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Diario de una cuarentena

Juan Varela-Portas de Orduña

LO REAL

En el telediario de la 1 de hoy, sábado 28 de marzo, han estado como 20 minutos exponiendo a la visión de los miles de espectadores diferentes lugares y procesos productivos: agricultores que cultivan sus plantas, ganaderos que cuidan de sus animales, la lavandería industrial en la que se lavan las piezas textiles de los hospitales, las cocinas, también industriales, donde se cocinan sus alimentos, los camioneros que distribuyen las mercancías, talleres que elaboran diferentes productos y ahora se van a dedicar a hacer mascarillas o respiradores, etc. Recordé, al verlo, la fina ironía de Zizeck en uno de sus muchos libros cuando afirma que hoy en día el único modo de ver el proceso productivo (la fábrica) es cuando nos introducimos en las instalaciones del “malo” en las películas de James Bond. En efecto, una de las estrategias ideológicas de los últimos cuarenta años ha sido anularnos como sujetos productores para exaltarnos solo como sujetos consumidores (lo cual, quizás, esté en la base del famoso descentramiento del sujeto postmoderno), hasta hacernos creer que las mercancías aparecen, como por arte de magia, en los lineales de las grandes superficies o en las estanterías de las tiendas de barrio. Se ha anulado así nuestra capacidad de ser conscientes de que tras los productos que consumimos hay todo un proceso productivo en el que son explotadas –a menudo de manera despiadada– personas, con sus cuerpos y con sus vidas, y el medio natural, también con sus limitaciones y prerrogativas. Con la crisis del COVID-19 este fantasma ideológico se difumina, al menos momentáneamente: nunca como estos días podemos ver en la televisión, en vivo y en directo, sosteniendo nuestras vidas confinadas e incluso expresando sus miedos y sus esperanzas, a la clase trabajadora, y sobre todo a aquella que pone por delante sus cuerpos, sus manos, para que todos podamos seguir viviendo como vivimos, así como la “rebelión” o el “grito” del medio natural que nos permite ver que no podemos vivir sin su sostén. Ojalá esta momentánea visión de lo Real no sea un espejismo que vuelva a cubrir la niebla cuando todo pase.

ENSAYO GENERAL

Empiezo entonando el mea culpa: fui de los muchos que se hizo consciente de lo que se nos venía encima demasiado tarde, exactamente el martes 10 de marzo, día en que me confiné. En mi caso, la “culpa” es bastante gorda, pues como persona informada y como intelectual tenía la “obligación de saber”, pero no lo hice. En mi descargo, el “mal de muchos…”: lo mismo parece que le pasó a gente mejor informada que yo, expertos en salud pública, políticos, economistas…

Esto me ha hecho pensar que lo que está pasando con el COVID-19 es, en pequeña escala y en reducidas dimensiones temporales, lo mismo que está pasando con el cambio climático. Primero un período de ocultación de la verdad, en el caso del COVID-19 los dos meses largos que las autoridades chinas ocultaron lo que pasaba; en el caso del cambio climático las dos décadas largas, desde los años 80, en que las compañías petroleras y no pocas autoridades y expertos, sabían lo que estaba pasando e iba a pasar y lo ocultaron. Después, el período en que sabemos lo que pasa y lo que va a pasar pero, por algún extraño motivo antropológico, nuestra consciencia se niega a aceptarlo y miramos para otro lado: el período de negación de la realidad (algo así como lo que sucede al principio del luto), aunque haya algunas voces lúcidas que avisen infructuosamente: en el caso del COVID-19, es lo que sucedió e Italia y España de enero a marzo y en otros países aun en estos días (con ejemplos clamorosos de inconsciencia colectiva); en el caso del cambio climático es, justamente, el periodo en el que estamos: ya todos sabemos, tenemos la “obligación de saber”, lo que está pasando y lo que va a pasar, pero nos negamos a asumir la realidad.

La pandemia del COVID-19 va muchísimo más rápido que el cambio climático –aunque este vaya mucho más deprisa de lo previsto por científicos y ecologistas–, pero sus consecuencias, que van a ser mucho más terribles de lo imaginado por cualquiera hace unas semanas, serán pequeñas al lado de las que tendrá la destrucción de la naturaleza. Da la sensación, si el paralelismo se mantiene, que en unos años no podremos seguir ocultándonos la realidad que se nos viene encima, pero entonces quizás sea ya demasiado tarde, como lo está siendo con el COVID-19. Puede que estemos en un ensayo general, en miniatura, de lo que va a pasar en unos años en medida mucho mayor. Estemos atentos: podemos recabar útiles enseñanzas, mientras comprobamos cómo lo mejor y lo peor del ser humano se manifiesta y potencia hasta extremos inimaginables en nuestra rutina cotidiana anterior, mientras se desarrolla la inevitable lucha entre el darwinismo social que está tras las decisiones de Trump y, quizás, de los gobiernos de Holanda y Alemania, y el intento por construir un nuevo orden económico y social que cuide de la naturaleza no como un instrumento sino como compañera o madre, que recupere la producción local y comunitaria y que valore los lazos de solidaridad, apoyo y cuidados entre personas y colectivos, y, por tanto, que potencie los servicios públicos frente a las iniciativas privadas egoístas. 

Juan Varela-Portas de Orduña es director del Departamento de Filología de la Universidad Complutense de Madrid.