Categorías
Artículos

Mundo agotado, prueba 1: coronavirus.

2020 está siendo ese año en el que cada mes parece un nuevo capítulo de la serie Years and Years. Soleimani asesinado en Bagdad. La guerra petrolífera entre Rusia y Arabia Saudí hundiendo los precios del crudo

Emilio Santiago y Héctor Tejero

2020 está siendo ese año en el que cada mes parece un nuevo capítulo de la serie Years and Years. Soleimani asesinado en Bagdad. La guerra petrolífera entre Rusia y Arabia Saudí hundiendo los precios del crudo. El derecho de asilo suspendido en Grecia. La pandemia del COVID-19 poniendo contra las cuerdas primero los sistemas sanitarios nacionales del mundo entero y después la economía global. Tras una década enormemente convulsa parece que la que viene lo será tanto o más que la anterior. ¿Qué lógica histórica profunda subyace a esta especie de posposición indefinida de la normalidad? Y sobre todo, ¿qué horizontes de esperanza política cabe abrir ante un signo de los tiempos tan incierto?

Hace tiempo que desde algunos círculos venimos apuntando que el concepto de crisis civilizatoria podría ser un buen resumen para la época que nos ha tocado vivir. Seguramente se trata de una idea que, además de académica, peca de indefinida. Por precisar un poco más el diagnóstico, hoy todo análisis social debería partir de un hecho fundamental, pero quizá poco comprendido. Y todavía menos asumido: el Antropoceno lo ha cambiado todo. Nuestros sistemas socioeconómicos y políticos, nuestras instituciones, nuestros imaginarios y nuestros proyectos colectivos (a la derecha y a la izquierda) no están preparados para el nuevo terreno de juego que ha impuesto el convertirnos en la más influyente y a la vez más excedida fuerza planetaria. Hoy, con el impacto combinado de nuestra tecnología y nuestra economía compulsiva, estamos alterando, y a una velocidad de vértigo, todos y cada uno de los procesos materiales recursivos que sustentan la vida en La Tierra (y sobre cuya estabilidad relativa, complejidad autoorganizada y reproducción independiente, eso que a brocha gorda filosófica podemos convenir en llamar naturaleza, hemos cimentado el orden social existente). Sin embargo, aunque afectamos a todos los procesos biofísicos del planeta, no tenemos control efectivo sobre ninguno. Y estos terminan golpeándonos en forma de efecto bumerán con muchas aristas. Pero hablemos mejor de “mundo agotado” que de Antropoceno. Es la extralimitación ecológica la que da a esta capacidad titánica de interferencia humana en todo lo que existe su verdadero potencial rupturista. La dimensión de este reto solo termina de comprenderse si al hecho inaudito de entrar en la escala de las consecuencias geológicas que dan forma a nuestro planeta como entraría un elefante en una cacharrería se le suma que, además, hemos sobreexplotado todos los recursos esenciales y hemos llevado a la extenuación de todos los servicios biosféricos. Incluida la vida, y empezando por la propia vida humana. Es decir, cuando hablamos del agotamiento del mundo lo hacemos como sinónimo de escasez y a la vez como sinónimo de cansancio. La creciente dificultad geológica para la extracción de petróleo o el estrés hídrico ejemplifican la primera dimensión. El impacto del estrés en la salud global o la crisis de cuidados son una suerte de punta antropocéntrica del iceberg de la segunda dimensión, que por supuesto va mucho más allá de nosotros: ¿no cabría entender la extinción de los polinizadores o la pérdida de suelo fértil como muestras de cansancio de una biosfera a la que se le ha exigido compulsivamente demasiado?

