadas en pruebas. Por eso los juicios tienen testigos y peritos: a través de ellos, las sospechas se convierten en hechos probados. Es a través del indicio como se llega a conclusiones necesarias o meramente verosímiles. Para Peirce, no se puede realizar ninguna aseveración fáctica sin recurrir a los índices; los índices son los signos que conectan las representaciones con la realidad, el discurso con los hechos.

La historia de The Newsroom es la de un presentador de noticias que decide romper con el modelo neutral que le había granjeado el éxito y tomar partido por los hechos, incluso si eso supone enfrentarse a su propio partido. El nuevo papel de Will McAvoy será ser el abogado de ambas partes, interrogar a los testigos y examinar los hechos, explica su productora al equipo de redactores. Y solo daremos noticias considerando si estas son útiles para que el espectador decida el sentido de su voto. The Newsroom reivindica el periodismo informativo frente a la opinión, las noticias frente al cotilleo, las fuentes solventes frente a los invitados estrellas. “Veo imágenes de una plataforma petrolífera hundiéndose en el mar. Eso es buena televisión”, dice el viejo Will. “Nosotros no hacemos buena televisión, damos noticias”, le responde la productora que le ayudará a construir al nuevo Will McAvoy en torno a la defensa de los hechos.

 Detectar los hechos, establecer cadenas de acontecimientos, definir protagonistas, lugares y cronologías. Establecer antecedentes y consecuentes. Ese es el trabajo de la ciencia. Ese es también el trabajo del periodismo. Ambos se basan en analizar la realidad y mostrarla. Ambos reivindican la inteligencia, el conocimiento, la habilidad para leer el libro del mundo. La diferencia es que la ciencia se construye entre una comunidad de expertos capaces de medir el alcance de cada descubrimiento, la exactitud del método, la validez de los resultados. El periodismo tiene, además, la obligación de traducir la complejidad del mundo para que los ciudadanos sean capaces de formar su opinión para participar en la deliberación común y tomar decisiones. 

Ser un experto no es situarse en un pedestal y envolverse en la arrogancia del que sabe. Es reconocer que el conocimiento es siempre limitado, que nadie puede saberlo todo, y centrar entonces los esfuerzos para conocer lo máximo sobre una pequeña porción de la realidad.  Es manejar métodos que permiten acercarse lo máximo posible a lo material y construir teorías que permiten dar sentido a lo observado de la mejor manera posible. Es ponerse al servicio no de uno mismo sino de una causa mayor, la del avance del conocimiento. Es reconocer que a veces no es posible saber cosas, y que las conclusiones a las que se llega son siempre volátiles porque nunca se pueden manejar todas las variables que dan cuenta de la complejidad de la realidad.

Asumir esas limitaciones, y al tiempo integrarse en la comunidad de la indagación en busca de respuestas por provisionales que estas sean, es una muestra de inteligencia. Observar, analizar, construir explicaciones, comprobar, volver a observar. En el caso de los periodistas, estas tareas de la inteligencia requieren además de un trabajo discursivo, de poner en palabras lo encontrado para ponerse al servicio de la comunidad política.

Despreciar la inteligencia es denigrar la ciencia y el conocimiento. Temer a los que saben más que uno mismo no solo es mezquino, sino también profundamente antidemocrático. La deliberación pública necesita de hechos para alimentarse, y en nuestro mundo complejo todo lo que nuestra observación directa no llegue a alcanzar necesita de la ayuda de científicos y periodistas. Sólo un debate informado es un debate democrático. Así como los que gritan e insultan se expulsan a si mismo de la gran sala del debate común, los que niegan los hechos y denigran a los que son capaces de encontrarlos y explicarlos  son enemigos de la democracia. 

Héctor Fouce es Director del grupo de investigación Semiótica, comunicación y cultura, y Coordinador del Máster en Análisis Socicultural del Conocimiento y de la Comunicación UCM.