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Ballenas en el Hudson. Futuros pasados más allá de la nostalgia.

Pablo Beas y Jairo Pulpillo

I. El presente es un lugar extraño

Una de las acepciones advertidas por Mark Fisher en torno al unheimlich freudiano hace precisamente referencia a una sensación espeluznante según la cual las cosas ya no están como deberían: las calles, hoy, aparecen vacías con el único ruido de los pájaros. La nueva cotidianeidad revela la extrañeza de lo familiar al tiempo que las familias empiezan a incorporar lo extraño en sus vidas. Hoy podemos invertir la máxima de David Lowenthal que afirmaba que «el pasado es un país extraño» para referirnos a un presente transformado en un lugar extraño. En efecto, la irrupción en nuestras vidas de la pandemia global provocada por la COVID-19 ha supuesto no sólo la interrupción de la cotidianeidad sino que ha instalado la incertidumbre acerca de un hipotético retorno a la normalidad, cuando no su completa clausura. Hasta hace poco pensábamos en la cancelación del futuro, pero ahora, además, el virus nos ha traído la completa parálisis del presente: ¿cómo vivir, pues, de otra manera en una situación que podría no admitir una vuelta atrás?

Si en sus tesis sobre la filosofía de la historia, Walter Benjamin evocaba la imagen de la desbocada locomotora del progreso, hoy día el freno de la historia en forma de emergencia ecológica y cultural parece haber sido activado por la pandemia en la que nos encontramos. Lo extraordinario aparece hoy justo como la normalidadAhora bien, ¿cómo hacer más habitable nuestro presente inmediato en un contexto en el que nuestro acceso al pasado está aquejado de una hipertrofia de lo nostálgico? En una coyuntura en la que nada nos permite pronosticar qué es lo que va a suceder, ¿qué posición crítica debe tomarse para distanciarnos de una fidelidad excesiva al fue y comenzar a pensar hacia delante? Es necesario, de pie frente a una locomotora en servicios esenciales, que una mirada a las potencialidades que abrieron otras crisis peine la historia a contrapelo buscando en los deshechos del pasado posibilidades de presente.

II. No mires atrás

En un momento de la película Children of men, una distopía basada en la premisa de que el fin de la humanidad se debe a una esterilidad masiva, Theo, el protagonista, pregunta a un amigo que reúne en su mansión piezas artísticas de un mundo que se acaba (el David de Miguel Ángel, el Cerdo de Pink Floyd) sobre la utilidad de guardarlas, puesto que «pronto nadie podrá verlas». La respuesta de su amigo es simple hedonismo nihilista: «simplemente procuro no pensar en eso». Esta anécdota recogida por Mark Fisher en Realismo capitalista sirve para ilustrar una de las actitudes derivadas del estado depresivo en el que viven las sociedades contemporáneas fruto de un presente que se ha vuelto inhabitable. 

Una salida cínica que se manifiesta también en la música, donde puede observarse la depresión que atraviesa nuestro presente desde el perreo sad al indie actual. No obstante, las maniobras de escapismo del presente no se agotan en lo cínico: en la última canción de Residente, René, se adivina toda una huida melancólica hacia etapas de la vida en las que se creía estar realmente vivo. Pese a la identificación que la opinión pública ha hecho con la desnudez emocional, puede rastrearse otro tipo de malestar que va más allá del propio autor, puesto que letra y ritmo identifican una abulia depresiva generada por el apego a la pérdida y a una extraña fascinación por el pasado. Un síntoma cultural más del realismo capitalista, en el que toda salida es una huida hacia atrás, como si existiese un anhelo de ayer.

El realismo capitalista que conceptualiza Mark Fisher inaugura una temporalidad en la que, tras el fin de la historia y privados de tiempo, vivimos en un continuo y acelerado presente en el que tenemos la certeza de que el futuro ha sido prohibido y el pasado se repite una y otra vez bajo la forma de distintos espectros. Los planteamientos de Fisher señalan cómo tras la máxima There is no alternative no solo se encontraba un secuestro de la esperanza, una cancelación del futuro, sino sobre todo un agotamiento de la imaginación política que nos lleva continuamente a recurrir al pasado como lugar de enunciación. Como si el lenguaje solo existiese en un eterno retorno con la nostalgia como vehículo, pero con la imposibilidad manifiesta de viajar atrás en el tiempo, por lo que el presente queda inundado del deseo por volver a un tiempo anterior.