En un parpadeo histórico las últimas generaciones hemos protagonizado el paso de un mundo ecológicamente abundante a un mundo ecológicamente agotado. Con un reparto muy desigual de los beneficios y los perjuicios, que sin duda habrá que considerar en el debate sobre cualquier ajuste de cuentas con la realidad que sea justo, desde 1980 la humanidad ha estado viviendo por encima de sus posibilidades biosféricas.  Esto nos obliga a problematizar de otra manera el paso del tiempo, pues nos hemos situado en una cuenta atrás inédita, ante la que ningún otro humano se ha encontrado antes. Los ecólogos hablan de este salto de época como la Gran Aceleración. Pero también nos exige pensar de modo diferente el uso convencional del espacio: la Gran Aceleración es indisociable de la Gran Sobrecarga que miden hoy los índice de huella ecológica, especialmente en algunos países. Un mismo fenómeno, visto por el prisma del tiempo o por el prisma del espacio, que ha terminado por agotar el mundo. Y el agotamiento ecológico se traslada, de formas muy diversas, a la vida social. La satura, la comprime, la congestiona. Y convierte las más diversas formas de competencia en un juego de suma cero. A veces incluso de suma negativa, donde todos pierden (pero como afirma Prez en The Wire, un bando lo hace más lentamente). Al margen de cualquier otra consideración, esto es un antes y un después para la especie comparable al uso del fuego, el neolítico o la revolución industrial. Cause temor, vértigo o ilusión, definitivamente en la lotería de la historia nos ha tocado un papel muy interesante. Algo que, como suele decirse, tiene mucho de maldición.

Las consecuencias de esta transformación son muchas. En lo ambiental resultan evidentes: crisis climática, sexta extinción masiva y rendimientos decrecientes en la extracción de recursos fundamentales. En la economía ayuda a entender la maldición del estancamiento secular, que pesa sobre el crecimiento económico y nos obliga a pagar un precio cada vez más oneroso al perseguirlo (financiarización, burbujas especulativas). En lo social nos permite comprender por qué la convivencia parece haberse convertido en un juego de las sillas perverso, donde prima sobre todo el miedo a la exclusión.

¿Y en lo sanitario? ¿Vivir en un mundo agotado nos expone más a fenómenos como la pandemia del COVID-19? Por su arbitrariedad, las fronteras de las épocas históricas son siempre discutibles. Es tan cierto que lo primeros años del siglo han conocido una intensa sucesión de brotes epidemiológicos (como la Gripe Aviar, la Gripe A, el SARS, el MERS, el Zica o el Ébola, al que hoy se suma el COVID-19) como que las epidemias han sido actrices protagonistas del drama humano desde tiempos inmemoriales. Pensemos en la peste negra, que derribó el mundo medieval dejando hueco para la emergencia del capitalismo. O el impacto genocida de la viruela en las poblaciones no inmunizadas de América a la llegada de los europeos, que permitió a estos someter el hemisferio occidental en tiempo record. Pero como constata Diamond en Armas, Gérmenes y Acero, hay una conexión evolutiva entre incremento de la densidad antropogénica y enfermedades masivas. Las grandes masas de población (humana y de ganado) concentradas en poco espacio, así como su alta movilidad, son un filón para los microbios. Primero fue la agricultura. Luego la aparición de las ciudades. Después las grandes rutas comerciales. Bajo esta lógica, el agotamiento del mundo de los últimos cincuenta años ha supuesto un nuevo salto adelante en las condiciones favorables para el desarrollo de pandemias. Primero por los cambios en los usos del suelo. Esto es, el desarrollo de ganadería a una escala sin precedentes y la asfixia imparable del espacio natural facilita la zoonosis, el salto de patógenos entre especies. Por si fuera poco y aunque no tenga relación con el CoVid19, uno de los efectos locales más importantes del cambio climático son las variaciones en la distribución de enfermedades infecciosas, principalmente debido a la extensión de vectores (mosquitos u otros insectos) a zonas donde antes no podían vivir: malaria, dengue, enfermedad de lyme, etc. 

Y, no menos importante, por la interconexión de la globalización, que promueve un desplazamiento global constante de millones de personas que funciona muy bien como vector de contagios descontrolados (especialmente en el caso de la aviación, que viaja más rápido entre continentes que el periodo de incubación de muchas de estas enfermedades). Es decir, si la mayor densidad antropogénica aumenta la probabilidad de emergencia de nuevos patógenos y el cambio climático la extensión de los existentes, la hiperconexión acelerada del mundo lleno aumenta su probabilidad de convertirse en pandemias globales.

Aun a riesgo de inflar todavía más la burbuja de neologismos, nos atrevemos a hablar de “pandemiceno” para señalar esta dimensión de la crisis socioecológica a la que nos vemos enfrentados. Podría decirse que, en cierto sentido, la humanidad siempre ha vivido en esta situación, pero los avances científicos y de salud pública lo habían puesto en pause durante buena parte del siglo XX  en los países más desarrollados. 

En ningún caso esto es una simple demonización del progreso, pues sobra decir que si tenemos alguna posibilidad de enfrentar estas pandemias con mejor éxito que en el pasado es aprovechando las externalidades positivas de vivir un mundo lleno (conocimiento científico común, coordinación económica y social entre regiones lejanas). Lo que va perfilando cuales pueden ser los rasgos de la tarea emancipadora en un mundo que ya no podemos vaciar.

A un cierto nivel del análisis, un mundo agotado supone una enorme prueba de estrés entre una realidad material radicalmente nueva y las inercias culturales predominantes (entendiendo aquí cultura en esa acepción amplia que usan los antropólogos). Es importante tener esto en cuenta porque permite no olvidar que no tenemos respuestas prefijadas y seguras ante lo que viene: la transición es una ruta sin mapa, que exigirá mucha experimentación y avanzar mediante ensayo y error. Pero no podemos quedarnos ahí, en una lectura estructural, sin sujetos que hacen planes y acceden de modo desigual al poder. Lo más determinante de nuestra coyuntura es que en las últimas cuatro décadas la política ha estado casi monopolizada por un proyecto y unos intereses muy concretos que han favorecido el caos: el proyecto neoliberal, recogido en el decálogo del Consenso de Washington o el Tratado de Maastricht, a beneficio de unas oligarquías que han disparado la distancia social respecto al resto de la ciudadanía hasta niveles impropios después de la Revolución Francesa.

Es evidente que el COVID-19 nos amenaza con esta intensidad porque avanza sobre el deterioro previo e intencional de los sistemas públicos de salud vía recortes y privatizaciones. El caso de la Comunidad de Madrid es ilustrativo: su curva de contagios y de fallecidos resulta muy llamativa en comparación con cualquier otro lugar de España. Cuando todo pase habrá tiempo para estudiar qué falló especialmente en Madrid. Quizás al hecho de ser el principal hub global del Estado que se expande radialmente sobre todo el territorio se suman elementos de gestión de crisis a nivel autonómico o nacional. Pero tener 3.000 camas hospitalarias menos con medio millón de personas más, y uno de las peores ratios del país en gastos sanitario per cápita, sin duda tendrá también su parte de responsabilidad. 

Lo mismo sucede con la economía, que lleva décadas volviéndose artificialmente frágil para beneficio de muy pocos. Hoy parece claro que el COVID-19 va a hacer saltar por los aires la precaria recuperación económica post 2008. Pero realmente podría haber sido cualquier otra chispa. Lo determinante aquí es hasta qué punto la fragilidad es un destino sin alternativa que el discurso económico predominante nos quiere enseñar a naturalizar. Crisis tras crisis pareciera que debemos aprender a esperar un cataclismo económico cada 10 años, como en Chile esperan un terremoto cada década, sin osar preguntarnos si no habrá una forma de producir y distribuir que no se confunda con jugar a la ruleta rusa. Tras el crack de 2020, la propensión del capitalismo a funcionar como un castillo de naipes que se derrumba cinco o seis veces en el horizonte vital de una persona se sumará a la pobreza artificial y al cambio climático como fuentes de una deslegitimación cada vez más profunda. El fracaso del socialismo real en el siglo XX ya no servirá para contener la necesidad de buscar un orden socioeconómico nuevo. Es posible, como apuntan los estudios en dinámica de sistemas, que la complejidad sea una trampa de rendimientos decrecientes que a la larga hace caer a todas las civilizaciones. Pero el neoliberalismo la dispara: mediante la financiarización, la creación de desigualdades extremas y la reducción de la realpolitik nacional a una lucha por inversiones extractivistas, que funcionan con la riqueza común de un país como las plagas de langostas con los campos de cultivo.

La idea de mundo agotado nos permite además interpretar históricamente el neoliberalismo desde un ángulo más complejo: ha sido una Declaración Unilateral de Independencia de las oligarquías. Y no solo frente al pacto social de posguerra. Sino también frente al planeta Tierra como hogar común. Por tanto, una secesión que rompe al contrato social moderno de matriz republicana entre ciudadanos libres e iguales. Con Trump, la DUI oligárquica entra en una nueva fase. En lo ecológico el salto es nítido. Primero, negacionismo climático para apurar la era de los combustibles fósiles. Segundo, apartheid climático para externalizar consecuencias. En medio, se reinventan los afectos colectivos para acaparar de modo excluyente el espacio ecológico mundial. Las políticas sanitarias que inicialmente el eje Trump-Johnson han querido imponer en la gestión de la pandemia son también reveladoras. OPAs hostiles por las patentes de una vacuna. Experimentos eugenésicos de darwinismo social anteponiendo la rentabilidad económica a la vida. Están viéndose obligados a rectificar por el paso arrollador del virus. Pero no se trata de extravagancias anglosajonas pasajeras: son ensayos biopolíticos de vanguardia en uno de los polos imperiales más determinantes del presente.

En un mundo agotado el eje político se ha trastocado. El asunto Hitler, el del lebensraum o espacio vital definido en términos de capacidad de carga ecológica, reordena el mapa del siglo XXI: hoy el dilema ético que determina el campo de la política se reduce de modo muy nítido a la elección entre matar o compartir. El proyecto Trump concentra las fantasías que alimentan la primera opción: soltar lastre de toda idea de humanidad común. Los partidarios de la segunda opción tendremos que revalorizar y declarar nuestras múltiples dependencias. De los cuidados que requieren los cuerpos vulnerables. De la naturaleza insustituible. De los lugares y las regiones como espacios culturales concretos de protección y arraigo, sin los cuales no existen pueblos. El siglo XXI será, por tanto, el siglo del mundo agotado como gran examen, que entremezclará lo evolutivo (dado a escala de especie) y lo político (dado a escala de intereses sociales divergentes y enfrentados). El coronavirus es su primera prueba, muy dura y muy difícil. 

Ante este reto la metáfora bélica se ha impuesto de modo contundente. Una parte de la izquierda la crítica con muy buenos argumentos. Es obvio que sus connotaciones autoritarias son peligrosas. Pero incidir en el discurso público, y más en tiempos de conmoción, es una artesanía sobre hechos consumados. La metáfora está instalada y el hueco fuera por ahora es reducido. Por eso, junto a la crítica del marco bélico también creemos necesario disputarlo e intentar conducirlo a conclusiones favorables. Así que aceptemos que, sin estar preparados ni saber ni siquiera cómo, nos hemos descubierto librando la guerra de nuestra generación. Hay un frente de guerra en el esfuerzo sobrehumano de nuestras médicas y enfermeros echando jornadas interminables en hospitales desbordados, con falta de material y camas,  contagiándose y casi peor, conviviendo ya con la decisión imposible de hacer vivir o dejar morir. Hay un frente de guerra en cada uno de los trabajadores y trabajadoras que se exponen al virus en los comercios alimentarios, en los transportes, en los servicios públicos esenciales. Hay un frente de guerra en el cuerpo de cada uno de nuestros mayores y de nuestros ciudadanos vulnerables, y en el miedo de sus amigos y familiares. Hay un frente de guerra contra la depresión y el sufrimiento en las mentes de millones ante la perspectiva de un encierro sin fecha de salida. Y libramos esta guerra no convencional, que no se gana con armas sino con cuidados, sabiendo que no es ingenuo pensar esperanzados en el día después: algunos de los mayores avances sociales y democráticos del siglo XX se dieron reciclando esfuerzos colectivos de guerra en esfuerzos colectivos de reconstrucción y de paz.

Somos ecologistas. Sabemos que hay otras formas de sufrimiento, otras formas de daño y hasta otras de guerra, con todo su componente criminal, asociadas al normal funcionamiento de nuestro sistema socioeconómico. Pero creemos que no hay modo mejor de combatir la plétora miserable del orden capitalista que cerrar filas con los sufrimientos y los miedos vividos y sentidos por nuestro pueblo en primera persona del plural.

Ante esta primera prueba del mundo agotado somos moderadamente optimistas, aunque con precauciones. Los partidarios de compartir antes que matar tenemos muchísimo a favor. Y aunque esta crisis ha dejado imágenes de comportamientos sociales reprobables, tras décadas donde se nos ha adoctrinado en la ley del más fuerte con la violencia ideológica de la realidad entera (desde el urbanismo hasta nuestra sexualidad), estos actos de irresponsabilidad colectiva no dejan de ser anecdóticos.

De primeras, hemos redescubierto nuestra vocación de comunidad. Quizás la experiencia más llamativa sea el aplauso a nuestros profesionales sanitarios cada noche en los balcones, que nos ha emocionado mucho. Más que, al menos, casi todo lo que solíamos comprar para emocionarnos en lo que hasta hace unas semanas era la vida normal. Quizá es una válvula de escape ante el encierro. Pero quizá es un síntoma de que tenemos sed de algo que el mercado no puede saciar: sed de sentido compartido, de esfuerzo entrelazado. Incluso a costa de decir algo herético, sed de deber. El deber de regalarnos en pos de algo común que nos trascienda. Ha pasado muchas veces en la historia: los momentos duros demuestran que ser un individuo consumidor no llega. Para sentirnos completamente vivos necesitamos hacer apología en actos de lo mejor de un nosotros. Lo mismo que para morir dignamente o superar un duelo, tenemos que hacerlo en compañía. Por eso la distancia profiláctica que impone el COVID-19, obligándonos a enfrentar la muerte aislados, sin el abrazo y el consuelo de familia y amistades, supone una tortura en el núcleo mismo de nuestra constitución antropológica. Nuestro compañero Pablo Padilla lo describe en un texto hermoso y doloroso a la vez. Solo por esto cualquier análisis que minimice el potencial traumático de lo que está por venir se equivoca de lleno.

Por cierto, es preciso apuntar que la comunidad clásica siempre tuvo tanto de soporte mutuo como de coacción mutua. De hecho, solo así son estables los bienes comunes. Por supuesto, es rechazable la conducta linchante de aquellos ciudadanos que desde sus balcones han desarrollado roles parapoliciales con auténtico sadismo punitivo. Pero hay que asumir que los aplausos de las 20h y el vecino que grita al que pasea aparentemente sin motivo no son dos fenómenos independientes. César Rendueles suele decir que el gran reto de las perspectivas comunitarias es cómo articularlas con las amplias libertades civiles que se han ganado en los últimos años. No es ni mucho menos un tema menor. Y además, es una zona muy gris.  

La sorpresa de descubrimos juntas y juntos, aunque estemos cada uno en nuestras casas, supone el arma más importante para vencer la pandemia. La reciente y hermosa explosión de solidaridad popular que recorre el país lo atestigua: en el apoyo vecinal, en las donaciones de sangre, en el respeto mayoritario al confinamiento, en la creatividad desinteresada que circula por las redes para hacer más llevaderas las horas de aislamiento. Y esto no es coaching epidemológico, sino la constatación de una necesidad social profundamente reprimida y políticamente muy importante para lo que vendrá después. Pero somos conscientes también de los límites. Los entusiasmos populares son embriagadores, pero efímeros. Un confinamiento muy prolongado puede ser una carrera de fondo demasiado difícil para cualquier cuerpo social. Más para uno educado a correr a sprint casi todos sus deseos. 

Rebajar el impacto de la pandemia será nuestra primera victoria. Pero al mismo tiempo tocará enfrentar la segunda batalla, más difícil: impedir que el shock económico provocado por este súbito parón se convierta en una trituradora social. Nuestras hijas y nietos nos miran: 2020 debe ser lo contrario que 2008. Y aquí también hay señales interesantes. Tras 12 años de empecinamiento austericida, la balanza se inclina hacia el lado expansivo. Nada se parece más a un keynesiano que un liberal asustado. Cuando Mitt Romney propone transferencias netas de dinero a la ciudadanía, idea que compra hasta Trump, y Macron adelanta por la izquierda al primer gobierno de coalición progresista en España desde la Segunda República, es evidente que el consenso neoliberal está más débil hoy de lo que nunca ha estado. Seamos muy ambiciosos y atrevámonos a ganar. Por todos los medios a nuestro alcance, cada uno los que les sean propios, y con toda nuestra inteligencia y pasión, en los próximos meses los pueblos debemos empujar para promover la mayor operación de redistribución de riqueza en el mundo occidental desde 1945.

