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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Paula Velasco

Si la crisis de 2008 nos dejó una estética de la crisis, casas sin gente, gente sin casas…la estética de la pandemia nos está dejando el panorama de cómo sería un mundo sin nosotros. Views.fr subía una colección fotográfica sobre el mundo en confinamiento, que se mueve entre lo sublime en Burke y lo espeluznante en Freud. ¿Cómo definirías tú la experiencia estética de la presente pandemia?

Las escenas que nos deja el COVID-19 son de naturaleza muy variada. De una parte, tenemos esas imágenes a las que hacéis referencia, las que nos deja la realidad de un mundo confinado, en las que la ausencia se lleva todo el protagonismo. La potencia de estas capturas, postales de este mundo sin nosotros, se debe, principalmente, a que reconocemos los espacios. El constante vaivén de Times Square es familiar incluso para quien nunca ha puesto un pie en Estados Unidos. Es la ausencia la que despierta ese elemento de lo siniestro a la que se alude en la pregunta, lo unheimlich, que tiene que ver, precisamente, con aquello que es inquietante en lo familiar. Identificamos el espacio, pero también aquello que falta, lo que no está en la imagen, y es ese vacío oculto en la aparente quietud el que dispara la experiencia estética. Dicha vivencia también podría catalogarse como sublime.

Pero esto es lo que está fuera, en un momento en el que vivimos dentro. La experiencia estética en tiempos del Coronavirus también tiene que ver con lo que Sianne Ngai denominó stuplimity, aquella que nace del estado de shock unido al aburrimiento. Parecía imposible bajo las lógicas de esta sociedad y sus ritmos pero, de pronto, nos aburrimos. Y eso nos sorprende, y nos lleva a preguntarnos cómo podemos remediar esta situación con lo que tenemos a nuestra disposición. El tedio nos lleva a la repetición y la serialidad: infinitas fotos de nuestros desayunos; infinitas fotos de masas madre fermentando, de entrenamientos, de amigas que se reúnen online para beber menos solas. Infinitas fotos realizadas por nosotras, que se suman a las que percibimos a través de las redes sociales. Esta experiencia estética ancla la vivencia de los sublime a los ritmos del neoliberalismo, y nos lleva del hastío a la agitación, de la desensibilización a la sobrexcitación.

También dentro, y en la resistencia, encontramos las estéticas de lo ordinario. Inicialmente propuesta como una manera de superar las limitaciones estética occidental, y que trata de poner en valor las actividades rutinarias, aquello que se escapa de la lógica de consumir experiencias y de entender lo estético como elemento de desconexión de los flujos habituales de nuestras vidas. Se trata de cambiar la actitud que tenemos hacia lo que nos rodea y las actividades que llevamos a cabo y extraer de ellas una experiencia estética placentera. La situación que enfrentamos nos ha llevado, tal como decíamos al principio, a desfamiliarizar lo que nos era familiar; a parar, a mirar y a pensar con detenimiento en qué éramos antes del confinamiento y qué queremos mantener después. Esto nos da una burbuja de oxígeno que nos permite pensar en las experiencias estéticas que planteábamos en el inicio no solo como algo característico de los tiempos que corren, sino como uno de los pilares que sostienen dicho sistema. Pensar la experiencia estética es también pensar los valores que mueven esta sociedad. Si algo es evidente es que la experiencia estética en estos tiempos tiene que ver con la suspensión de lo familiar, tanto para disfrutarlo como para replantearlo.

Estas imágenes, o campañas de video como la de #stayathomesaveslives, nos muestran un mundo sin movimiento, completamente mudo, parecen las ruinas de un mundo abandonado en el que precisamente el sonido de la naturaleza nos recuerda que las cosas no están como deberían. ¿Cómo es posible tener una experiencia estética placentera ante semejante escenario?

Como planteaba en la primera respuesta, el sentir estético derivado de este tipo de imágenes tiene que ver con la experiencia de lo sublime, una categoría dentro de la teoría del arte y la cultura que hace referencia a aquellas vivencias que son placenteras a pesar de partir de una emoción que podría catalogarse como negativa.

Son varios los autores que han pensado en este aspecto de la experiencia estética, que cuyas raíces se encuentran bien asentadas en la historia de la filosofía. La cuestión de la naturaleza de lo sublime fue uno de los temas presentes en el pensamiento del siglo XVIII, y podemos encotrar su rastro en el pensamiento de Shaftesbury, Reid o Alison, entre otros. Después lo trabajarían Kant, Schopenhauer y, más cercanos a nuestro tiempo, Lyotard le daría una connotación posmoderna. En cualquier caso, el nombre que parece estar asociado a cualquier introducción al ámbito de lo sublime es el de Edmund Burke. El filósofo inglés dedica gran parte de su obra a desgranar cómo es posible que una experiencia que, a priori, debiera resultarnos negativa, pueda dar lugar a una experiencia estética placentera.

Nos dice el autor que lo sublime es la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir, y que su deleite parte del peligro o el dolor -contemplados a distancia, eso sí. Estableciendo un paralelismo con lo trágico, indica que la satisfacción emerge precisamente de la comprobación de que estamos a salvo, de la posibilidad de razonar frente al miedo. Así, de las privaciones (la oscuridad, la vastedad, la infinidad, los sonidos de la naturaleza, el silencio,,,) emerge el placer estético vinculado a la autopreservación, una experiencia estética que, considera el autor, no podríamos catalogar como placer, sino como horror delicioso.
Pese a que son siglos lo que nos separa de los escritos de Burke, su definición de lo sublime parece ajustarse al milímetro a la situación actual, y nos da las claves para entender por qué podemos experimentar placer estético en las consecuencias de una pandemia.

Ciertas obras de arte, desde los videojuegos a los cómics pasando por las ficciones audiovisuales, inventan espacios y tiempos cobijando pulsiones utópicas que contrastan con el realismo capitalista de la política, caracterizado por la cancelación del futuro… ¿Existe en los mundos soñados de nuestra ficciones una estética de futuro que pueda incorporarse a nuestro presente?

Las estéticas del futuro parten, necesariamente, de las condiciones del presente, porque la cultura, en todas sus vertientes, no deja de ser un elemento superestructural. La mayoría de los futuros distópicos que se plantean nacen, precisamente, de las repercusiones de mantener ese realismo capitalista al que se hace alusión en la pregunta. Sin embargo, en los futuros posibles no suele aparecer una alternativa, una experiencia estética que haya roto violentamente con la tradición de la misma, puesto que dichas narraciones siguen partiendo de este presente, aunque nos sitúen a años luz de él. Incluso en los diseños de futuro más críticos con la deriva del neoliberalismo se mantienen las premisas de lo estético, como si la percepción estética fuese ajena al devenir del ser humano. Lo máximo que encontramos es una suerte de estética del vencido, del que acepta como inherentes al ser humano los modelos de sociedad, de consumo y de relaciones que llevarán al futuro distópico que representan.

Son menos las estéticas de la resistencia, las que combaten la propia idea de lo estético como algo dado, como algo fijo e invariable. Son estéticas que desafían las categorías tradicionales, pero también las relaciones que se dan en el ámbito de lo cultural. Puede que no den respuestas a cómo será nuestro futuro, pero sí proporcionan herramientas para analizar críticamente el presente. Es a esas reflexiones del futuro a las que tenemos que aferrarnos si queremos construir una estética radicalmente diferente a la que conocemos.