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Reensamblar lo digital

Javier Zamora

28 de abril de 2020

La pantalla ayuda, la precariedad empuja

Remedios Zafra

En su artículo Politizar lo digital, Berna León y Roy Cobby rescatan un debate tan necesario como interesante. Las economías digitales, mediante su modelo basado en la comercialización de datos, afectan a la manera en que nos comportamos cotidianamente. Además, como acertadamente plantean, los cambios que se están produciendo en nuestras vidas no son ni enteramente nuevos ni enteramente viejos. Una vez más, nos encontramos con una historia que, más que repetirse, rima. Sin embargo, como ocurre cuando miramos un cuadro, la capacidad que tenemos de vincular nuestro presente con procesos más profundos depende de nuestras referencias y experiencias previas. E igual que ocurre con la pintura, cuantas más miradas sumamos, más rica es la historia que nos transmite el lienzo

Una de las cuestiones más interesantes que plantean León y Cobby es que “acaso la consecuencia más preocupante de la revolución digital sea el tipo de subjetividad que emerja de la experiencia de ser constantemente vigilado”. Un fenómeno que, además, sugerentemente vinculan con el asalto a las libertades civiles que desde hace años denuncian en nuestro país grupos como No somos delito. Por fortuna, el trabajo de cada vez más analistas y activistas nos está permitiendo conocer marcos alternativos desde los que interpretar lo que significan palabras como seguridad o privacidad. Sin embargo, la conciencia de las consecuencias negativas del negocio de los datos tal vez sea insuficiente. Como cada vez resulta más claro, conocer las implicaciones de nuestra autoexhibición no equivale a frenarla. Aquí, como en tantas otras cosas, apelar a la razón no basta. En este sentido, los análisis que planteemos deben atender también a la forma en que las plataformas digitales movilizan nuestro deseo. Algo que a su vez nos obliga a pensar cómo ese deseo se entrelaza con otras formas de subjetividad características de nuestro tiempo e irreductibles a la imagen del yo vigilado.

Uno de los ejemplos donde mejor podemos observar esta cuestión es en el caso de las redes sociales digitales. Como parte de la economía de los datos, el modelo de negocio de muchas de estas plataformas se basa en el monitoreo, rastreo y registro de nuestras interacciones diarias. Sin embargo, ése no es el único ingrediente. Esa enorme red de sensores no serviría de nada si estas plataformas no ofrecieran algo a cambio a los miles de usuarios que las utilizan diariamente. Algunos éxitos editoriales recientes, como el libro de Marta Peirano, apuntan que la clave reside en las técnicas sofisticadas que el marketing lleva desarrollando desde mediados del siglo XX. Visto así, si compañías como Facebook o Instagram han conseguido tanto éxito es por su capacidad para engancharnos. No obstante, además de estimularnos como consumidores, las plataformas también nos apelan de otras maneras. Una de ellas tiene que ver con la forma en que el individuo contemporáneo se subjetiva como una marca personal. Tendencia que además está estrechamente vinculada con una de las esferas de nuestra vida que más influye en la identidad personal: el trabajo.

Nadie diría hoy que implica lo mismo trabajar como rider que ser un cocinero que sube sus recetas a un canal de Youtube. Pero si algo une estas dos actividades tan distintas es la necesidad de mantener un perfil activo, popular y atractivo. Enfrentados a una legión de ávidos consumidores, tanto riders como youtubers se encuentran atados por un mismo miedo: una mala valoración, una pérdida súbita de seguidores, una crítica demoledora. Como si de un capítulo de Black Mirror se tratase, nuestra vida depende cada vez más de las cinco estrellitas. 

No es nuevo decir que, tras décadas de neoliberalismo, la responsabilidad sobre el empleo descansa cada vez más sobre los propios individuos. Cada vez son más los programas educativos que añaden en sus currículos una nueva y apetecible competencia: la empleabilidad. En un contexto económico marcado por la precarización de las condiciones laborales y la exposición de la economía a una competición global, el trabajo ya no es una garantía de inserción social. Es un bien escaso por el que los individuos deben competir. En este contexto, es cada vez más común – especialmente en trabajos intelectuales y creativos– vernos obligados a construir nuestra propia identidad como si fuera una marca. Actuar al tiempo como una empresa personal y como un producto. En consecuencia, nos vemos obligados a pensar cuál puede ser nuestro aporte, nuestro valor diferencial. Y para ello hemos de realizar un trabajo personal que nos obliga a replantear continuamente nuestra identidad. Entre otras cosas, debemos encontrar un relato coherente que, convenientemente vinculado con aquella pasión que nos acompaña desde el nacimiento, nos ayude a convencer al resto de que merecemos una oportunidad. Solo necesitamos esfuerzo y empeño para realizar la gran misión histórica que nos espera. Decenas de reality shows como Maestros de la costuraMaster ChefOperación Triunfo o Got Talent nos lo recuerdan a diario. Tienes que creer en ti mismo.