En esa línea, Simon Reynolds señala cómo esta emoción colectiva no sólo se da en los movimientos reaccionarios que mitifican el pasado en un Make America Great Again sino también en los progresistas y radicales bajo la forma de una nostalgia resurreccionaria. Pareciera como si, ante la falta de imaginación estuviésemos viviendo un momento re. Conviene pues, preguntarse, como hace Reynolds, si el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura no sea quizás su pasado. Si acudimos a las ficciones políticas de nuestro tiempo, el último blockbuster de Marvel, Vengadores Endgame, es un buen síntoma de esta nostalgia regresiva. Ante un mundo completamente roto por la desaparición de la mitad de la población, la película, tal y como advierte Guillermo Zapata, no nos dice que aprendamos a construir de las ruinas con nuevas demandas y deseos -como en The Leftovers-, sino que nos insta a torcer la vista hacia atrás evidenciando no sólo los límites de lo mainstream sino también los márgenes de nuestra imaginación política: volver atrás no para construir algo desde las ruinas, sino para restaurar. Ahora bien, ¿acaso no ocurre lo mismo con la imaginación política? En una coyuntura en la que el tiempo parece haberse suspendido y el después de parece impredecible, la metonimia del retorno a la normalidad condensa el malestar de gente perdida en su propio tiempo.  El apego a un pasado percibido como más seguro parece haber desplazado a las pulsiones utópicas que creían en un futuro mejor.

En efecto, la crisis de la COVID-19 ha explicitado que cualquier salida ha sido embargada a un revival: Pactos de la Moncloa, New Deal, Plan Marshall… han sido constantemente mencionados y erigidos como únicas vías políticas y económicas de recuperación del equilibrio y justicia social. Bajo esta pretensión de regresar a una fantasmática edad de oro de la equidad social no sólo existe lo que Svetlana Boym señalaba como un idilio romántico con nuestra propia fantasía personal, sino que también existe en esta nostalgia resurreccionaria un crimen hermenéutico al olvidar, entre otras cuestiones, que los Pactos de la Moncloa supusieron ajustes durísimos para la clase trabajadora. Lo mismo ocurre con los intentos de regresar a la normalidad pre-COVID-19; parecemos olvidar que antes de la expansión de la pandemia, y, sobre todo, desde 2008, se disparaba la desigualdad, se producían desahucios, se recortaba en derechos básicos, el mundo ardía y el aire de nuestras ciudades era irrespirable; o que Grecia negaba el derecho de asilo a más de veinte mil refugiados mientras la Unión Europea hacía oídos sordos. Sin embargo, ¿no hay acaso en estas miradas hacia atrás una pulsión de futuro que ante la falta de sentido y la ansiedad del presente no sabe sino proyectarse hacia atrás?

La retromanía como acercamiento al pasado no parece muy distinta a la mirada de anticuario que denunciaba Walter Benjamin en sus tesis. Quizá en una encrucijada como la actual, la maleta de Portbou pueda arrojar algunas pistas acerca de nuestro presente. En su tesis XIV, Benjamin alertaba de las dos posturas que tomamos con respecto al pasado, siendo una de ellas la de restaurar, la de pretender que todo volviese a estar como antes. Sin embargo, y frente a esto, la construcción que pretende Benjamin no es restaurar sino aprehender el latido de ahora que emanan las ruinas de todo ese pasado. Como dice Reyes Mate, «presencia de pasado en el presente, pero no de cualquier pasado sino de uno que nunca estuvo presente ni llegó a hacerse presencia».

