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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Juan Ponte.

¿Qué está aflorando con la crisis del coronavirus en torno a lo común y lo público?

Esta nueva situación de confinamiento nos permite apreciar más de cerca la “ambivalencia de la multitud”, por emplear la expresión de Paolo Virno. De un lado, la empatía positiva, los aplausos desde los balcones en reconocimiento al personal sanitario, a los agricultores, transportistas, etc., la solidaridad entre vecinos para realizar la compra, la creación de redes cooperativas para la elaboración de mascarillas; la responsabilidad y el apoyo mutuo en/de la comunidad, en definitiva. De otro, el resentimiento y la ira de la Gestapo de andar por casa, la rabia de aquellos que pegados al visillo insultan a los padres que necesitan salir a pasear con sus hijos autistas, el linchamiento moral a las personas que en realidad se dirigen a sus centros de trabajo. De alguna manera, he ahí también la obediencia sumisa del “pequeño hombrecito”, en el sentido de Wilhelm Reich: aquel que “se enorgullece de sus Grandes Generales, pero no de sí mismo”.

Ahora bien, ni el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes), ni es bueno por naturaleza (Rousseau), a pesar de que ambos extremos estén constantemente resonando en las teorías filosófico-políticas. Nuestra praxis se moldea a través de las instituciones simbólicas, en unas circunstancias históricas determinadas. No hay bondad ni maldad absolutas. Somos capaces tanto de lo mejor como de lo peor, correlativamente. Por eso la multitud, siguiendo con este léxico moderno, es de suyo ambivalente. Lo que significa, por cierto, que nunca puede ser reducida a una única voluntad, a una sola voz, so pena de incurrir en una posición metafísica: Vox populi, vox Dei. Y ningún Dios va a salvarnos.

¿Cómo saldremos de esta? ¿Es una posibilidad para reordenar nuestras sociedades?

La percepción del fracaso del “mercado” como mecanismo capaz de aportar soluciones a los problemas vitales se acrecienta en períodos críticos. Resulta difícil creer que la búsqueda de la satisfacción de los intereses particulares por mediación del mercado genere un orden social espontáneo, en un contexto caótico en que se hace evidente la ausencia de recursos y medidas para afrontar una pandemia que puede afectar virtualmente a cualquiera. Es en este punto donde se solicita el auxilio del Estado. Cuando son los liberales quienes lo reclaman, como está ocurriendo durante estos días, se constata su asunción de que el mercado es insuficiente, de que este no nos garantiza estabilidad ni seguridad. Entonces la crítica no se hace esperar: ¿dónde queda la mano invisible que aseguraría la armonía universal entre todos los ciudadanos? Desde el punto de vista de la intervención política, se abre así un espacio crucial para la disputa teórica, la batalla del relato y del sentido, que no se puede desperdiciar.

Sin embargo, reconozcamos que filosóficamente la cuestión es más compleja, en la medida en que “mercado” y “Estado” designan realidades que se entrecruzan y codeterminan históricamente. No puede haber mercado ni propiedad privada sin un Estado que se haya apropiado previamente de unos determinados territorios, establezca unos códigos normativos y articule un aparato represivo. En este sentido, no solo en ocasiones excepcionales resulta comprometida la concepción del “libre mercado”, sino que es desmentida de raíz por los hechos sociales.

Consecuentemente, debemos sostener que la oposición entre globalismo y soberanismo está mal enfocada. La globalización no ha dejado atrás a los estados, sino que supone la pugna asimétrica entre los mismos. Si se quiere: la soberanía de cada Estado está condicionada por su relación, de dominación o subordinación, con el resto de Estados en un contexto global postwestfaliano. Esta dialéctica se observa claramente en los intentos de Alemania por imponer sus políticas ordoliberales en la Eurozona, manteniendo su competitividad comercial, frente a las propuestas de mutualización de la deuda por parte de los países del Sur.

Nos parece, por último, muy ingenuo suponer que, en una situación de emergencia, la intervención del Estado en determinadas instituciones, como ahora en el ámbito de la salud (hospitales privados, material sanitario, etc.), implique ipso facto la implantación de un «Estado social». Esto podrá moralizarnos, sin duda, frente a la dogmática del neoliberalismo austericida, pero no conllevará la cancelación de la misma. Como ha afirmado recientemente A. Badiou, cuando un Macron afirma con lenguaje bélico «estamos en guerra», el mensaje implícito es «volveremos a la normalidad cuando acabe todo esto», entendiendo por normalidad la política capitalista neoliberal. Sin embargo, el verdadero problema es precisamente esa normalidad. Este razonamiento podemos hacerlo extensivo a nuestro país y sacar sus consecuencias. Así que internacionalicemos la consigna: ¡Contra los/las Calviño del mundo, uníos!

