Categorías
Escenarios de futuro

Escenarios de Futuro: Gonzalo Velasco

¿Qué está aflorando con la crisis del coronavirus en torno a lo común y lo público (balcones, agradecimientos a sanitarios, redes de solidaridad vecinal etc.?

Creo que no son síntomas suficientes para diagnosticar un giro hacia la acción colectiva y la conciencia de lo público. Es cierto que desde una perspectiva objetiva, la ruptura de los límites de la individualidad y, diría, el inédito goce que muchos van a encontrar en ello, es el signo esperanzador de que es posible un tipo de racionalidad guiada por los principios de la cooperación y de la solidaridad orgánica que desnaturaliza el autointerés individual. No obstante, en este cambio de actitud interviene un imaginario de excepción que dificulta la continuidad de este ethos cooperativo una vez se retorne a la “normalidad”: fundamentalmente, el romanticismo del frente de guerra, la experiencia del antagonismo extremo, de la resiliencia y de la adaptación a la supervivencia. En Madrid, por ejemplo, donde el ideario neoliberal se ha inoculado desde hace tiempo en la conciencia de sus ciudadanos, es perfectamente compatible pensar que una persona emocionada por el heroísmo de las/los sanitarios ni se plantee renunciar a su compañía privada de salud para confiar en el servicio público. El triunfo hegemónico del neoliberalismo consiste, precisamente, en la disociación que opera en el individuo entre su libertad de elección y las consecuencias que esta tiene para la universalidad de los derechos fundamentales, en este caso del derecho a la salud y a la sanación. Me temo que el goce que ese sujeto haya podido encontrar en estas formas excepcionales de cooperación no sea mayor que el que le brindan dispositivos arraigados de reconocimiento y afán de distinción social. Para esta subjetividad, estas actuaciones serán como esa aventura de verano en la que se disfrutó de la renuncia al confort porque se sabía que era transitoria, lo que permitió disfrutarla como experiencia.  

¿Cómo saldremos de esta? ¿Es una suerte de posibilidad de reordenar nuestras sociedades?

Lo milagroso sería que no se produjera ese reordenamiento. Ahora bien, veo dos tendencias latentes y contrarias que podrían determinar esa transformación. 

La primera, la más deseada, sería la que permitiera entender que la pesadilla sería el retorno a la anterior normalidad, esa en la que confiamos a nuestros ancianos a empresas antisociales, en las que el derecho universal a la salud se cercena desde las instituciones, en la que la mayoría de los trabajadores están en condiciones objetivas de riesgo, con los consecuentes efectos de sufrimiento personal. En ese escenario, tomaríamos conciencia de que no solo el COVID-19 nos iguala, sino cualquier otra patología, como cualquier otro accidente o infortunio vinculado a nuestra condición humana o social. 

La otra tendencia que me parece detectar, es la que no solo consiente las medidas del estado de excepción, sino que encuentra en ellas una especie de fantasía del gobierno perfecto. Esta tentación totalitaria defendería las virtudes de un poder centralizado sin limitaciones ni delegación de competencias, el cierre soberano de fronteras, el control biopolítico de la población. Michel Foucault explicó que la utopía del gobierno es la tecnología del poder implementada en la ciudad mientras está presente la peste, no cuando se ha logrado ahuyentarla. Tendremos que quedar muy vigilantes para que ese consentimiento que ahora no tenemos más remedio que dar, no se convierta en un motivo de deseo para el periodo político que sucederá a esta crisis.

¿Cómo se reconforta la ansiedad en tiempos de aislamiento social?

El daño del aislamiento tiene un claro sesgo de clase. Lo sufren quienes no tienen viviendas habituales con condiciones de espacio y habitabilidad suficientes, quienes no pueden conciliar el trabajo con el cuidado de hijas/os que están en casa, quienes no pueden hacer más que comprobar cómo la ausencia de ingresos les conduce al cierre de su actividad. En condiciones de cierto privilegio habitacional y familiar, el aislamiento es tolerable. La ansiedad que sí es común, es la que genera la incertidumbre ante escenarios inéditos. Más concretamente, ante la ruptura radical entre experiencia y “horizonte de expectativa”, en términos de Reinhart Koselleck. Cuando nada de lo pretérito permite pronostica el porvenir, quedamos dominados por ese malestar difuso que es la ansiedad (a diferencia del miedo, que sí tienen un objeto muy concreto). De ahí el éxito popular de las interpretaciones de la “curva” de la epidemia. Nuestra esperanza se ha reducido a la proximidad del “pico” de la curva, porque esto nos permite imaginar un calendario, plazos para el fin de las medidas de excepción y referencias temporales que nos permitan medir cualitativa y cuantitativamente el confinamiento. 

Por otro lado, de momento mucha gente se sostiene por el distanciamiento irónico colectivo, que reduce la tragedia a una virtualidad distante que puede ser objeto de meme. La crisis es para muchos algo que está “ahí fuera”, que no se ve ni se termina de sentir. Las imágenes alucinadas hospitales de campaña, además, son percibidas con la lógica propia del simulacro: más que remitir a la realidad (por problemático que eso sea), refieren a otros referentes, muchos de ficción cinematográfica. Esa virtualidad irónica, sin embargo, es frágil, y la confrontación con lo real de la crisis puede generar grandes padecimientos.

¿Refleja esto las contradicciones del modelo cultural del neoliberalismo?

Totalmente, y en sus diferentes vertientes. No solo en la más obvia, la que concierne al efecto discriminatorio de las privatizaciones y de las políticas de austeridad. Sino también a las afectivas: ¿qué es ahora del heroísmo del emprendedor?, ¿dónde queda el amante de riesgo, el que desprecia el conformismo de las garantías sociales y se confía al valor de la creatividad y de la capacidad para reinventarse a uno mismo?. Esa hybris tiene que ser hoy vivida como humillación o como humildad, ante la evidencia de que sus afectos desmedidos eran una trampa que le sostenía en una fragilidad injusta e innecesaria. Ese héroe neoliberal hundido busca hoy el amparo de la solidaridad social. La tarea sería explicarle al héroe neoliberal caído que no se le debe nada, sino que él tiene una deuda siempre pendiente con la sociedad. Y que esa deuda común con los demás no le debilita, pues es lo que nos une y fortalece. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *