Categorías
Artículos

Pandemia y capitalismo tardío

Jose Antonio Figueroa

Una legítima ansiedad ronda muchas de las reflexiones que circulan en la red en medio de la pandemia del corona virus. Expresadas con el tono melancólico que produce el encierro que por primera vez experimentamos de modo global y que nos recuerda nuestra condición de especie biológica única, muchas reflexiones se preguntan si el mundo cambiará de modo radical luego de la crisis del COVID 19. La potencia del interrogante radica en que la crisis global que viene in crescendo en las últimas décadas y que hasta ahora se vivió de modo parcial a través de epidemias, conflictos, guerras, hambrunas y encierros, escenificados en una ciudad, en una nación, un grupo o una etnia, tomó de repente un carácter global, al tiempo que fragmentados gobiernos formulan la petición imposible de cumplir de que cada ser humano del planeta se encierre para no ser una amenaza para el otro. El tono existencial de muchas reflexiones corresponde al trágico redescubrimiento de nuestra conciencia como especie humana, luego de décadas enteras en las que ha sido destruida en orquestadas campañas contra el humanismo y contra la ciencia, así como en el reavivamiento del racismo, del obscurantismo religioso, del nacionalismo y del etnicismo posmoderno. 

Sin embargo, la realpolitik como escenario planetario en el que transita el coronavirus  no necesariamente coincide con el sentido existencial y humanista de las reflexiones que he mencionado. El coronavirus ha aparecido y se expande en una realidad que, interrogada de frente, nos dice que el futuro no necesariamente es alentador y que, como siempre, la construcción de una democracia radical post pandemia, y el rescate de una conciencia humanista de manera prolongada, depende de las acciones concretas que implementemos los sectores progresistas. 

El virus, al que varias investigaciones definen como resultado de una manipulación genética, aparece y se expande a nivel global en un contexto geopolítico en el cual hay varios actores y proyectos en disputa: un fascismo nacionalista, que se consolida cada vez con más fuerza, amparado en retóricas supuestamente antiglobalizadoras, en aparente competencia pero en realidad con grandes coincidencias con el globalismo neoliberal y posmoderno que ha dominado la geopolítica internacional de las últimas décadas. A esto se suma una confrontación abierta entre un bloque liderado por China y Rusia contra la hegemonía unipolar norteamericana que se instaló luego de la caída de la Unión Soviética, y una sociedad civil global que grosso modo se puede decir que oscila entre una politización cada vez más militante y su absorción por la lógica del consumo, del miedo y del obscurantismo contemporáneo.  

Un importante antecedente de la situación que hoy vive el planeta ocurrió el 11 de septiembre de 2001, cuando por primera vez una audiencia mundial a través de la televisión global presenció en vivió y en directo el atentado de los aviones contra las torres gemelas de Nueva York e, igualmente, muchos se preguntaron si el mundo iba a cambiar para siempre. Hoy podríamos decir que en aquel momento el mundo sí cambió en cierto sentido, ya que, a escala planetaria, se asumió como hábito lo que hasta entonces era excepción porque ocurría sólo en ciertas regiones y en ciertos momentos. El 11 de septiembre 2002, al tiempo que se consolidaron los privilegios de las corporaciones trasnacionales, junto a las torres cayeron en picada la presunción de inocencia, la normalidad de la justicia liberal y, por primera vez a escala global, la figura del ciudadano fue sustituida por la del criminal en potencia, y toda forma de disenso se asoció peligrosamente con la noción de terrorismo. Los Estados Unidos diseñaron una geopolítica que, a través de la reactivación de viejos mitos religiosos, criminalizó a una parte del planeta como paso precedente a la destrucción y al saqueo de los recursos petroleros de importantes países como Irak, Egipto, Libia y Siria.  

