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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Lídia Brun

¿Cuáles son las razones del rechazo holandés y alemán a las demandas españolas o italianas?

En el fondo, un supremacismo cultural que representa sus ventajas económicas como fruto de su propia virtud, y nuestras desventajas como consecuencia de nuestros defectos. El relato hegemónico en estos países se sustenta en un análisis económico erróneo. La economía continental es un sistema en su conjunto, no un juego de suma cero. España se beneficia de endeudarse e importar en euros, y no en pesetas; pero Alemania también se beneficia de poder exportar en una moneda devaluada y que sus ventajas competitivas no se traduzcan en un diferencial de inflación dañino para sus exportaciones. Ambos países se benefician de un mercado interno más grande. En Alemania ven como un escándalo el nivel de deuda pública sobre PIB de España y piensan que los recursos públicos se han derrochado. Pero España tenía una deuda pública del 35% del PIB en 2006. Si ahora está en el 96% es porque tuvo que hacer frente al estallido de una burbuja inmobiliaria de la que muchos bancos europeos sacaron tajada y que, junto con la crisis financiera global, tuvo un impacto brutal sobre la economía. Si el Estado español no hubiera gastado todo ese dinero público, el impacto económico hubiera sido irreparable. Alemania esto lo tiene que entender perfectamente porque acaba de anunciar un programa de apoyo masivo a su economía. Si Holanda tuviera un 14% de desempleo no pararía de invertir en su economía hasta reducirlo. Plantean una disyuntiva falsa entre «compartir riesgos» y «reducir riesgos». Dicen que primero hay que reducir riesgos (deuda pública) y luego ya veremos. Pero compartir riesgos es reducirlos, por eso los humanos vivimos en comunidad y no cada uno en la selva por su cuenta. Lo arriesgado es perpetuar la situación actual. Alemania y Holanda temen un compromiso que implique una transferencia permanente de Norte a Sur. Pero es lo que Alemania hizo y sigue haciendo con Alemania del Este. Si con Alemania del Este sí entienden lo que es necesario, el problema no es de análisis, sino de a quién consideras parte del «nosotros» con quién compartir el progreso. El discurso de Alemania es el mismo que el de los supremacistas catalanes diciendo que la España subsidiada vive a costa de la Cataluña productiva. Pero la realidad, y la certifican varios estudios de reconocido prestigio, es que Alemania es el país que más se ha beneficiado con el euro. Es hora de repartir esas ganancias porque, en el fondo, son las de todos.

¿Qué peso tiene la política interna de esos países (auge de la extrema derecha, desigualdades y crisis estructurales internas…) en las decisiones que se están tomando ahora?

Me temo que las actitudes hacia Europa tienen más consenso cultural en esos países que el condicionante que suponen sus tendencias políticas internas. Es probable que el auge de la extrema derecha sea la consecuencia y no la causa de esos discursos. En el 2010 no había ninguna amenaza real de la extrema derecha como ahora sí la tienen, y fueron absolutamente racistas, egoístas y fariseos con Grecia. ¡En Holanda gobernaba por entonces el Partido Laborista! Jeroen Dijsselbloem, el esperpéntico ministro de finanzas holandés que dijo aquello de que en España se había gastado el dinero en alcohol y putas, ¡era supuestamente de izquierdas! El SPD alemán también reproduce el discurso, aunque con más elegancia. Pero es obvio que si analizamos esto en términos de «alemanes» y «españoles», o de «holandeses» e «italianos», caemos en la trampa etnicista. Tanto el Santander como el Deutsche Bank se beneficiaron de la burbuja inmobiliaria española, así como de los rescates a la banca de los países periféricos. El lucro de la corrupción política en España se blanquea en el paraíso fiscal que es Holanda. La mayoría de trabajadores alemanes llevaban sufriendo décadas de represión salarial, perdiendo poder adquisitivo, y luego les dijeron que tenían que apretarse más el cinturón para rescatar a esos griegos que lo derrochaban todo. Pero el dinero no se lo quedó Grecia, era para devolverlo a los acreedores, muchos de ellos las grandes entidades financieras del continente. Esta confrontación identitaria, como todas las confrontaciones identitarias, es ridícula. Si los sueldos en Alemania hubieran aumentado, su superávit por cuenta corriente hubiera sido menor, reduciendo el desequilibrio y la necesidad de ajuste en la periferia. De la misma manera, la unión fiscal no es un juego de suma cero: la redistribución nunca lo es. 

¿Estamos de nuevo en el escenario de 2008? Si la UE llega a sus límites, ¿hay que articular una Europa grecolatina?

