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Politizar lo digital (Parte II)

Berna León y Roy Cobby

22 de abril de 2020

Lee aquí la primera parte de este artículo.

IV.

Asimismo, resulta fundamental analizar cómo la revolución digital ha permeado la sociedad mucho más allá del campo estrictamente económico, transformando prácticamente cualquier aspecto de aquello que podríamos considerar esencial: los equilibrios de poder del juego democrático, los espacios en los que vivimos, cómo nos comunicamos e incluso nuestras propia subjetividad. Empecemos hablando sobre esta última. Si hay una lección que podemos obtener de la literatura de los estudios de vigilancia (Surveillance Studies) no es que el poder, en cualquiera de sus iteraciones, intente o consiga vigilar a aquellos que considere sujetos problemáticos, puesto que esto resultaría una obviedad. La lección más importante – desde Michel Foucault hasta Gary Marx – es que estar sometido a la posibilidad de ser vigilado altera nuestro comportamiento y, a la postre, nuestro propio ser. El primero, Foucault, se interesó por la “ruptura histórica” que se dio en prisiones o manicomios cuando la restricción física se sustituye por el autocontrol. El segundo, Marx, por cómo la infiltración de organizaciones por el FBI reventó desde dentro movimientos en favor de los derechos civiles. La tarea de nuestro presente – ya sea como académicos o como actores políticos – será analizar cómo estas tecnologías transforman nuestras formas de ser y actuar. 

En nuestra opinión, la faceta más inquietante de estas transformaciones está estrechamente relacionada con las políticas de seguridad iliberales implementadas en democracias occidentales, asociadas con la “guerra contra el terror” en tanto que efecto sucesivo a los ataques del 11 de septiembre de 2001. Los efectos más tangibles fueron, por un lado, las “misiones de estabilización” (invasiones), las “técnicas de interrogatorio mejoradas» (torturas), los “asesinatos selectivos” (ejecuciones extrajudiciales), y las de “entrega extraordinaria”; y, por otro, la implementación de restrictivos estados de urgencia (con una duración de dos años en el caso de Francia) y una total indiferencia hacia los derechos civiles en la implementación de políticas de vigilancia masiva que hoy conocemos gracias a Snowden. Si bien en un primer momento pudiera parecer que tan solo este último grupo de políticas guardan relación con la revolución digital, esta lectura resultaría miope, puesto que – volviendo a lo que indicábamos en el anterior párrafo – lo fundamental de esta cuestión es analizar cómo periodistas, activistas o denunciantes han cambiado sus hábitos. Por ejemplo, un estudio de PEN América (una prestigiosa organización dedicada desde los años 20 a la protección de la libertad de expresión) señalaba el “efecto paralizante” que la vigilancia masiva tiene en periodistas, así como la  cada vez más frecuente reticencia  de denunciantes a proporcionar información a los periodistas de investigación. En este sentido, una vasta literatura académica ha venido demostrando cómo la vigilancia masiva representa “la mayor amenaza al periodismo en Occidente”. 

Así, el escándalo de Cambridge Analytica tiene dos lecturas. La más inmediata es política, y tiene que ver con cómo entendemos la democracia. Sabemos que esta empresa fue contratada y utilizada para influir en elecciones cuyos resultados fueron extremadamente ajustados, como en el caso del referéndum del  Brexit, en el que  la campaña del “Leave” utilizó sus servicios (a través de AggregateIQ). No obstante, resulta importante incidir en el hecho de que esto no sucedió en un vacío: estas prácticas vienen produciéndose  desde hace años, ampliando el poder que plutócratas pueden tener en sistemas democráticos. Como indicó Colin Bennet (antes, por cierto, de que el escándalo de Cambridge Analytica explotara), la “vigilancia de los votantes” (voters surveillance) podría corroer la democracia en dos sentidos: en primer lugar, dentro del marco liberal, violaría derechos fundamentales como la privacidad. En segundo lugar, este tipo de escándalos socava la confianza en el valor de la participación política, haciendo más difícil la traducción del “yo” en un “nosotros”. En suma, este tipo de vigilancia representa un desafío para nuestras democracias. 

