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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Santiago Alba Rico

¿Qué está aflorando con la crisis del coronavirus en torno a lo común y lo público (balcones, agradecimientos a sanitarios, redes de solidaridad vecinal…)?

Están aflorando muchas cosas distintas, según la situación, la formación y los recursos de cada uno, pero está aflorando algo común a todos, que es precisamente el deseo de comunidad. Y lo está haciendo de una manera paradójica: ha hecho falta imponer una distancia entre los cuerpos para que  reconozcamos -allí, a dos metros- la existencia del otro, hasta ahora borrosa o indiferente; y para que descubramos que esa distancia que nos separa es un espacio común. Se utiliza de un modo peligroso la metáfora de la “guerra”, que es siempre violenta e identitaria, cuando sería más apropiado asociar esta “sed de comunidad” al 15M. Ese lejano 15M de 2011 descubrimos que el capitalismo neoliberal no había formateado enteramente los sujetos y que, como del sombrero de un prestidigitador, salía del fondo de nuestras vidas un sujeto inesperado, que demandaba más justicia, más democracia y más vínculos. La crisis del coronavirus, al menos en estos momentos iniciales, es un 15M de balcones y no de plazas; y un 15M rozado por la muerte, que es mucho más real que cualquier gobierno del mundo.

¿Cómo saldremos de esta? ¿Es una suerte de posibilidad de reordenar nuestras sociedades?

Como parte de este deseo de comunidad y de este descubrimiento de lo real en el mundo y en el otro, hay en estos momentos un deseo bastante transversal de evitar el regreso de la normalidad fantasiosa en la que vivíamos. Queremos librarnos cuanto antes de la amenaza pero no queremos volver a la “normalidad”. En el desmoronamiento inesperado y contingente de las estructuras económicas, sociales, políticas y antropológicas que sujetaban y al mismo tiempo tranquilizaban nuestras vidas respira una posibilidad constituyente. Pondré un ejemplo menudísimo. Impresiona mucho, por ejemplo, ver las aguas de Venecia limpias y cristalinas. El agua limpia no podemos recordarla; sólo verla. Y ahora que la hemos visto así, deberíamos querer que siga así, y tenemos que ordenar el mundo de manera tal que permanezcan limpias para siempre. Eso implica cambiar el modelo productivo y el modelo de ocio. “El capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma”, decía Kafka. Ahora que hemos visto limpias las aguas de Venecia, ¿no estaríamos dispuestos a renunciar a verlas personalmente para que se conserven así? Esa limpieza maravillosa de origen traumático es una oportunidad auroral. Por eso lo peor que podría ocurrir después de esto -y por desgracia no se puede descartar- es la vuelta a la normalidad; es decir, a la fantasía.

¿Cómo se reconforta la ansiedad en tiempos de aislamiento social?

Un efecto psicológico interesante de este parón compartido es que el confinamiento, que ha convertido los teléfonos móviles en viejos teléfonos fijos, impide de algún modo el victimismo. Ya nadie pregunta “dónde estás” y sólo retóricamente “cómo estás”, porque se da por supuesto que el interlocutor tampoco está bien, de manera que ya no nos contamos nuestras penas ni buscamos la compasión del otro. Nuestra vida cotidiana se ha -paradójicamente- desmedicalizado, vuelto más práctica y más activa; y lo que nos intercambiamos por teléfono, ahora que la voz recupera parte de su dominio, son instrucciones y experiencias. Y preocupación por el otro más que por uno mismo. Sobre todo allí donde la comunidad de la catástrofe no ha borrado, sino al contrario, las diferencias sociales, económicas y materiales. Todos sufrimos el confinamiento pero no todos de la misma manera. Ahora bien, es más fácil reconocer esta diferencia, y ocuparse de ella, allí donde, en cualquier caso, hay una objetividad adversa compartida. Por lo demás, mucho me temo que el desgaste psicológico del aislamiento irá en aumento a medida que la excitación colectiva de estos primeros días deje su lugar a la contracción dolorosa en la propia soledad, para quienes están solos, o a los conflictos afectivos, para los que comparten el confinamiento con quien no quieren o en condiciones materiales asfixiantes. Los mismos gadgets tecnológicos que ahora nos alivian y nos salvan, permitiéndonos amortiguar el aislamiento, acabarán produciéndonos un estrés emocional muy grande. La oportunidad es el aburrimiento y estamos mal preparados para combatirlo con nuestros propios medios. Lo más esperanzador, en este sentido, es el humorismo en las redes, que es el más fértil e ingenioso exutorio imaginable para una tragedia compartida. A todos nos da derecho a reírnos nuestra propia mortalidad y todos tenemos más o menos ingenio para inventar y compartir un desahogo humorístico. La ansiedad, pues, sólo puede reconfortarse de estas dos maneras: con la conciencia de que esa ansiedad está protegiendo a los demás y con pequeños placeres compartidos, entre los cuales la risa salvaje e irreverente es el más democrático y accesible.

¿Refleja esto las contradicciones del modelo cultural del neoliberalismo?

Creo que éste es el verdadero problema. Nunca ninguna sociedad humana ha estado más preparada, científica y tecnológicamente, para afrontar una crisis como ésta y nunca ha estado menos preparada antropológica y culturalmente. Tras décadas de lo que Pasolini en 1974 llamaba “hedonismo de masas” y yo he definido a menudo como “soltería” consumista, tenemos pocos recursos íntimos, propios -es decir, socialmente comunes- para afrontar esta inesperada “recaída en el cuerpo”. “La paciencia”, decía Galdós, “es el heroísmo disuelto en el tiempo”. La proletarización del ocio -por citar a Bernard Stiegler- ha disuelto el tiempo mismo; y nos hemos quedado, por tanto, sin las condiciones ontológicas para la paciencia. No tenemos dónde ser pacientes. No hemos ahorrado nada; hemos sacrificado el futuro a un presente ininterrupido, de pronto descarrilado por el virus. Recuperar ahora el “tiempo”, a través de un cuerpo amenazado y sin recursos culturales propios, va a ser una experiencia muy dura, de la que el neoliberalismo puede salir, en efecto, muy tocado. Pero en un momento de desdemocratización global y destropopulismo, este fracaso cultural del neoliberalismo, con el estado de excepción aparejado, puede facilitar la hegemonía de regímenes autoritarios y modelos de gestión capitalista más parecidos a China (que será el vencedor de esta crisis) que a las democracias surgidas en la Europa de la segunda mitad del siglo XX.