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Microrrelatos del presente, penurias del mientras tanto

Jordi Mariné

En Veinte Años y un día, la primera novela escrita originalmente en español de Jorge Semprún (que, como ya se sabe, escribió su mayoría de sus obras en francés), se narra la historia de los Avedaño, una curiosa familia que hace ya veinte años que repite una misma ceremonia: se reproduce de modo teatral la ejecución del hermano menor de la família, José María Avedaño, sucedida durante el golpe de estado del 36 a manos de unos campesinos. El último año de esta celebración está ahí para documentarlo Michael Leidson, un historiador americano especialmente interesado en la Guerra Civil. La novela se mueve así alrededor de los factores e historias que ocurrieron en torno a esta macabra ceremonia, pero en su lectura durante estos días no he podido más que fijarme en un personaje pretendidamente secundario: Raquel, una aparente sirvienta de la finca donde sucedieron los hechos. Raquel, como bien se encarga Semprún de hacernos saber: “No era […] quien contaba las historias, ya se lo había dicho al gringo guapo –así lo denominaba la señorita Mercedes [la viuda], sonriente– aquella misma mañana. Ella las vivía, acaso, eso sí, pero sin contarlas”. Raquel, la que vive pero no cuenta, es una figura común estos días. Al margen de los múltiples intelectuales, de los múltiples analistas, de tantísimos especiales periodísticos, hay una mayoría de quién vive y no cuenta, esto es, quién está en una situación precaria, violenta, pero que no solo no tienen relato, sino que no quieren tenerlo. 

Tengo muchas diferencias con las teorizaciones de eso llamado como infrapolítica, pero no puedo evitar tener cierta simpatía por lo que creo ver que es su intención fundamental: mostrar que, en efecto, hay lugares no políticos que solo chocan de vez en cuando con lo político, casi sin quererlo, casi por necesidad. Este será, claramente, el lugar de las víctimas de violencia de género. También de 7 millones de niños que, como bien apuntó César Rendueles, parece que hayan desaparecido. También de quienes vivan en pisos pequeños, y de la mayoría quienes estén en una situación laboral atravesada por la incertidumbre. También de los que vivirán aislados duras etapas de duelo. La violencia doméstica de muchos de estos casos quedará soterrada, será invisible, pues se impondrá como una apisonadora la lucha para los grandes escenarios de futuro. Las personas que habitan estos espacios no quieren tener nada que ver con las negociaciones de gobierno, y poco les interesan los grandes debates con la Unión Europea. Es bien cierto que esto afecta claramente a su cotidianidad, pero su cotidianidad es algo que solo podremos ver en contraste con el afuera del hogar, con el choque de esa normalización con otro tipo de presión. Me pregunto si no hay algo de valioso en solo tratar ese “mientras tanto”, al margen de las posibilidades que pueda abrir. Me pregunto si en el buscar y entender las historias de los personajes secundarios no podremos encontrar otro modo de hacer política, no exclusivo pero complementario con los macrorrelatos de gobierno.