¿Cómo se reconforta la ansiedad en tiempos de aislamiento social?

Mientras que los “teóricos críticos” se han apresurado a decretar el fin del neoliberalismo, del capitalismo o de “la ley de la selva”, lo cierto es que la preocupación social generalizada está teniendo más que ver con el fin del papel higiénico. Y, a mi juicio, probablemente con mucho más fundamento.

Esta cuestión está estrechamente ligada a la gestión de la ansiedad, la voluntad de control y la necesidad de un cierto orden, como es sabido. Tememos lo desconocido, lo que causa incertidumbre. El fenómeno del Coronavirus nos enfrenta al peligro del contagio. Como ha estudiado antropológicamente Mary Douglas en su obra Pureza y Peligro, el contacto con aquello que nos contagia suele ser representado como impuro en la mayoría de las sociedades. Por tanto, sin necesidad de realizar elucubraciones psicoanalíticas sobre el erotismo anal, podemos establecer fácilmente analogías (instrumentales y simbólicas) entre la impureza del dichoso virus y la de nuestros excrementos.

¿El coronavirus entiende de clases? ¿Refleja esto las contradicciones del modelo cultural del neoliberalismo?

Queremos expulsar de nuestras vidas el agente patógeno Covid-19, como evacuamos y limpiamos, sin dejar apenas resto, nuestras heces. Así, ante la impureza que supone la infección viral, recurrimos a la pureza reconfortante que representa el papel higiénico; a poder ser de color blanco. La propagación de la pandemia es un capítulo de Black Mirror que no nos gusta (en esto los likes escasean). La tememos como una distopía en la que no queremos habitar. Por contra, de ordinario nos resulta bastante sencillo eliminar nuestros excrementos con los instrumentos que tenemos a mano, en nuestro hogar. Nos basta con la escobilla, algún tipo de desinfectante y para limpiarnos, claro está, contar con suficiente papel higiénico. En términos generales, como afirma M. Douglas, “al expulsar la suciedad, no nos domina la angustia de escapar a la enfermedad, sino que estamos reordenando positivamente nuestro entorno para evitar la enfermedad infecciosa”. Se trata, en resumen, de purificar. Y este es el quid de la cuestión: el comportamiento pautado de limpieza genera orden y control. Justamente el control que deseamos tener del Coronavirus y del que, a día de hoy, a falta de nuevas vacunas y antivirales, carecemos.

Decía Engels que “el ángel exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los obreros”. Hoy, en un mundo hiperconectado, la pandemia puede extenderse desde los suburbios periurbanos hasta las zonas residenciales más exclusivas. A priori, nadie está a salvo. Sin perjuicio de lo cual, en el marco de las relaciones sociales capitalistas, el Covid-19 puede convertirse en un agente multiplicador de desigualdades, afectando a los sectores sociales más vulnerables y desafiliados.

Pero no se trata solo de eso. La gestación del Coronavirus, al igual que la de otros patógenos como el Ébola, se enmarca en los procesos intensivos de producción agrícola industrial, interrelacionados con los circuitos globales de acumulación de capital. Como ha demostrado el biólogo evolutivo Rob Wallace, estos tienen su origen en una industria agroeconómica cada vez más agresiva, que devasta ecosistemas preexistentes y somete a determinadas especies animales a una cría intensiva en suburbios urbanos con alta densidad de población y saneamiento deficiente.

Por tanto, estos agentes patógenos no son factores naturales externos a las estructuras socioeconómicas capitalistas, sino que surgen del funcionamiento de las mismas. El Covid- 19 no es un elemento extraño y exógeno a la lógica del capital. Esta argumentación nos permite confrontar la concepción neoliberal según la cual el patógeno sería una externalidad respecto del sistema económico. Concepción esta que se basa en la naturalización del problema para justificar dicho sistema. Mediante esta perspectiva, la pandemia será concebida como una catástrofe natural que vendría a perturbar desde afuera el orden espontáneo generado en las relaciones capitalistas, la autorregulación en marcha de los mercados. Bajo el prisma del neoliberalismo, caracterizado por su darwinismo social, en esta situación solo sobrevivirán los más aptos, aquellos que mejor se adapten a las duras circunstancias. Sálvese quien pueda. ¿Logrará, sin embargo, salvarse el neoliberalismo de su propia hoguera? Contribuyamos a que esto no sea así, planteemos alternativas para un cambio social emancipador y, sobre todo, desconfiemos de quienes crean saber la respuesta.

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