La lógica del miedo y la paranoia generalizada se convirtieron en norma de la gobernanza interna y externa de los países y, mediante el regateo de la supuesta seguridad, se produjo una resignada aceptación por parte de la gente del común de la pérdida de los derechos individuales y de la privacidad, del debilitamiento o extinción de la soberanía nacional, del secuestro por parte de las transnacionales de la seguridad, de la farmacéutica y los alimentos y de la privatización de todas las esferas, incluidos los ejércitos y la policía, como últimos resquicios de soberanía nacional moderna. Además, la securitización del planeta se convirtió en una de las vías más eficientes para la revigorización y entronización del fascismo en el sentido común, ya que dinamitó las nociones de solidaridad y empatía. Luego de la destrucción de regiones enteras, y de la construcción de la imagen de ciertos nacionales como potenciales enemigos, se produjo una debacle demográfica y un movimiento poblacional reprimido y controlado mediante la división entre sujetos deseables e indeseables, entre ciudadanos del mundo y migrantes criminales. La diferenciación entre ciudadano y migrante ha permitido que el Mediterráneo y las rutas hacia los Estados Unidos desde Centro América se conviertan en una fosa común de desplazados económicos de África y América Latina. Uno de los escenarios más eficientes para colocar la securitización en el sentido común han sido los aeropuertos, donde se ha normalizado el debilitamiento de la ciudadanía a través de la hipervigilancia, la sospecha y la estigmatización, al tiempo que se consolida la globalización económica. Las ganancias estratosféricas que se generaron en el ámbito de la seguridad constituyen sólo una fracción de los beneficios que han recibido las corporaciones trasnacionales como resultado del amplio proceso privatizador y concentrador que ha conducido a la paradoja de que hoy muchas corporaciones son mas fuertes que varios de los estados nacionales. 

La pandemia del coronavirus se expande en medio de la debacle institucional y del vocabulario del neoliberalismo que, a través de términos como emprendimiento y resiliencia, busca sustituir viejos términos tercermundistas como el rebusque, el aguante o la resignación: la investigación en salud fue desplazada por el afán de lucro de las farmaceúticas que, en vez de apuntar a la solución de problemas estructurales, han optado por crear una sociedad tan enferma como medicalizada. En el caso del gobierno de los Estados Unidos, las últimas medidas tomadas por Trump, que incluyen el recorte del presupuesto del Centro del Control de Enfermedades y la disolución de su grupo de trabajo sobre pandemias, no son más que otras medidas dentro del largo proceso de debilitamiento de la salud pública y de su entrega a las trasnacionales farmaceuticas y a las corporaciones globales. La pandemia actual demuestra la perversidad del consumo como eje central del neoliberalismo. Las actividades pos industriales realizadas por igual en países del capitalismo central desindustrializado y en zonas marginales del denominado tercer mundo, que cobijan áreas como los servicios, los espectáculos, la compra y venta al minoreo, la hotelería y el turismo, están paralizadas, y hoy pululan contingentes de porteros, taxistas, vendedores formales e informales y negociantes en las calles, confrontados ante el dilema de violar las disposiciones que les obligan a enclaustrarse en sus hogares o enfrentarse al día a día con las manos vacías. De igual manera, el escenario que plantea la contracción del consumo es tan complejo que países neoliberales como Colombia priorizaron la economía antes que la salud, postergando la toma de decisiones en torno a las restricciones a la movilidad de una población que se define simultáneamente como consumidora y como objeto de la securitización. 