La verdad es que no me atrevo a hacer especulaciones. Se ha dado a la UE demasiado veces por muerta. No estamos en el escenario de 2008, sino el de post 2012, y la monetización implícita de parte de la deuda por parte del BCE. El anuncio del paquete de compra de Lagarde es la mejor baza que tienen Italia y España, y que no tenían en 2008. Pero hay límites a esta estrategia y no se puede delegar un problema político a una institución no elegida democráticamente, aunque desde luego hace análisis económicos más sólidos que ciertos economistas alemanes, y hace mejor su trabajo que los órganos multilaterales de decisión de la UE, como el Consejo o el Eurogrupo. El BCE no responde ante nadie y no sabemos cuándo ni a cambio de qué puede poner frenazo a su apoyo monetario de la deuda soberana. Otra diferencia respecto a 2008 es que también ha cambiado la configuración política de los gobiernos del continente. En España e Italia hay coaliciones de socialdemócratas con partidos, Podemos y M5S, que surgieron de la respuesta austeritaria a la Gran Recesión. En Portugal no están en coalición de gobierno, pero la alianza es similar. El alineamiento de estos tres países actuando como bloque tiene mucho más potencial del que nos quieren hacer creer, y abre la puerta a la esperanza. En Francia gobierna un líder que no es de un partido con alianzas europeas a las que deberse, y al que la extrema derecha le pisa los talones. El socio de coalición de Merkel, el SPD, acaba de elegir a su dirección más progresista de las últimas décadas, y tienen a los Verdes, claramente a favor de la unión fiscal, a punto de sorpaso. En Finlandia y Austria, dos de los países de la nueva Liga hanseática, los Verdes tienen influencia en el gobierno. A mí me parece que, aunque se parta de una desventaja evidente, la situación política nunca había sido tan favorable para dar pasos decisivos hacia la integración fiscal. Y si no es ahora, con europeos muriendo por un virus que afectará a todos los países por igual, la frustración y desconfianza hacia el proyecto europeo será irreparable. 

Si se rompe la UE porque no logra ser nada más que una unión monetaria, ¿qué otros escenarios internacionales se abren? ¿China?

Esta crisis se inscribe en un escenario de cambios profundos. El mundo está virando del modelo de globalización financiera promovido por la «Pax Americana» de la segunda mitad del siglo XX hacia un escenario multipolar donde China va a ser un actor esencial, con su éxito económico poniendo en cuestión no solo la hegemonía americana sino también el relato de la relación virtuosa entre democracia liberal y economía de mercado. Tenemos el reto del cambio climático en el horizonte sin que haya habido ningún movimiento significativo para hacerle frente. El actual modelo de globalización ya acusaba agotamiento, y ahora la rapidez con la que se ha expandido el virus, y el tacticismo secuencial en la adopción de las respuestas, revela un mundo híper-conectado pero híper-descoordinado. El alto grado de interconexión que nos hace interdependientes y vulnerables sin un mayor grado de cooperación y redistribución obliga a repensar la articulación territorial de la economía global. Este es el reto al que atinadamente responde la nueva «internacional nacionalista». Su respuesta es la relocalización de la producción, aprovechando que la automatización reduce el valor de la deslocalización en búsqueda de menores costes laborales. Tenemos una globalización organizada para facilitar la producción global y el comercio de bienes, que ahora entran en descomposición. Por otro lado, siempre se han ignorado las otras variantes económicas de la globalización: las finanzas y el movimiento de las personas. En cuanto a la primera, el estrés derivado del Coronavirus en los mercados financieros ha llevado a la FED a consolidar el área de influencia internacional del dólar con el establecimiento permanente de líneas de intercambio de divisas, no sólo reforzando las ya existentes con los Bancos Centrales de los países desarrollados, sino creando nuevas con los países emergentes. La extensión del área de influencia monetaria de Estados Unidos contrasta con el repliegue nacional de la actual administración americana. No sé cómo se va a resolver esta contradicción. En cuanto a la segunda: todas las soluciones de emergencia al Coronavirus han sido nacionales, incluyendo el cierre de fronteras y las restricciones al movimiento de las personas con una aceptación formidable. Digo todo esto porque la Unión Europea es el único órgano político internacional elegido democráticamente. La supervivencia de la UE pasa por cumplir con la promesa de domesticar el capitalismo global para sostener el contrato social del Estado del Bienestar. La alternativa podría pasar por una desintegración desordenada, con un coste enorme en el corto plazo.

Suele justificarse la posición holandesa y alemana con el argumento de que en el sur no hemos gestionado bien y no hemos cuadrado la cuentas, ¿es así de simple o la propia arquitectura de la UE promueve el superávit del norte para prestar dinero al sur?  

Es un poco lo que comentaba antes, la economía continental hay que observarla en su conjunto: estamos integrados en un engranaje de especialización productiva. Lo que dicen Holanda y Alemania es como si Madrid reprochara a las Castillas no estar a su altura económica. El diseño actual del euro, con una dislocación entre política fiscal, monetaria y financiera, provoca que las asimetrías se agranden sin cortafuegos ni en el tipo de cambio (porque tenemos la misma moneda) ni en una redistribución pública de los flujos privados que se acumulan siempre en una dirección (porque no tenemos unión fiscal). Pero los desequilibrios son cosa de dos: sin déficits periféricos, no hay superávits en el centro económico. Sin flujos públicos que reciclen y compensen parte de los flujos privados, los desequilibrios se agrandan, las asimetrías se amplían y se desestabiliza todo el continente. Los acuerdos monetarios internacionales no sobreviven sin mecanismos de reciclaje de desequilibrios ni sin una mancomunación de riesgos que compense las asimetrías y reduzca la volatilidad. Ninguno lo ha hecho y el euro no creo que sea una excepción. 

4 respuestas a «Escenarios de futuro: Lídia Brun»