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Escenarios de futuro

Escenarios de futuro: Jorge Moruno

¿Qué está aflorando con la crisis del coronavirus en torno a lo común y lo público (balcones, agradecimientos a sanitarios, redes de solidaridad vecinal…)?

Entre cada vecino que se despide tras la cita de las 20:00 para homenajear a los proletarios del coronavirus y cada cartel que otra vecina cuelga ofreciendo su ayuda a quienes no pueden valerse, hay un tejer de un sentido común que nace de la experiencia consciente de estar compartiendo algo y que para superarlo nos necesitamos. Esto, que es algo tan básico, y que si puede lo promociona Campofrío, es el ingrediente necesario para recuperar lo instintivo de la política: que cada individuo por separado no es autosuficiente y formamos parte de una comunidad cívica que, como escribe Aristóteles, “tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien”. Lo que subyace a esos aplausos puede servir para cambiar el sentido de lo que entendemos por vivir bien, uno que deje de entender la libertad como la disociación entre el individuo y la sociedad. En la igualdad como premisa de la sociedad y no como horizonte, en la constatación de que “todos somos igualmente válidos” sin distinción alguna ni exclusión de ningún tipo, reside la noción de compartir “un ser-lo mismo” que nos inclina a vivir en sociedad. Ese es el instinto de la libertad basada en el apoyo mutuo.

¿Cómo saldremos de esta? ¿Es una suerte de posibilidad de reordenar nuestras sociedades?

Ahí hay varios planteamientos, el primero tiene que ver con la duración del encierro, ¿cuánto tiempo es posible mantenerlo, incluso suprimiendo todas las actividades no fundamentales? El tiempo que sea necesario, ¿estamos seguros de eso? El capitalismo no puede quedarse mucho tiempo planeando sin que nadie compre, nadie produzca, nadie gane vendiendo (D-M-D’). En segundo lugar, suele asociarse como “salir de” al momento en que se reduce el pico o se encuentra una vacuna, en definitiva, cuando desaparece el impacto social directo del coronavirus y se ve luz al final del túnel. Pero ese final del camino es más bien el principio de otro viaje: es ahí donde se van a evidenciar cambios geopolíticos, tensiones socioeconómicas y todo lo que ahora se está incubando. Una de esas posibilidades es una renovación cultural de lo común y del cuidado, y que de ahí surjan los cimientos para una ciudadanía del siglo XXI asentada sobre la base, no ya solo del trabajo, sino sobre el derecho a la existencia garantizada. Pero también es posible que ocurra lo contrario, esto es, que se intensifique la afasia social, aumente la desigualdad y se acelere la emancipación de los más ricos. De una sociedad de mercado fallida puede crecer el miedo, el resentimiento, la cultura del control y el goce de la represión, la servidumbre y la desconfianza de la que se nutre todo proyecto reaccionario. Es ahí, en medio de esa tormenta y trastorno social, donde las fuerzas de la democracia tendrán que jugar la partida.

¿Cómo se reconforta la ansiedad en tiempos de aislamiento social?

Depende mucho de dónde vivas, cómo vivas, también cómo seas y en qué situación vital te encuentres. No se vive igual en una casa con jardín que en un piso interior, estar una sola persona que con la pareja o con niños. En tanto que seres humanos el coronavirus puede potencialmente afectarnos a todos, pero la incertidumbre al futuro sin duda ayuda a que aumente la ansiedad entre la población que tiene menos garantías. Es cierto que las redes sociales, las videoconsolas o las series, mitigan y permiten que se siga interactuando, pero ¿de qué manera particular afecta el encierro a un pueblo como el español que está acostumbrado a salir, a juntarse, moverse y tocarse?

¿Refleja esto las contradicciones del modelo cultural del neoliberalismo? El capitalismo se define por la capacidad ilimitada de incorporar cosas cualitativamente diferentes al intercambio, reduciéndolas a una medida cuantitativa expresada a través del dinero. En una sociedad donde la «riqueza es» lo que «se tiene», aquello que puede llegar a tenerse acaba siendo todo lo que es. Una sociedad donde todo lo que es puede llegar a ser mercancía. Se presenta así una sociedad donde todos sus miembros son aparentemente libres porque libremente llegan a acuerdos para intercambiar sus mercancías. La libertad es así una libertad entre compradores y vendedores que intercambian y satisfacen sus necesidades gracias a que el resto satisface las suyas. Puesto que en ese intercambio nadie ha sido robado ni engañado, la desigualdad de las posesiones entre las distintas partes de la sociedad no cuestiona la naturaleza del modelo de libertad. La libertad es así una libertad limitada que se compara con la no-libertad de un esclavo, que es propiedad de otra persona, mientras que el trabajador es libre de dependencias personales, pero también es libre de los medios necesarios para vivir. Esa idea de fondo, la de la libertad ilimitada para reducir todo a una cosa intercambiable, es lo que puede erosionarse y desde donde debe impulsarse otra modalidad de ser libre en el tiempo.

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