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Una «sociedad de posiciones». A vueltas con el Estado en la época del coronavirus

Germán Cano y Manuel Romero

I

La crisis global provocada por el coronavirus ha desencadenado la proliferación de viejos debates que habían quedado almacenados en el baúl de la izquierda. De un lado, hay una izquierda política haciéndose cargo de la gestión de la epidemia, tomando decisiones vitales en la lucha contra el virus. De otro, una izquierda no menos política, pero procedente de un amplio espectro cultural, que se hace preguntas por “el día después” de una epidemia global que, lo más probable, modificará radicalmente la manera en la que nos pensamos. Los derroteros que se tomen en el retorno a la “normalidad”dependerán, una vez más, de la política, entendida no en el estricto sentido de lo institucional, sino como la disputa fundamental por el sentido común de las poblaciones. Ya aprendimos con Gramsci que una crisis no tiende a resolverse de manera inmediata, que no existe una correspondencia automática entre la ruptura del orden instituido y la dirección ideológica y política de la fuerza instituyente, sino que es un proceso que puede adquirir una multiplicidad de formas de recomponerse. Esto vendría a decir quela crisis provocada por el COVID-19 no generará automáticamente una conciencia positiva sobre el valor de lo público, sino que también puede alimentar el salvajismo neoliberal del “sálvese quién pueda”, encarnado ahora en la figura anticipada de monstruos como Bolsonaro o Trump.

 En este sentido, a raíz de algunas de las decisiones tomadas por el gobierno para paliar esta crisis, como la proclamación del estado de alarma o el control sobre hospitales privados para ampliar la atención médica, ha aflorado una vez más el viejo debate sobre el papel y la relevancia del Estado. Este artículo se propone volver a pensar el Estado teniendo en cuenta el desmantelamiento al que ha sido sometido en las últimas décadas, pero tratando de no caer en la tentación de exclamar consignas vacías sobre la necesidad de un Estado fuerte que impregne todos los aspectos de la vida cotidiana.

II

«No creo que lo que siempre hemos pensado desde la izquierda sobre el Estado pueda servir para las diez próximas décadas». La cita es de Stuart Hall, concretamente del artículo «El Estado: el viejo guardián del socialismo». Contexto: 1984. Cinco años después de que Margaret Thatcher llegara al número 10 de Downing Street, Hall sigue insistiendo, a veces clamando en el desierto de la izquierda del momento, en que la llegada de la Dama de Hierro no es un fenómeno coyuntural pasajero, sino un síntoma histórico. Un momento de inflexión. En el marzo de ese año -y hasta marzo de 1985-, tendrá lugar la huelga de los sindicatos mineros que pone al país en jaque con el resultado que ya conocemos. Hall percibe, en virtud de todos estos hechos, un cambio de época respecto al clima del «Espíritu del 45» y sus indudables victorias frente al dogmatismo del mercado. La conquista del Sistema de Salud, esa «conservación de un espacio público como depósito para el bien social», joya de la corona del Estado de Bienestar laborista, empieza a ser objeto de un sostenido desmantelamiento por parte del gobierno tory y el foco de Hall se centra en la problemática del Estado y en las incomprensiones en la izquierda ante el nuevo malestar que provoca su funcionamiento en una sociedad nueva, la forjada en los sesenta, que ya no se reconoce en el espejo de sus padres y aspira a mayores cotas de libertad, diversidad y pluralidad. La atmósfera antifascista de posguerra y el sentimiento de fraternidad social están dejando paso a «nuevos tiempos» y Thatcher está ganando el pulso hegemónico.

III

En 1945 la clase trabajadora británica volvía del frente con la sensación de que los sacrificios realizados iban a ser compensados por un sistema social público en el que pudieran ser atendidos «de la cuna a la tumba». ¿Por qué, en 1984, empezaba a calar la idea de un «papaíto Estado» burocrático, ineficiente y sostenedor de múltiples parásitos de lo público? ¿Tras la crisis del COVID-19 será 2020 el momento en el que veamos la vuelta del Estado como panacea del desorden neoliberal o el desorden neoliberal nos ha disciplinado durante décadas de tal manera que solo podemos demandar un Estado neorwelliano? El hecho de que en los últimos tiempos el paso del neoliberalismo al neoliberalismo autoritario se haya hecho tan frecuente no es cuestión baladí, porque revela la situación de encrucijada decisiva en la que nos encontramos: ¿modularemos nuestra creciente vulnerabilidad en dirección a un proceso de aprendizaje colectivo que extraiga lecciones del ciclo 1970-2020 en dirección a un Estado del bienestar modificado o a otro tentado a involuciones autoritarias? El interés del planteamiento de Hall reside en que afronta el problema no tan interesado en recuperar el corsé dogmático de la tradición socialista como en analizar la utilidad de esta tradición a la luz de violentos cambios históricos de coyuntura y la hegemonía thatcheriana, planteando una pregunta hoy decisiva en un momento histórico en el que desde Macron al FMI ya están hablando de un cambio de paradigma económico: ¿qué significa recibir la herencia del Estado de Bienestar?

Los clamores de cierta izquierda melancólica de los arcaicos aparatos burocráticos por el (re)fortalecimiento del Estado se revelan como una consigna vacía si no se ocupan del Estado en su complejidad, es decir, no como un agente homogéneo, sino como un entramado institucional multipolar y contradictorio. Los constantes llamamientos al retorno del Estado-nación como un centro de poder alternativo a la globalización capitalista, ecos de la lógica del socialismo estatista, suponen una suerte de inversión de la reificación marxista clásica del Estado como un instrumento de la clase dominante. No dejaría de ser una forma de estatolatría que reduce de manera vulgar el estado a la sociedad política y no lo aborda en su sentido integral, es decir, como una sociedad política que alberga en su seno una “sociedad civil compleja y bien articulada”, en palabras de Gramsci. No cabe duda de que es indispensable devolver al Estado parte de la soberanía que le ha sido arrebatada en las última décadas, pero, como escribía hace unos días Jorge Moruno, “no tenemos que limitarnos a recuperar lo destruido, tenemos que ser capaces de construir mejor”, y es aquí donde cobra sentido la apuesta por una sociedad de posiciones.