En los Estados Unidos se volvió habitual el dramático caso de los enfermeros y ayudantes de la salud despojando a pacientes de respiradores, que luego los desinfectan y los colocan a otros pacientes, en una ruleta de vida y muerte que sintetiza uno de los mayores fracasos del neoliberalismo en la salud. La pandemia del coronavirus está siendo confrontada por un equipo de salud aquejado de escasez de elementos como trajes de protección, productos sanitarios, guantes y mascarillas. La falta de respiradores es sólo una muestra de los catastróficos resultados de la priorización en el neoliberalismo de la ganancia sobre el derecho público en el campo de la salud: el New York Times reportó que unos meses después de la epidemia de H1N1 del 2009, el gobierno firmó un contrato con la compañía Newport que se comprometió a suplir las necesidades de respiradores a un precio accesible. Sin embargo, Newport fue comprada por COVIDEN, una empresa con un movimiento de ventas anuales de 12 mil millones de dólares, que decidió que la fabricación de ventiladores a precios asequibles no constituía una de sus prioridades. De acuerdo con la declaración de varios funcionarios del gobierno y ejecutivos de otras compañías, COVIDEN compró Newport expresamente para evitar la fabricación de ventiladores a precios que afectaran sus ganancias especulativas.  Con seguridad, historias similares explican la escasez de los otros productos que hoy tienen ante la muerte a un indeterminado número de pacientes del coronavirus en el centro del capitalismo neoliberal.

El fortalecimiento de las grandes corporaciones y la imposición de los intereses privados en temas como la salud, la educación, el transporte, las telecomunicaciones, la seguridad y la defensa están colocando al planeta en una situación de riesgo sin parangón previo. El manejo de la información, el conocimiento y la implementación tecnológica sin una fiscalización pública constituyen el mayor riesgo para el futuro de la humanidad, independientemente de que las corporaciones se vistan de filantropía o utilicen un lenguaje de guerra explícito. En 2015, en una conferencia TED, Bill Gates, el mayor inversionista en salud global, sostuvo que el riesgo más grande que enfrentaba la humanidad hoy no era el de un ataque nuclear sino el de una pandemia viral originada por múltiples causas. Con una fundación que mueve unos 5.000 millones de dólares anuales en investigaciones y que tiene como uno de sus puntales la producción de vacunas, el cumplimiento de la profecía de la pandemia se ha convertido en una oportunidad excepcional para la fundación que tiene hoy como prioridad el descubrimiento de la vacuna contra el coronavirus. Más allá del cariz filantrópico de la fundación, el descubrimiento de la vacuna será uno de los negocios más rentables en los que se involucre, lo que explica el consorcio que tienen con empresas como Mastercard y las farmacéuticas Novartis y Pfizer. De igual modo, una de las acciones estratégicas de la poderosa fundación de Bill Gates son las sucesivas campañas de vacunación en África, realizadas con la convicción de que el control demográfico en ese continente constituirá la vía más eficaz de solución de sus problemas.  Habrá que esperar para ver si el descubrimiento de la vacuna, como uno de los más grandes anhelo de la humanidad, se convierte en un velo que tape la desinstitucionalización del presente y legitime la acción de mega corporaciones que imponen bio-políticas planetarias, mediante vacunas, la medicalización o la guerra. 

En el Ecuador, frente a los hospitales Guayaquil ocurren escenas dantescas que reviven los tiempos del cólera y resumen la desinstitucionalización impulsada por Lenin Moreno y por la administración municipal, secuestrada durante décadas por el neoliberal partido social cristiano. La subrepresentación de las cifras de contagiados y muertos se evidencia cuando se confrontan con una realidad en la que hay un recorte de salud del 30%, un 46% de trabajadores en la informalidad, funerarias colapsadas, noticias de decesos por el coronavirus de personajes públicos y cifras que develan que, de cada 100 pruebas, 54 salen positivas. La pandemia ha pulverizado al emprendimiento y a la resiliencia como consignas del neoliberalismo porque ha develado que mientras las trasnacionales se enriquecen con la salud y la seguridad, condenar a las sociedades al rebusque y al aguante es cinismo criminal. Para que el futuro del planeta sea distinto al de la distopía neoliberal del despoblamiento dirigido y del control biotecnológico, hay que visibilizar las acciones concretas que hacen los individuos y las comunidades para rescatar la solidaridad. El acumulado histórico democrático será la alternativa de vida ante la distopía neoliberal.      

Jose Antonio Figueroa

Antropólogo y ensayista colombiano, profesor en la Universidad Central del Ecuador y autor de Realismo mágico, vallenato y violencia política en el Caribe colombiano.