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En busca del espacio común

Julieta Waisgold.

30 de abril de 2020

La pandemia de COVID19 encuentra a los argentinos en pleno proceso de transformación del espacio común. El país que durante años estuvo regido por el discurso de la grieta dio un salto y empezó a caminar un sendero más incierto y tal vez por eso más prometedor. 

La grieta que moldeó el espacio común de los argentinos fue dominante tanto en el discurso como en la narrativa de los gobiernos desde el conflicto con las entidades agrarias en el 2008. El país pasó de las imágenes de grandes masas movilizadas a la desmovilización y el minimalismo de la escena íntima producida para las redes sociales. La política pretendía expandirse de modo rizomático, capilar, o multiplicarse exponencialmente, dependiendo del caso, pero siempre relegando el espacio de lo subjetivo. 

El parteaguas que señalaba con precisión los contrastes, con el tiempo llegó a transformarse en la única forma definir la diferencia. El diálogo en lugar de ser un puente era una frase hecha, una excusa más para trazar esa diferencia de modo más radical. 

La grieta funcionaba como una amalgama, un fundamento común, como lo que Jorge Alemán llama “aglutinación en masa”. Los adversarios no eran simplemente otros, eran radicalmente opuestos. En esa escena la posibilidad de inventar algo nuevo había quedado obturada y todos los sectores habían encontrado su techo en el respaldo de la opinión pública. 

Había que cambiar algo, ¿pero cómo hacerlo si así se había sostenido el discurso político durante tantos años?

A esa altura ya no era un problema de la grieta o del consenso, sino de la imposibilidad de encontrar una variante, de salir del esquema laberíntico que estaba planteado en donde se actuaba similar y se hallaban respuestas similares. El espacio común se había quedado quieto. Pero, ¿cómo inventar un afuera? 

Negar que en la grieta se condensaba una potente energía social no había funcionado y hacer oídos sordos al reclamo de salir de esa discusión tampoco. Parecía ser que con estar de un lado o del otro no era suficiente. 

Desde ese lugar de imposibilidad era necesario hacer algo distinto, renovar los vínculos, y la fórmula electoral de Alberto Fernández y Cristina Kirchner fue la expresión de eso. Un lugar de reinvención. Un espacio en el que nuevamente iba a ser posible «no saber» sin que ese «no saber» esté planteado como un agnosticismo, un cierto regocijo en la ignorancia, sino más bien condensando las experiencias vividas y ese reclamo social que todavía no tenía forma. 

En la nueva unidad política empezó a emerger otra intención acerca de lo común, menos ideal, más heterogénea. Más incómoda también, desde donde se empezó a recorrer un camino menos cierto que trajo consecuencias a muchos niveles.

En el discurso la grieta ya no es lo que era. Se fue dejando de lado el contraste directo y el adversario quedó proyectado en el lugar de las prioridades: priorizar a un sector o a otro empezaría a ser el norte ideológico y también el lugar para anudar la diferencia. 

El consenso que seguía hasta hace poco siendo una fórmula de buenas intenciones, se  articuló muy distinto frente a la pandemia del COVID19.  Y no se trató esta vez de una foto escolar ya ensayada de madurez política. Al revés, la foto es casi una anécdota para contar la administración articulada de una emergencia que preocupa a todos los argentinos.

A diferencia de lo que pasaba hace algunos años en donde el discurso sobre el diálogo era patrimonio de un bando, frente a la pandemia el consenso parece estar situado en el espacio común. Y es capaz de decir algo más porque en un mar de repeticiones, se alteró el sentido y cargó de contenido la idea abstracta, el mandato, de que había que salir de la grieta hablando. ¿Hablando de qué?

Esta vez el consenso vino a dar certidumbre, a mostrar racionalidad y alumbrar el terreno en un momento en el que solo vemos penumbras y en el que la naturaleza con la que no podemos conversar, parece estar jugándonos una mala pasada. 

En los últimos años la grieta también se expresó en la narrativa de los espacio políticos que se debatía entre salir a la conquista de la calle y las plazas, o recluirse publicitariamente en la intimidad de las casas.

Hay quienes dicen que la única forma de construir un espacio común es en la calle y en las plazas y que es cuestión de que estos espacios vuelvan. 

En la Argentina del COVID19 no hay balcones tan efervescentes como hubo en España. El aplauso no es uniforme, a veces es lánguido, dura unos pocos minutos casi como cuando éramos chicos y en la escuela nos hacían cantar el himno nacional.  

En España aplauden a un sistema sanitario desbordado, acá se hace viendo las imágenes de aquel sistema. Como si fuera un futuro que se proyecta, se acerca. Se aplaude como acto reflejo que cuanto más lejos tiene el temor menos dura, y se apaga.

La forma en la que los argentinos habitan ese espacio común hoy parece estar interrogada, no se sabe con precisión cuál es. Desde la política puede intentar llenarse esa pregunta con respuestas que nos vuelvan a dejar a salvo reconstituyendo los viejos bloques homogéneos, caceroleando en contra o a favor desde los balcones. También podemos simplemente quedar aislados, cada uno en su casa. O será una oportunidad para hacerlo de otra forma.

Con los pasos que ya se dieron, los temores propios y sin certezas rotundas. Con un sistema sanitario que está lleno de carencias y un gobierno que tomó medidas tempranas.  Sabiendo que somos lo que podemos ser mientras atravesamos el miedo que nos daban las noticias filtradas de lo que ocurre en el viejo continente. Que somos lo que podemos ser mientras estamos físicamente separados, mientras que extrañamos los abrazos conocidos y  la incertidumbre de los encuentros nuevos. 

Sabiendo que somos, también, con esta racionalidad que se impone desde el Estado y hasta ahora es compartida. 

Ser esa especie de eco de otros balcones es solo una parte de esto que nos toca atravesar.

Afianzar el camino que empezamos no se trata de aferrarnos al consenso que surge de la emergencia, o de que una vez terminada intentemos volver al tiempo de la grieta. 

Afianzar un nuevo camino requerirá seguir avanzando en un rumbo incierto entre lo que ya conocemos y lo que no termina de tener forma, estemos en cuarentena o en las calles, libres.