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Big Data como espacio de soberanía

Arsenio Cuenca

21 de abril de 202o

Apenas dos años antes de morir, el sociólogo y economista italiano Giovanni Arrighi dejó documentadas las causas y las condiciones según las cuales, después de la II Guerra Mundial, el centro gravitacional del mundo comenzó a desplazarse de Occidente hacia Oriente. En su último libro “Adam Smith en Pekín”, Arrighi se interesa por aquellos lugares del sudeste asiático que durante la segunda mitad del siglo XX experimentaron un enorme crecimiento económico, así como en innovación y desarrollo, partiendo casi todos de condiciones muy precarias. Fue el caso de China fundamentalmente, pero también de la isla de Taiwán, Singapur, Japón o Corea del Sur. De hecho, el “milagro chino”, el surgimiento del gigante asiático como candidato a liderar el orden mundial no comenzó hasta mediados de la década de 2000, cuando las reformas económicas de Den Xiao Ping empezaron a surtir efecto. Mucho antes, sus vecinos en la región habían pasado de la pobreza o la derrota de la guerra a desarrollar una floreciente economía e industria tecnológica. 

Hoy día, estos países forman parte de los vencedores de la crisis del SARS-CoV-2, y han podido acelerar dicho desplazamiento del eje del orden mundial hacia el Este. Han controlado la propagación del virus mucho mejor que en Europa o Estados Unidos, frenando la curva en los primeros estadios de la crisis o incluso reduciendo el número de contagios a cifras mínimas. De la misma forma, salen reforzados porque para ello han recurrido con gran solvencia al Big Data de sus ciudadanos, la nube de datos personales que los dispositivos móviles producen constantemente y que tiene un valor estratégico fundamental en la digitalización de la sociedad futura. Es cierto que algunos de estos países han recurrido puntualmente al confinamiento y que la experiencia a la hora de lidiar con epidemias previas ha jugado en su favor. Pero el control soberano que estos Estados tienen sobre los datos personales de sus ciudadanos, así como la capacidad de implementar técnicas avanzadas de análisis de datos han permitido hacer frente a esta crisis sanitaria de manera más eficaz. 

Frente a este modelo integrado de gestión y análisis de datos, en el resto del mundo se ha recurrido en el mejor de los casos a la cuarentena del conjunto de la población. La medida del confinamiento ha actuado como mecanismo puesto en funcionamiento in extremis ante una crisis para la que muchos no estaban preparados. En estos países, la desagregación de los actores involucrados en las supply chain de gestión de macrodatos ha impedido que se desplieguen iniciativas como las llevadas a cabo en los países asiáticos antes mencionados. No en vano, sumar los esfuerzos de todos los actores es muy complicado debido a sus divergencias de intereses y a su configuración internacional. No es nada fácil sentar a la mesa a Google, Microsoft o Amazon con los países de la Unión Europea; sobre todo después de la puesta en marcha del RGPD, una herramienta legal de alto contenido geoestratégico, concebida principalmente para paliar la falta de control de los países miembros sobre sus datos y evitar que Estados Unidos tenga carta blanca para utilizarlos a su antojo.  

Muchas voces se están haciendo eco en esta coyuntura de crisis para volver a poner en valor la importancia de unos servicios públicos eficientes. De realizarse, este nuevo impulso keynesiano debería ajustarse a los términos y las exigencias de la sociedad que está por venir. La tendencia a recapitalizar los datos europeos ya estaba puesta encima de la mesa desde antes de esta crisis. Una nueva ola digital basada en la Inteligencia Artificial está a punto de traer la siguiente revolución industrial, que conectará a la red las fábricas y las cadenas de montaje produciendo cada vez más y más datos. Las GAFAM -acrónimo que agrupa a las principales tecnológicas estadounidenses: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft- van a colonizar cada vez más espacios de datos sin minar, recursos que el día de mañana serán el combustible de la IA. Si realmente Europa está dispuesta a frenar su pérdida progresiva de músculo productivo e incentivar la relocalización industrial, tan necesaria en tiempos de crisis, debe plantearse seriamente recuperar el control de su Big Data frente a estas empresas. 

Con todo, no debe confundirse la recuperación de la autonomía productiva y la soberanía sobre el Big Data, con el proteccionismo y los ataques a la globalización en los que han basado su discurso estos últimos años la extrema derecha en todo el mundo. Es cierto que los propios fundamentos de la globalización de la economía han de ser revisados, pues tienen culpa de la crisis que hoy vivimos. Sin embargo, las innovaciones tecnológicas aparejadas a la IA necesitan de una importante integración y estandarización a nivel internacional, por lo que un retrotraimiento al marco nacional y un abandono del multilateralismo pueden retrasar enormemente la implementación de estas innovaciones. Grandes exponentes del pensamiento contemporáneo están rompiendo una lanza a favor de la cooperación y la integración internacional para combatir esta crisis sanitaria. Desafíos como el calentamiento global, el cual se cobra de momento más vidas al año que este coronavirus, y donde la IA juega además un papel importante en su resolución, también precisan de un abordaje multilateral. Incluso el paradigma del Estado-Nación se ha puesto en tela de juicio durante esta crisis y hemos visto cuán alto es el precio a pagar por no entender los problemas de orden mundial como propios de la sociedad internacional en su conjunto. 

Arrighi pudo acertar al predecir un próximo desplazamiento del eje del mundo hacia el Este, al igual que pueden acertar aquellos que hablan de una aceleración de ese desplazamiento con la crisis del SARS-CoV-2. Aquellos países asiáticos que han centralizado el desarrollo digital han conseguido afrontar la crisis de manera eficaz y todo apunta a que saldrán fortalecidos de esta coyuntura, asentando las bases de la economía futura. Sin embargo, de entre ellos, solo China tiene proyección internacional y su modelo autoritario no convence a las sociedades occidentales. De hecho, su falta de transparencia ha resultado ser sumamente ineficaz en la gestión de la epidemia, con graves consecuencias a nivel global. Han sido sus vecinos los que han demostrado cómo poner en marcha iniciativas públicas en el análisis y gestión del Big Data y hacer un uso cívico del mismo. No solo eso, también han enseñado al mundo que siendo modelos democráticos plenos, como Taiwán o Corea del Sur, pueden llevar a cabo un control exhaustivo de los datos personales de sus ciudadanos, sin por ello caer en autoritarismos.

En definitiva, Europa debe plantearse aprender de las democracias del sudeste asiático. Vistos los límites que tiene la falta de implicación de los Estados en el desarrollo de tecnologías estratégicas, la moraleja de esta crisis debe remarcar la importancia de lo público en la futura sociedad digital. El Big Data es otro espacio de soberanía al que Europa no debe renunciar así como así, en favor de los gigantes tecnológicos estadounidenses. De cumplirse las predicciones que auguran un mundo sinocéntrico, el viejo continente tiene la oportunidad de actualizar su modelo social, tan atractivo para otros países y que surgió al fin de la II Guerra Mundial, incorporando el control del Big Data de su ciudadanía, y oponiéndolo al modelo autoritario chino. 

1 respuesta a «Big Data como espacio de soberanía»

[…] es posible hoy. Frente a las voces de los deconstructores, también se han alzado estos días otras a favor de recuperar «soberanía tecnológica». Desde esta perspectiva, quizás no haya sido tan buena idea tener los datos o las infraestructuras […]