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Estado de los cuidados ante el coronavirus: el ejemplar caso del gobierno argentino

Jacinta Gorriti y Roque Farrán 

Ante los acontecimientos de público conocimiento, el virus y la pandemia, resulta indispensable volver a pensar el Estado. No obstante, como “volvemos mejores” (y “mujeres”, según el maravilloso equívoco del presidente Alberto Fernández) en condiciones absolutamente peores (luego del vaciamiento y endeudamiento producido por el gobierno neoliberal), el “deseo de cambiarlo todo” (todos los niveles y prácticas de la sociedad, por tomar una consigna feminista) ha de verificarse simplemente como deseo; esto es, en clave spinocista, el conatus: perseverar en el ser. Pues, según Spinoza: “Nadie puede desear ser feliz, obrar bien y vivir bien, si no desea al mismo tiempo ser, obrar y vivir, esto es, existir en acto”. El simple deseo de existir en acto puede ser enormemente subversivo de un orden naturalizado. Para un espíritu materialista esto es absolutamente natural: perseverar en el ser y gestionarse los mejores modos de arreglarse en ello, junto a otros, es asunto de uso de la razón y de libertad; para nada de temor, falsa conciencia o culpabilidad. Así lo expresaba Spinoza en su Ética: “El hombre que se guía por la razón es más libre en el Estado, donde vive según leyes que obligan a todos, que en la soledad, donde sólo se obedece a sí mismo.” La única soledad vivible es la que se cultiva éticamente a partir de un Estado que protege, no por temor sino en un ejercicio pleno de la razón y la libertad; para eso uno tiene que tener confianza en quienes gobiernan. A nosotros nos sobran los motivos, aunque no puede decirse lo mismo en otras partes del mundo.

La Naturaleza vuelve a su estado y el Estado a su naturaleza; no se trata de restaurar el estatuto mítico o excepcional con el que se sueña a menudo, sino del ordenamiento riguroso que responde a lo real en juego: inmanencia absoluta. Lo real sin ley de un virus induce ese ordenamiento que, además, resulta solidario porque entiende la mutua implicación de instancias y prácticas. La diferencia entre Naturaleza y Estado no es sustancial, responde a atributos distintos que capta el entendimiento en su co-pertenencia. Por ende, no saldremos de esta situación sin la colaboración de todxs, y cada quien tiene que entenderlo desde su singular posición para actuar en consecuencia.

Hace unos días escuchábamos la larga y amena entrevista que le hicieron en un informativo (C5N) a Victoria Moreno, médica argentina que tuvo el coronavirus y trabaja en New York. Con una lucidez y pragmatismo impresionantes, contaba cómo se había desarrollado la enfermedad por allá y lo maravillada y orgullosa que estaba de cómo habíamos respondido los argentinos por acá. Así como pensamos que en lugar de enredarnos en diagnósticos filosófico culturales inútiles, conviene prepararse ética y filosóficamente para lo peor, consideramos que nuestros ejercicios materialistas tienen que incluir también el reconocer la singularidad y novedad que entrañan las medidas de gobierno argentinas: su anticipación, decisión, organización, unidad, respuestas económicas solidarias, etc. No somos China ni Corea, pero tampoco Italia, España o Francia; por suerte, tampoco somos como los gobiernos de Brasil, Chile, EEUU o México. Poder sentir un mínimo contento de sí mismo (concepto clave en la Ética de Spinoza), al considerar nuestra potencia de actuar, nos da una confianza y una alegría sosegadas indispensables para afrontar lo que se viene.

