Categorías
Artículos

Politizar lo digital (Parte I)

Berna León y Roy Cobby

I.

“Existe una convicción extendida en la mente del pueblo americano que las grandes corporaciones conocidas como “trusts” son, en algunas de sus características y tendencias, dañinas para el bienestar general. (…) [E]n mi opinión, esta convicción es correcta”. (Theodore Roosevelt, 1901)

En los primeros años del siglo veinte, en su primer discurso del Estado de la Nación, el Presidente Theodore Roosevelt apuntaba a los grandes conglomerados. Los movimientos sociales conocidos como “progresistas” llevaban décadas denunciando los abusos laborales, la manipulación de precios y la destrucción ambiental de los grandes monopolistas. Los Rockefeller y los Vanderbilt habían completado la industrialización de los Estados Unidos hasta convertir la nación en una potencia mundial; ¿a costa de qué? A pesar de sus orígenes en una de las familias aristocráticas del viejo Nueva York, el primer Roosevelt entendía que había llegado el momento de que la política ajustase cuentas con el mercado. Su Gobierno sentó las bases para leyes como la Sherman y otras intervenciones que futuros presidentes utilizaron para romper monopolios en los ferrocarriles, el petróleo y otros sectores estrangulados por un puñado de millonarios.

Al filo de otra transformación técnica, es conveniente recordar la profunda complejidad de los debates políticos que acompañaron el despliegue tecnológico del siglo pasado. Igual que el público maravillado por la velocidad de las locomotoras, los usuarios de aplicaciones digitales vivimos realidades virtuales de ensueño. ¿A qué precio?

II. 

Al nivel más básico, las tecnologías digitales son el resultado de la sofisticación progresiva de los transistores o chips, que permitieron la transmisión de mayor cantidad de señales con la máxima fidelidad. Sus primeras aplicaciones eran diseñadas a demanda junto a los componentes físicos (hardware) por grandes compañías como International Business Machines (IBM), hasta que el desarrollo de ordenadores manejables y personales abrió el camino a programas de consumo masivo (software). La posibilidad abierta por Internet de transmitir información sin importar los límites geográficos ha sido análoga al crecimiento de la capacidad computacional, con los pequeños smartphones alcanzando potencias antaño inimaginables. Tras medio siglo de evolución, la transformación digital se asocia a otros avances en el transporte, la comunicación y la técnica; como los que intentaba gestionar Roosevelt hace un siglo. Es la tendencia capitalista conocida como “aniquilación del espacio por el tiempo” de Marx, desarrollada más tarde por David Harvey en su análisis de la globalización.

El debate sobre la revolución, transformación o implantación de la tecnología digital ha atravesado dos fases diferenciadas: el optimismo despolitizado y el pesimismo derrotista. A finales de los 80, los hippies de San Francisco aprendieron a programar y buscaron construir su utopía sin los complejos del mundo gris que les rodeaba. Hitos como la “Declaración de Independencia del Ciberespacio” todavía resuenan en los campus de Google y Facebook, donde programadores y desarrolladores confían en el potencial liberador de sus herramientas. Por supuesto, todo ello resulta paradójico para el que conozca los orígenes del proyecto Internet, una empresa militar y de seguridad nacional en plena Guerra Fría. Por mucho que duela a los anarcoliberales, la red de redes fue el resultado directo de un “Estado Emprendedor”. En principio, hasta el desarrollo de herramientas de gestión de bases de datos, era más una vía de comunicación inmediata. Más tarde llegaría la revolución de Google y los anuncios dictando los deseos y gustos del consumidor, a través de las cookies y otros rastreadores.

La segunda fase, la que ahora nos ocupa, es de pesimismo derrotista. En principio, la capacidad expandida de absorber información (privada o pública), tratarla y después ofrecer servicios basándose en la misma parecía un desarrollo neutral y sin precedentes. La amistad, el trabajo, los cuidados… Todos los aspectos de la vida parecían susceptibles de digitalización y mejora. El desencanto con el potencial de las redes sociales comienza justo después de un momento de encantamiento con sus posibilidades políticas, la Primavera Árabe y los movimientos mundiales de indignados. Es entonces cuando escritores como Morozov e informantes (“whistleblowers”) como Edward Snowden desvelan la arquitectura de vigilancia que ha llevado a compañías privadas a colaborar con las agencias de espionaje. La emergencia de sistemas sociales de regulación en China o la tecnología de detección de rostros mediante inteligencia artificial son ahora apuntes cotidianos en una carrera imparable ante la que nos sentimos invadidos, pero impotentes.

