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Diario de una cuarentena

Isabelle Marc

NIEVE DE ABRIL

Lo peor, hoy, sin duda, es estar en una UCI, o en urgencias, asfixiándote, esperando a que te enganchen a un respirador. Lo peor también es tener a tu madre, a tu hermana o a tu mejor amiga en un ataúd, sin poder haberla despedido, ni velarla. Lo peor es enfrentarte todas las madrugadas a tu trabajo fuera de casa, porque eres cajera, o sanitaria, o limpiadora, o periodista, o reponedora, agotada, con el miedo en el cuerpo, con la responsabilidad de ser una heroína social a la vez que sabes que, si enfermas, enfermarán también los tuyos.

Lo peor es haber tenido que cerrar tu tienda, tu restaurante, tu café; que te hayan despedido de tu empresa; que te hayan hecho un ERTE hasta diciembre y que sepas que tu sector, pongamos el cultural, el del ocio o el del turismo, tardará años en recuperarse, si es que llega a hacerlo. Lo peor también es estar sola con tus niñas, porque estás divorciada y tu expareja te acribilla a mensajes amenazantes y no sabes qué les va a decir o hacer cuando tengan que estar con él la semana que viene. Lo peor es ser madre sola y en paro, y tener que ir con tus niños al super y que te insulten porque no cumples el confinamiento, y ver que te estás quedando sin dinero en la cuenta para comprar, una vez más, la pasta más cara del supermercado porque ya no queda otra cosa. Lo peor es no poder comer más que una vez al día. Lo peor es estar encerrada con tu maltratador, confinada doblemente en la cocina para que no vuelva a gritarte o a pegarte. Lo peor es ser prostituta, triplemente encarcelada en un burdel con tu proxeneta. Lo peor es estar en la calle, pidiendo a la salida del super, sin entender bien lo que está pasando porque casi no hablas español, y sigues esperando a que te den una limosna que ahora, si llega, solo será en especie.

Lo peor, para quien escribe, que tiene el privilegio de poder conservar su trabajo, de tener a su familia en buena salud, de poder cuidar a sus hijas en un entorno seguro y estable, en un piso soleado de 90 m2, es ser consciente de ese privilegio y de la incapacidad para compartirlo. Tener la impresión de vivir en una cárcel de oro, y que lo que está fuera es una jungla de mascarillas y egoísmos soterrados o no tanto. Atisbar, y saber, que lo que hay en el exterior es miseria, miedo, duelo y la amenaza del autoritarismo. Pensar que la ciudad, el lugar de los encuentros, los aprendizajes, las aventuras intelectuales y vitales, los mestizajes y los descubrimientos, se ha convertido, en lo que tarda en entrar en vigor un decreto, en un espacio de soledad, habitado por fantasmas aislados en unidades más y más atomizadas, seres que se temen, recelan, que aplauden y bailan a las ocho, pero que cinco minutos después aúllan caceroladas de odio entre sí. Y para nosotras, las mujeres, la vuelta al espacio doméstico, al encierro privado, a la cocina y la aspiradora y el remiendo. Salir a la calle, salir de una misma, ya no es una opción.

Hay que volver a los cuidados, de los que parece que nunca hubiéramos debido alejarnos. Hay que retroceder, arrepentirse por haber ido a las manifestaciones, soñar con jardines y huertos y casas confortables y luz natural, y no con parlamentos, tribunas, aulas, oficinas, conciertos o escenarios. Quedarse dentro, de nuevo, es nuestra única opción. Lo público se nos ha vuelto a escapar entre los dedos, como la nieve en abril. Hoy los sueños de todos se han encogido. Pero los sueños de las mujeres parecen aún más raquíticos, porque las privilegiadas apenas habíamos salido del confinamiento, y porque para la mayoría, aquí y en todo el mundo, la clausura doméstica seguía siendo la regla, hoy convertida en imposición. Lo peor no es ser alarmista o pesimista. Lo peor es notar, sentir, que Gilead está a las puertas.

Isabelle Marc es profesora Profesora de Cultura, Literatura y Lengua Francesa en la Universidad Complutense de Madrid y codirige el European Popular Musics Research Group.