A esta altura, resulta evidente entonces que uno de los efectos inmediatos de la pandemia desatada por el Coronavirus es, además de la crisis económica global reproducida en todos los diarios, la reivindicación del Estado. En la urgencia por adelantarse a los acontecimientos, rediseñar los imaginarios de futuro y no quedar fuera del tren de opiniones que transita a toda velocidad, han proliferado los análisis de filósofxs que vaticinan el fin del capitalismo, el desplazamiento global hacia el modelo de China (bastante caricaturizado, por cierto) o la normalización de la excepcionalidad; e incluso, análisis de los análisis. Pero lo que sorprende es la falta de eso que Lenin llamaba “un análisis concreto de la situación concreta”. Sin ánimos de subirnos a aquel tren, aunque con la necesidad de elaborar lo que esta experiencia histórica suscita, intentamos situar en su especificidad la respuesta del gobierno argentino ante la emergencia sanitaria del Coronavirus. No una apreciación general, grandilocuente y homogeneizadora de lo que pasa en el mundo, sino una valoración en su justa medida de la lógica que anuda las medidas del gobierno (pensamos situados).

En medio de la crisis desatada por la pandemia, el gobierno del Frente de Todxs demuestra en cada uno de sus anuncios su comprensión materialista del Estado, es decir, del entramado complejo de realidades, temporalidades, instituciones y prácticas concretas que se anudan en él. Siguiendo de cerca la evolución del virus en el país, pero adelantándose a sus efectos, las primeras medidas tendieron a prevenir su circulación local. Comenzaron los controles en el aeropuerto de Ezeiza, por donde ingresaron los primeros contagios; el aislamiento de quienes presentaban síntomas y el monitoreo de sus contactos cercanos. Le siguieron la justificación de las inasistencias en las instituciones educativas en caso de presentar síntomas compatibles con la COVID-19 y las licencias excepcionales por 14 días para quienes regresaran de zonas afectadas. Con 19 casos importados confirmados y el primer fallecimiento, el gobierno creó el 10 de marzo un fondo especial de 1.700 millones de pesos para la adquisición de insumos y equipamiento para hospitales y laboratorios. En los días siguientes, se cerraron los espacios culturales nacionales, se suspendió la presencia de público en los espectáculos masivos (como los partidos de fútbol), se reforzaron los controles fronterizos, se creó una línea de consulta gratuita para adultos mayores y se habilitaron vías de comunicación las 24hs para argentinxs en el exterior, entre otras medidas dirigidas a distintos sectores afectados por la crisis sanitaria en esa primera etapa (hoteles, agencias de viaje, universidades, parques nacionales, etcétera). El 15 de marzo, se suspendió el dictado de clases presenciales en todas las escuelas del país, una medida que siguieron luego las universidades, y se comenzó a trasladar al ámbito virtual el cursado del ciclo lectivo. Se creó incluso una plataforma especial (educ.ar) que ofrece a los diferentes niveles educativos materiales didácticos. En los días siguientes, se anunció el cierre de fronteras, las licencias laborales para grupos de riesgo y la promoción del trabajo remoto en el ámbito público y privado. Se lanzó un paquete de medidas, que incluían restricciones a los hoteles y en el transporte de pasajeros para desalentar los desplazamientos durante el fin de semana largo, la creación de la línea 134 para denunciar incumplimientos de la cuarentena, refuerzos en la política de protección social (bono extraordinario para jubiladxs, pensionadxs, beneficiarixs de la AUH y de la Asignación Universal por Embarazo, refuerzo de viandas en comedores y merenderos y mayor distribución de la Tarjeta Alimentar) y medidas especiales para proteger la producción, el trabajo y el abastecimiento. Se dispuso la construcción de 8 Hospitales Modulares de Emergencia y la creación de la Unidad Coronavirus COVID-19, de la que participan científicxs e investigadorxs de todo el país. Cuando el 19 de marzo, con 128 casos confirmados y 3 muertes, se decreta el Aislamiento Social Obligatorio, prácticamente el conjunto de las instituciones y aparatos del Estado venían trabajando de forma coordinada desde hacía semanas: con el Ministerio de Salud a la cabeza, se concertaron medidas en todas las áreas, desde la seguridad social, la producción, el trabajo, la ciencia y el transporte, hasta el deporte, el turismo, la cultura, la educación y el medioambiente. Todos los Ministerios de la Nación estuvieron involucrados, de una u otra forma, en el trazado de las medidas que se fueron tomando progresivamente y que no apuntaron solamente a lxs residentes en el país, sino también a lxs argentinxs que por distintos motivos se encuentran en otros países. Hasta su situación se tuvo en cuenta y se enviaron vuelos especiales de la aerolínea de bandera, que ya repatriaron a más de 20 mil argentinxs. La cuarentena obligatoria trajo nuevas dificultades en el manejo de la crisis desatada por la pandemia: la especulación en los precios de productos de primera necesidad (especialmente, los productos de limpieza e higiene), la pérdida súbita de ingresos para monotributistas y quienes viven de jornales, changas y pequeños comercios, la imposibilidad de afrontar gastos de alquiler y de servicios esenciales, el corte en la cadena de pagos de las PyMES que les dificulta el pago de sueldos, y la imposibilidad de cumplir con el aislamiento en los barrios más pauperizados. Sin embargo, el gobierno no se detuvo y trató de implementar medidas que respondan a cada una de estas problemáticas: creó un Ingreso Familiar de Emergencia para los sectores más perjudicados económicamente, ordenó precios máximos para los productos de primera necesidad, suspendió el corte de servicios por falta de pago, acordó con el Banco Central la incorporación de créditos para el pago de sueldos de las PyMES y está evaluando la posibilidad de instalar un aislamiento barrial obligatorio en las zonas más precarizadas de las ciudades. Para el personal sanitario, tan indispensable como expuesto en esta crisis, se dispuso un pago extraordinario por sus servicios. Asimismo, se está avanzando en la descentralización de los testeos epidemiológicos (para agilizarlos) y, con el aval de la Organización Mundial de la Salud que seleccionó a Argentina y otros 9 países en el combate contra la COVID-19, se están probando nuevos tratamientos.