No tiene por qué ser así. La transformación digital sigue hoy una dirección marcada por las políticas del momento, que favorecen la concentración empresarial, la extracción masiva y la acumulación de poder. Pero, como sucedió a principios del siglo pasado, estos criterios políticos pueden cambiarse.

III.

El principio fundamental para comprender la problemática económica es dejar de asumir que la industria digital es solo un sector. Al contrario, la extracción masiva de datos, su procesamiento y su utilización como inteligencia o fuente de automatización es una infraestructura. Uno de los ejemplos clave es Amazon Web Service, que provee a millones de negocios de los servicios básicos de computación, servidores y otros elementos clave necesarios para la gestión diaria y la presencia online. Pero esto no es solo visible en aquellas plataformas que proveen a empresas; también en las aparentemente inocuas aplicaciones para hacer ejercicio o retransmitir eventos. Es cada vez más complicado en los entornos avanzados y urbanizados vivir sin recurrir a aplicaciones y otros mecanismos digitales. A veces, ocurre incluso contra la voluntad ciudadana: los ayuntamientos firman acuerdos con corporaciones para medir y proponer planes de movilidad; por ejemplo. La crisis del coronavirus demuestra que la conocida como “brecha digital” alcanza la misma importancia que la pobreza energética o la precariedad laboral. Sin embargo, no es suficiente con reconocer la necesidad neutra de “acceso” a la red. En la sociedad democrática, es también necesario que los ciudadanos puedan elegir cuáles y de qué tipo son las utilidades digitales que participan en la gobernanza.

¿Por qué supone un problema la ausencia de regulación? Como ha estudiado Srnicek, las plataformas digitales generan sus propios “efectos de red”. La necesidad intrínseca de generar beneficios o atraer inversores les obliga a aumentar constantemente su número de clientes. Esto se aplica a la mayoría de empresas; pero además, para las plataformas digitales su eficiencia irá en aumento con su mayor tamaño, sin necesariamente aumentar los costes de gestión. Mayores datos refinarán los algoritmos y su capacidad de automatizar procesos. Al mismo tiempo, las compañías que dominan un sector tienden a adquirir posibles competidores; o a entrar en otros sectores reventando precios (con el apoyo de aquellos servicios que dan beneficios). Por eso es el conglomerado, como Alphabet o Alibaba, la forma elegida por los líderes tecnológicos (igual que hicieran los Rockefeller). Finalmente, la entrada en múltiples mercados al mismo tiempo es una obligación para cautivar clientes por primera vez; ejemplo de ello son las iniciativas de Facebook para proporcionar “Internet gratuito” en el Sur Global. No es humanitarismo: la conexión está filtrada por la empresa norteamericana, incluidas las aplicaciones que pueden instalarse. Así, el desarrollo de infraestructuras es el primer paso para captar usuarios fuera del Norte Global. Dejadas a su suerte, estas firmas transnacionales (que ya invierten miles de millones en campañas de relaciones públicas) seguirán infiltrando cada esquina de nuestra existencia en busca del margen sobre sus competidores.

Curiosamente, los Estados se encuentran en un momento similar al de finales del siglo XX. La reacción conservadora, con miedo al socialismo y los movimientos demócratas de entonces, basaba sus principios económicos en la supremacía del patrón oro y el libre mercado. Había más temor a la unidad entre trabajadores que a la colusión entre empresarios, aquella que denunció Adam Smith. La pérdida de capacidad institucional tras largas décadas de recorte neoliberal nos ha llevado a un momento similar. Quizá los usuarios no han notado todavía el abuso de estos monopolios incipientes. De momento, son otras empresas las que están sufriendo las consecuencias. Los viejos bancos protestan ante la iniciativa de Facebook de crear su propia moneda y sistema bancario. Las decadentes televisiones buscan protección ante la capacidad de Disney de absorber toda la industria cultural norteamericana. Por supuesto, otros agentes con menos poder también han sufrido ante los gigantes tecnológicos: los libreros fueron las primeras víctimas de Amazon. Es en esta lucha contra el pequeño y mediano comercio donde Silicon Valley queda más en evidencia, por dos motivos: su sistemática evasión de responsabilidades fiscales; y su infringimiento de regulaciones laborales. Desde los riders hasta los vecinos de apartamentos turísticos, son pocos los sectores sociales inmunes al Big Tech.

Continuará…

2 respuestas a «Politizar lo digital (Parte I)»