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Diario de una cuarentena

Virus y mariposas

Fernando Broncano

Escribo estas líneas en la segunda semana de encierro cuando la pandemia se extiende de forma territorialmente heterogénea por el Planeta, pero homogeneiza el miedo y las reacciones de todos los países que se apresuran a instaurar diversos grados de confinamiento de las poblaciones. La economía y el comercio mundial se trastornan, decaen los viajes y la sociedad intercomunicada permanece solo a través de la conexión telemática. Los representantes de los gobiernos se apresuran a desarrollar una retórica épica de guerras y enemigos, pero no hay guerra ni enemigos. Es una pandemia producida por la vulnerabilidad de los cuerpos a los virus y la intensa socialidad que ha producido un mundo entrelazado por el transporte y los viajes. La pandemia se ha ido extendiendo por la geografía con velocidades diferentes dependientes de la aleatoriedad de los intercambios viajeros. El hecho es que se ha generado una crisis que alcanza ya dimensiones superiores a las de las grandes crisis económicas y, efectivamente, es comparable en sus consecuencias a las de las grandes guerras.

¿Qué ha ocurrido? ¿cómo ha sido posible esta conmoción? Aunque ha habido otras epidemias de virus en la historia contemporánea, como la “gripe española” de 1918 y la epidemia del parecido virus SARS de 2003, lo excepcional de esta pandemia es que ha afectado a la misma fábrica del sistema socioeconómico contemporáneo que llamamos “globalización”.  La trama de dependencias entre lo informacional, lo económico, lo social y lo político se han entretejido para generar efectos amplificados. Se puede aplicar sin reservas la metáfora de la mariposa y el huracán al virus Covid-19. A medida que se ha creado una corteza tecnoeconómica planetaria de una densidad inusitada de relaciones de todo tipo (comerciales, financieras, militares, informacionales, geoestratégicas, tecnológicas), pareció en algún momento que la historia entendida como suma de contingencias había desaparecido bajo esta esfera trabada, lo que dio origen a las proclamas del fin de la historia y de la imposibilidad de imaginar el fin del capitalismo. 

Pero la contingencia y las estructuras firmes se entrelazan de formas extrañas. Hace poco más de cien años, en la época de un capitalismo financiero e imperialista aparentemente todopoderoso, una imprevista contingencia, la de un asesinato en Serbia, desencadenó la más mortífera de las guerras, que, a su vez, desencadenó la más promisoria de las revoluciones, el movimiento político más cruel de los nunca imaginados, otra segunda y más destructiva guerra,…, y el mundo contemporáneo en el que han crecido varias generaciones. Aún es pronto para saber si nos encontramos en un punto de inflexión tan profundo como el que abrió el asesinato en Sarajevo del Archiduque heredero. Lo que si sabemos es que una pandemia ha sacudido al sistema entero de dependencias políticas, económicas, sociales, tecnológicas. Y que es una conmoción que abre espacios de posibilidad mucho más amplios que los existentes antes de enero del 2020.

Todo lo que está ocurriendo está lleno de paradojas. La primera: son muchas las voces que han declarado que esta catástrofe sanitaria se va a llevar por delante la globalización. Se basan en que la pandemia ha ampliado la fuerza de tendencias ya existentes, como las representadas por el populismo americano de Trump, el Brexit, los neonacionalismos de derechas en Europa, y otros fenómenos ya observables. Ahora, los cierres de fronteras y las clausuras del comercio parecen anunciar el final del mundo globalizado y la vuelta a estados centrados en sus mercados y poderes propios. Pero simultáneamente observamos el fenómeno contrario: nunca se había producido una conciencia tan clara de las dependencias planetarias. Los países se cierran, pero acuden unos a otros a pedirse reacciones financieras, a compartir recursos sanitarios a toda velocidad, a cooperar, aunque sea en apariencia competitiva, a desarrollar respuestas comunes a través de la investigación. Nunca fue tan clara la necesidad de cooperación estratégica mundial. Asombra, pero no sorprende, que las multinacionales de inmenso poder financiero y técnico hayan descubierto lo frágil de su reputación y se apresuren a dar mensajes de colaboración con los gobiernos y la sociedad. 

La segunda paradoja: el confinamiento en las casas parecería ser el resultado último y final de la civilización neoliberal. La proclama de Margaret Thatcher de que no existían sociedades, solo individuos y familias parece haberse convertido en una cruel realidad física. Se habla ya de una sociedad futura basada en el teletrabajo, lo que sería el sueño final del individualismo. Un estado poderoso y una ciudadanía aislada y en continua competencia. Y sin embargo, qué oleada mundial de sentimientos de hermandad y codependencia. La separación física en el ocasional encuentro en el supermercado se superpone a una conciencia cada vez más clara del cuidado que nos debemos unos a otros. Se hace visible como nunca la insolidaridad y el egoísmo de algunos, que produce una irritación moral nunca vista en la era del neoliberalismo. No sabemos qué deparará el futuro, pero ya es claro que la ideología neoliberal ha perdido una batalla cultural de la que le será difícil recuperarse. 

La tercera paradoja: cuántas veces se había anunciado el triunfo finan de un capitalismo inhumano basado en la financiarización, la creciente desigualdad, la deslocalización y el dominio sobre la población con la terrible amenaza del paro estructural.  Sorprende ahora que las voces más ortodoxas se apresuren a poner en marcha políticas contrarias a la austeridad, basadas incluso en remedos de una renta básica universal, que hayan aceptado tan deportivamente la pérdida de valores financieros y proclamen la reactivación de la economía real y el cuidado de los más débiles. Tampoco conocemos el futuro del capitalismo. Es posible que la crisis sea una oportunidad para que algunos compren a precio bajo para enriquecerse como los buitres del extraperlo de antibióticos después de la II Guerra Mundial. Pero también es posible que esos fondos buitres que colonizaban los centros de las metrópolis expulsando a sus habitantes hacia viviendas cada vez menores, más lejanas, de peor condición y a precios más altos, hayan perdido por décadas sus beneficios. En un espacio político polarizado como nunca, las medidas están convergiendo hacia respuestas de protección social contra las que nació el neoliberalismo. En una sociedad progresivamente individualizada y aislada, el confinamiento está generando nuevas conciencias de solidaridad y vecindad. 

La pandemia dejará un paisaje desolado con grandes perdedores y previsiblemente mayor desigualdad, pero también habrá dejado abierta una nueva ventana de oportunidad. Nunca hasta ahora había sido posible imaginar un sistema mundial basado en otras bases económicas que el capitalismo e ideológicas que el neoliberalismo. Ahora hay una posibilidad de plantear la transición ecológica como una transición sistémica. Si hubo un momento en el que fuera posible imaginar otro mundo es ahora, cuando se han fracturado los discursos deterministas y el sentido de vulnerabilidad colectiva nos hace más sensibles a nuevas propuestas de un mundo reorganizado sobre la cooperación, el cuidado y la sostenibilidad. 

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