Argentina fue uno de los primeros países en América Latina en registrar un caso de COVID-19 (el primero fue Brasil el 26 de febrero). Pero a diferencia del resto, fue también el primero en adoptar medidas de prevención, contención y mitigación del virus. Antes incluso de que se confirmara el primer contagio el 3 de marzo. Si tiene algún sentido aquí enumerar aquellas medidas, es para identificar el modo en que se anudan, la diversidad de niveles, instancias y relaciones a las atienden y, por lo tanto, la forma particular de Estado que encarnan.

Lo sabemos, el Estado no se agota en (ni se identifica con) las personas que lo administran. Tiene una lógica propia que las excede y que condensa múltiples registros, temporalidades y prácticas. Aunque tampoco es irrelevante quiénes ocupan el Estado; al contrario, esto resulta esencial, en la medida en que le imprimen una orientación precisa al entramado de relaciones que compone al Estado. Es ante todo una diferencia ética. Por eso, no da lo mismo quiénes estén a cargo del aparato de Estado, por más que las inercias, el diferencial de poder y el principio de desigualdad que lo definen (en tanto no todxs tienen la misma capacidad para tomar decisiones en su interior), estén ahí operando. Dicho esto, una sensación de alivio parece circular entre la gran mayoría de argentinxs (algo que pone en evidencia el aumento récord de la imagen positiva de Alberto Fernández, hasta en los sectores que menos lo votaron) por tener a cargo de la pandemia a un presidente que, entre sus primeras medidas de gobierno, le restituyó al Ministerio de Salud su posición. Que, además, recuperó el Ministerio de Ciencia y Técnica, clave ahora en la lucha contra el virus. Y cuyo gobierno practica performativamente la máxima que lo define: es con todxs. Más que simplemente imaginar, en un ejercicio (afortunadamente) distópico, cómo se desarrollaría la pandemia bajo el gobierno de Cambiemos, o poner en tela de juicio la respuesta del gobierno actual por los abusos cometidos por algunos agentes de las fuerzas de seguridad, nos resulta más sugestivo pensar en su singularidad el caso argentino que hoy se plantea como ejemplo en todo el mundo.