IV

Si creemos que no está de más recordar en estos dramáticos momentos el problema planteado por Hall -en palabras de Perry Anderson, «el ejemplo más clarividente de un diagnóstico gramsciano aplicado a una determinada sociedad»- es porque su diagnóstico acerca del Estado no puede ser de más actualidad, cuando asistimos paradójicamente a un proceso inverso. En un momento en el que parte de la izquierda aplaude el modelo autoritario chino como un ejemplo de disciplina y de gestión técnica frente a la funesta pandemia y en donde no faltan tampoco voces que advierten del peligro de un indiscriminado uso estatal del miedo para reforzar posiciones democráticamente muy discutibles, ¿qué posición tomar? Desde una lectura crítica muy extendida al Leviatán desde los sesenta, si el Estado necesita del miedo -recordemos los análisis foucaultianos acerca de la peste como dispositivo disciplinario- para legitimarse, ¿no terminará explotando el Estado el miedo para subsistir? Y, sin embargo, ¿no parece hoy que solo desde el Estado puede detenerse la espiral de miedo inoculado por la corrosión neoliberal del derecho a la salud en las últimas décadas?

Una cosa parece clara: el remake del Estado de Bienestar no puede ser trasplantado en este acelerado momento de crisis neoliberal sin grandes perturbaciones. Ante los retos o crisis no valen las construcciones retrospectivas, sino la comprensión de la diferencia de los tiempos. Y, sin embargo, volver a esta escena inaugural de la disputa por el Estado resulta fundamental para orientarnos de alguna manera. Tras 1956, año clave en el descrédito moral del estalinismo, Hall y muchos de sus compañeros de la «New Left» ya no podían hacerse ninguna ilusión acerca del modelo colectivista del estatismo socialista realmente existente, pero tampoco eran ingenuos respecto a un mercado que, operando en el contexto de la propiedad privada y las formas económicas capitalistas, generaba desigualdad y explotación.

El asunto clave pasaba, por tanto, por no ceder la bandera de la libertad al «populismo autoritario» thatcheriano y no caer en el reflejo nostálgico del cierre de fronteras de la izquierda ortodoxa. Dejando la lucha por la libertad a la derecha, esta pudo vincularla con el mercado y desatarla de la igualdad. ¿Debía dejar la izquierda los nuevos impulsos hacia la elección, el nuevo espíritu del pluralismo y la diversidad cultural a la derecha? ¿Hasta qué punto la dependencia del miserabilismo y una concepción del socialismo dominada por imágenes de escasez estaba dando alas al gobierno de Thatcher, más dispuesta a jugar en los campos ambiguos y ambivalentes del sentido común popular? Ciertamente, a la vista de los acontecimientos actuales nada parece más apremiante que la necesidad y la escasez, pero debemos ser lo suficientemente audaces como para saber mirar más allá y no perder la batalla por el futuro.

V

En su artículo “Las lecciones del thatcherismo”, Hall cuenta cómo la nueva derecha radical de los años 70, a través de la astucia política que a veces le caracteriza por su mayor acomodo a la variación de la coyuntura, se apropió de la libertad y, por lo tanto, de la “elección”, que quedó supeditada únicamente a una alternativa entre varias opciones de consumo. Pero, como se plantea el autor al hilo de la estrategia del thatcherismo y la trágica derrota de la izquierda en esta disputa, ¿por qué no debería la gente corriente tomar también parte de la acción política, radicalizando así el sentido de la elección?. Teniendo en cuenta que un proyecto político que aspire a ser transformador debe hacerse cargo de la idea de libertad, así como, por supuesto, de la significación de la igualdad, hay que encontrar la forma de devolver al pueblo la capacidad de elegir despojada de sus connotaciones mercantiles. El hijo de una de las cientos de miles de familias que viven en riesgo de exclusión social en España difícilmente podrá elegir si desea continuar con el negocio familiar o estudiar una carrera universitaria, por lo que tendrá que rebajar sus aspiraciones a sus necesidades más inmediatas. Recuperar la elección dotándonos de instituciones que no obedecen estrictamente a lógica de lo estatal es también una forma de devolver al pueblo márgenes de soberanía, del autogobierno popular tan perseguido por las tradiciones emancipatorias.

Si la lucha por la igualdad en las sociedades contemporáneas es una guerra de posiciones -concluye Hall su escrito-, entonces nuestra lucha por el Estado del bienestar tiene que ser la de una «sociedad de posiciones». Que el COVID-19 no nos conduzca a abdicar de nuestra libertad ni de nuestra iniciativa ciudadana en el Estado no es ni puede ser una proclama neoliberal, sino una interpelación a la responsabilidad colectiva en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en un momento en el que funestas complicidades entre individualismo y autoritarismo se ciernen sobre nuestro horizonte y cierta izquierda deja aflorar su melancolía por el pasado perdido. A pesar de su eficacia técnica, los Big Data, los drones y las medidas de China no pueden ser un ejemplo, porque nos jugamos algo más que ser beneficiarios de un aparato de seguridad: encarar el futuro a la luz de las experiencias de aprendizaje de nuestro pasado reciente como sujetos activos, entendiendo que el nuevo pacto social que se avecina ha de construirse con todas y todos, no desde arriba.