Afortunadamente, las redes sociales digitales han llegado para facilitarnos esta labor. Por un lado, proporcionan un altavoz para todo aquel que pueda disponer de un ordenador y una conexión a Internet. Por otro lado, su diseño facilita algunas de las tareas necesarias para evaluar nuestro éxito como marca: los likes, los retweets, los seguidores o las visualizaciones representan la democratización de los índices de audiencia, ahora al alcance de cualquiera. Tal vez sea cierto que la accesibilidad de ese recurso que llamamos visibilidad no es tanta como parece, y que las plataformas tienen mucho más poder del que creemos a la hora de determinar lo que aparece públicamente y lo que queda oculto bajo el peso del ruido. Pero la realidad es que patrones de conducta que tradicionalmente asociábamos a ciertos grupos humanos como las celebrities se han extendido al común de los mortales. Y con ellos, también sus consecuencias. En este sentido, uno de los principales efectos de las redes sociales es que han contribuido a reforzar psicosocialmente hábitos y mentalidades que anteriormente pertenecían al mundo del trabajo. Si antes uno solo necesitaba aparecer como valioso en el contexto de una búsqueda de empleo, las plataformas solapan esta experiencia con nuestra cotidianeidad. Tal vez por eso, hay quienes sienten la necesidad de crearse cuentas privadas, o quienes diferencian entre aquellas plataformas más para el trabajo y aquellas más íntimas. Resistimos como podemos.

Sin lugar a dudas, es posible conectar este fenómeno con tendencias anteriores, como el desarrollo del modelo económico posfordista o el auge del neoliberalismo. Pero no es menos cierto que los cambios tecnológicos vividos durante los últimos años también desempeñan un papel importante. Por eso, aunque su modelo de negocio y su infraestructura sirva principalmente a los propósitos del negocio de los datos, la realidad es que las redes sociales nos constituyen como algo más que sujetos vigilados. Y eso así porque, como artefactos sociotécnicos, se ensamblan con diversos procesos en función del contexto en el que se articulen. Precisamente por ello, ni siquiera la propia vigilancia puede entenderse de la misma forma en China que en España. 

Entender las contradicciones de nuestra esfera pública demanda que sumemos otros factores a las dinámicas de vigilancia. Si no fuera así, sería más fácil desaparecer, desconectar o refugiarse bajo las redes de opacidad que algunos ya proponían hace años. Pero para muchos, esto es una posibilidad inasumible. Por decirlo con Butler, el problema es que estamos atrapados en unos marcos que nos imponen determinados códigos para ser reconocidos públicamente como sujetos. De ahí que desertar de las redes raramente se experimente como una liberación. Más bien, se vive como una puesta en riesgo: arriesgamos nuestra existencia social frente a la amenaza de la anonimia y el aislamiento, y arriesgamos nuestro valor de cambio frente a la amenaza de la precariedad y el desempleo. Dos experiencias importantes a considerar cuando pensamos en los efectos de red que señalan autores como Srnicek, quienes parecen asociarlos únicamente a patrones de consumo. 

Si es necesario politizar lo digital, también lo es porque no podemos caer en aquellas lecturas que simplifican nuestra obsesión por la hipervisibilidad. No es un eterno retorno al narcisismo, ni es la caída en desgracia de una generación incapaz de gestionar su intimidad en un mundo de pantallas. Frente a esas miradas moralizantes, el análisis social y político nos permite vincular estos fenómenos con una economía digital que mercantiliza todas nuestras interacciones. Una economía que, desde luego, guarda profundas relaciones con antiguas formas de control social y político. Pero una economía que también genera efectos que no siempre se derivan de su propio diseño. Para apreciarlos, es importante que la resistencia a la mercantilización de nuestras interacciones atienda a las causas sociales del éxito de las plataformas y se entreteja con otros procesos de transformación social. Esta contribución busca señalar algunas claves para ello, pero seguramente queden otras. Al fin y al cabo, la tarea de politizar lo digital exige también que nos hagamos cargo de pluralizar los diagnósticos. Algo que no es solo condición de nuestro éxito, sino también, la única forma de no dejar a nadie atrás.