La segunda lectura continúa con el aspecto ya mencionado anteriormente. Tomadas conjuntamente, las políticas de vigilancia masiva (desarrolladas por los estados y abrazadas por prácticamente todas las Big tech) y el fenómeno del data brokering (eminentemente privado) no solo han transformado la capacidad de periodistas y activistas de hacer rendir cuentas a los estados, o aumentado la capacidad de un puñado de plutócratas de influir en la opinión política de la ciudadanía; sino que, además, ha transformado radicalmente la vida cotidiana de la gente. Dejando de lado la dimensión más “analógica” de esta cuestión (como, por ejemplo, el de las cámaras de seguridad – CCTV), escándalos como las Revelaciones Snowden o Cambridge Analytica han puesto de relieve el alcance del “panóptico digital” al que estamos sometidos. De nuevo, pese a lo preocupante de esta realidad en términos de derechos civiles, el alcance de estos programas no es tan interesante por sí mismo como por el grado en que afecta a la manera en la que se usan las redes sociales. Una miríada de autores – tanto periodistas como académicos – ha demostrado que, desde que estallaron los escándalos mencionados, los usuarios de las redes sociales se someten a  una auto-censura, siendo más “cuidadosos” con lo que publican, publicando menos, o incluso borrando sus cuentas. 

Cabría, por tanto, preguntarse por qué tantos ciudadanos aceptan ser vigilados en internet como una realidad necesaria o, al menos, relativamente inofensiva.  Pese al desdén doxástico de muchas personas hacia las relaciones digitales (que emana de una fantasía romántica que presupone que, por ejemplo, hablar en un parque es más auténtico que hablar por Skype), la antropología contemporánea se ha volcado en estudiar y demostrar la relevancia que redes como Facebook, WhatsApp, Twitter o Instagram han adquirido para las relaciones sociales. Como indica Daniel Miller, padre de la Antropología Digital, el impacto que estas redes tienen en nuestra manera de entender la amistad – o incluso algo tan básico como las relaciones de parentesco – ha sido monumental. En otras palabras, estas redes sociales transforman cómo nos presentamos en el mundo, cómo constituimos amistades, cómo hablamos con nuestros familiares, nuestras posiciones políticas, la música que escuchamos, con quien nos acostamos, o los grupos que frecuentamos. ¿Aceptaríamos ser vigilados (siguiendo con el ejemplo anterior) en un parque, teniendo una conversación personal con un amigo? ¿Por qué deberíamos aceptar que nos vigilaran cuando lo hacemos online si, como acabamos de ver, estos espacios son fundamentales para nosotros? Muchos usuarios no se dieron de baja de Facebook por miedo a perder el contacto con sus amigos, poniendo una vez más de relieve la dependencia que existe de estas plataformas y, por tanto, la necesidad de que las autoridades públicas rompan monopolios como los de Facebook (que incluye a WhatsApp e Instagram). No obstante, acaso la consecuencia más preocupante de la revolución digital sea el tipo de subjetividad que emerja de la experiencia de ser constantemente vigilado. Por tu jefe. Por tus redes sociales. Por tu comercio online. Por tu gobierno. 

En un provocador pasaje en Exposed: Desire and Disobedience in the Digital Age, Bernard Harcourt compara esta transformación de la subjetividad con la que Erving Goffman observó en los manicomios en los años sesenta, donde los pacientes bien terminaban por interiorizar una serie de estrictas normas de comportamiento, o encontraban estrategias para lograr evitarlas. Harcourt afirma que tal vez esté sucediendo algo similar con la revolución digital, en la que dos grupos parecen emerger: aquellos que se sienten constantemente observados y aquellos que sienten que esta red de vigilancia les protege, puesto que “no tiene nada que ocultar” o “no es para tanto”. Al igual que sucede con el paciente que al salir del manicomio traspone las normas que ha interiorizado, aquello que resulta fundamental entender es que las maneras de ser y pensar en los espacios digitales no se quedarán ahí; las traeremos con nosotros al mundo “analógico”. Por tanto, la pregunta que debemos de hacernos es: ¿qué tipo de política cabe esperar de una subjetividad que acepte, sin apenas reservas, esa constante vigilancia? 

V.

En la raíz del célebre arco de desigualdad-igualdad-desigualdad que describen Piketty o Brankovic, hay intervenciones como la de Theodore Roosevelt. En el siglo XX, las riquezas derivadas del auge técnico de la Segunda Revolución Industrial fueron socializadas de una manera u otra. En ese gran movimiento de redistribución, tuvo mucho que ver la reorganización de los egoístas monopolios y oligopolios. País tras país, la gran industria se resistió a ello. Contrataron pistoleros, compraron elecciones, reventaron huelgas. Sin embargo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial las democracias parlamentarias alcanzaron un compromiso más o menos equilibrado entre los dueños de las tecnologías y el resto de la sociedad.

Hoy, un nuevo y reducido grupo de aspirantes a monopolistas tecnológicos se aprovecha de la debilidad de nuestros Estados para intensificar la extracción económica y el control social. Nuestra tarea en este siglo debe ser, por tanto, la de politizar lo digital.