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La pandemia agudiza las injusticias estructurales, ¿qué vamos a hacer al respecto?

Macarena Marey

Es claro que ninguna narrativa éticopolítica individualista nos puede ayudar a pensar y a actuar en esta pandemia. La razón de esto es que el problema global que tenemos hoy no es solamente la pandemia. La pandemia es un hecho y una condición que se monta sobre un engranaje de injusticias estructurales de factura humana que ya hemos conseguido que funcionen de manera cada vez más autónoma. Hemos creado las injusticias y arruinado las condiciones naturales de nuestras vidas y todo esto se nos va de las manos de manera tan exponencial como crece una curva de contagios. 

El problema no es solo la pandemia y mucho menos que un señor europeo pudiente no pueda ir a un bar en una capital europea a pasar la tardecita leyendo. La pandemia es solamente uno de nuestros graves problemas. Lo repito porque hay que repetir la formulación del problema como un mantra: de cómo tematicemos el problema depende cómo vamos a hacer para vivir (y no simplemente sobrevivir) ahora y cómo vamos a querer vivir apenas se termine el tiempo que dure la pandemia del coronavirus en particular. La pandemia es solo uno de nuestros problemas, pero cuando termine no podremos decir “un problema menos” porque si no cambiamos las condiciones que la propiciaron en toda su intensidad y violencia, y en todas sus dimensiones, no habremos solucionado ningún problema. Quedaremos a la espera de la próxima plaga y asumiremos una vez más una mitología de la vida humana como una carrera contra el pasado que acecha. 

Otra vez: hay que tematizar la realidad en la que ocurre la pandemia para poder habérnosla con la pandemia. Hacer teorías a la altura de la práctica es una de nuestras tareas y esto implica dejar de reproducir acríticamente las explicaciones del mundo que nos conducen al impasse neutralista frente al dolor ajeno y propio. No hay una novedad que esté ocurriendo salvo la evidencia de que necesitamos nuevas teorías a la altura de una praxis ética y políticamente eficaz contra una realidad insostenible, un mundo inviable, una condición miserable en la que la vida es solitaria, pobre, cruel, tosca y corta. Hay que hacer política, hay que hacer ética.  

            Una estrategia que hasta el momento parece claramente imprescindible en nuestra región es la de hacer foco en las políticas de los cuidados. Sin embargo, no podemos darnos el lujo de ignorar voluntariamente los aspectos conservadores de algunos discursos “de los cuidados” que proponen el sacrificio de colectivos enteros para la perpetuación de las injusticias estructurales. Quiero decir: no podemos pedirles entregas heroicas a quienes históricamente tuvieron a su cargo tareas de cuidados tan desvalorizadas como imprescindibles. Y al mismo tiempo la urgencia, la inminencia y la gravedad (la crisis, el estado crítico de una enfermedad que preexistía) de esta pandemia global ponen en evidencia la centralidad normativa del cuidado y las consecuencias negativas de su relegación a la esfera de lo privado (su despolitización, su despublicación), su feminización, racialización y precarización. No hay una novedad al respecto. Siempre cuidan las mismas personas. Siempre el cuidado es dado por sentado, invisibilizado. Pero el cuidado fue socialmente invisibilizado en el capitalismo porque es la condición necesaria de la producción y de la misma vida en su iteración constante. Lo imprescindible es lo primero que se descuenta: lo que no puede faltar, lo siempre presente, lo que queda camuflado en el fondo junto a los utensilios y muebles. Y sin embargo también cuidar es valioso en sí mismo y poder cuidar muchas veces es un privilegio.

            El impacto de la pandemia en las vidas de las personas en América Latina nos conduce entre otras cosas a asumir la tarea de repolitizar los cuidados. Esta revitalización política del cuidado nos puede ayudar a explicitar sus roles protagónicos en las vidas de todas las personas humanas y a especificar su lugar en el entramado normativo que se entreteje en cualquier interacción práctica. El desafío para el cuidar en este momento en el que cuidar, cuidarse y tener cuidado son el eje de la urgencia, es elaborar con cada decisión que tomemos ahora una eticidad orientada críticamente a resistir la cronicidad de ahora en adelante, a combatirla, a no resignarse a la cronicidad de ningún malestar evitable. Esta eticidad que es nuestra tarea elaborar hoy mismo no puede mirar a las personas cuidadas como objetos pasivos receptores de caridad, no puede cargar unilateralmente a quienes cuidan de responsabilidades que deberían ser compartidas por toda la comunidad, tiene que sentar las bases materiales para la distribución comunitaria de las tareas de cuidado y fundamentalmente tiene que enseñar que no hay, no hubo y no habrá una vida vivible para nadie sin cuidado. Podemos ponerle fin a la sociedad de clases pero no a las tareas de cuidado. No hay Aufhebung posible del cuidado para seres vulnerables como lo somos. Las éticas enseñan y nuestras decisiones hoy son las maestras del futuro. Ahí radica el enigma de la responsabilidad: no ganamos ni perdemos tiempo al tomar decisiones, trazamos escenarios futuros, hacemos el tiempo.

             Para los feminismos se plantea la cuestión acerca de cuáles son las reorientaciones que las luchas feministas deben tomar de las luchas antiextractivistas y anticapitalistas. Muchos feminismos son compatibles con el neoliberalismo y el extractivismo capitalista; por caso: el feminismo de techo de cristal es un epifenómeno del capitalismo que contribuye a agravar la desigualdad y la inequidad inherentes a la estructura sexista y racista de las instituciones políticas, del Estado, del derecho internacional, del mercado y de muchas culturas de todos los tiempos y espacios. Los horizontes críticos del presente para los feminismos están enclavados en el reconocimiento de los límites de los feminismos, no sólo en la iluminación de sus potencialidades. Los feminismos no deberían autorreconocerse como emancipatorios sin antes revisar sus propios cissexismos, racismos, capacitismos, clasismos, adultocentrismos, especismos (la lista es tan larga como injusticias estructurales haya).

            Otra estrategia éticopolítica es entonces poner en cuestión la formulación misma de la praxis militante en términos de una articulación de luchas protagonizadas cada una por separado por colectivos cerrados de contornos definidos asépticamente. Un riesgo que ya no podemos correr es el de hipostasiar y sacralizar agencias y subjetividades idealizadas a las que corresponden tareas burocráticamente departamentalizadas. La apertura de la agencia es la condición de toda lucha contra opresiones e injusticias estructurales. 

La pandemia del coronavirus es uno de nuestros problemas. No podemos resolverlo si la pensamos como un problema aislado de sus condiciones auspiciantes y como un fenómeno que nos afecta a todas las personas por igual, en vez de como la agravación de las desigualdades sobre las que se desarrolla. Lo más terrible de este mundo que hicimos es que no somos iguales ni ante la muerte.  

Buenos Aires, 31 de marzo de 2020