En sus prácticas de gobierno ante la pandemia, el Frente de Todxs efectivamente despliega un “todismo”: convoca no solo a expertos y a dirigentes de todo el arco político, sino también al conjunto social. El gobierno que en campaña anunció la unidad de lxs argentinxs, ahora la pone en acto. Ahí donde la tan mentada “grieta” se suspende temporalmente y se cierra más que los hogares en cuarentena, surgen nuevas formas de cuidado que involucran a todxs y a cada unx (al conjunto y al sí mismo en cada gesto). Lo que resulta tan llamativo y especial del caso argentino es, precisamente, cómo se atiende a la complejidad del entramado social para dar respuestas rápidamente desde una ética del cuidado. Si dirigentes como Boris Johnson y Donald Trump ponen en términos numéricos las vidas de sus compatriotas, calculando a la vez cuantos millones se van a enfermar (o incluso alentando a que se enfermen para generar anticuerpos) y el daño económico que puede generar una cuarentena (que se intenta evitar a toda costa, a pesar de su probada efectividad para controlar la circulación del virus), Alberto Fernández reconoce cada vida en su singularidad. En diferentes declaraciones en los medios, señaló la congoja que siente ante la noticia de cada fallecimiento producto de la COVID-19 y el imperativo de proteger cada vida; pues, “una economía que cae siempre se levanta, pero una vida que termina no la levantamos más”. Alberto Fernández nos alienta a salir de la falsa dicotomía entre vida y economía, al mismo tiempo que promueve el cuidado entre todxs. De esta manera, las medidas tomadas por el gobierno no son aleatorias, ni están desconectadas entre sí. Es justamente aquella ética del cuidado la que las enlaza en cada nivel: el gobierno de sí y de lxs otrxs. 

¿Cómo se gobierna, entonces, (en medio de) una pandemia? El gobierno argentino demuestra que no simplemente poniendo policías y gendarmes en las calles, como si se tratara ante todo de una cuestión de seguridad, sino atendiendo al complejo entramado de instancias y niveles del Estado desde una ética del cuidado. Que no es posible instaurar una cuarentena total sin reforzar las políticas sociales y ayudar a quienes ven radicalmente deterioradas sus fuentes de ingreso; que no es posible cerrar las fronteras sin contemplar la situación de quienes quedaron fuera del país; que no es posible suspender las clases presenciales sin darle cierta continuidad al ciclo lectivo; que no es posible respetar la cuarentena si no se tiene acceso a las condiciones mínimas de vivienda, higiene y salubridad que lo permiten; que no es posible, en definitiva, habitar un país en condiciones dignas sin un Estado que proteja a sus habitantes, sobre todo (pero no solamente) en las peores situaciones.

La vida por sobre la economía significa, en concreto, que “hay algunos muchachos que les tocó la hora de ganar menos” (clara alusión al grupo Techint). La política es la práctica que puede invertir las prioridades y poner un freno a la estupidez y ambición desmedidas. Siempre y cuando esté orientada también por una ética consecuente. Saber leer, saber escuchar, saber acompañar las medidas justas es casi tan importante como lavarse las manos con gel o mantener la distancia adecuada. No se pueden tomar los enunciados del gobierno literalmente, es decir, sin escucharlos anudados a los actos y medidas concretas que protegen a la población por múltiples vías, en una situación extremadamente difícil, e insertos además en una orientación ideológica definida que se desmarca claramente de otros gobiernos. Privilegiar la vida y la salud por sobre la economía no implica desconocer el nudo real por el cual, ya sabemos demasiado bien, cada instancia y cada práctica resulta indisociable de la otra; pero la decisión política, fuertemente investida por un cuidado ético, muestra otra vez cómo se puede invertir la lógica de las prioridades. Por supuesto, nada está garantizado en una situación de peligro extremo, pero la responsabilidad de leer, escuchar y escribir en implicación material con lo que acontece, para potenciar lo mejor de cada acto, resulta clave en este delicado momento.

Gorriti es Filósofa, becaria doctoral CONICET y docente de la UNC. Autora de Nicos Poulantzas: una teoría materialista del Estado (Doble ciencia). Farrán es Filósofo, Investigador CONICET y docente de posgrado (Universidad Nacional de Córdoba). Autor de Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo), Nodal. Método, estado , sujeto (La cebra) y Nodaléctica (La Cebra).