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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Nuria Alabao

¿Qué está aflorando con la crisis del coronavirus en torno a lo común y lo público (balcones, agradecimientos a sanitarios, redes de solidaridad vecinal…)?

Creo que está emergiendo una textura social que de alguna manera ya estaba ahí, quizás de manera más subterránea, pero que se expresa en formas de solidaridad que denotan que no estamos completamente individualizados pese al impulso cultural del neoliberalismo. Esas redes de reciprocidad existen, todos formamos parte de algunas de una u otra manera. Hoy vemos la creación de otras nuevas –o su activación– debido a la situación de emergencia social. La cuestión más complicada y probablemente más relevante políticamente, es cómo institucionalizarlas, en el sentido de instituciones no dependientes del Estado sino capaces de crear su propia autonomía, sus propios objetivos no mediados por intereses que no son propios a los sujetos que las componen. La permanencia de estas redes sería algo muy positivo pero, como hemos visto en otros momentos de nuestra historia reciente –como el 15M–, hay muchas formas de organización que son contingentes y que luego se diluyen, mutan en otra cosa –o en ocasiones permanecen latentes–. En este sentido, soy optimista, ningún trabajo que se hace sobre el tejido social es en vano, siempre quedan hilos que después se pueden recoger para tejer otras cosas. 

La institucionalización de la solidaridad es importante porque implica que se pueda politizar: es decir, que se trascienda el objetivo de una ayuda uno a uno, o punto a punto y se le de un sentido colectivo –y probablemente, histórico–. Hoy se me hace difícil pensar en una política emancipadora que no pase por algún tipo de espacio de ayuda mutua. Esos espacios también son el núcleo de lo común: son solidaridad, pero también intercambio, obligación y lo que nos mantiene ligados más allá de formas estatalizadas de reciprocidad cuyo paradigma podría ser la familia (pero también la Iglesia, el sindicato, etc…). Básicamente el problema político hoy es como generar esos espacios autónomos y una cultura propia que los sostenga. Así es como concebimos lo común, que no sería lo público-estatal ni lo privado, sino eso que hacemos a pesar de lo uno y lo otro –o por en medio o en los costados de ambos–. (Tampoco es un absoluto, podríamos hablar de lo público como común, cuando está radicalmente democratizado. Y aquí existe un campo de experimentación amplio para los proyectos de izquierda.)

Por tanto, optimismo moderado por ese lado, porque el problema de las formas actuales en las que organizamos el ámbito emancipatorio continúan. Respecto a lo público, el ambiente desde luego es de nueva centralidad y relegitimación. El aplauso de los balcones apunta hacia ahí de manera muy clara –y teniendo en cuenta también que la sanidad pública gozaba ya de amplio apoyo social antes de la llegada del virus–. Esta situación quizás relanza su centralidad y pone en el punto de mira el abandono y los recortes que sufre desde el 2008. 

¿Cómo saldremos de esta? ¿Es una suerte de posibilidad de reordenar nuestras sociedades?

No es fácil saber cómo saldremos de esto. A nivel psicológico está siendo un impacto muy grande. Otra cuestión que podríamos nombrar y que quizás apunta a una nueva centralidad de lo público, aunque en su lado negativo, es la emergencia de una cierta “pulsión de Estado”, que hemos visto en la vigilancia que se hace desde los balcones o la demanda de más punitivismo policial. Este tipo de crisis implican miedo y ansiedad y estas tonalidades afectivas tienen dos salidas posibles: estar más juntos –generar un nosotros–, o estar más separados –percibir al otro como amenaza–. En este sentido, la crisis tiene una doble cara: la que relanza lo común y aquello público “que cuida”, pero también una cara securitaria, lo público “que vigila”, que podría incluso suponer una amenaza para los derechos civiles –que ya estaban en retroceso desde la “guerra contra el terrorismo” y el intento de contención de la protesta social desencadenada por la crisis del 2008–. La segunda es la opción de la desconfianza, del miedo, de la represión y la exclusión es la propuesta que coincide con el programa político y cultural de las extremas derechas. La otra, la del reforzamiento de lo común y lo público que cuida es la única forma de hacerles frente de manera efectiva.

Si la salida va a ir más por un lado que por otro dependerá de las consecuencias de la recesión económica provocada por el confinamiento: su extensión y duración pero también, de nuevo, quiénes son los ganadores y los perdedores –tenemos la experiencia demasiado reciente– y de si hay de nuevo austeridad y recortes. Y por supuesto de las luchas que seamos capaces de lleva adelante. Tenemos algunas cosas a nuestro favor: la percepción de que la crisis “no es culpa de nadie”, y probablemente la experiencia del 2008. Además de que creo que hay una percepción clara de que la estabilidad social depende de las medidas económicas de reducción del sufrimiento social que se implementen. Las sociedades europeas ya salieron muy tensionadas de la última crisis económica (de ahí también, en parte, el crecimiento de las extremas derechas a nivel continental.)

¿Cómo se reconforta la ansiedad en tiempos de aislamiento social?

Hay distancia social obligada por el confinamiento, pero no estoy segura de que haya aislamiento. Es cierto que esta crisis ha hecho más patentes que nunca realidades sociales que existen y que probablemente escalen posiciones como la soledad de muchas personas, sobre todo mayores y que además tienen más difícil manejarse con las nuevas tecnologías. Pero muchas de nosotras estamos más en contacto y de forma más profunda que en condiciones cotidianas: nos llamamos más, nos escribimos más, nos preocupamos por cómo están aquellos a los que queremos e incluso ayudamos –a conocidas o formando parte de esas redes de apoyo mutuo que se han creado para responder–. Yo no me siento aislada, me siento acompañada y querida, y lo siento de forma más intensa que durante la normalidad.

¿Refleja esto las contradicciones del modelo cultural del neoliberalismo

Me da la sensación de que lo que esta crisis hace es agudizar las contradicciones y tensiones sociales ya existentes. El modelo cultural del neoliberalismo ya estaba en crisis –no necesariamente su modelo económico–: eso significa en parte la erupción de las opciones de extrema derecha. Lo que no está asegurado es una resolución de esta situación de inestabilidad de carácter emancipadora. Es cierto que ese modelo cultural del neoliberalismo ha moldeado las instituciones sociales –estatales o civiles/estatales– y por eso resulta más difícil de ver y de derrotar, pero las grietas ya estaban ahí. El neoliberalismo dice que cualquier riesgo –incluso el del contagio– ha de ser gestionado de manera individual y que sus consecuencias deben ser privatizadas lo cual es un evidente absurdo porque el contagio opera en red: la pandemia da forma a la sociedad esa que ellos niegan y solo puede ser frenada en colectivo. De modo que el virus ha hecho incontestable que no hay individuo, hay común, hay sociedad. Nuestra lucha debe de ser contra todo lo que se le opone. Y, por tanto, hay que buscar esas grietas y ahondarlas. Quizás esta es una buena oportunidad.

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