III. Futuros pasados, escenarios de presente. 

En un momento en el que el mundo se está convirtiendo en nuestra casa, cabe plantear una disputa porque el mundo donde nos sentíamos en casa no desaparezca y, paradójicamente, esa disputa no puede hacerse desde un mero deseo de conservación. Es preciso ir más allá… o más atrás. Ahora bien, ¿cómo mirar al pasado sin quedar atrapados en un bucle melancólico? ¿cómo salvar ese momento re

Los caminos de la memoria son, desde luego, amplios. Lejos del ensimismamiento, lejos de la nostalgia y de la melancolía, decía Reyes Mate, leyendo la tesis V, que la memoria era salvación no solo del pasado, sino también del presente, «porque gracias a esa presencia el presente puede saltar sobre su propia sombra, puede liberarse de la cadena causal que lo trajo al mundo»La intención de Benjamin en esta tesis no es otra que la de incidir en que esa imagen de un pasado frustrado fecunde la nueva democracia, fecunde el porvenir. La cantidad de pasados inmanentes al presente es grande, así como la cantidad de presentes posibles en pasados ocultos. 

En este sentido, y por traerlo a un escenario cercano, conviene no agarrarse a los estertores de una legitimidad herida como es la del 78, como señalaba Miguel Álvarez recientemente, sino mantener y ampliar la brecha abierta de todas las propuestas progresistas de carácter emancipatorio (Renta Básica, cuidados, feminismo, ecologismo, ensanchamiento de lo público…) surgidas tras el crac de 2008. Salir del momento re incidiendo en las pulsiones de futuro que hay en el pasado, mientras las reactivamos y reactualizamos en un presente que va a necesitar de toda nuestra imaginación, pero también, detoda esa herencia. Efectivamente, la crisis de 2008 no supuso un cambio de paradigma respecto al realismo capitalista, pero sí agrietó una cultura neoliberal basada en el egoísmo y el “sálvese quien pueda” que hoy apenas se parchea con clases de mindfullness online. 

Sin caer en un optimismo exagerado, y siendo conscientes de las contingencias, el resquebrajamiento que introduce la pandemia abre ventanas que parecían cerradas hace solo unos meses: frente a la desertización neoliberal una sed de comunidad parece inundarnos en este momento. Los balcones dibujan microfascismos, pero también entusiasmo y jardines de deseo que no han sido todavía colonizados por el neoliberalismo. Como señala Fernando Broncano, nos separamos, pero como cuidado unxs de otrxs. 

La encrucijada, decíamos, está marcada por lo contingente. En una interesante lectura de Gramsci, Stuart Hall planteaba que «cuando la izquierda habla de crisis, todo lo que vemos es al capitalismo desintegrarse (…) no entendemos que la perturbación del funcionamiento normal del orden económico, social y cultural provee la oportunidad de reorganizarlo de nuevas formas». Hay que ser conscientes de que la salida no está determinada de antemano. Es cierto y patente que hay un deseo de comunidad, pero también hay un resentimiento molecular y una angustia que nos hace retroceder hacia posiciones ya superadas cuando no reaccionarias. Entonces, ¿qué anticuerpos nos pueden proteger una salida autoritaria? Un diagnóstico modesto de nuestra coyuntura tiene que proyectar escenarios de futuro cada vez más presentes analizando las claves emocionales del ahora y advirtiendo qué peligros aguardan tras lo que se puede o no hacer. En ese sentido, construir desde las ruinas aparece como una premisa indispensable. Cómo pensar el sufrimiento de estos días y cómo evitar que el malestar se organice en una política del resentimiento es una tarea para que esta noche no se convierta en una noche más larga.

El virus como intromisión de lo real nos ha desgarrado haciendo más visible que nunca la contradicción entre capital y vida, ahora bien, ¿seremos capaces de escuchar el aviso de incendio? Volviendo a Endgame, hay una escena en la que uno de los protagonistas suspira y afirma que al menos, hay ballenas en el Hudson. Esta evocación a la belleza de un pasado que no ocurrió, como la que actualmente hacemos cuando vemos peces en las aguas no contaminadas de Venecia, ¿no llevan atravesado un deseo latente de que las cosas sean de otra manera cuando volvamos a la normalidad? Acostumbrados a un vivir extenuado de repente paramos, habitándonos una sensación de molicie y quietud que nos hace preguntarnos acerca del tiempo vivido y de si acaso no se trata de volver a vivir como antes, sino de vivir el tiempo de una forma en la que merezca la pena que sea vivido.