Y más allá de la necesidad de proteger a los de abajo hemos de ir pensando también en la reconstrucción posterior. El mundo que viene será diferente. Y para que los cambios refuercen la respuesta cooperativa, que se disputará con la respuesta genocida el sentido del siglo, tenemos que empezar a imaginar esos cambios y planificarlos desde este mismo momento. También hay aquí motivos para una esperanza razonable. De primeras, ya sabemos dónde enfocar toda la energía colectiva que va a ser movilizada contra la pandemia para sacar un buen rendimiento emancipador al día después. Un Green New Deal ambicioso y decidido puede ser el programa perfecto para salir de la crisis económica que nos legará la primera prueba de un mundo agotado, el coronavirus, solucionando la segunda, la emergencia climática.

Estos días tan duros resulta un pequeño consuelo constatar que el neoliberalismo y todo su programa, tanto en lo económico como en lo antropológico, hace aguas. Algunas voces apuntan que el coronavirus será su Muro de Berlín. Pero 2008 pudo haber sido un 1989 neoliberal y no lo fue. Nos tocó soportar 12 años más de un paradigma fracasado. Como siempre, no hay atajos dialécticos ni trucos deterministas que permitan superar la radical contingencia de todas las cosas. Y en política eso significa, en una  coyuntura ambivalente y que nunca admite una sola solución, que ante un mundo agotado nos toca proponer una certeza mejor que la del adversario. Si cuidar a los nuestros nos deja algún hueco estos días difíciles, pensar en nuevas certezas prometedoras, de cara un mañana distinto, puede ser una buena gimnasia para mantener en forma nuestra imaginación política. Lo que quizá es tan importante estos meses como mantener en forma nuestros cuerpos forzados al sedentarismo. 

Lo dijo Lewis Mumford de modo magnífico: si al ser humano le quitas el futuro le quitas el aire. Quienes dan forma a las narrativas que trenzan nuestra vida colectiva (en la política, en la filosofía, en las ciencias, en la literatura y las artes) tienen ante sí un reto prioritario: airear el confinamiento mental que hoy sufren nuestras expectativas de futuro. Y así lograr que la evidencia de vivir en un mundo agotado no degenere en un peligroso sentimiento de claustrofobia histórica. Por el contrario, se pueden abrir horizontes mediante dos tareas complementarias, que se benefician mutuamente, y que ofrecen un plan ilusionante para las décadas que vienen. La primera, dejar descansar al planeta. Cerrar sus heridas. Que recupere espacios y tiempos propios. En definitiva, otorgar a la Tierra, y quienes vivimos en ella, con ella y de ella, derecho a la pereza. Se nos dirá que esto es imposible porque el ser humano está constituido en lo más profundo de su ser por un ansia de conquista y de novedad que no admite recluirse ni limitarse. Para la parte de esta afirmación que no sea propaganda ideológica del frenesí capitalista haciéndose pasar por naturaleza humana, la segunda de las tareas. Reconducir estos impulsos humanos de trascendencia, en el sentido de ir más lejos de uno mismo, hacia esa zona inmensa y muy prometedora que, a pesar del cierre geográfico del mundo, se nos abre casi vacía en nuestros mapas: la terra incognita de lo común.

1 respuesta a «Mundo agotado, prueba 1: coronavirus.»

[…] Sumado a esto, el drástico freno de la economía mundial a lo largo de algunas semanas dio lugar a considerables mermas en la polución y destrucción ecológica y ambiental, que ha ido produciendo continua y exponencialmente la economía-mundo capitalista desde la Revolución Industrial (1ra, de siglo XVIII). El mito del progreso ilimitado demuestra su insostenibilidad, chocando con los límites naturales del planeta. […]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *