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Escenarios de Futuro: José Luis Villacañas

¿Qué esta aflorando con la crisis?

Por supuesto, ante el coronavirus está aflorando la realidad. En todos los aspectos. Los más llamativos tienen que ver con la gente que sufre y padece, que teme y espera, que se siente desvalida y confía en lo único que puede inspirarle serenidad, expectativa: la otra gente que es como ella. Es el pueblo menor, que no puede confiar en sus reservas de capital, en sus enchufes, en sus privilegios, en su poder. Sólo puede confiar en lo que ella puede dar, entrega, trabajo, sacrificio, esfuerzo. Eso es lo que vemos tras los aplausos. Esperanza, gratitud, porque sabemos que podemos estar allí, en una UCI abarrotada, con personal de enfermería estresado, infectado, agotado; con médicos al borde del insomnio. Pero con esos aplausos sentimos que nos abrazamos a cada sonrisa, a cada buena palabra, a cada gesto de ánimo que ese personal entrega a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestros padres y madres. Nos figuramos que estamos también allí, donde están nuestros conciudadanos sufrientes. Con la imaginación estamos indefensos ante las puertas de los hospitales, mientras el personal sanitario responde con una entrega infinita, sin cálculo. Eso cantan todas las canciones, y eso es lo que acompañan todas los aplausos. En ellos vuelan el afecto un país humilde y solidario: hacia esos talleres que de fabricar toldos ahora hacen mascarillas gratuitas; a esos ingenieros que con una impresora 3D hacen respiradores; pero también hacia los campesinos que recogen su huerto, sus frutas, sus verduras. Hace tres días estaban hundidos en el desprecio del mercado. Hoy esos pequeños campesinos no miran si van a la ruina. Surten nuestras ciudades y se sienten felices de que sepamos lo necesarios que son. Todo eso emerge porque siempre estuvo ahí. Es el pueblo menor, el que solo se tiene a sí mismo. Es el pueblo eterno. El que siempre salva.

Pero no conviene olvidarlo. Ahora están agazapados. No hablan. No hacen palmas. Pero otros están ahí. Por el momento anónimos. No sabemos muy bien donde se refugian, pero están haciendo sus cálculos. Son todos lo poderosos y los que ya piensan cómo va a afectar esto a su poder. Esa realidad hay casi que adivinarla, que interpretarla, pero está ahí. Por supuesto, no contamos con su racionalidad, ni siquiera a la hora de defender sus intereses. Dejaron ver sus intenciones cuando dijeron que era preciso salvar el sistema productivo a toda costa; cuando afirmaron que era necesario que la gente se inmunizara a base de contagios; cuando nos dijeron que ahora todos somos soldados; cuando afirmaron que el virus era un invento de otro país; cuando racanearon con la ayudas que se podían dar; cuando no son capaces de paralizar la producción en aquellas ramas no completamente necesarias. Cuando jugaron con cálculos. Ese mundo tenebroso también emerge, no conviene ocultarlo, cuando se lanza un ataque contra los sistemas electrónicos de los hospitales, cuando se acapara material sanitario, cuando se miente acerca de ese material, cuando se tima a los institutos públicos que quieren comprarlo. 

La realidad no va a cambiar por el virus. De un modo u otro el virus siempre ha estado ahí. La necesidad, la escasez, la penuria, la mirada atenta hacia lo público, era la esperanza de la gente sencilla antes de que esto estallara. Ahora el peligro no es nuestra existencia precaria. Ahora afecta a la propia vida. No nos sumerge en una vida mala. Nos lleva a la muerte. La evidencia es de tal índole que cualquier aparato ideológico tiene que callar ante el desnudo hecho de lo que ahora se juega. Pero ¿durante cuánto tiempo esas canciones, esos aplausos, esa entrega mantendrán en silencio a los que piensan que esto forma parte de la lucha por la vida? ¿Cuánto tardarán en perder la vergüenza, en disponer de coartadas para volver al viejo discurso de que estamos por encima de nuestras posibilidades? Ahora sabemos en qué se traduce esto. Sencillamente, en vivir más allá de lo debido, más allá del momento de la productividad, más allá de la explotación. ¿Cuánto tardarán en volver?, me pregunto, pero en realidad lo sabemos. Nada. Están ahí. Hoy, lunes 23 de marzo, el diario español “Expansión” titulaba: “tras la recensión que se avecina será inevitable que se impongan más recortes”. Lo que emerge de esta crisis es también lo que por ahora se oculta, pero se prepara. Ahora dominan los sentimientos, la buena fe, la solidaridad. Pero sabemos que estas son las dimensiones más inconstantes del ser humano. Solo si alcanzan la traducción a experiencia estarán en condiciones de estabilizarse. Y para eso se requiere el aporte de la razón, de la reflexión, del juicio, de la constancia militante. Sólo eso taponará lo que ha de emerger. Nuestra especie sobrevivió porque supo reconocer la función de los débiles, justo porque superó el darwinismo feroz. Esta crisis puede ser la oportunidad de reconciliarnos con los que nos permitió sobrevivir, los ancianos, las madres, los débiles, los que generaron la gama de sentimientos de afecto, de cuidados, de sensibilidad, los que llevaron al arte, a la capacidad simbólica, al relato, a la narración, al lenguaje. Pero también nos trae la evidencia de que hay un estrato más arcaico en nosotros, que debemos al camino evolutivo de la vida en nosotros. Ese estrato es también real, forma parte de la lucha por la vida, y de los elementos darwinistas indudables. Debemos elevar con firmeza la voz para que se estrato arcaico no se imponga. Nuestro pasado se constituyó no cediendo descarnadamente a este esquema depredador. No hagamos nuestra ideología con los materiales pulsionales que tuvimos que dejar atrás. Hoy el neoliberalismo no puede presentarse en libertad. Pero sin duda esta crisis tendrá también una interpretación neoliberal. Y tenemos que estar preparados contra ella. Y eso significa estar preparados contra ese artefacto ideológico que es el darwinismo, el que le sirve de base y su legitimación del más fuerte económica para la supervivencia. 

¿Cómo saldremos de esta?

Aquí vamos a verificar la hipótesis de Luhmann acerca de la capacidad de autoafirmación de los sistemas sociales al margen de la voluntad de los seres humanos. Mientras que el automatismo del capitalismo siga con su inercia, las sociedades volverán a ese curso porque como dispositivo material no tiene todavía alternativa. La voluntad humana ha sufrido un trauma. Pero no conviene hacerse ilusiones. Hay mil formas de taponar el trauma y de forcluirlo. La voluntad es todavía menos débil que la inteligencia. En esta circunstancia creo que la situación abre una oportunidad en la medida en que no genere miedos mayores de los que produce el trauma. Los supervivientes siempre serán aquellos a los que no les fue tan mal y estarán predispuestos al olvido. Por todo eso creo que habría que ser cautos. Creo que deberíamos proponer objetivos inteligentes que pudieran vincularse de forma permanente a esa voluntad, medidos de forma clara por el juicio más común posible. Creo que el fundamental es el concepto de “soberanía sanitaria”. Debe ser una base del sistema productivo y estar en relación con él. Esto significa que debemos disponer de hospitales adecuados a una pandemia según la población, de industrias de medios sanitarios adecuadas según emergencias, de personal suficiente, según parámetros adecuados, encuadrados en servicio activo y en la reserva. Y disponer de protocolos de emergencia capaces de contar con la colaboración de la población. Creo que debemos reponer el concepto de “soberanía alimenticia”, que no es tan visible porque en el fondo en España tenemos superávit alimenticio. Pero la soberanía alimenticia requiere disponer de información de canales de distribución, de almacenamiento, de mínimos de producción en todos los sectores. ¿Qué va a pasar en Argentina? ¿Comerán soja los millones de villas miseria? Por eso es tanto más importante la España vacía, por eso es tan importante la diversificación de cultivos, la producción de pequeña escala que no depende de la exportación y de los grandes actores de la industria alimenticia. Tenemos que disponer de toda esa información para posibilitar una nacionalización inmediata de la dirección económica en caso de pandemia. El mundo volverá a las andadas. No me cabe duda. Y volveremos a tener pandemias. Será pandémico por ejemplo el medio ambiente. No sabemos los que nos deparará el hielo ártico, cuando libere virus arcaicos. Necesitaremos también una soberanía de vivienda, que libere de alquileres imposibles a los jóvenes y familias sin medios y que disponga de condiciones higiénicas físicas y psíquicas para estos periodos de cuarentena. No es creíble volver a la autarquía. Pero sí es creíble disponer de estos fragmentos de soberanía para estados de excepción como el que estamos sufriendo, que serán numerosos. Y por supuesto, esto costará dinero. Pero creo que el Estado se debe adelgazar de otros aspectos -aparato burocrático- para atender estos otros aspectos. Si no es así, pronto se generarán las condiciones para cosas peores. Esto es lo que debe comprender cierta gente. Una democracia capaz de atender a las clases populares les va a pedir menos que un régimen autoritario de protección. No podemos caer en la trampa del siglo XX. Que la cobardía de la burguesía frente a demandas populares llevó a regímenes totalitarios que al final fueron infinitamente más peligrosos para ellos y que los arruinaron mucho más que una justa contribución a un Estado equilibrado. ¿Qué quieren, que la gente demande un régimen como el Chino? Entonces sabrán lo que es bueno. 

¿Cómo se reconforta la ansiedad?

La ansiedad forma parte de las cosas que solo se supera con trabajo psíquico y este trabajo pone a prueba cantidad y la calidad de los recursos culturales del afectado. Como siempre, como cualquier sistema productivo, esto no se improvisa. Por supuesto, buena parte de lo que estamos viendo como muestras de solidaridad son sistemas improvisados de producción de sentimientos que vienen a taponar la ansiedad. Son impresoras 3D caseras de relajación. La cuestión es que estos sistemas de taponamiento son muy provisionales, y solo funcionan de forma discreta y temporal. No permiten garantizar la serenidad, esto es, la mirada confiada en el medio plazo, lo único que estabiliza el sistema psíquico y elimina la ansiedad. Pero en principio, la ansiedad del confinamiento no será un gran problema, porque los recursos culturales de la sociedad son abundantes y ya desde tiempo atrás tenían como aspiración impedir el aburrimiento. Aquí se ha visto cómo el mundo de la cultura y la comunicación  se ha implicado manteniendo una línea de continuidad con la vida anterior, de tal manera que ha logrado que nada presente el aspecto de lo totalmente siniestro. Mientras los telediarios sean puntuales, los documentales de la segunda cadena nos permiten dormitar, o mientras las películas y las series funcionen, no creo que la ansiedad sea más imperiosa que la propia sensación de salud. Las cosas pueden ser más complicadas cuando las raíces de la ansiedad son económicas, políticas y sanitarias a la vez. Entonces los recursos culturales no pueden bastar. Creo que la ansiedad económica de mucha gente solo se resolverá de verdad con la aprobación de la renta básica. Esta debe aprobarse urgentemente. De otro modo, la ansiedad dominará todo de lo que ocurra de puertas adentro. La salud psíquica se resentirá con fuerza y la convivencia se hará muy difícil. La ansiedad sanitaria es todavía más decisiva por la urgencia. Porque la ansiedad por la comida no es realista en nuestra sociedad, a pocas medidas que se tomen de distribución y de abastecimiento. Pero la ansiedad sanitaria, ante las obligaciones del mínimo sistema productivo, incluso ante la mínima necesidad de participar del sistema de distribución y de ir a comprar, puede ser más intensa. Afortunadamente, las grandes cadenas se han mostrado más capaces de hacer política nacional, instalando mamparas, organizando turnos de compra, limitando acaparamientos, en obediencia de las instrucciones de la intervención estatal. Pero la ansiedad sanitaria, sobre todo entre población mayor de 60 años, solo se resuelve si se ve que el poder político toma las riendas con eficacia y si el personal sanitario está bien dotado y es capaz de reponer las bajas del personal contaminado. Por eso, la ansiedad política es lo primero que preciso calmar, porque es la clave de todas las demás. Y eso solo se consigue con un poder público sobrio, coherente, veraz, transparente y capaz de inspirar confianza. Afortunadamente, nosotros no tenemos ansiedad de seguridad y la sobreactuación de fuerzas armadas y policía aquí no es funcional, pero puede que en países como Argentina o México sea necesaria. El problema psíquico puede ser grave cuando afecte a la necesidad de transformar las prácticas de duelo, toda vez que vamos a ver a muchos miles de personas que no podrán elaborar la despedida de sus seres queridos de forma tradicional. El impacto de la muerte masiva e invasiva en nuestra mirada, la connotación que va a dejar sobre lugares de la ciudad y espacios de la memoria será profundo, proporcional a la expulsión en la que la habíamos situado anteriormente. Esta inversión es dramática y nos hace describir la situación como la muerte en libertad y nosotros en confinamiento. En todo caso, cualquier desviación tradicional de las prácticas de duelo implica un trabajo psíquico muy intenso y no todo el mundo va a tener a mano recursos adecuados para ello. Este sufrimiento va a ser muy general. Aquí estamos hablando de muchos miles de familiares. No quiero pensar lo que pasará en países abandonados a políticas sin escrúpulos, que han producido pobreza e inseguridad infinitas. Eso también genera la ansiedad por el destino de una buena parte sufriente y desprotegida de la humanidad, que no puede relajar más que el más firme y decidido compromiso moral político. Este trabajo político también forma parte de la estabilización psíquica y emocional y debería entenderse por parte de la población como una forma de mejorar la sensación de control sobre la propia vida. Y debemos invocarlo por su capacidad de ofrecernos la capacidad de mirar al futuro, como he dicho la clave de toda reducción de ansiedad. 

¿Refleja las contradicciones del neoliberalismo?

El neoliberalismo es una ideología muy poderosa y hegemónica porque ha logrado algo decisivo: disponer de un poder mundial que tiene una capacidad estratégica y táctica desconocida hasta ahora; pero además es un dispositivo de dominación capaz de capilarizarse por los Estados y disponer de un gobierno pastoral que afecta a cada uno de nosotros, que produce nuestra vivencia y experiencia de la libertad a través del mercado, disponiéndonos a la obediencia voluntaria. Por supuesto, su base es el darwinismo idealizado, sublimado y racionalizado a través de todas las herramientas modernas. La consecuencia es una cosmovisión que tiene todos los aspectos de una teología política, en el sentido de que genera una dualidad social, un sentido de salvación, una culpabilización de los fracasados, y una diferencia radical entre aquellos que gozan de vida plena y de vida precaria, con todo su sentido de elegidos y condenados. Su mayor éxito consiste en que han logrado traducir la desnuda competencia darwinista a racionalidad económica en el marco de una coacción competitiva construida como una segunda naturaleza a la que hay que adaptarse como esquema de necesidad. Este dispositivo mantiene una aleteurgia, un método procedimiental para organizar y decir la verdad del ser humanos y de las cosas. Pero todo esto funciona cuando se trata de una verdad vital a través de la economía que libera el principio de placer propio de la utilidad marginal. Que la verdad vital del darwinismo se muestre a través del rostro siniestro de la muerte, eso no está previsto en el dispositivo aleteúrgico, y por tanto ahí colapsa su hegemonía. En realidad, este hecho tiene bases muy poderosas, que espero mostrar en un próximo libro con la editorial Gedisa y que llevará por título “Neoliberalismo como teología política” en discusión con Dardot y Laval. La clave de todo reside en que el neoliberalismo, como supo Foucault, no tiene una administración de la pulsión de muerte. Sólo administra el principio de placer y por eso tiene que taponar la pulsión de muerte o darle algún tipo de salida indirecta. El neoliberalismo se preparaba para ofrecer esa salida indirecta y desplegar la pulsión de muerte a través de todos los impulsos sádicos. Eso es lo que se ha llamado populismo de derechas. En realidad era el complemento perfecto del neoliberalismo puro, porque ofrece a la pulsión de muerte salidas adecuadas, como el odio, sadismo, militarismo, autoritarismo y demás. Ahora estalla la pulsión de muerte más allá de los resorte flexibles indirectos del sadismo. Es la pulsión de muerte enfrentada a su directo sentido, que te afecta de manera completamente universal, al margen de los dispositivos de veridicción neoliberal, de sus idealizaciones y sublimaciones. Eso obligará al neoliberalismo a aceptar el darwinismo sin la protección de su traducción a economía, capital y beneficio. Pero quizás nadie pueda asumir este asunto de forma expresa sin una protección totalitaria que puede significar de nuevo un holocausto. Será más natural y viable un autoritarismo higienista al modelo chino. 

Creo que esto puede significar un bonito dilema para el neoliberalismo. Quitarse la máscara y mostrarse como un desnudo darwinismo o exponerse a un autoritarismo paternalista y administrativo que obviamente alteraría el dispositivo de poder mundial y su hegemonía. Y creo que algo de eso va a ser inevitable. Ya se venía apreciando que existía una contradicción entre la estrategia y la táctica del dispositivo mundial de poder. Por supuesto a eso obedecían los pasos en falso de la administración Trump y la voluntad de romper Europa. Ahora la táctica de corto plazo de Trump va a chocar con la estrategia de más larga mirada de China y su softpower. Por supuesto no saldremos de una lógica neoliberal, pues China es también efecto del neoliberalismo. Pero será siempre otra cosa, sobre todo desde el punto de vista estratégico y táctico, porque la relación con China deberá estar presidida por pactos políticos de otra naturaleza, como corresponde a un poder que no deja ambigüedades acerca de su carácter soberano. Quizá debamos preguntarnos si esto estará en condiciones de acabar con lo único que puede poner fin a la coherencia ideológica del neoliberalismo, que es la financiarización de la economía a través del dólar. Mientras esto no suceda, no cambiará nada en el fondo. Pero en el nuevo horizonte, es más probable. Y entonces emergerá lo inevitable: los grandes espacios y una nueva lógica de equilibrio o de influencia. Que Europa en esta situación solo piense en medidas financieras testimonia que no está a la altura de las circunstancias y que en realidad no tiene ni estrategia ni táctica en el campo del poder mundial. Habría sido un momento idóneo para mostrar un liderazgo capaz de unificar las políticas. La diferencia norte/sur ha ofrecido nuevas evidencias para su sentido de superioridad. En fin, su gestión de la crisis ha mostrado una clara diferencia civilizatoria entre países que profundiza en la dificultad de una política común. Pero su burocracia miope no está en condiciones de mirar más allá de su negociado. No ha sido capaz de decir una palabra europea sobre la lucha contra la pandemia. No la hemos escuchado. En esta situación ha comprometido seriamente su destino. Que los gobiernos regionales, como el de la Comunidad Valenciana, confíen más en sus ciudadanos chinos para adquirir suministros sanitarios de China que en cualquier instancia del Estado español o de la UE es algo que será difícil de olvidar. Y eso afectará a la estrategia y la táctica del neoliberalismo. Hasta dónde lo haga, eso no lo sabemos.

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