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Bitácora social de una pandemia

Giuliana Mezza

¿Cómo se fijan socialmente, en el imaginario colectivo, las experiencias? ¿Qué convierte a los acontecimientos en puntos de inflexión, en hitos populares?

La propagación del COVID-19 ha generado un impacto que posee múltiples aristas, muchas de las cuales probablemente aún no seamos capaces de visualizar. Sin embargo, sí podríamos señalar que el tenor de la amenaza que supone a nivel global ha provocado un temblor inesperado en los cimientos de gran parte de nuestras sociedades. La inercia productiva, frenética, compulsiva en la que vivimos inmersos y el extendido descrédito en el que han caído las instituciones públicas emergieron a la superficie traccionadas por una necesidad urgente y radical; la supervivencia.

Por un lado, la pandemia ha permitido trazar un escenario en el que los protagonistas son los actores invisibilizados del neoliberalismo; el Estado como garante del bienestar, y la sociedad como cuerpo colectivo autoconciente. Ninguna respuesta efectiva al nuevo coronavirus puede articularse sin sistemas sanitarios sólidos, decisiones políticas firmes y altos niveles de acatamiento por parte de la ciudadanía de las medidas adoptadas. Por otro, el remedio inmediato a la propagación de la enfermedad confronta abiertamente con nuestro modo de vida hegemónico; para frenar al virus, todo debe detenerse.

Y entonces, ¿imperará la lógica de que todo se detenga, para que más pronto que tarde todo vuelva a ponerse en marcha como si nada hubiese ocurrido – “para que nada se detenga”? ¿O la  crisis sanitaria y sus derivas dejarán una huella permanente en el imaginario social? Por lo pronto, los interrogantes en torno a la relación entre lo colectivo, lo público y lo estatal hoy están en condiciones de ser reformulados.