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1 de Mayo de 2020: ¿qué celebramos?

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Queremos la pasta mientras esperamos al comunismo

Celebramos hoy un 1 de mayo inédito, sin trabajadores ni trabajadoras en las calles y sin trabajo en el horizonte. Confinados aún, atravesados por unas perspectivas de futuro tan inciertas como amenazantes, conscientes, quizá más que nunca, de nuestra vulnerabilidad y nuestra dependencia, queremos celebrar y celebramos el 1 de mayo, pero también nos preguntamos qué podemos y debemos celebrar hoy. 

Sin duda, y como todos los años desde aquel primero de mayo de 1886 en Chicago, a los y las trabajadoras que en sus reivindicaciones, anhelos, movilizaciones y formas de organización han empujado siempre hacia formas de vida en común más iguales, menos dominadas por el miedo y la angustia, más libres y dignas. Y, especialmente hoy, celebramos el trabajo de esos miles de sanitarios, repartidores, limpiadores, investigadores… el trabajo de todas y todos esos que han sostenido la vida estos meses de crisis, mostrando que antes que el beneficio y el interés propio está indefectiblemente la salud, los cuerpos, la vida. 

Pero, ¿qué más podemos y debemos celebrar hoy? ¿El trabajo como creación de riqueza social? ¿El que nos dota de recursos para vivir? ¿El trabajo que ocupa la gran parte de nuestro tiempo -incluso cuando no se tiene pero se busca-? ¿El que nos obliga a hacer día tras día unas tareas repetitivas y generalmente poco o nada creativas, ordenadas casi siempre por otros y para generar un beneficio fundamentalmente ajeno? ¿El trabajo invisible y no remunerado de la reproducción y los cuidados sociales, hecho aún hoy fundamentalmente por mujeres y migrantes? ¿O el lugar que nos proporciona identidad social, aunque no siempre la que quisiéramos y a cambio de sacrificios casi nunca elegidos? 

¿Celebramos el espacio social que nos proporciona un mínimo de seguridad en nuestras vidas pero cuya eventual y siempre posible desaparición nos hace vivir atravesados por el temor y la angustia a que nuestros precarios planes de vida se vengan abajo del día a la mañana? ¿O ese bien social y económico progresivamente escaso que la crisis económica en la que nos adentramos no hará sino agravar de forma inédita y, si nada lo remedia, tan desigual que corre el riesgo de fragmentarnos hasta rompernos en pedazos? ¿Celebramos el trabajo autónomo o creativo que algunos y algunas disfrutan y podrán seguir disfrutando gracias a que otros y otras lo permitan con trabajos extenuantes, faltos de todo interés, precarios y desregulados? ¿O es cuestión de reivindicar ese mecanismo social que nos divide y enfrenta, generando profundas e injustas jerarquías no solo en los ingresos, sino en los estatus, los modos de vida, los deseos y planes de futuro?

La pregunta por el trabajo siempre fue central, aunque seguramente hoy lo sea más que nunca. Es claro que esta pregunta ordenó y diferenció a las ideologías del siglo XX, pero no es tan evidente que hoy tengamos una respuesta a la altura de los desafíos que atravesamos. 

¿Queremos -y podemos- volver a ordenar las sociedades, como propugnó e implementó el paradigma socialdemócrata, en torno a la equivalencia general trabajo=ciudadanía, donde una parte de los ingresos del trabajo aseguraba, mediante su colectivización, la reproducción social (sanidad, educación, cultura, ocio) a cambio de ordenar la vida entera en torno a la sujeción del tiempo de vida al centro de trabajo (para, normalmente, un hombre blanco), y donde la mejora de las condiciones de vida individuales (carreras profesionales) y colectivas (la creencia en el progreso) coincidían en un relato mítico de crecimiento y seguridad? 

¿O debemos soñar con abolirlo como forma de relación social general en favor de una sociedad ordenada por la cooperación y el tiempo libre, y donde la necesidad social de la producción, decidida democráticamente, ocupara el menor tiempo posible de nuestras vidas, como los marxismos más o menos libertarios prometían?

¿Se trata, en contra, de convertirlo en el pilar de unas sociedades que lo glorifican como mito regulador de la subjetividad, de las identidades individuales y colectivas, como practicó el marxismo realmente existente en los países del bloque soviético y como defendían sus portavoces a este lado del telón de acero?

¿O es cuestión de seguir apostando por hacer de él una plataforma para la auto-realización individual enfrentada siempre a la del resto, donde la libertad es equivalente a la ruptura de cualquier orden colectivo bajo el mandato del ‘hazte a ti mismo’ sin seguridad u horizontes compartidos, tal y como rezó el mantra neoliberal y permeo el conjunto de las instituciones occidentales durante los últimos cuarenta años? 

La crisis que arrastramos desde los años 70, la que nos devastó en 2008 y la que anuncia la paralización de la economía en la actualidad, estas crisis sucesivas reabren la pregunta por el trabajo sin espacios ya para la nostalgia, sea en cualquiera de sus versiones socialdemócrata, comunista o neoliberal. El trabajo ya no puede ser el fundamento de la identidad individual ni, menos aún, colectiva. No permite, por tanto, erigirse en la condición de posibilidad para el ejercicio de la ciudadanía, en esa vieja equivalencia del implícito o mítico pacto social keynesiano (de la que hoy quedarían expulsadas capas cada vez más amplias y visibles de la población). 

La inmediata y profunda necesidad de asegurar la vida, el reto mayor frente al que nos encontramos en estos momentos, y no cualquier forma de vida, sino una que valga la pena ser vivida, pasa hoy por pensar la seguridad en las trayectorias de vida como la condición de posibilidad de cualquier forma de libertad política. Y esta seguridad ante el porvenir, pilar de toda forma de vida en común libre e igualitaria, no puede sostenerse ya en una generalización imposible del trabajo asalariado para el conjunto de la población. Si el objetivo es asegurar la existencia, la respuesta no puede sino estar en profundas reformas tanto de la producción como del reparto de la riqueza, vale decir, en rentas universales de ciudadanía que antepongan la libertad a la necesidad; y en una reducción del tiempo de trabajo para el conjunto de las poblaciones que no solo haga cierta la necesaria y tantas veces reivindicada conciliación con la vida, sino que permita una construcción libre de la subjetividad y la identidad. Libre porque liberada de las rutinas, las incertidumbres, las angustias y las profundas desiguales que definen los espacios laborales. 

Celebramos, hoy más que nunca, la tradición de luchas por lo que en cada presente aparecía como imposible: en Chicago, hace más de un siglo, las 8 horas diarias; hoy, 1 de mayo de 2020, una existencia garantizada. Celebramos, sí, el día de todas y todos los trabajadores que sostienen la vida, al tiempo que declaramos alto y fuerte que la vida estará siempre más allá del trabajo.